Capítulo 30
Killian
La niebla envolvía al Dios del Fuego mientras me estudiaba desde la distancia con su pomposo traje de monarca y la mirada llena de determinación.
Haría lo que hiciera falta para llevar a cabo sus planes, y así me lo confirmó esbozando una sonrisa desalmada que volvió aún más maníacas sus facciones.
Era la mano que había movido los hilos de las marionetas que asesinaron a mi madre.
Al pensar aquello, la rabia que me acompañaba desde entonces se encendió y aproveché que alcanzaba su pico más alto para convocar mi poder y moldearlo de forma afilada.
Letal.
Un calor intenso me recorrió las venas y se extendió por la palma de mi mano.
Arqueé el brazo apuntando hacia su cuello y lancé el disco de fuego con todas mis fuerzas. Entrecerré los ojos para ver cómo cortaba el aire durante unos metros para después perder su intensidad y convertirse en débiles chispas.
—¡Joder!
El muñeco de madera seguía igual de intacto que en los últimos tres días.
—Tu fuente de energía es el fuego y el motor que lo alimenta son tus emociones.
Recuerda que tú decides qué forma e intensidad le darás.
Concéntrate —dictó Connor a mi espalda. Supervisado la gran parte del tiempo por Fayna o Eidan, se paseaba alrededor de nuestra zona aislada de entrenamiento para evaluarnos y descubrir los matices y límites de nuestros poderes.
—Es la quinta vez que lo repites en menos de veinte minutos, a lo mejor le estoy poniendo a ese monigote la cara incorrecta —mascullé girándome hacia él con cara de pocos amigos.
—No tienes por qué imaginarte una cara, solo tienes que anclarte a una emoción al mismo tiempo que visualizas la forma que quieres darle a tu poder.
—Me gustaría verte intentando conectar con alguna emoción. —Bufé pasándome la mano por el pelo en un gesto de frustración.
—A mí me gustaría veros actuando como los seres útiles y poderosos que el rey piensa que sois, pero a este paso no creo que vaya a ser posible.
—Fayna abandonó el tronco cortado que hacía de asiento desde donde contemplaba nuestros escasos avances y se acercó con pasos prepotentes.
Esta vez no llevaba una coleta, sino un moño igual de estirado que acentuaba la gran cantidad de pendientes que colgaban de sus orejas—.
Llave, ¿aún no has convocado ni un chispazo de fuego?
Aria, que acababa de terminar su turno de entrenamiento en combate y se había colocado junto al Guardián para practicar su magia elemental, la fulminó con la mirada.
—Te recuerdo que tengo nombre —espetó, adelantándose a que saltara en su defensa.
—Te recuerdo que no me importa. —Pasó en medio de nosotros mientras se reía entre dientes.
Fantaseaba con acabar con la puta sonrisa de superioridad con la que siempre nos miraba.
Esperaba que llegase el día, y mejor cuanto antes—.
¡Eidan! Supervisa lo que queda de entrenamiento, yo tengo mucho que preparar.
Ah, el baile que coincidía con la noche en la que las puertas del Atharav se abrirían para que pudiéramos escapar.
El motivo de la celebración era honrar el momento en el que el Dios del Fuego y la Diosa de la Tierra decidieron unirse y hacer frente a la supuesta amenaza del Dios del Agua y del Aire creando a los Ignis.
Una versión medieval y extraña del cuatro de julio en Estados Unidos.
¿Cómo de ciega era la fe de los Ignis para celebrar el día en el que fueron desterrados a este infierno? Por lo visto este año sería aún más especial
. Según susurraban los pasillos, el rey anunciaría algo muy importante.
Solo esperaba no tener de repente un hermano.
Y también esperaba que Uriel no se equivocara al abrir las Puertas Umbra justo ese día. ¿Y si el ataque de los Indómitos en vez de ayudarnos a escapar nos entorpecía la huida?
—¿Cómo lo lleváis? —preguntó Eidan nada más llegar, con su habitual expresión amable en contraste con la mortífera arma que colgaba de sus manos.
El sudor perlaba su frente, pero, por lo demás, no había signos de cansancio que delataran la cantidad de horas que llevaba ensuciando el suelo empedrado con la sangre de sus contrincantes.
Le contesté con un gruñido, sin ganas de hablar acerca del desastre que estaban siendo los entrenamientos. La cuenta atrás nos pisaba los talones y necesitábamos aprender lo máximo posible sobre nuestras habilidades si queríamos tener una mínima oportunidad de sobrevivir.
—Bien —respondió Aria, pero no sabía a quién pretendía engañar, por más que lo intentaba no conseguía conectar con ninguna de sus emociones y, por lo tanto, no podía invocar ninguno de los cuatro elementos que poseía su fuente.
Me giré hacia ella con una ceja arqueada y esquivó mi mirada, como había acostumbrado hacer desde aquella noche.
—Vale. —Resopló alargando la palabra—. Digamos que estoy un poco bloqueada, pero seguiré practicando hasta que lo consiga.
—No es cuestión de intentarlo una y otra vez si no tienes claro qué está fallando y en qué debes centrarte para convocar el fuego o cualquier otro elemento —intervino Connor—. Si no, por mucho que sigas practicando, el resultado seguirá siendo el mismo.
Aria cogió aire y apretó los labios.
Yo intuía lo que le ocurría, pero ya no teníamos margen para dejar fluir las cosas.
Hablaríamos esa noche por mucho que a los dos nos acojonaran los sentimientos que habían surgido entre ambos y lo que habíamos vivido en la posada.
La había llevado al límite y me sentía como una mierda sabiendo que el recuerdo de esa noche la alejaba de mí.
A mí, entre otras cosas, me excitaba tanto que tenía que obligarme a pensar en elefantes rosas para no acabar con un dolor de huevos que me desconcentrara del entrenamiento.
Durante estos días aún no habíamos podido descubrir la diferencia entre los poderes de los Ignis y mis habilidades como primer semidiós, hijo de una humana y del Dios del Fuego.
Me sentía un poco decepcionado, a decir verdad, y habría sido reconfortante utilizar las habilidades mágicas que había heredado de mi padre para matarlo.
Una forma bonita de cerrar el círculo. Aunque para eso primero tendría que sobrevivir a la segunda parte del entrenamiento diario.
La zona de entrenamiento era muy extensa y estaba rodeada por los altos muros del castillo.
Además de nosotros, había grupos de mujeres y hombres Ignis que entrenaban y se preparaban para la próxima Anual; para ellos, la definitiva.
Pude distinguir una gran variedad de armas y muchos de ellos usaban sus elementos.
Eidan caminaba hacia mí con expresión nerviosa mientras arrastraba unas lanzas puntiagudas, sujetas a dos cuerdas que se ataban con brazaletes de hierro a cada una de sus muñecas.
Combatíamos en un patio de armas de un castillo medieval lleno de soldados sobrenaturales, pero me seguía chocando que el chico de mirada suave y cara de no haber roto un plato en su vida fuese el luchador más letal del reino.
Cada uno de mis músculos estaba a punto de comprobar la verdad de su apodo.
Me arqueé hacia atrás y contuve el aliento.
La lanza pasó a centímetros de mi cara. El metal estaba tan caliente que me lagrimearon los ojos y tuve que parpadear repetidas veces para aclararme la vista.
Con tan solo un roce, mi rostro habría quedado desfigurado para siempre.
Y por mi condición biológica, para siempre era mucho
tiempo.
Hubiera sido una forma curiosa de empezar el día.
Y mi eternidad.
—Normalmente me suelen dar los buenos días de una forma menos violenta —comenté recuperando mi posición defensiva en el círculo improvisado que encerraba nuestro combate.
—Ya, pero estas son nuestras costumbres. Así que o te adaptas o puedes seguir lloriqueando hasta que te canses —gritó Fayna a lo lejos, mientras estaba reunida con un grupo de guardias a los que seguramente estaría dándoles instrucciones relacionadas con el baile.
Fingí que no la había escuchado y me dirigí a Eidan, que la miraba con una mezcla de temor y cariño.
—¿Por qué me odia tanto? —le pregunté.
—Sus padres la abandonaron cuando era un bebé y no sabe cómo gestionar el anhelo del amor fraternal.
Por Dios, no me imaginaba cómo sería una conversación entre Eidan y Jared.
—¿Y lo hace descargando toda su frustración contra nosotros? —Alcé una ceja.
Mientras hablábamos nos rodeábamos a la tensa espera del siguiente ataque.
Me mantuve a una distancia prudente de él, la letalidad de su arma me impedía acercarme para atacarle mediante golpes directos, así que conecté con el rechazo que me causaba Fayna para invocar mi magia.
Sin embargo, Eidan se adelantó y tuve que desviar su ataque con una llamarada de fuego que se estiró e imitó la forma de la lanza.
Su técnica era limpia, implacable. Muy superior a la mía teniendo en cuenta la desventaja que suponía haber entrenado tan solo un año con Nora.
La pelea podría haber durado un minuto como mucho, pero tuve la sensación de que Eidan, por algún motivo que desconocía, quería alargarla.
—¿La acogieron en el castillo por eso? Pensaba que era por sus asombrosas habilidades, como a ti.
—El rey vio algo especial en ella, por eso es su segunda.
Desde que la lluvia había dejado tanto un rastro de muertes a su paso como un ambiente de celebración, no habíamos parado de entrenar y no habíamos podido averiguar mucho más acerca de los peligros del Bosque de las Bestias: los Solitarios.
Y puesto que era la primera vez que estaba a solas con Eidan desde hacía días y que tenía bastantes ganas de hablar… Pensaba aprovecharlo.
—¿Con esta arma destrozaste al Solitario? —le pregunté cuando la punta, en un nuevo ataque, por poco no me deja sin dedos de los pies.
Abrió los ojos como platos ante la mención del ser sobrenatural, sin embargo, no intentó desmentirlo. Me gustó que no me tomara por estúpido.
—Créeme, fue mucho más sencillo.