A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 29 #3
71%

Capítulo 29 #3

—Te lo repito, Jared —habló muy despacio, con una calma letal que me puso los pelos de punta—.

No somos ni seremos amigos. Jamás. No necesito que me abras los ojos y mucho menos que me des consejos, y te juro que, como sigas haciéndolo, corromperé este precioso lugar tiñendo de rojo el lago y dejando los restos de tu putrefacto cadáver entre las flores.

Me asusté, y no por la amenaza, lo cual también era un poco alarmante.

¿Eso estaba haciendo? ¿Me estaba preocupando por ella?

¿Había una parte ingenua de mí que buscaba hacerse amigo de la persona que quería a Connor y odiaba a mi hermana?

¿Pero qué cojones me estaba pasando? No.

Solo éramos aliados. ¿Y por qué le había advertido sobre Connor como aquel amigo que te advierte sobre el ex tóxico que siempre vuelve?

Ay, Dios. Me iba a volver completamente loco. No. Ya me estaba volviendo loco.

—Si te da un infarto, no será tan divertido —se quejó al ver mi estado de agobio.

Me dirigí hacia el lago sin mediar palabra.

Necesitaba erradicar todo tipo de pensamiento que tuviera que ver con ella y para lograrlo necesitaba, como mínimo, distancia.

No tuve que caminar demasiado antes de que la vida hiciera mucho más que sonreírme.

Vi algo que despejó por completo mi hilo de pensamientos.

Me aferré a eso con todas mis fuerzas.

El nivel del agua del extenso lago había descendido hasta tal punto que muchos peces de diferentes especies se encontraban muertos en la orilla, tan seca que se había agrietado. ¿Con qué rapidez había disminuido el volumen para que los animales no pudieran escapar?

—Joder —maldije por lo bajo—. ¡Beatrice!

Ven aquí, tienes que ver esto. —Y tuvo que notar algo en mi voz porque en cuestión de segundos estaba a mi lado, expectante y con la mano cerca del cinturón, lista para atacar si hiciera falta.

Dejó caer el brazo cuando señalé la orilla del lago—.

Mira, esto es justo de lo que hablaba Robferd.

Es demasiada casualidad que justo este lago se haya secado, tiene que estar ocurriendo también con el resto. Pero ¿por qué?

Beatrice estudió la nueva incógnita que se había cruzado en nuestro camino, pero no obtuvo ninguna respuesta que justificara aquel suceso.

—Cuando escapemos del Atharav lo averiguaremos. Por mucho que se hagan los sorprendidos, no me extrañaría que los culpables fueran los mismos Guardianes, quizás los Dorados a escondidas del resto —caviló con los ojos aún fijos en el lago.

Ambos nos quedamos en silencio fingiendo que desde nuestra llegada no habíamos compartido confidencias como si existiera intimidad entre nosotros. Aprovechamos el último minuto antes de trazar un plan con el que sobrevivir a las Puertas Umbra.

—Es horrible que un lugar tan puro como este pueda perderse, es como ver arder una biblioteca repleta de libros —pensé en voz alta.

Entonces un recuerdo me golpeó con fuerza, uniendo las piezas del puzle más sencillo del universo.

Me sentí un completo imbécil por no haber caído antes en ello—.

Espera. Hay algo que no entiendo —me dirigí a Beatrice, que se cruzó de brazos a la espera de que soltara una de mis tonterías—: ¿Por qué no usaste un libro portal para escapar del Abismo o para visitar la Tierra cuando te apeteciera?

Nosotros lo usamos para llegar al Abismo la primera vez y también lo usamos para transportarnos hasta Irlanda del Norte.

Bueno, en realidad tú también lo hiciste entonces.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire, lo cual me extrañó, aunque no tanto como su reacción. No entendía qué estaba pasando.

Se quedó completamente petrificada. Y el poco color que había recuperado junto con sus fuerzas se evaporó al instante.

Los ojos de Beatrice se abrieron de par en par, y pronto la sorpresa dio paso a una ira helada que me puso los pelos de punta.

El aire se cargó de una energía poderosa y mi instinto me gritó que saliera cagando leches de allí.

Pero no lo hice, me resultaba imposible apartar la vista de ella.

Cada músculo de su cara se tensó, cubriéndose de una fina capa de emoción que terminó en una única y furiosa lágrima deslizándose por su mejilla.

—¿De qué estás hablando, Jared? —preguntó en un susurro tembloroso.

Pero en el fondo ya lo sabía, por mucho que se aferrara a esa última y decisiva respuesta que podría cambiarlo todo.

—Connor conocía la existencia de los libros portal. Yo… —Cogí aire al ver cómo su expresión iba quebrándose conforme hablaba—. Creía que todos lo sabíais, di por hecho que sobre todo tú

lo sabrías.

Se mantuvo en un silencio demasiado revelador; los ojos cada vez más abiertos.

No. No. No podía ser cierto.

Connor le había ocultado la existencia de miles de puertas hacia la Tierra, se había quedado con la llave de todas ellas.

Y cuando Beatrice vio mi expresión de horror comprendió por fin que la persona que más quería la había mantenido encerrada…

Sus ojos se incendiaron por la traición y de su garganta brotó un sollozo estrangulado que pronto dio paso a un grito desgarrado.

El suelo tembló.

Y la muralla, tan sólida, tan impenetrable, ardió.

Y destruyó el prado en el que una vez soñó que sería feliz.