A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Hace un momento te llamabas Liam, estabas casado con tu hermosa

Lyba y tenías cuatro hijos. —Alzó una ceja de forma burlona.

—¡Eso es jugar sucio! ¡Era pura supervivencia! —exclamé tan indignado que Beatrice bajó la cabeza para ocultar la risa, pero la escuché a la perfección: era suave, un poco tímida y tan dulce que aún dudaba que hubiera salido de dentro de ella.

—Bueno, venga, te dejo continuar. —Se irguió con una actitud burlona, lista para que le regalara los oídos.

—Bajo mi humilde punto de vista, tu libro es una mierda.

Se quedó con la boca abierta.

—¿Pero qué…?

Una carcajada se extendió por mi pecho y, al comprobar que estaba bromeando, me pegó otro puñetazo en el pecho, esta vez un poco más fuerte.

Estoy seguro de que me hubiera perforado el corazón si se hubiera encontrado en plenas facultades.

Y no es que yo fuera dramático, es que la tía pegaba fuerte.

—No, ahora en serio. Conseguiste hacerme sentir algo nostálgico y precioso encerrado bajo tierra, en el lugar donde se encuentran los seres que más desprecio.

Eso tiene que significar algo, Beatrice.

—Mis palabras tuvieron que calar en ella porque tardó en contestar.

Tenía la mirada pegada a la mía con un brillo de emoción que se evaporó casi al instante.

—Te sobra intensidad, mucha

intensidad, pero… gracias —dijo, parecía totalmente desarmada, una versión de ella que jamás pensé que podría existir—. Y gracias por escapar a este lugar, por elegirlo entre los millones que existen en la Tierra.

—Yo ya he visto demasiado, quería que tú vieras el primero de muchos.

Nos observamos en silencio sintiéndonos igual de extraños por el momento de complicidad que estábamos compartiendo.

—Tú y yo no podemos ser amigos —dijo de forma atropellada.

Solté una risa corta e incrédula.

—Eh, tampoco te vengas arriba que esta es una conversación completamente normal entre aliados

—le dejé claro y me acomodé, apoyándome hacia atrás sobre un codo—. Pero ahora siento curiosidad, ¿por qué lo dices? ¿Porque soy un Incierto?

—No.

—¿Entonces? —insistí.

Esquivó mi mirada y también se apoyó hacia atrás, solo que con ambos brazos y un poco inclinada en mi dirección con cierto aire reflexivo. Parecía… No sé, como si se hubiera rendido ante algo.

—Porque yo nunca he tenido un amigo. No sé cómo ser una buena amiga y mucho menos cómo debe ser un buen amigo —musitó, y percibí tanta vergüenza y vulnerabilidad en sus ojos que fue como mirarme al espejo.

Me devolvió la mirada un niño triste y frustrado que cada vez que escapaba de una situación en grupo lo hacía con las risas pegadas a la espalda.

Y aunque Zoey insistía en que no, en el fondo sabía que eran para él.

Echaba la llave del baño y se miraba en el espejo preguntándose por qué era el único que sentía que jugaba a las batallas durante cada recreo.

A simple vista no era tan diferente de los otros niños, pero debía serlo porque era el único que pensaba: «¿Por qué es tan difícil encajar?

». La pregunta se repetía una y otra vez.

A veces sigo escuchándola de fondo, pero subo tanto el volumen de la música que termina desapareciendo y regresando a la cabeza de aquel niño que nunca encontró una respuesta. Al menos no una que le hiciera sentirse menos solo.

—Yo tampoco he tenido nunca un amigo, no uno de verdad —revelé antes de meditar lo suficiente como para llegar a la conclusión de que era una mala idea.

Beatrice se quedó aún más desconcertada de lo que ya estaba.

—¿Y tú hermana?

—¿Y Connor?

—No es lo mismo.

—Ya, no lo es —coincidí. Aunque ambos por motivos muy diferentes—. ¿Sabes? Ahora mismo eres Be.

Arrugó el gesto.

—Como bien descubriste invadiendo mi privacidad, Be es una versión imaginaria y muy alejada de mí misma que no es una Guardiana y que vive en libertad —explicó, con las mejillas levemente sonrojadas.

—En estos momentos estás siendo libre.

—Estamos aquí solo porque hemos huido, y por si lo habías olvidado, en nada volveremos a entrar en otro infierno del que seguramente no escaparemos. No me refería a ese tipo de libertad —rebatió como si fuera lo más obvio del mundo.

—Estás siendo libre porque estás siendo sincera.

Se echó hacia atrás como si la hubiera empujado. En vez de palabras, bien podría haber recibido el impacto de los cientos de flechas que a punto estuvieron de matarnos.

Ya la iba conociendo más. Cuando no se encontraba en perfectas condiciones se le soltaba la lengua y se atrevía a decir lo que pensaba, a asomarse detrás de la muralla impenetrable que había construido para protegerse de… No. Ella no se escondía tras una muralla.

Ella era la muralla.

Se había convertido en una, era lo único que sabía ser, excepto cuando escribía, porque cuando lo hacía el muro se fragmentaba y revelaba aquello que temía ser visto.

Y aquello que temía ser visto era Be.

No Beatrice. Sino Be.

—Pudiste haber escapado, aún puedes hacerlo. —Rompí el silencio denso que se había instalado.

Aquella verdad cayó como un templo sobre nosotros, sacándola al instante del estado de ausencia en el que se había sumergido.

—No hubiera disfrutado de mi libertad sin Connor, no sin tener al menos una última conversación en la que no termináramos peleados —respondió con un tono un poco afilado, dispuesta a protegerse.

—¿Eso no es un poco dependiente por tu parte?

—Es la única familia que tengo. Y yo cuido a mi familia.

—No quiero meterme donde no me llaman, pero…

—Pero lo vas a hacer —completó por mí, soltando un resoplido irónico.

—Exacto. —Me incorporé para que quedáramos cara a cara, y me puse serio.

Había sentido la necesidad de decírselo, lo cual no era muy esperanzador para mi sistema moral basado, entre otras cosas, en odiar a todos los Guardianes—.

Mira, yo tampoco soy experto en relaciones, pero si algo tengo claro es que un amigo siempre querrá que seas feliz.

—Él siempre ha querido lo mejor para mí —replicó con rapidez.

—Claro, siempre que no rompieras demasiadas normas que lo incomodasen.

—Él es el único que ha ignorado los rumores y al que no le ha importado que yo fuera la hija de la líder de las Damas Sombrías, incluso habiendo nacido bajo las creencias de los Guardianes y formándose para convertirse en un Maestro —lo defendió con ardor y se quedó callada al darse cuenta de algo—.

No sé por qué te estoy dando explicaciones cuando me importa una mierda lo que creas que debas decirme.

—Se enfadó cuando conseguiste tu sueño de ser libre —dije, y en el fondo sabía que debía callarme, que no era asunto mío, pero odiaba las injusticias.

Apretó los dientes y se levantó, ya fuera porque se había recuperado o porque el enfado la nutría de energía. Yo hice lo mismo y volvimos a quedar el uno en frente del otro.

—No es tan sencillo —lo excusó a pesar de que ella misma lo había mandado a la mierda por querer detenerla cuando nos marchábamos a Irlanda. Al parecer había recapacitado

—. Tú no sabes nada sobre nosotros, sobre la vida que ha tenido Connor y sobre lo fuertes que son sus creencias. Él no está de acuerdo con la forma que tienen los Guardianes de gobernar, pero la gente no se deconstruye tan fácil.

—¿Y qué vas a hacer? Cuando lo rescates, ¿vas a esperar pacientemente a que entre en razón y te d é

su aprobación para largarte? Sí, es sencillo, Beatrice. Yo creo que cuando quieres bien

a alguien, te tragas tu opinión de mierda y te alegras por su felicidad. Punto.

—Mira, tus palabras paternalistas te las puedes meter por el puto culo —espetó entre dientes, perdiendo la paciencia.

—¡Es que me da rabia lo ciegas que estáis!

Arrugó la frente y me miró con perspicacia.

—Ah… Ahora lo entiendo todo. Siempre se trata de Zoey.

Juraría que bajo la amargura con la que lo dijo había escozor por la mención de mi hermana.

—Connor no se merece a alguien tan bueno como ella. —Obvié decir que tampoco se merecía a Beatrice. Nadie debería tener que explicarle a un amigo por qué merece cumplir sus sueños.

—Ha sido exiliado, ha roto la norma más básica por ella, a lo mejor la que no merece a Connor es Zoey —dijo con rencor.

Solté un bufido incrédulo. Ya, claro.

—Él nunca la elegirá por encima de su deber como Guardián —afirmé, sin embargo, pudo percibir la duda en mis palabras porque anduvo a mi alrededor, estudiándome como si estuviera a punto de descubrir algo.

Hasta que lo hizo.

—¿Por eso odias a Connor? —entrecerró los ojos, y al ver que apretaba la mandíbula continuó—: Lo odias porque es el único que puede separarte de tu hermana y, en el improbable caso de que eso sucediera, te quedarías solo.

—Hubiera esperado que lo dijera con burla, pero a medida que hablaba los bordes afilados de sus palabras se suavizaron—. Tienes miedo.

—Podría decirte lo mismo.

—La diferencia está en que Connor ya me abandonó una vez.

Me dolieron aquellas palabras. Yo no sabría qué hacer ni quién ser si mi hermana se marchara.

—Por eso no entiendo que dejes todo de lado por una persona que jamás haría eso por ti.

Me miró con dolor y como si estuviera a punto de asesinarme.

Mierda. Tenía que callarme, empezar a soltar tonterías para salir de este embrollo y dejar de ser cruel y de meter la pata cada vez que abría la boca. Por mucho que fuera verdad, era mi

verdad, no tenía por qué ser la de ella. Por eso no mostraba nunca esta parte de mí a las personas, porque huirían como la peste. Sin embargo, Beatrice no era como el resto.

—Eso tú no lo sabes, además, voy a demostrarle que yo no lo abandonaría a pesar de que se comporte como un completo gilipollas, no sin darle una segunda oportunidad.

—No te pega nada eso de querer demostrarle tu cariño a alguien solo para que se sienta en deuda contigo y te quiera de vuelta.