A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Jared

Mi estado de absoluta alerta impactó de lleno contra una barrera de paz que nubló mis sentidos.

Lo primero que llegó hasta mí fue un olor dulce y envolvente; una combinación de tierra, agua y flores silvestres que relajó mis frenéticas pulsaciones.

La brisa fresca me acarició las heridas, aún punzantes, del rostro.

Y tras unos segundos habituándome al cambio radical de entorno, pude advertir el sonido de fondo de los animalillos, y por encima de este, la risueña melodía de un pájaro que se repetía una y otra vez, y que esperaba que se mantuviera muy lejos de mí.

No quería moverme. Si me movía, aunque fuera un mísero centímetro, quizás haría estallar la burbuja de cristal en la que habíamos aterrizado, o descubriría que uno de los ataques de los Guardianes nos había enviado directamente al cielo.

Porque no podíamos estar en otro lugar excepto en el cielo.

La calidez de la piel de Beatrice me abandonó, y solo entonces me atreví a volverme hacia ella, a creer que de verdad la idea disparatada que había cruzado mi mente había funcionado.

—¿Qué es este lugar? —murmuró con los ojos bien abiertos, absorbiendo cada detalle de la maravilla que nos rodeaba.

Bajo la sorpresa que marcaba cada centímetro de su rostro, estaba exhausta.

Dio un tembloroso paso hacia delante y se agachó para acariciar, casi con miedo, una de las infinitas flores que daban color a la brillante pradera.

Yo, en cambio, alcé la vista hacia el cielo despejado, más azul de lo que había recordado, y respiré.

Llené mis pulmones de aire para soltarlo despacio con una sonrisa de puro alivio.

Joder, quería salir corriendo como un loco por la corriente de energía que fluyó por mi cuerpo.

Entonces, sin poder evitarlo, sentí cómo se formaba un agujero en mi pecho, rompiendo el momento trascendental que estaba experimentando.

Contadas veces dejaba fluir mi vena filosófica, pero aquel paisaje idílico me inspiraba.

Así que pensé. Pensé que nuestra vida estaba llena de últimas veces que podían llegar en cualquier momento, a escondidas.

Pero yo llevaba demasiado tiempo esperándolas: la última vez que echaría un polvo con Netflix de fondo, que me subiría a un avión con el cosquilleo de la emoción y el deseo enterrado de echar raíces, la última vez que Zoey y yo acabaríamos riéndonos de nuestras propias tonterías, incluso llegaría el día en el que un pájaro me haría cagarme de miedo por última vez.

Y hablando de eso, también llegaría una última vez en la que pudiera cagar

a gusto y en condiciones, y temía que, por desgracia, esa ya la había vivido.

Quizás en esos momentos estaba experimentando una de mis últimas veces.

La última vez en la Tierra.

Sin Zoey.

Sentí cómo una mano invisible me apretaba el corazón, así que devolví mis ojos a Beatrice preguntándome por primera vez cómo no había enloquecido tras una vida encerrada y sin experimentar ninguna de estas sensaciones.

Sin experimentar lo que era estar viva. Bueno, en realidad un poquito sí que había enloquecido, porque esa faceta agresiva que tenía no era ni medio normal.

Se me calentó la sangre cuando acudió a mi mente la imagen de Connor cabreado con Beatrice solo por querer escapar de ese infierno.

¿Qué clase de cerebro tenía y qué clase de carencias tenía mi hermana para haberse fijado en él?

La voz de Beatrice me trajo de vuelta.

—No tiene final —balbuceó con el azul de sus ojos más brillante que nunca. Las comisuras de su boca se alzaron ligeramente, como si estuvieran deseosas que expandirse pero actuaran con precaución.

Tenía razón, el final del prado era imposible de alcanzar incluso con nuestra vista superior.

Nos leímos la mente, ya que, prácticamente al mismo tiempo, nos giramos para advertir a escasos metros de nosotros un extenso y cristalino lago.

Al fondo de la imagen el sol brillaba con tanta fuerza que los rayos incidían sobre los altos árboles, convirtiéndolos en una simple silueta oscura.

Estaba cautivado por semejante espectáculo que nos ofrecía la naturaleza. Nunca había estado en un lugar que pareciese casi mágico, en medio de la nada, situado en un punto remoto en la Tierra y escondido entre los secretos de Beatrice.

—No tengo ni idea de en qué país hemos aterrizado, pero se parece mucho al prado que describías en tu historia.

Así que, de alguna forma, es como si estuviéramos dentro de ella —respondí finalmente, observando cada uno de sus gestos impresionados y emocionados.

Su pecho subía y bajaba con rapidez, y noté que le costaba mantener el equilibrio—.

Ey, ¿estás bien? —Di un paso hacia ella con los brazos preparados por si se desplomaba.

—¿Cómo que dentro de mi historia? —Me ignoró y retrocedió un paso, frunciendo el ceño. Después carraspeó, como si así espantara la vulnerabilidad y confusión que la cubrían—. A ver si la trayectoria de la piedra se ha desviado y te ha dado a ti en la cabeza.

—¿Insinúas que tienes mala puntería?

—Al contrario. Yo a eso lo llamaría tener muy

buena puntería. —Esbozó un intento de sonrisa provocativa que se quedó en eso, en un intento.

De repente su rostro palideció y le fallaron las piernas.

La sujeté por la cintura antes de que comprobara con su propia cara que el suelo estaba duro a pesar de la abundante hierba.

Intentó zafarse de mí con tan poca energía que supe que algo no iba bien, y la dejé con suavidad sobre la tierra.

Una vez tomé asiento a su lado, me deshice de la pesada capa sobre mis hombros y, pese a sus protestas, hice lo mismo con la de ella.

Dios, me sentía liberado. Ojalá pudiera desnudarme y bañarme en el lago antes de que Beatrice me cortara las pelotas por traumatizarla con mi increíble culo. Aunque en el fondo sabía que me miraría de reojo.

Estaba seguro.

—No somos dos amantes en una cita idílica bajo el sol —espetó.

—¿Cómo que no? —Levanté las cejas.

Me puso mala cara y tiró con hostilidad de la cuerda que descansaba sobre su cuello sacando el colgante de sombras y el reloj de arena.

—El tiempo se agota. Tenemos que irnos ya. —Lo agitó delante de mi cara para que comprobara que, en la parte superior del reloj de cristal, la arena comenzaba a escasear.

Hizo el amago de levantarse, pero la retuve cogiéndola del brazo.

—No sé muy bien qué ha pasado en el Sauce de Éter, e incluso me siento un poco estúpido por esperar que me lo cuentes, pero te has quedado seca de poder, así que esperaremos hasta que recuperes tus fuerzas —dije, ganándome un fuerte gruñido por su parte—.

Uy, sí, qué asco tener que quedarnos en el lugar que tú misma describiste como el mismísimo paraíso.

—Suspiré de forma teatral y melancólica—.

Ojalá transportarnos hasta las Puertas Umbra para que nos derroten en menos de un minuto y nos encierren en los calabozos para torturarnos hasta desmayarnos del dolor.

—Pues me parece un plan más divertido y gratificante que este —masculló, rompiendo el contacto visual. Tras unos segundos su tono se volvió menos cortante—. Además, no me apetece estar aquí precisamente contigo

.

Eso me ofendió un poquito.

—Pues te jodes porque de no ser por mí ni siquiera estaríamos aquí —contesté a la defensiva, consiguiendo que se girara hacia mí como un resorte.

—Y de no ser por mí nos habrían atrapado.

—¿Sabes cómo se llama eso? —Levanté un poco la voz.

—Sí, ser siempre la que te salva el culo. —Sonrió con prepotencia.

Puse los ojos en blanco.

—Eso es muy discutible, pero no. Se llama trabajo en

equipo.

Se le borró la sonrisa de un plumazo y me miró tan espantada que me pareció casi cómico.

Me fue imposible contener la carcajada que salió de mi garganta y que, pese a ganarme un suave puñetazo en el hombro, consiguió rebajar la tensión.

Para mi sorpresa, no discutió más. Sabía que tenía razón y que poco a poco habíamos dejado de ocultarnos cosas para trabajar juntos.

En medio de discusiones y a pesar de que la mayor parte del tiempo queríamos tirarnos cuchillos a la cabeza —y ojalá solo fuera una forma de hablar—, habíamos construido una alianza de verdad.

—Puede parecer una locura, pero cuando leí el extracto de tu libro en el que hablas sobre la libertad, realmente sentí que estaba en el lugar que describías.

—Beatrice clavó la vista en mí, toda su atención puesta en mi repentina confesión, y se removió, un poco descolocada e incómoda—.

Cuando apreté con fuerza la llave de aquel Guardián, conecté con la sensación de libertad y paz que me transmitiste —continué y sonreí sin reservas—.

Realmente estamos dentro de tu historia, Beatrice. ¿No es una pasada?

Meditó durante unos segundos mis palabras y su mirada se cubrió de desconfianza.

—¿De verdad no conocías este lugar?

—¿Por qué te engañaría diciéndote justo lo contrario?

—No lo sé —respondió con rapidez—. No me gusta que hayas leído algo tan personal.

—Ya. Siento mucho haberlo hecho.

Entrecerró los ojos, esperando algo que al parecer no llegó.

—¿Y ya está? ¿Sin excusas?

—Por mucho que estuviera aburrido o no supiera qué estaba leyendo, debí haber parado en cuanto descubrí que el texto llevaba tu nombre. —Me encogí de hombros—. En cualquier caso, no tenía ningún derecho a invadir tu privacidad.

Me observó sin creérselo del todo, pero terminó relajando los hombros.

—No vuelvas a hacerlo —advirtió, no con tanta dureza como seguro le habría gustado—. Nadie ha leído ninguno de mis libros y es raro que seas precisamente tú el único que lo haya hecho.

Una chispa de algo

me subió por el estómago, pero me encargué de exterminarla antes siquiera de saber de qué se trataba.

—¿Ni siquiera el intelectual y sabio de Connor? —pregunté, y ella negó con la cabeza—. Mira, no es por echarme flores, pero soy la persona más honesta con la que vas a encontrarte y bajo mi humilde punto de vista, tu libro es…