Capítulo 28
Aria
Acepté su peligrosa invitación con la condición de establecer tres reglas.
Casi rompemos una cuando sus ojos descansaron sobre mis labios más tiempo del que se consideraría apropiado, pero aun así logramos mantener la regla número uno: éramos tan solo dos amigos
secuestrados que compartían una cena. El carraspeo de Killian salvó la siguiente regla cuando por poco pregunto en voz alta cómo atravesaríamos la muralla del castillo.
A pesar de casi romperla, la número dos era la más fácil de mantener: durante esa noche no hablaríamos acerca de nuestros planes para escapar del Atharav.
Y, por último, la regla número tres… Sin duda la más necesaria y complicada.
No nos tocaríamos.
Tres sencillas palabras que formaban un mensaje muy claro.
Obviando el hecho de que la presencia de un amigo no conseguiría que me diera un vuelco al corazón cada vez que sus ojos se llenaran de cariño al hablar de su hermano, ni mucho menos que me fijara en cómo nuestras piernas se quedaban a centímetros de rozarse una y otra vez…
La cosa estaba yendo genial. Y para que continuara así tenía que dejar de observar el grillete que me ataba a la cama.
No quería darle más vueltas y mucho menos que Killian me preguntara.
—¡Eh! ¿Crees que al amable posadero le parecería bien que me robaras la cena? —me quejé después de que Killian me arrebatara el tenedor de la boca y se comiera las últimas verduras que quedaban en el plato.
Me sostuvo la mirada mientras su mandíbula se marcaba y relajaba a medida que masticaba y sus facciones se contraían en un gesto travieso que me retorció las entrañas. Joder, no soportaba lo guapo que era.
—¿Crees que al amable posadero le parecería bien que te negaras a compartir semejante manjar que ha preparado con todo
su cariño? —me respondió, pasándose la lengua por el labio inferior para saborear el rastro de comida que pudiera haber quedado.
Tragué saliva y devolví la vista hacia sus ojos con rapidez.
—Siento decirte que, si esto fuera una cita, Karina ya estaría llamándome porque la ha dejado su novio y necesita un hombro sobre el que llorar.
Emitió un chasquido y movió la cabeza en señal de desaprobación.
—Decepcionante, pero comprensible. Enfrentarse a gatitos despiadados acaba con los niveles de valentía de cualquiera —dijo el muy idiota, refiriéndose al susto que me había dado Trece aquella primera mañana en Haven Lake.
De pronto, su atrayente aroma eclipsó al de la comida cuando invadió mi espacio personal y me impidió pensar una respuesta rápida e ingeniosa.
Mi respiración volvió a descontrolarse conforme habló; su voz provocativa fue bajando poco a poco de volumen al mismo tiempo que sus ojos descendían hasta mis labios—.
Además, déjame decirte que si esto fuera una cita estaríamos en este mismo lugar, pero cenando algo mucho más delicioso.
Sentí sus palabras pesadas y calientes sobre mi piel, como un susurro sucio que se coló en la zona baja de mi vientre. Permanecimos demasiado cerca para la regla número uno, aguantándonos las miradas y sosteniendo la tensión sexual que espesaba el aire de la habitación.
El miedo hizo acto de presencia y logré recomponerme.
—¿Quieres parar de una vez? —exigí, intentando que la molestia enmascarara lo nerviosa que me había puesto.
—Y, de nuevo, si estuviéramos en una cita, no me pedirías precisamente eso —aseguró prácticamente sobre mi boca, su aliento bailando alrededor del mío.
—Nunca llegaríamos a tal situación porque… —Miré hacia sus labios e incliné ligeramente la cabeza—. Regla número tres.
—Me parece que esa regla es demasiado estricta…
y aburrida —ronroneó, y aunque simulaba que nuestra atracción no lo alteraba, pude notar la rigidez de sus músculos—.
Necesitamos una letra pequeña que recoja una única excepción.
—Su tono juguetón me encendió y antes de que pudiera actuar con la cabeza en lugar de con las hormonas, abrí mi maldita bocaza.
—¿Qué te parece si esa regla desaparece cuando llueva? —propuse, y al instante me arrepentí.
No, no, no. No podía permitirme bajar la guardia.
Se echó un poco hacia atrás ante la sorpresa de lo fácil que había sido que accediera.
Ya lo sé. Patético.
—Muy arriesgado sabiendo que parte de la población de Ígnea casi acaba muerta por la lluvia hace como… ¿dos horas? —Recuperó la distancia y sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa que me convirtió en puro líquido—. Cuidado, Aria, podría pensar que en el fondo deseas que te toque.
—Que una regla desaparezca por un periodo corto de tiempo no significa que vayamos a follar, Killian —señalé y las líneas de su rostro se volvieron más tensas—. Además, es muy poco probable que vuelva a llover.
—Y sin embargo, estamos refugiados en esta posada por ese mismo motivo, pero en fin.
—Suspiró y se alejó de mí, recostándose de forma despreocupada sobre el cabecero que chirrió por culpa de su ancha y musculosa espalda.
¿Desde cuándo había estado conteniendo el aire?
—. Como solo somos dos amigos secuestrados deberíamos hablar de cosas más…
apropiadas, tal y como dicta la importantísima
regla número uno.
La habitación se había vuelto más fría cuando Killian se había apartado de mí.
Odiaba que la ridícula distancia que acababa de interponer entre nosotros me molestara, y aún me daba más rabia ver cómo se divertía provocándome.
Tenía la garganta seca, así que tragué saliva y me prometí a mí misma que no volvería a caer en su juego.
Me había dado una tregua, sí, pero era tan falsa como algunas de las reglas que habíamos establecido.
Detrás de esa mirada perezosa y desinteresada se escondían sus verdaderas intenciones: retorcer mis propias reglas hasta que se volvieran en mi contra.
Pero no lo conseguiría. Así que luché contra la anhelante tensión de mi cuerpo y con la mano libre cogí la bandeja —ahora vacía— y la dejé encima de la mesita, donde las velas lentamente manchaban la madera de cera y sumían la habitación en sombras.
Cuando, de forma calculada y lenta, me giré para volver a mirarlo, saboreé la dulce expectación que mantenían a Killian serio, observando como un lince cada uno de mis movimientos.
Me mordí el interior de la mejilla para esconder la sonrisa triunfal que me provocó verlo en tal estado y, en cambio, hice el amago de inclinarme hacia él. Al instante, sus ojos se oscurecieron por un hambre que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—¿Sabes? Si mis amigos me hubieran visto comer verduras hubieran alucinado más que viendo cómo creaba una burbuja de hielo para protegerme de esa bestia —comenté con aire casual, y la decepción de Killian fue tan evidente como fugaz.
Su expresión se volvió inescrutable. No sabía si había asumido la derrota o aceptado mi movimiento como un nuevo reto. La inocencia del juego era la misma que la del viento que hacía que las ramas muertas arañaran la ventana. En ninguno de los dos casos nos dimos cuenta del peligro que escondían.
—Bueno, si mis amigos me vieran echar fuego de las manos seguramente habrían salido corriendo o me habrían preguntado que qué soy.
Vaya.
Bienvenida, nueva faceta de humor ácido.
Mi expresión se suavizó ante su tono amargo y parte de la tensión que había condensado el ambiente se diluyó. Contraje las rodillas y con el brazo que tenía libre las abracé, lista para sumergirme en el peligro que suponía para mis sentimientos seguir conociendo a Killian.
—Si recuperaran sus recuerdos sobre ti, ¿volverías para retomar tu vida?
Noté que dejaba de respirar por unos segundos, pero no mostró cómo le afectaba la simple posibilidad de imaginar algo tan lejano. Guardó silencio y desvió sus ojos, buscando una respuesta en la esquina más alejada de la habitación.
—Antes de que descubriera mi descendencia sobrenatural estaba supercolgado de una chica que…
—comenzó a contarme, y en cuanto mencionó la existencia de otra persona apreté los labios sintiendo cómo una sensación amarga y pegajosa me revolvía el estómago.
Tuvo que percibir mi abrupto cambio de lenguaje corporal porque se calló y elevó una de sus oscuras cejas—. Aria, ¿estás aguantando la respiración?
—No.
—Lo estás haciendo.
—¿Pretendes comprobar algo a partir de esa pregunta? —mascullé a la defensiva.
—No, ¿por qué? ¿Qué debería comprobar? —Sus labios tironearon formando el indicio de una sonrisa.
Puse los ojos en blanco y eso terminó por desatar su sonrisa de suficiencia.
Dios. Cuánto lo odiaba.
Maldije al que era tanto el culpable de mi dolor de muñeca como el mismísimo ángel de la guarda de Killian.
Gracias a él no podría borrarle ese gesto prepotente de la cara.
También me maldije a mí misma por sentir celos de alguien a la que ni siquiera ponía cara ni nombre.
Sin embargo, la posibilidad de que Killian sacara a otra persona de sus casillas, se preocupara por ella o la tocara con la misma necesidad con la que lo había hecho conmigo en las Cuevas Cushendun… me hizo sentir mal. Muy mal.
Mierda. Estaba hecha un lío.
—Bueno, lo que te estaba diciendo. —Killian retomó su respuesta ante mi silencio revelador—.
Por mucho que estuviera colgado de una chica a la que también le interesaba y tuviera amigos a los que echo de menos…
No me quedaría allí. —Hablaba con aparente tranquilidad, pero sus hombros se habían hundido y su voz tenía un deje triste que quise borrar cogiéndole la mano—.
Si lo hiciera, sería como un recordatorio constante de todas las cosas que me he perdido, de todo lo que nunca llegó a ser mi vida.
Agachó la mirada y apretó los dientes. Seguramente estaría pensando en su madre, en cada uno de los planes que desaparecieron cuando los Ignis irrumpieron en su vida.