A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 27 #2
64%

Capítulo 27 #2

—No, al otro, al presumido sabelotodo que reúne un total de cero pruebas como para creerse la persona más graciosa del planeta —conforme lo dijo sentí una chispa de la antigua Aria en su tono provocativo y en las ganas de seguir nuestro habitual juego de tira y afloja.

Me di la vuelta y comprobé que, en efecto, la palidez de su piel había atenuado.

—Ah, vaya, entonces me he debido de equivocar de habitación…

Yo también buscaba a alguien, ¿sabes si en esta posada se encuentra una chica llamada Aria?

—Señalé su altura en el espacio vacío—. Metro sesenta, castaña y muy mona.

Ah, y su talento es rescatar de una muerte segura a niños y ancianas sobrenaturales que rozan los mil años.

Esta vez, por más que lo intentó, no consiguió reprimir una suave risa.

Y, como a un idiota, casi se me sale el corazón del pecho al escucharla.

—Pues estás de suerte porque la chica que buscas soy yo, pero no estoy de acuerdo con que mi principal talento sea ese. —Hizo un mohín con la nariz que me despertó un fogonazo de ternura, al menos hasta que las posibilidades que sugerían sus palabras se colaron bajo mis pantalones.

—Bueno, estoy abierto a otras propuestas —arrastré las palabras bajando la voz y noté que su respiración se entrecortaba—. Si quieres, puedes mostrarme tus otros talentos para que, desde el conocimiento, pueda elegir cuál se te da mejor.

Sus mejillas se tiñeron de rojo y se removió nerviosa antes de lanzarme con torpeza el cojín flácido que tenía en el regazo.

Lo esquivé con facilidad y lo salvé de que aterrizara en la comida.

La cara de Aria al ver que había hecho peligrar su cena me pareció tan cómica que me sacó una risa ronca por lo bajo.

—Empiezo a pensar que tu mayor talento es meter el sexo en cualquier tipo de conversación, incluso en las que incluyen a ancianas milenarias —farfulló, aunque un brillo provocativo se había instalado en su mirada.

Me acerqué a la cama lentamente y cuando la tuve enfrente flexioné un poco las rodillas hasta quedar a la altura de sus ojos.

Me incliné aún más hasta que nuestras bocas quedaron a centímetros de rozarse y nuestros alientos se entremezclaron.

Nos aguantamos la mirada durante largos segundos que me supieron tan dulces como amargos.

—Bueno, lo del sexo lo has interpretado tú, así que ahora siento aún más curiosidad —ronroneé con voz aún más ronca—. Y déjame asegurarte que mi talento no es, ni de lejos, ese.

Me alejé un poco para recorrerla con los ojos como si fuera mi mano la que la tocara por todas partes. Su pecho subía y bajaba con rapidez, y cuando apretó los muslos con fuerza una sonrisa depredadora curvó las comisuras de mis labios.

Joder, ¿en qué momento un pique inocente había derivado en esto?

En medio de la tensión mi pulso sonó atronador, junto con el crepitar de las llamas cuyas luces y sombras incidían sobre el rostro cálido de Aria y las goteras del techo aterrizando en algún punto de la habitación.

Estaba tan aturdida por mis palabras que no se dio cuenta de cómo se me borró la sonrisa de un plumazo.

Al deshacerse del cojín —ahora entendía ese tiro tan nefasto— había dejado al descubierto que tenía una muñeca atada a la cama por un grillete de piedra, que parecía bastante pesado y en cuyo centro había un símbolo muy particular que no me pasó inadvertido.

Di un paso hacia atrás para ganar espacio y controlar la tormenta de ira que se empezó a gestar en mi interior. Fue entonces cuando se percató de lo que ocurría.

—Killian.

Noté cómo un músculo de mi frente palpitaba por lo mucho que estaba apretando los dientes.

—¿Quién te ha atado? —pregunté con tensa calma, aunque el rugido que sentía en mis oídos delataba lo cabreado que estaba.

—Un guardia que no conozco, pero estoy segura de que ha sido por orden directa de la persona que sueña todas las noches con nuestra destrucción.

—Resopló con amargura. Fayna—. Pero no pasa nada, he estado en sitios peores.

—Se encogió de hombros y esa verdad me cayó como un jarro de agua fría, dejándome rígido.

Se quiso acercar a mí por impulso, pero el grillete de tonos rojizos tiró de ella anclándola en el sitio, así que soltó un suspiro de resignación y bajó la voz a sabiendas de que podían estar espiándonos—.

Solo serán unas cuantas horas, y si no armamos ningún revuelo, seguiremos alimentando su confianza, lo cual, te recuerdo, es el eje principal de nuestro plan.

Eso sí, voy a tener que echarte de la habitación para que busques a alguien que me libere cuando me entren ganas de hacer pis.

—No me hace ni puta gracia que estés atada, joder. —Ignoré deliberadamente su intento de restarle importancia a la situación.

Por eso Fayna se había puesto en alerta cuando el posadero quiso entrar a la habitación, ¿qué pensaría si veía a la salvadora de su pueblo maniatada

? La confianza que tenían en el rey desaparecería, y eso no nos beneficiaría a ninguno.

—Lo que no entiendo es por qué solo me encadenan a mí, que no es que prefiera que tú también estuvieras atado, pero…

—Saben que mientras tú estés aquí yo no voy a irme a ninguna parte.

Mis palabras llenaron cada rincón de la habitación y flotaron en el aire. La miré con intensidad. Tenían mucho más significado del que ninguno de los dos estábamos dispuestos a admitir.

Trasladé la vista a su cuello, y la vi tragar saliva.

—Ni yo. Yo tampoco voy a irme. —El verde de sus ojos brilló con firmeza.

—Lo sé.

Y también lo había sabido cuando, horas antes, se dio la vuelta para marcharse corriendo en medio de una tormenta a sabiendas de que ninguno podríamos ir detrás de ella.

Aunque la sombra de la duda me había encogido el estómago durante un breve instante, la había ignorado.

Elegí confiar en ella, y cada vez que tomara esa decisión la desconfianza se haría más y más pequeña.

Así hasta que mi primer pensamiento fuera la certeza de que estábamos juntos en esto.

—Déjalo estar. —Aria acabó con el electrizante silencio, hablando siempre en un susurro apenas audible—.

Tenemos a los Ignis justo donde queríamos y, por lo tanto, también al rey.

Esta tarde han comprobado por ellos mismos que poseo los poderes de los Kaelis, y al rescatar a Sharon he demostrado que quiero ayudarlos.

No podemos hacer nada que arriesgue nuestra posición.

Pese a la frialdad de sus palabras distinguí la culpabilidad oscureciendo las líneas y ángulos de su rostro. Se sentía mal porque cada vez sabíamos más sobre la vida tan dura del Atharav, y las caras de los Ignis ya no eran sombras difusas de los monstruos que teníamos en nuestras cabezas.

Nuestra traición tendría un precio, tanto para los Ignis como para nosotros.

—Sigo creyendo que tanta sabiduría se debe a estar al borde de la muerte todo el tiempo —dije, cruzándome de brazos y disfrutando de cómo su gesto se contraía por la molestia.

—¿Seguro? —Arqueó una ceja—. Porque a ti no te ha funcionado.

—Eso es porque yo nunca llego a estar tan

al borde.

—Genial, una vez que has admitido tu inexistente sabiduría

podemos continuar. Ven, siéntate conmigo —me pidió, con una expresión triunfal.

Gruñí por lo bajo y al instante el colchón de paja se hundió bajo mi peso. Estaba húmedo por culpa de lo empapada que habría llegado Aria después de la tormenta; los capullos ni siquiera le habían dado ropa para cambiarse. Me senté en la misma posición que ella, pegado a la pared.

—¿Cómo van tus heridas? —Levantó una mano con el objetivo de tocarme la zona más afectada de mi cara, pero, de nuevo, no pudo.

—Bien, ya están desapareciendo. —Fue lo único que fui capaz de decir al tenerla tan cerca. Estaba demasiado concentrado en no desviar la vista hasta sus labios, que se habían contraído por la frustración de intentar moverse cuando claramente no podía.

Como si buscara mi calor, sus piernas se inclinaron hasta rozar las mías.

Al darse cuenta del movimiento inconsciente de su cuerpo se apartó como un resorte, carraspeando.

Me alegraba saber que no era el único afectado por nuestra cercanía, así que fui bueno y oculté la sonrisa divertida que me produjo la situación.

—¿Te acuerdas de la noche en la que casi muero por culpa de los Ignis? —preguntó.

Alcé una ceja.

—¿Cuál de todas ellas?

—En el bosque de Haven Lake, cuando se llevaron a Álex… —Sus ojos se hundieron y tuvo que coger un poco de aire para continuar—. Creo que fui yo la que provoqué la tormenta que evitó que muriera degollada.

—Tiene sentido. Era demasiada coincidencia que justo cuando estaban a punto de matarte empezara a llover. Ni siquiera tú tienes tanta suerte.

Soltó una risa corta y seca de incredulidad.

—No puedes hablar en serio. Lo último que diría de mí misma es que soy una persona con suerte. —Bajó la mirada hasta la muñeca sujeta al cabecero y la movió para dar énfasis a sus palabras.

—Eso es porque estás mirando hacia el sitio equivocado. —Coloqué la mano en su barbilla y la alcé para que volviera a mirarme. Esbocé una sonrisa torcida—. Ahora sí.

—¿Mirarte a ti es el equivalente a pisar una mierda o algo así? —Fingió confusión y arrugó las cejas—. ¿Tiene que darme suerte?

—Retiro lo de la sabiduría, está claro que estar cerca de la muerte hace que te cueste pillar las obviedades. —Sin darle tiempo para que respondiera bajé mi mano para hacerle cosquillas en el costado.

No pudo hacer otra cosa que patalear y retorcerse para intentar zafarse de mis manos, que atacaron sin piedad para pellizcar su barriga, tal y como hacía con Eric.

—¡Killian! ¡Déjame!

La torturé un poco más y luego me recosté sobre el cabecero con los brazos detrás de la nuca.

—La próxima vez no pararé hasta que me supliques —le aseguré con una sonrisa triunfal al verla toda roja por la risa.

Era consciente de que teníamos temas más importantes de los que hablar, pero quería saborear este momento todo lo que pudiera.

—Bueno, centrémonos en nuestro plan. —Por lo visto, Aria tenía el mismo conflicto interno, pero había girado en una dirección totalmente opuesta.

Qué bien—. Gracias a Sharon tenemos una nueva pista de la que tirar: los Solitarios viven en el Bosque de las Bestias.

Tenía la ligera sospecha de que Eidan se refería a esos seres cuando nos contó que de pequeño había derrotado a un monstruo.

Sharon me lo ha confirmado al mencionar que tan solo un Ignis había sido capaz de sobrevivir a su ataque.

—¿Los Solitarios son bichos como el que ha aparecido esta tarde en el mercado?

—Sí, según Sharon aparecieron en el Atharav hace relativamente poco y fueron creados por los Indómitos para protegerlos de cualquiera que quisiera entrar en su territorio.

—De puta madre —maldije—. Bueno, si alguien pudo derrotarlo, entonces nosotros también. Hablaremos con Eidan cuando regresemos al castillo para que nos cuente cómo lo hizo. Si vamos a cruzar el Bosque de las Bestias, necesitaremos toda ventaja posible.

Aria me relató de forma breve su charla con Sharon acerca de su vida en la Tierra con los Dioses Elementales antes de que el Gran Hacedor impusiera la maldición. También me detalló la forma en la que dio forma a su poder y cómo la presencia del Solitario la había desestabilizado.

—Pero de repente sentí como si una energía externa me nutriera y alimentara mi poder…

—Fui yo —respondí con rapidez, ganándome una mirada de asombro—. Nuestros poderes no solo están unidos para que yo pueda utilizarte y manipularte, también puedo alimentar tu energía para ayudarte.

Sus cejas se alzaron aún más por la sorpresa.

—Joder, Killian, eso es…

—Lo sé. —Me acerqué más a ella, guardándome en la memoria ese destello de alegría en sus ojos—. Connor nos entrenará para que sepamos exactamente cómo funciona, eso sí, a escondidas del rey. Si se enterara… No le haría demasiado gracia que pudiéramos unirnos contra él.

Se quedó quieta durante unos instantes mordiéndose levemente el labio inferior.

—Gracias por ayudarme. —Se acercó hasta mí para darme un suave beso en la mejilla que hizo explotar a mi estúpido e impresionable corazón.

Me quedé descolocado por su repentina cercanía, y en cuanto se alejó quise llenar el frío vacío—.

¿Y ahora qué hacemos? —preguntó con la voz un poco estrangulada.

Bueno, se me ocurrían un par de cosas muy divertidas, pero pese a que parecía sentirse muy cómoda conmigo, dudaba que le parecieran buenas ideas.

No estábamos en el mismo punto que en las Cuevas Cushendun.

—¿Qué te parece si te invito a cenar? —propuse esbozando una media sonrisa.

—Teniendo en cuenta que no puedo rechazar la oferta porque estoy atada y porque si no me ayudas a comer, jamás probaré esa sopa que huele deliciosa… Vale.

—Me siento muy alagado por tu entusiasta respuesta, ¿pero piensas asistir a nuestra primera cita con la cara llena de mierda y sin cambiarte?

—¡Es barro, imbécil! —exclamó, intentando tocarse la cara para quitarse la suciedad y haciendo que algunos mechones se salieran de su trenza ya prácticamente deshecha.

Me reí y detuve su lucha tirando levemente de su antebrazo para acercarla a mí. Después, acuné su cara y con el pulgar le froté la mejilla hasta que las manchas oscuras desaparecieron y solo quedó su ligero rubor. Repetí el suave movimiento a pesar de que su piel lisa ya estaba limpia.

La tensión volvió a aparecer y esta vez dejé que mis ojos bajaran hasta sus labios rosados y húmedos. Permití que mis sentidos se detuvieran en su dulce olor y en el tacto de su cálida y apetecible piel.

—Killian… No podemos complicar aún más las cosas.

—Para mí esto es lo menos complicado que estamos viviendo, Aria. Entiendo que resulte aterrador bromear y sentirnos bien en medio de este infierno, pero no me apetece fingir que no quiero hablar contigo o que no quiero tocarte —dije con un tono áspero y serio.

Pese a las ganas que ambos nos teníamos, no quería presionarla porque estaba en un punto muy diferente al mío. Acababa de perder a su madre y de descubrir que tenía poderes sobrenaturales —entre otras muchas cosas—, así que decidí darle el espacio que sus tensos músculos me decían que necesitaba.

Me costó, pero me alejé un poco de ella.

—Está bien, ¿qué te parece si en vez de una cita hacemos una quedada entre dos colegas secuestrados?

Casi parecía que cogía aire de nuevo, porque, claro, ¿qué podía haber de peligroso en una quedada entre amigos?

Nuestro primer error fue pensar que podríamos fingir ser amigos sin saborear las consecuencias. Y nuestro segundo error… Bueno, ¿tal vez cada palabra y movimiento que hicimos desde ese preciso instante?

Sobre todo teniendo en cuenta que el grillete, al fin y al cabo, servía para atarla a la cama.