Capítulo 27
Killian
Dudaba entre si sentir admiración hacia mi autocontrol, o estar furioso por no mandarlo todo a la mierda y haber salido detrás de Aria, guiándome por mi instinto de protección y por el terror de que pudiera ocurrirle algo.
Me ponía enfermo de solo pensarlo. ¿Y qué si no llegaba por culpa de la lluvia?
Me importaba una mierda. Mi cuerpo no entendía que solo empeoraría las cosas si actuaba con imprudencia cuando vi, desde la distancia, cómo ese monstruo salido de la nada se acercaba a ella.
Sentí un terror que heló cada uno de mis músculos.
Gracias a mis sentidos superdesarrollados advertí que la muralla de hielo que Aria había creado para salvar a Sharon se estaba agrietando, y que acabaría dejándolas desprotegidas frente a esa bestia.
Fue el punto de inflexión que casi me hace perder la puta cabeza.
Connor, que no me quitaba el ojo de encima, tuvo que agarrarme discretamente del traje para retenerme.
No me quedó otra que seguir sus instrucciones para ayudar a Aria desde la distancia a través del hechizo que nos unía.
Y joder, para nuestra sorpresa, había funcionado.
Solía confiar en mis propias capacidades, pero después de convertirme en un semidiós Ignis, no estaba tan seguro de mí mismo; no cuando no tenía ni puñetera idea de cómo funcionaban mis nuevos poderes.
Sin embargo, había conseguido ayudar a Aria, a plena vista de decenas de Ignis petrificados por la aparición de una de sus peores pesadillas. Una pena que yo no les infundiera el mismo miedo.
Una vez cesó la lluvia, solo quedaron la oscuridad y la quietud de la noche.
Los guardias salieron de sus escondites para poner a salvo tanto a Aria como a Sharon, y Fayna me ordenó, con una sonrisa de regocijo que quise borrarle de un plumazo, que ayudara a su pelotón a aplacar los nervios de los Ignis.
¿Yo? ¿Tranquilizar a los Ignis e impedir que se formaran avalanchas?
«Tócate los huevos». Apreté los puños para contener la oleada de rabia que puso a prueba, una vez más, mi capacidad de autocontrol.
Fayna solo lo hacía para molestarme porque de tonta no tenía un pelo y sabía que ansiaba irme con Aria.
Tanto odio solo podía significar una cosa, y me producía entre asco y risa.
Sentí la presencia de Aria cerca de mí y giré la cabeza para comprobar que se encontrara bien.
Joder, ahí estaba, caminando con dificultad por el sobreesfuerzo que le habría llevado experimentar con sus poderes, pero sana y salva.
Tuvo que percibir el torbellino en mis ojos, que reflejaban la guerra que estaba librándose en mi interior, porque negó con vehemencia y se dejó llevar a rastras por los Ignis, entre ellos Eidan.
Capté su mensaje. Teníamos que seguir con el plan. Ganarnos su confianza. Manipular. Fingir. Bla, bla, bla.
Quería mandar todo eso a la mierda.
Luego me acordé de Eric y me sentí fatal por siquiera haberlo pensado.
Gracias a mi aguda vista, pude averiguar hacia dónde nos dirigíamos.
Entre la espesa niebla se alzaba uno de los edificios más altos que había visto hasta entonces: la posada que daba refugio a Ignis de otras ciudades del reino.
Acudían a la capital en busca de nuevas oportunidades, o la mayoría de ellos llamados para entrenar y combatir en la Anual.
Según uno de los guardias, el monstruo —dijo «Solitario» en voz baja, como si fuera a acudir a su llamada— andaba suelto, y como el ambiente seguía cargado temían que volviera la tormenta.
Lo que se traducía en que pasaríamos la noche a salvo en la posada.
Un carruaje partió hacia el castillo para avisar al rey de lo sucedido, y Fayna obligó a Connor a que se subiera.
Si se nos ocurría la tentativa idea de escaparnos en mitad de la noche… el Guardián pagaría las consecuencias.
Si fuese él, estaría acojonado.
El resto de los Ignis se esparció hacia sus hogares. La guardia del rey buscó casas en las que les pudieran acoger, ya que la mayoría de ellos vivían en el Castillo.
La piel me hormigueaba por la creciente necesidad de llegar hasta Aria.
Conforme caminaba, abría y cerraba los puños para disminuir la ansiedad.
A pesar de mi estado, y Dios sabe cuánto me jodía admitirlo, saber que el puñetero Triturador de Almas era quien estaba con Aria me tranquilizaba.
No me fiaba de él, pero era el que mejores sensaciones me transmitía pese a su nombre.
«En fin».
Exhalé con fuerza y, frustrado, me aparté el pelo sudoroso de la frente.
Un cartel bastante estropeado nos dio la bienvenida a la Posada Aedus, que se encontraba sabiamente a las afueras de Ígnea, justo en el extremo opuesto al Bosque de las Bestias.
La fachada estaba en ruinas, a punto de caerse a pedazos, pero le daba cierto aire antiguo y cálido que me hizo querer entrar para alejarme de las inquietantes y desérticas calles del pueblo.
Seguí a Fayna y cuatro de sus guardias a través de la pesada puerta, y nos adentramos en una taberna demasiado silenciosa.
Subimos por las escaleras con la única compañía del crujido de nuestros pasos sobre la madera, y recorrimos un pasillo oscuro de arcos tallados hasta que llegamos junto a Eidan.
Custodiaba una habitación, y como no se apartara pronto…
Apreté la mandíbula.
—Disculpen, con su permiso vengo a ofrecerle una cena rica y nutritiva a la llave.
—Una voz rasposa y grave emergió de detrás de nosotros.
Le abrimos paso y, por la bandeja de comida que llevaba y su apariencia, imaginé que sería el posadero.
Me fijé en la brutalidad de las heridas irregulares que recorrían su cara y me pregunté si se las habría hecho durante una Anual—.
Deseo agradecerle que salvara a nuestra querida Sharon, una de las Ignis más longevas del reino.
Percibí el movimiento de Fayna a mi lado y me adelanté.
—La llave, como vosotros la llamáis, tiene nombre, y no hará falta que te molestes, ya le entrego yo la comida —anuncié con un tono sombrío.
—Oh, por supuesto, su majestad. —Hizo una torpe reverencia y me entregó con cuidado el cuenco caliente, el pan y lo que parecían ser verduras asadas.
Sentí la mirada furiosa de Fayna sobre mí, así que me giré para encararla.
—No hay ningún problema, ¿verdad? —pregunté, pronunciando las palabras lentamente y sin molestarme en ocultar el deje cortante de mi voz—. Qué digo, ¿por qué debería haberlo? Solo quiero alimentar a nuestra querida
aliada.
El posadero observaba la escena con la frente ligeramente arrugada.
No esperé a que Eidan se apartara de mi camino, di un paso hacia la puerta con decisión y se hizo a un lado.
Éramos un equipo, ¿qué más daba que quisiera ver a Aria?
Era el príncipe del Atharav, a ojos del pueblo podía hacer lo que me diera la gana.
Y eso iba a hacer. Por una maldita vez.
—Espera. —Fayna dio un paso rápido hacia mí—. Ya te abro yo la puerta, no vayas a derramar el caldo y nuestra querida
Aria pase hambre durante esta larga y peligrosa noche —pronunció su nombre con desdén, y apreté los dedos en torno a la madera de la bandeja para no tirarle la sopa a la cara.
Se acercó hasta la puerta y mientras la abría me susurró tan cerca que sentí una oleada de asco por todo el cuerpo—: Tened cuidado, sería una pena que un Solitario entrara de repente en vuestra habitación y…
—No te preocupes, Fayna —corté su amenaza alzando la voz, y transformé la violencia que sentía hasta convertirla en una suavidad afilada—. No dejaré que pase hambre, al igual que tampoco dejaremos que el Atharav sufra más las consecuencias de tu fracaso, año tras año.
El portazo retumbó por las paredes.
Esperé que la oleada rabiosa de su poder despertara y agujereara la puerta hasta estrangularme, pero no sentí nada más que el olor a cera mezclándose con el aroma especiado de la comida, un calor agradable y la luz tenue que me recibió.
Esa mujer era un puñetero robot maquiavélico que controlaba mejor que nadie sus emociones.
Le dediqué la mínima atención al espacio que me rodeaba: paredes de piedra y ladrillo, y gruesas vigas de madera que sujetaban el bajo techo alumbrado por velas medio derretidas colocadas encima de la cómoda y la mesita de noche.
Al instante, una fuerza tiró de mí y posé los ojos directamente en Aria, que me observaba fijamente con los labios entreabiertos y con una expresión de genuino alivio que me calentó el pecho.
Se reacomodó apoyándose con la espalda sobre el cabecero.
O mi percepción fallaba, o se estaba aguantando las ganas que tenía de llegar hasta mí.
Se quedó inmóvil, guardando las distancias.
Aproveché para repasar como un puto obseso cada centímetro de su cuerpo, por si acaso antes se me había pasado alguna herida por alto.
Sin embargo, salvo el cansancio que hundía sus facciones y la suciedad de su traje, parecía estar bien.
Cada vez que volvía a verla, incluso si habían pasado cinco minutos, me descolocaba lo guapa que era, y la fuerza que desprendía pese a estar pasando por el peor momento de su vida.
A pesar de todo lo que nos separaba, volví a respirar casi con normalidad al tenerla otra vez conmigo.
Sin embargo, aunque el nudo que sentía desde hacía horas se había aflojado, aún me oprimía el pecho.
Más cerca. Sabía que si me acercaba lo suficiente, desaparecería.
—¿Killian? —pronunció mi nombre casi como si no se creyera que de verdad estuviera allí.
Fruncí el ceño y miré con inocencia a ambos lados.
—¿Te refieres al tío guaperas e inteligente que se muere por saber cómo estás?
Di un paso hacia ella y dejé la bandeja en la cómoda pegada al armario. Gracias al espejo que colgaba de este pude ver cómo la arruga de preocupación de su frente se relajaba y juntaba los labios para contener una sonrisa.