A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 26 #3
62%

Capítulo 26 #3

En cambio, alteré mi expresión a una de puro malestar y asentí, siguiendo la dirección de su mirada.

Me encontré con la larga fila de Maestros que esperaban recibir su ración individual de Éter; esta se extendía desde el centro del sauce, también situado en medio de la galería, hasta la salida.

Cuando llegaba su turno, alzaban la llave entre las manos para entregársela al supervisor, este le echaba un rápido vistazo antes de cogerla con cuidado y presentarla ante el árbol, donde algunos rayos de luz que emergían de las ramas incidían en ella.

Una vez la reconocía, el supervisor se ponía de rodillas y la sumergía en el Éter durante unos pocos segundos.

Al extraerla para devolvérsela, el oro viejo y apagado había sido remplazado por un intenso y brillante dorado.

De repente, un revuelo de voces rompió la cotidianidad del momento y me salvó de meter la pata diciendo cualquier cosa como «Sí, ya lo sé» cuando en realidad lo único que tenía claro es que esos cuatro hijos no eran míos.

Robferd y yo avanzamos para descubrir qué había alterado el orden, pero tras un primer vistazo solo advertimos que la uniforme fila que formaban los Maestros se había deshecho hacia el final.

Apreté los labios en una fina línea recta cuando el asomo de una sonrisa de satisfacción tironeó de mis comisuras.

Una enorme piedra salió despedida desde el lugar del revuelo, rodó por el suelo hasta que perdió velocidad y se detuvo, con cientos de ojos clavados en ella.

Estábamos ante un acontecimiento que marcaría la historia y se preguntaría en exámenes, siendo odiado por cientos de adolescentes porreros que lo último que querrían sería estudiar el día en que Beatrice me había hecho caso.

Había usado mi increíble técnica de distracción.

Rápida, sencilla y eficaz.

—Alguien me ha tirado esa piedra a la cabeza, ¿pero esto qué es?

—gritó uno de los Maestros afectados. Salió de la fila, proyectando la voz hacia cada rincón de la galería—: ¿Acaso estamos en el patio infantil de un colegio?

Quiero que el responsable dé la cara o el resto de sus compañeros Novicios pagarán las consecuencias.

—Su tono severo subió de volumen cuando aulló—: ¡Ya!

Todos se miraban entre sí buscando al responsable, pero nadie se declaró culpable.

—Necesito que todos los Novicios que se encuentren en la sala acompañando a sus superiores desvelen su rostro —ordenó uno de los Maestros que ocupaban los puestos de vigilancia para que nadie se acercara demasiado al lago de Éter.

Inmediatamente, el pequeño grupo de Novicios se apartó de la fila para desvelar su rostro.

Me resultó penoso a la par que alarmante que no hubiera ni un solo segundo de vacilación.

Eran meros soldados, e intuía que si tenían acceso al Sauce de Éter sería precisamente por eso, por su actitud sumisa y obediente.

Varios guardias se acercaron a templar los nervios y a descubrir qué había ocurrido, incluido Robferd, que antes de alejarse me dedicó una mirada cómplice.

Me mantuve en el puesto de guardia estudiando el rostro de cada uno de los Novicios para localizar cuál era el responsable que quería robar Éter; una vez lo hiciera daría la voz de alarma.

La vida me sonrió cuando reconocí entre ellos a los imbéciles que se habían metido con Beatrice en las cocinas.

Esta vez no tuve que contener la sonrisa de satisfacción que cubrió mi rostro.

—¡Rob! Son ellos, ellos son los que pretenden robar el Éter utilizando esa ridícula técnica de distracción.

—¡Guardias! —dio la orden corriendo hacia los Novicios—. Detenedlos.

Estalló el caos; las exclamaciones de confusión, la traición reflejada en sus caras, el sonido apresurado de los pasos retumbando por las paredes…

El refuerzo de seguridad rodeó a los acusados, que esta vez sí abrieron la boca para defenderse.

Sabían qué les esperaba si no salían de aquello, e incluso si lo conseguían, la mancha de la duda ya estaría sobre sus nombres.

Aproveché el movimiento errático de la escena para ponerme en marcha.

Todos los guardias habían acudido a la parte delantera del sauce, por lo que rodeé sin problema el árbol hasta llegar a la parte de atrás, que ni uno solo de los guardias vigilaba, confiados de que nadie llegaría tan lejos.

Bueno, pues Liam sí lo había conseguido.

Allí me esperaba Beatrice, y en cuanto me vio el triunfo se mezcló con la ansiedad, puesto que solo contábamos con un par de minutos para cargar nuestras llaves y escabullirnos.

Entonces Liam, padre de familia y guardia comprometido con el Gran Hacedor, pasaría a ser un mero engaño de un astuto desconocido.

Sin embargo, cuando aquello sucediera ya estaríamos lejos de allí, concretamente atravesando las Puertas Umbra en busca de mi hermana… Y del resto.

—¿Le has tirado una piedra a la cabeza y no me has ocultado ningún secreto? —pregunté arqueando una ceja—. ¿Quién eres y qué has hecho con Beatrice?

Emitió un gruñido grave con la garganta.

—Beatrice está más que dispuesta a dejarte la cara aún más irreconocible como no te calles.

Silbé.

—Mejor no tentar a la suerte.

—Chico listo. —Esbozó una sonrisa victoriosa mientras terminaba de desenvolver la llave oculta en un trozo de tela.

El tronco ancho del sauce nos ocultaba por completo, pero en cualquier momento alguien podría asomar por cualquiera de los laterales.

No perdimos más tiempo. Imitamos el ritual que había hecho el supervisor.

Tuve que entornar un poco los ojos porque el brillo era demasiado para mi vista, incluso se me humedecieron por el esfuerzo de mantenerlos abiertos.

Sumergí la llave al mismo tiempo que Beatrice lo hacía a mi derecha, y sentí un hormigueo extraño e intenso sobre la piel cuando algunas motas de Éter se posaron sobre mis dedos.

En cuanto las extrajimos y percibimos el cambio en el estado del material, las volvimos a guardar a buen recaudo, cada uno la suya.

—¿Has visto como sí que podía hacerme pasar por un Maestro? —Sonreí con chulería, fingiendo que me quitaba una mota de polvo del hombro—. No es por nada, pero te lo dije.

—¡Sabía que estabas mintiendo!

Arrugué la frente.

Vale, esa voz tan varonil y colérica no provenía de la dulce y despiadada Beatrice.

Me giré hacia atrás para encontrarme con Robferd, y un Maestro humillado y engañado equivalía a un Maestro asesino que avanzaba hacia nosotros echando humo por las orejas.

—¿Ah, sí? —Alcé una ceja, desafiándolo con la mirada—. ¿Y cómo, si puede saberse?

—Tu mujer es conocida como la persona más horrenda que verás en el Abismo, ni siquiera su esposo diría que es preciosa. —Apretó un músculo de su mandíbula—. Los Guardianes no mentimos.

¿En serio me había descubierto por esa tremenda gilipollez?

—Para mí es preciosa —respondí a la defensiva, ofendido por la pobre Lyba.

—No dirás lo mismo cuando la veas tras las verjas del calabozo. —Se rio con malicia—. ¿Y cómo se llaman tus hijos? —masculló forzándonos a que diéramos pasos tentativos hacia atrás.

Teníamos que hacer algo porque no quedaba demasiado para que el tronco dejara de ocultarnos de la vista de todos.

—No sabía que entre las innumerables cualidades de los Guardianes se encontrara la de ser cotilla.

—¡Callaos ya! —estalló Beatrice, que había estado totalmente perdida durante la conversación. Me señaló con una sonrisa triunfante—. ¡Tú! Te lo dije —canturreó y yo puse los ojos en blanco. Mucho estaba tardando—. Y tú, sucia escoria, no podemos dejar que te vayas.

A míseros centímetros de salirnos del tronco dejamos de caminar.

—Ya he avisado a un compañero, quedan segundos para que esto se llene de Guardianes —respondió Robferd, deteniéndose también.

Un grupo de Novicios corrió hacia nosotros, sirviendo como barrera ante los Maestros, y no porque nosotros supusiéramos un peligro para ellos. No, lo que no querían era mancharse las manos.

—¡Es el Incierto que está en busca y captura! —anunció uno de ellos, adelantándose—. ¿Y esa es su hermana?

«¿Otra vez vamos a tener esta conversación?».

—¡No! ¡Es la zorra de Beatrice! Se rumorea que hoy sus gritos han llegado a todos los rincones del Abismo. Me ha extrañado que fueran de dolor y no por estar haciendo la gua…

Acorté la distancia que nos separaba y me abalancé sobre él. Aprovechando el inesperado ataque, lo cogí del cuello de la túnica y acerqué su espalda de forma peligrosa al estanque dorado, sus ojos de pánico me indicaron que no sería muy buena idea ahogarlo en su propio elemento.

—No vuelvas a pronunciar su nombre.

Estaba tan pegado a él que no podía extender completamente su brazo para golpearme o controlar el Éter para hacer alguno de sus truquitos. Yo tenía el control.

—Nosotros hemos sido creados para controlaros hasta que os mandemos como perros a vuestros infiernos. No puedes vencernos, por mucho que creas saborear la victoria…

Golpeé su nariz tan fuerte que se le empañaron los ojos. Aproveché su aturdimiento para rematarlo de un cabezazo. Al instante se quedó inconsciente.

Alcé la mirada para descubrir al grupo de Novicios encolerizados.

Después observé a Beatrice, preguntándome por qué no había oído sus gritos, por qué no había podido ayudarla cuando ella me había salvado la vida.

Pero no había tiempo para aquello. Y Beatrice… Ella tenía otros planes.

La astucia intensificó el azul de sus ojos cuando se quedó quieta, muy quieta.

Advertí cómo evaluaba a los Guardianes que corrían hacia nosotros por ambos lados del Sauce de Éter y nos cerraban la única salida.

Algunos ya movían las manos en un gesto que desataría sus poderes y nos impediría atravesar las Puertas Umbra.

Pero Beatrice fue más rápida, siempre lo era.

Se lanzó de espaldas hacia el lago bajo el sauce y mientras caía casi a cámara lenta el caos se apagó y quedó sustituido por exclamaciones ahogadas.

El Éter se la tragó y no quedó rastro de ella.

Intuí que nadie había hecho algo así antes porque la conmoción de los Guardianes se igualaba a la mía.

Todos se detuvieron de sopetón, sin apartar la mirada del lugar que había ocupado antes de desaparecer.

Los segundos se alargaron mientras la incertidumbre retumbaba en el silencio y me provocaba un miedo inesperado en la boca del estómago.

Sin poder contenerme me acerqué hasta los pies del sauce con la idea de zambullirme para llegar hasta ella. Pero no hizo falta.

Emergió del fondo del lago dorado a paso lento y seguro, mirándome fijamente. El Éter bañaba cada extremo de su piel, que brillaba como si fuera una mujer de oro. El pelo se le había soltado de la trenza y se elevaba sobre sus hombros al ritmo lento y seguro de sus pasos.

Las exclamaciones de asombro rebotaron por las paredes.

Al instante me aparté de su camino, pensando que se quedaría un paso delante de mí, pero me equivocaba. Se detuvo a mi lado.

Alzó la voz y se dirigió a cada uno de los Guardianes que formaban una barrera entre nosotros y la única salida.

—Juro que algún día seré yo quien atraviese vuestros corazones. Uno por cada corazón que apagasteis. Uno por cada mujer que condenasteis por el mero hecho de existir, por desear algo más que las míseras migajas que les ofrecíais.

No era una amenaza, era una promesa.

Después de pronunciar esas palabras expulsó la fuerza del poder que la bañaba dando un fuerte pisotón en la tierra que provocó que la cueva comenzara a temblar.

Las ramas del sauce se movieron como si una fuerte tormenta las hubiera sacudido con violencia.

El crujido de la piedra al quebrarse fue el primer y único aviso que les concedió la muerte.

El filo de la primera estalactita resplandeció antes de ceder por completo y precipitarse hacia el vacío.

Fue el pistoletazo de salida antes de que el resto cayera hacia los rostros conmocionados que no podían apartar la vista de Beatrice.

Intuía que no tenía un plan B, que los había atacado a sabiendas de que se salvarían y con la esperanza de poder huir en medio del caos. Pero ya no quedaba ni un solo rincón oscuro en el que pudiéramos escondernos. Ni siquiera con el colgante de sombras ni la ayuda de Uriel.

El Abismo ya sabía que estábamos allí, e iría a por nosotros.

Así que tomé otra decisión impulsiva y que me conduciría probablemente a un destino peor que la muerte. Pero me arriesgué.

Cogí la llave del pobre Rob, que estaba inconsciente a un par de metros a mis pies, y me aferré a ella.

Cerré los ojos e imaginé, al igual que ella había hecho otras tantas veces.

Al igual que cientos de mujeres habían hecho, aunque solo conocía a una.

Sospechaba que seguía haciéndolo en secreto, y que estaba arriesgando su mayor sueño por salvar a Connor, que de alguna forma apoyaba al sistema que la condenaba.

Cogí la mano de Beatrice.

—¿Confías en mí?

Tragó saliva y vi las dudas, la desconfianza, el miedo, la rabia, el rencor.

Pero me aferré a la chispa de esperanza, la misma que la impulsaba a sentarse y escribir un futuro en el que la luz y los colores existían.

—Sí.

La palabra se deslizó como una caricia por mi piel.

El remolino de Éter nos abrazó con fiereza, se onduló y giró sobre nosotros; reconociéndonos.

Pude sentir el impacto de los ataques de los Guardianes, intentando impedir por todos los medios nuestra huida, pero era una muralla de poder impenetrable.

Atravesamos el brillo dorado que nos llevó a un lugar secreto, escondido entre deseos prohibidos.

No paramos de caminar hasta que el dorado dio paso al resto de los colores; hasta que la brisa sustituyó la presión y el calor del Éter sobre mi piel y, sobre todo, hasta que la luz del sol me hizo cerrar los ojos.

Sabía que, si no lo hacía, terminaría cegándome.