Capítulo 26 #2
Mis costillas protestaron cuando Beatrice me dio un disimulado codazo para que me moviera y conforme fuimos adentrándonos en la sala me fue imposible no alzar la vista hacia el techo rocoso cubierto por estalactitas que, según me había contado, servían como defensa letal por si alguien travieso se atrevía a robar el Éter.
Esperaba no acabar con una de esas sobresaliendo de mi ojo.
Ni siquiera mi pasión por Piratas del Caribe
haría más atractiva la idea de llevar un parche en la cara.
Nos quedamos rezagados en la cola de Maestros que esperaban, algunos de ellos conversando entre murmullos, a que recargaran sus llaves con la correspondiente ración de Éter como si de un comedor social se tratase.
La poca vigilancia que había facilitó que Beatrice se escabullera para llevar a cabo la siguiente parte del plan.
Cuando pasó por mi lado, compartimos una mirada cómplice.
El plan estaba claro, y aunque pecaba de ser un poco absurdo —para mí ese era justo su punto fuerte—, tenía muchas papeletas para convertirse en nuestro mayor éxito como aliados, y más cuando esta vez Beatrice me aseguró no haberse guardado ninguna información que revelar cuando estuviéramos a punto de morir.
Si el Sauce de Éter no hubiera sido una fuente inmensa de poder que eclipsaba a cualquier otro artefacto mágico, podríamos haber utilizado los colgantes de Sombras para, tranquilamente, cargar las llaves de Éter y dirigirnos hacia las Puertas Umbras con las manos en los bolsillos.
Pero no iba a ser tan fácil, por supuesto que no.
Había llegado mi momento; mi debut como actor.
Repasé mentalmente lo que había fallado cuando fuimos al apartamento de Connor y yo debía fingir que me caía bien.
Fue fácil llegar a la conclusión de que me había pasado de intenso, por lo que ya sabía cómo debía actuar para bordar mi papel como Maestro.
Silenciando los pensamientos pesimistas que me advertían a gritos que iba a cagarla, corrí hacia uno de los Guardianes que rodeaban y custodiaban la base —hasta arriba de Éter— del sauce.
Al principio nadie reparó en mi presencia, demasiados inmersos en sus tareas, pero cuando me acerqué, la atención de algunos guardias recayó en mí. Incluida la de mi objetivo.
«Vamos, Jared, tú puedes hacerlo».
Empleé unos segundos para analizarlo; tanto su capa como su rostro estaban impolutos, lo único que lo hacía destacar era su altura y el enorme pero gracioso bigote rubio que sobresalía y contrastaba con la seriedad de su gesto.
Tenía tanta cantidad de pelo acumulada en esa zona que tuve que esforzarme por devolver la vista hacia sus ojos.
No quería parecer un maleducado, además de un mentiroso y un impostor.
Reprimí un escalofrío; me estaba convirtiendo en la peor versión de mí mismo.
—Nadie me ha informado de la incorporación de otro supervisor —indicó con un tono autoritario mientras me observaba de arriba hacia abajo con desconfianza, con los hombros cada vez más rígidos y la mano más cerca del cinturón de armas.
Los guardias eran los únicos que llevaban la cara al descubierto, por lo que deduje que tendría unos veinte años humanos en cada pata kilométrica, aunque aquí bien podrían ser cien.
—Es mi primer día de trabajo, alabado sea el santísimo Gran Hacedor. —Me puse lo más recto posible y me llevé un puño al pecho, imitando su señal de respeto—. Además, tengo que informarle de algo urgente… —Entrecerré los ojos como si tuviera algo en la punta de la lengua.
—Robferd —completó por mí, con un movimiento leve de cabeza como presentación.
—Me han atacado y han intentado secuestrarme, Rob.
—Me quité rápido la capucha y le mostré mi rostro herido, irreconocible aunque se hubiera quedado mirando durante horas mi cartel de busca y captura.
No se inmutó ante mis heridas, para él significarían lo mismo que una uña rota—.
Entre estas filas están mi agresor y sus secuaces, que desean hacerse con el Éter para bajar a la Tierra.
Mi advertencia tiñó su rostro de alarma.
Hizo un repaso rápido con la mirada, pero al no percibir nada fuera de lo común le dio una orden a su compañero para que ocupara su puesto y me cogió del codo para alejarnos de oídos curiosos.
—¿Jared? —preguntó con los ojos clavados en mí.
Me quedé congelado, en un claro cortocircuito mental. El corazón empezó a latirme con fuerza y sentí el sudor deslizándose debajo del cuero. Al ver que no respondía y que mi cara gritaba un forzado: «¿Jared? ¡No me suena de nada! ¿Te refieres al cocinero?».
—Hablo del Incierto que está en busca y captura, ¿es él quien quiere robar el Éter? —exigió con impaciencia.
Casi lo espachurro y le doy un sonoro y fuerte beso en la frente por no haber mandado mi plan a tomar por culo. Lo único que me impidió hacerlo fue el bigote. En serio, ahí dentro debía haber un mundo paralelo gobernado por pájaros. «Ugh».
—Pero ¿ ¡
qué dices!? —exclamé con convicción—. ¿Acaso te estás escuchando, Robferd?
¿Cómo podría haber un Incierto en el Abismo si lo que quieren es huir de nosotros?
A veces dices unas cosas… —Chisté y moví la cabeza en señal de reprobación.
Parecía totalmente desconcertado por mi reprimenda—.
Desconozco la identidad de esos maleantes indignos del cariño y amor de nuestro queridísimo y justo Gran Hacedor, lo único que tengo claro es que debemos capturarlos con precaución.
—Bajé la voz para que solo él pudiera escucharme—.
No nos conviene que se extienda el rumor de una brecha interna entre los nuestros.
Primero la muerte del Guardián Zach y ahora esto…
Permaneció en silencio, valorando la situación.
—Necesito que te identifiques.
—¡Por el amor del Gran Hacedor, Rob! ¿¡Cómo es posible que no creas a uno de los tuyos!? ¿Insinúas que un fiel servidor del Gran Hacedor es capaz de mentirle a otro?
Se echó hacia atrás como si mis palabras le hubieran golpeado.
—Jamás insinuaría nada por el estilo. Pero ya sabes que hace unos años hubo una revuelta de mujeres y…
—¿Insinúas que no amo al Gran Hacedor?
—¡Deja ya de nombrarlo, maldita sea! —Abrió los ojos de par en par, como si no estuviera acostumbrado a perder los papeles.
Acto seguido tomó una profunda respiración y cuando volvió a hablar lo hizo con más calma—.
Todos lo amamos y te creo, pero necesito que me nombres a algún superior porque no reconozco tu cara.
—Me acaban de golpear, por supuesto que no la reconoces. —Me señalé los párpados inflamados, que seguramente ya habrían adoptado un tono morado—. ¿Acaso no tienes corazón, Rob? ¿Intento avisarte de que están a punto de robarnos y tú crees que la mejor idea es insultarme?
—Yo… ¡Madre mía! —Se inclinó hacia atrás, su mirada de repente iluminada por el reconocimiento—. Pero si eres Liam.
Me dio una fuerte palmada en la espalda que me hizo tropezar.
—Exacto. —Me incorporé, esbocé una sonrisa ladeada y me señalé a mí mismo a la altura del pecho—. Ese soy yo.
—¿Cómo están tus cuatro hijos?
Abrí los ojos de par en par. ¡Cómo que cuatro hijos!
Carraspeé, recomponiéndome.
—Están genial, cada vez más mayores. —Porque cada vez más pequeños era imposible.
—¿Y Lyba?
—Preciosa, como siempre. —Suspiré con cariño e intenté imitar la mirada profunda y soñadora de un hombre enamorado.
Frunció el ceño, alterando su expresión alegre, por lo que decidí que lo mejor sería continuar con el plan.
—¿ ¡
Podemos dejar de hablar de mi vida familiar!
? ¡Te estoy diciendo que están a punto de asaltarnos, Rob!
—Lo sacudí por los hombros, atrayendo hacia nosotros varias miradas curiosas de los guardias a nuestro alrededor—.
Voy a dejarme la capucha puesta, ¿vale? No pueden descubrir que he escapado.
Me quedaré contigo en tu puesto y en cuanto los localice te digo qui é
nes son, das la voz de alarma y los atrapamos. Aunque espero que no sea necesario usar eso de allí. —Señalé con la cabeza hacia las estalactitas de punta afilada que descansaban sobre nuestras cabezas.
—Como si fuera tan sencillo activar el sistema de defensa… Cómo se nota que es tu primer día aquí, muchacho. —Una risa grave salió de su boca—. Pensaba que estabas impartiendo la asignatura de la Sagrada Creación —comentó mientras echaba a andar.
Lo seguí.
—Desaprovechaba demasiado mis habilidades físicas, por eso me han reasignado aquí —respondí y retomamos su posición a los pies del Sauce de Éter; para entonces ya había tomado una decisión que se desviaba un poco del plan inicial, pero como el plan era mío…
Me acerqué más a él para asegurarme de que no nos escuchara nadie—.
No sé hasta qué punto sabes lo que está ocurriendo en la Tierra, pero la situación cada vez es más crítica.
—¿Cómo es posible que te hayan informado a ti? —Sus ojos se cubrieron por una sombra de recelo y sorpresa al mismo tiempo.
—No solo desaprovechaba habilidades físicas dando clases, pero ese no es el punto.
—¿Se han secado más lagos? —Sus palabras rezumaban una preocupación sincera—.
En muchos sitios la sequía comienza a ser cada vez mayor, los humanos no tardarán en activar el estado de alerta.
—«¿La sequía?». Fingí que sabía perfectamente de lo que estaba hablando—.
Normalmente no hay tantos Maestros, pero tras prohibirnos el paso a la Tierra ahora nos han dado luz verde y hay mucho trabajo atrasado, sobre todo con los Inciertos.
Y, en fin, también debemos permanecer mucho más tiempo en la Tierra debido a…
—Me hizo un gesto significativo con los ojos—. Ya sabes.
«Pues no, Robferd, no lo sé».