Capítulo 26
Jared
«Es el plan menos inteligente y minucioso que he escuchado nunca».
Tras quince minutos exponiendo cada detalle del elaborado e ingenioso plan que se me había ocurrido para asaltar el Sauce de Éter, esas fueron las palabras demoledoras
que salieron de la boca de Beatrice. Incluso tuvo el valor de añadir que era absurdo, y que de tan absurdo que era, hasta podría funcionar.
¿Acaso no era esa la definición exacta de brillantez?
Sin embargo, una vez más, pasé por alto su falta de reconocimiento porque tras un largo rato de incertidumbre y, aunque me costara admitirlo, de preocupación, había regresado con la expresión turbada y la mirada perdida.
No era momento de mencionar que no había usado nuestro código secreto para entrar.
Además, jamás conseguiría que la mujer con el humor más despiadado que había conocido tarareara una canción de One Direction. Esa era otra batalla perdida, al igual que la de aceptar a Connor tal y como era, y que los pájaros me parecieran graciosos. No lo eran. Daban miedo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté cuando siguió en silencio mientras depositaba un par de capas blancas encima del viejo colchón.
Estudié su delgado cuerpo en busca de cualquier indicio que pudiera acercarme a una respuesta que no llegaba, pero no encontré nada salvo que sus movimientos eran más lentos de lo habitual y que el pelo largo y oscuro le caía, húmedo, sobre su capa de Novicia.
Relacioné su malestar con el hecho de que aún no se había recuperado por completo del ataque de las Damas Sombrías y, teniendo en cuenta su absoluta adoración
por la natación, dudaba que hubiera pasado el rato disfrutando de un baño relajante y di por hecho que se trataba de sudor.
—Estaré bien.
Sus ojos azules estaban cubiertos de sombras que señalaban lo contrario.
Me incomodó poder verlo porque no sabía muy bien qué hacer con ello.
Así que fui a lo seguro y respeté que no quisiera contarme nada.
Al fin y al cabo, respetar la privacidad del otro era una de las normas que habíamos establecido para que nuestra alianza durara más de un asalto.
Aun así… Una parte de mí deseaba que me contara cómo se sentía y también ansiaba preguntarle por qué ese Dorado sabía que había bajado a la Cripta Eterna y se había tomado el castigo por su mano.
Corté el hilo de mis pensamientos.
No. Nosotros no teníamos esa clase de relación. No éramos amigos ni lo seríamos nunca.
Pero… ¿la habría amenazado y ya está? ¿O le habría puesto la mano encima?
Esa idea hizo que me hirviera la sangre y me puso mal cuerpo. Me había quedado encerrado, sin hacer nada pese a saber que no se dirigía precisamente al prado al que tanto ansiaba escapar.
—Has hecho bien en quedarte —soltó a media voz, sobresaltándome—.
Si hubieras venido detrás, nos habrías delatado y todo este esfuerzo continuo por sobrevivir y escapar de este infierno habría sido en vano.
Y créeme, irme de aquí es lo que más deseo en este mundo.
—El rencor y la amargura tiñeron cada una de sus palabras.
Me quedé tan desconcertado que no hice otra cosa salvo asentir, agradecido en silencio por que intentara aliviar mi culpa.
Evité expresarlo en voz alta porque estaba seguro de que recibiría una respuesta del estilo de: «No desvaríes, solo lo hago porque no tenemos tiempo para lamentos inútiles y patéticos».
O quizás no, con ella nunca sabía qué esperar.
Empezó a mover los dedos con inquietud y sus ojos bailaron hacia cada rincón del minúsculo cuarto, excepto hacia mí.
Se recogió el pelo en una coleta desaliñada; después se lo pensó mejor y lo soltó para trenzárselo.
Parecía incómoda en su propia piel, al igual que aquella vez que salí a defenderla de los imbéciles que estaban metiéndose con ella; sin duda una versión radicalmente diferente de la chica que me había tirado a su cama y había jugado con mi cordura con una sonrisa gatuna en los labios.
Me había prohibido a mí mismo pensar en aquello.
Y yo nunca rompía mis promesas.
Tuvo que percibir algo oscuro en mi mirada porque sus ojos también evitaron las sábanas hechas un gurruño donde unas horas antes… Joder, que no podía pensar en eso.
—Nunca hablaremos de ello —anunció con una máscara fría cubriendo las sombras que minutos antes había dejado salir.
—Solo era pura supervivencia —coincidí.
—Eso es. —Adoptó un gesto lleno de determinación—. Bueno, volvamos a lo importante. Solo tenemos una hora antes de que termine el reparto del Éter. —Y así dio por finalizado el tenso momento.
Volví a agradecérselo en silencio, no me apetecía interiorizar que había estado tan cerca de una Guardiana. Tan cerca de ella
.
En cambio, procesé su advertencia y comprendí que no se había opuesto demasiado a mi plan, porque contábamos con el tiempo justo para escondernos bajo las capas blancas y partir hacia el Sauce de Éter. Bueno, por eso y por otro pequeño detalle.
—Venga, tú no te cortes. —Di pequeños saltos sobre el terreno como si estuviera a punto de entrar en un ring
—. Dame con todas tus fuerzas sobrenaturales, pero tampoco te pases porque no me gustaría quedarme sin vista y mucho menos sin un rostro tremendamente…
Beatrice avanzó con rapidez y me dio un puñetazo en el ojo derecho que me hizo perder el equilibrio y aterrizar sobre la cama. Joder.
Un momento. ¿Había cogido carrerilla?
No tuve tiempo para esquivar el siguiente derechazo ni para quejarme por el intenso dolor que se extendía por mi rostro; me golpeó la otra mejilla con más fuerza incluso, haciéndome ver un conjunto de luces y sombras que me mareó.
Si no estuviera en busca y captura, la denunciaría por agresión con alevosía.
Se sacudió la mano con la que me había partido la cara.
—¿Sabes? Ahora añadiría el adjetivo «reconfortante» para describir tu absurdo y poco inteligente plan.
Mi visión seguía borrosa, pero podría jurar que sonreía la muy cabrona. Era alarmante que solo entonces su estado de ánimo hubiera mejorado.
—Ya, intuía que lo disfrutarías. —Apreté los dientes y dejé salir un quejido lastimero.
Me toqué con cuidado la zona del ojo derecho, que era la que más me ardía, y al mirarme los dedos los tenía cubiertos de sangre.
Sonreí de oreja a oreja. Objetivo conseguido.
Una vez dimos por finalizada la primera parte del plan, nos dirigimos hacia la cima del Abismo, que también se correspondía con el corazón del hogar de los Guardianes, aquel que le daba vida y que lo conectaba con la Tierra: el Sauce de Éter.
Avanzamos sigilosos, manteniendo un ritmo que no levantara sospechas entre la corriente de Guardianes que recorrían con paso sosegado el laberinto de pasadizos.
La mayoría se salían de nuestra ruta para llegar hasta el comedor donde servían la comida más insulsa que jamás había probado, hacia las aulas de «fundamentos para ser un buen lameculos de Charles Smith» o hacia las salas de entrenamiento para prepararse para luchar contra el Incierto todopoderoso y especialmente guapo que jamás había existido. Exacto: yo.
—Deja de mirar hacia el suelo, que te vas a estampar —masculló Beatrice al final de la masa de Novicios y Maestros que seguían nuestra dirección.
—¡Estoy imitándolos! Deja de ser tan quejica. —Le eché una mirada furtiva, pero fue en vano porque no podía ver su expresión por culpa de la capucha.
—No podrías hacerte pasar por un Maestro ni aunque fueras el mejor actor del planeta.
—Que pienses eso cuando nuestras vidas dependen precisamente de que lo consiga dice mucho de tu confianza en mi plan.
—Exacto. —Y completó con voz aburrida—: Ninguna.
—¿Entonces qué haces acompañándome hacia una muerte segura?
—No tengo nada más interesante que hacer —respondió, encogiéndose de hombros.
—Si tuvierais televisión, esto no pasaría y el riesgo de padecer tendencias psicópatas disminuiría. —Le di golpecitos en el hombro para que me mirara y solo cuando lo hizo, añadí—: Sobra decir que tú no entrarías dentro de esa estadística.
—Sobra que tú
digas cualquier cosa.
Nuestra conversación cesó en cuanto el número de capas blancas aumentó de forma considerable, señal de que cada vez estábamos más cerca. Aun así, algunos Novicios se mantuvieron en nuestro camino, supuse que para servir a sus superiores en tareas menores durante la entrega del Éter.
Finalmente, la boca del túnel desembocó en una galería incluso más grande que la de la Cripta Eterna.
La temperatura había descendido y notaba la piel pegajosa por culpa de la humedad que parecía acumularse más en esa parte del Abismo.
Entrecerré los ojos y una vez me habitué a la luz pude echar un primer vistazo a la sala.
Mi mirada se vio atraída como un imán hacia el impresionante sauce que ocupaba la mayor parte del espacio; desprendía un brillante fulgor que lo hacía parecer mágico.
Me quedé paralizado, completamente boquiabierto ante la sala donde se originaba la magia primigenia que hacía funcionar el universo.
Allí también se almacenaba y los Maestros la usaban, entre otras cosas, para viajar a la Tierra.
Intenté fingir que nada de aquello era una novedad para mí, puesto que en teoría era un Maestro afable y comprometido con mi deber de nacimiento.
Sin embargo, me costó un gran esfuerzo esconder mi asombro ya que, en primer lugar, era la persona más transparente del mundo —excepto cuando se trataba de expresar emociones desagradables como la ira, la tristeza o la rabia— y, en segundo lugar, porque el puñetero Éter fluía por las ramas y raíces del árbol para, finalmente, desembocar en la base como si fuera un lago de polvo de hadas.
Era una completa pasada.