Capítulo 25 #3
—Necesitamos un plan de escape —dijo con aire pensativo, y me pidió que le pasara el mapa que nos había dado Uriel para acceder a las Puertas Umbra.
Lo saqué de un compartimento escondido del escritorio y se lo entregué—.
Por si nos pillan, debemos tener estudiado el camino hacia las Puertas Umbra, saber cuántos Guardianes la custodian y cómo funciona su sistema.
No podemos hacer más paradas, no tenemos mucho más tiempo hasta que Uriel abra las puertas.
—¿Cuándo se reparte el Éter?
—Mañana.
—Mierda. Entonces solo disponemos de esta noche para trazar un plan inteligente y minucioso.
Entrecerró los ojos.
—No te pega nada decir eso.
—Lo sé, pero me gusta probar nuevas personalidades.
—¿Has probado la del chico listo?
«
Pero será capulla »
.
Justo cuando iba a comunicarle mi humilde opinión acerca de ella, percibí un sutil pero violento cambio en el ambiente.
Todos mis sentidos se pusieron alerta. El murmullo constante del tráfico de los pasillos se apagó.
El silencio inundó cada rincón, como si un tsunami hubiera arrasado con todo rastro de vida.
Era… antinatural. Un escalofrío me recorrió la nuca cuando la temperatura cayó en picado.
El frío se coló en mis huesos y me dejó más rígido de lo que ya estaba.
Los únicos que estábamos en la habitación éramos Beatrice y yo, aunque intuía que por poco tiempo.
Cada célula de mi cuerpo sintió la presencia lejana de alguien más.
Se acercaba hacia nosotros. Cerré los ojos para aguzar mis sentidos y cuando lo hice escuché con más claridad sus pasos, la túnica arrastrándose por el terreno; distinguí una figura poderosa que levantaba la cabeza, como si sintiera mis ojos sobre él.
Justo cuando iba a mirarme, abrí los ojos.
«Joder, qué
puto mal rollo».
Pegué un respingo cuando la vela titiló y las sombras que bañaban la habitación se alteraron, inquietas.
La sensación era muy vívida, tan intensa que me costaba respirar y reaccionar. Consciente de ello, me obligué a ponerme en pie con la intención de coger el puñal para defenderme de quien fuera que estuviera a punto de entrar.
Miré a Beatrice. Estaba completamente blanca, pegada a la pared con el cuerpo ligeramente encogido. Intuí que no sería Uri el que entraría por la puerta.
—Rápido, métete en mi cama. —Mi aliada reaccionó al fin, pero de la última manera que habría esperado.
Fue una orden ahogada y cargada de urgencia.
No tuve tiempo ni de pensar una respuesta; se puso de rodillas sobre la cama y me tiró del brazo con fuerza para que me subiera al colchón.
Cuando este se hundió bajo mi peso, nos quedamos tan cerca que nuestros alientos se entremezclaron.
Tiró de la parte superior de mi traje de cuero—. Quítatelo.
—Pero ¿qué haces? —quise saber, totalmente confundido por su repentina proximidad.
No podía pensar en nada, salvo en lo cerca que estábamos y en su estúpido y dulce aroma a vainilla.
Maldita sea, ningún chico o chica se había abalanzado sobre mí de esta manera, normalmente era yo el que lo hacía—. Esto es otro nivel de descaro.
—No quiero acostarme contigo —siseó arrugando la nariz en un gesto de desagrado que me habría parecido insultante si no hubiera estado totalmente perdido.
—Es verdad. Me has lanzado a tu cama y me has ordenado que me quede sin camiseta porque te apetece explotarme las espinillas de la espalda.
Me aproximé más, de tal forma que nuestros labios permanecieron a míseros centímetros de distancia. Beatrice desvió sus ojos azules hasta mi boca y yo apreté los puños.
Mi respiración se aceleró por el creciente ardor que empezó a calentar mis venas.
«¿Qué está pasando?».
—Deja de decir gilipolleces —dijo, aún con la mirada fija en mis labios, pero enseguida la apartó para echar una rápida ojeada hacia la entrada.
Parte de su seguridad se esfumó y añadió deprisa—: Sabes tan bien como yo que algo se acerca, y esta es la única forma de tapar tu olor y evitar preguntas.
Hostia, es verdad, que estaban a punto de pillarnos.
Sacudí las manos a mis costados y empecé a estirar los brazos.
—Venga. Vale. —Expulsé todo el aire de mis pulmones—. Me lo tomaré como una nueva oportunidad para practicar mis dotes como actor, la última con Connor no salió demasiado bien.
Bufó.
—Como si tuvieras que fingir que te pongo cachondo.
Me pilló completamente desprevenido, por lo que, sin pensarlo demasiado y a riesgo de provocar mi propia muerte, la cogí de los hombros y la lancé para que cayera de espaldas sobre la cama.
Su cara de sorpresa rápido dio paso a una de cabreo, lo que me hizo sonreír, satisfecho.
Permanecí encima de ella unos segundos antes de que se revolviera y me rodeara la cadera con las piernas, acto seguido se impulsó hacia el lateral de tal forma que giramos y ella quedó encima de mí.
Se me secó la boca.
Su culo estaba alineado con mis partes bajas, lo cual ya era una situación de por sí alarmante, sin embargo, empeoró cuando se movió para acomodarse.
Tuve que rezar a los todos los Dioses de todas las culturas, tanto existentes como inexistentes, para que me dieran fuerzas para soportar lo que estaba por venir. Porque Beatrice me atraía. Mucho.
A pesar de que la mayor parte del tiempo no la soportaba.
Sin perder más tiempo, nos tapó con la sábana y yo me incorporé ligeramente para que me sacara la parte superior del traje por la cabeza.
Una vez cayó al suelo, no me pasó inadvertida su forma de pasear la vista por mi piel desnuda, aún bronceada por los viajes que había hecho con Zoey antes de reunirnos con Killian y Aria.
Sus ojos azules recorrieron mi pecho y las líneas duras de mi estómago, cubiertas de moratones, arañazos y la débil cicatriz de la herida profunda que casi provoca mi muerte.
—No te muevas —me ordenó y fue como un latigazo directo a mi entrepierna, que no entendía que nada de esto era lo que parecía. Y joder, que era una Guardiana.
Beatrice. Era. Una. Puta. Guardiana.
Aguantándome la mirada, me puso los brazos por encima de la cabeza y con una mano los apretó contra la cabecera. Su trenza me hizo cosquillas en la piel.
—Las manos quietecitas, Jared —dijo con la boca pegada a mi oído—. Yo soy la única que puede tocar.
—Tranquila, no es que quiera hacerlo. —Apreté los dientes.
—Ya, claro que no quieres. —Su aliento bajó hasta mi cuello, acompañado de una risa maliciosa que erizó mi piel—. No queremos que tu olor se quedé en mí, así que no te excites demasiado. —Su voz fue un susurro sensual que consiguió el efecto contrario.
Y ella lo sabía, le encantaba jugar con el peligro.
El ambiente estaba cargado de electricidad, y dudaba que fuera por la presencia que irrumpiría de un momento a otro en la habitación.
Entonces empezó la tortura. Beatrice se pegó aún más a mí, su cuerpo blando contra el mío duro, y comenzó a mover sus dedos por mi cuello.
Los deslizó con lentitud hacia mis antebrazos, para recorrer después mi torso en una sinuosa carrera, dejando su olor por todo mi cuerpo.
Mis nervios se estremecían allí donde sus dedos tocaban mi piel.
—Eso es —susurró. Su piel relucía bajo la luz cálida de la lámpara de aceite—. Quiero que escuche tu respiración descontrolada, que sienta tu corazón frenético, que se crea que estamos a punto de follar.
Me cago en la puta.
¿Pero de dónde había salido esta mujer?
Nuestros cuerpos se pegaron aún más con un magnetismo inesperado que me hipnotizó.
No podía apartar la vista de ella, porque su cara…
Su expresión de confianza… Deseé ser simplemente Jared y que ella fuera una desconocida cualquiera con la que poder acostarme sin que eso supusiera traicionar mi moral.
Bajó su boca hasta mis pectorales y soltó mis manos para descender hasta mi ombligo.
Noté sus pezones duros bajo su camisón y tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para no hacer algo al respecto.
Beatrice fingió un gemido, aunque el brillo en sus ojos y lo dilatadas que tenía las pupilas me hacían entender que de alguna forma retorcida estaba disfrutando de la situación, del peligro que suponía.
Desde allí abajo, sus ojos se encontraron con los míos y una sonrisa malévola se deslizó por su rostro al percatarse de que estaba despertando cosas en mí.
Vaya si las estaba despertando, y era tan visible que me cabreé conmigo mismo. Lo último que quería era darle el gusto de saber que me ponía cachondo, por lo que tensé los músculos.
—Me alegro de que te lo estés pasando tan bien —dijo con voz melosa al ver mi expresión de puro sufrimiento.
Quería contestarle algo ingenioso a la par que afilado, pero mi mente era incapaz de concentrarse en nada más que no fuera mantener mis manos a raya.
—Estás siendo un actor increíble —susurró, y de repente salió del trance en el que estábamos inmersos y sus ojos se agrandaron, alerta. Su rostro cambió por completo—. Está a punto de llegar, corre al baño.
El débil crujido de la puerta fue el único aviso antes de que la fuerte energía irrumpiera en la habitación.
Tuvo que verme de refilón porque salí corriendo a esconderme, todavía un poco mareado por la excitación y por la situación tan rara que habíamos vivido.
Tardaría mucho en sacármela de la cabeza, y se añadiría a la lista de traumas que tratar con mi psicóloga.
—Y algunos siguen sosteniendo que las mujeres sirven para algo más que para follar —espetó el recién llegado con hostilidad y una mezcla de diversión que hizo hervir mi sangre.
Se quedó en silencio durante unos segundos, como si estuviera estudiando el cuarto, y luego sentí que proyectaba la voz hacia mi escondite.
Bufó con desdén—. ¿Y ese que se esconde?
Otro patético más que busca a la que más fácil y rápido se abre de piernas.
Siempre se avergüenzan de ti, ¿es que no te das cuenta?
Apreté los puños tan fuerte que los nudillos se me pusieron blancos.
¿Quién cojones era ese hijo de puta? Quise salir para partirle la boca, pero ya había aprendido después de la última vez en el ala de los Dorados que de poco servía.
Beatrice se sabía defender solita y si yo salía y reconocían mi rostro, solo empeoraría las cosas, y todo por aplacar mi ira.
Así que decidí aplicar algunos truquitos de mi psicóloga y autogestionarme la súbita ira que estaba sintiendo. Quedarme callado ante una situación tan injusta iba en contra de quien era, pero tenía que actuar con cabeza. Por una maldita vez.
—Ponte decente y acompáñame —ordenó el recién llegado con una dureza que no daba opción a réplica.
Me asomé a tiempo de atisbar un destello, escuchar la puerta cerrarse con un fuerte portazo y ver a Beatrice buscar su traje junto con su capa oficial de Novicia. El miedo era palpable en su rostro.
Me hizo un gesto para que me callara y movió los labios diciendo: «Ahora vengo, quédate aquí». Después, señaló el mapa que conduciría a las Puertas Umbra e intuí lo que debía hacer en su ausencia.
Una vez se cambió en el baño y salió de la habitación, me pegué a la puerta como una vieja cotilla.
—¿Pensabas que no iba a enterarme? —pronunció la voz amenazadora con calma, en un susurro que nadie salvo yo escucharía—.
Me satisface que sigas bajando, así recuerdas el destino que te espera como no te comportes como se espera de una Novicia.
Sin embargo… no puedo dejar que nadie se entere de tus viajecitos.
Después de eso no se volvió a escuchar nada más, y al cabo de unos minutos la normalidad regresó al ala de los Novicios.
Quise salir a buscarla para asegurarme de que estuviera bien.
Pero me obligué a confiar en ella, recordándome que no podía arriesgar la seguridad de mi hermana. No lo haría, por mucho que Beatrice no fuera tan horrible como yo pensaba, nunca la pondría por encima de mi hermana.
Así que esperé y tracé un plan.
Y recé también, a los Dioses de todas las culturas existentes e inexistentes, para que fuera lo bastante inteligente y minucioso como para que no nos mataran.