Capítulo 25 #2
Algo se volvió a conmover dentro de mí, algo que creía enterrado, que prácticamente me había obligado a olvidar. La certeza de que no había merecido ni siquiera el amor de aquellos que me trajeron al mundo. Esa era la única lección que me habían dejado. Su primer y último regalo.
—¿No existe ninguna forma de liberarlas? —pregunté de forma atropellada, deseando escapar de aquel oscuro camino de pensamientos.
Me miró sorprendida.
—Solo alguien que conozca la estructura de la maldición podría hacerlo, y como se necesita de una gran cantidad de poder, tendrían que reunirse los mismos Dorados que la alzaron.
Algo que, como ya imaginas, no sucedería ni aunque este infierno se viniera abajo y la única forma de salvarnos a todos fuera liberar a las Damas Sombrías.
—Sus palabras estaban cargadas de rabia—.
Pero ya lo tengo bastante asumido, sé que es algo que siempre llevaré conmigo hasta que mis huesos se pudran y los gusanos se conviertan en mis mejores amigos.
—Siempre tan… —Puse una mueca de asco, pero me obligué a centrarme.
Mantuve la vista fija en sus ojos durante unos instantes en los que ella se puso visiblemente nerviosa.
Mi tono era serio y amable cuando dije—: Siento mucho que acabara así, y también siento mucho que hayas tenido que dispararle para salvarnos.
Gracias por eso, ha tenido que ser muy duro para ti.
Se quedó muda, como si le hubiera soltado la revelación más codiciada del universo. Y tras una pequeña batalla interna, sonrió débilmente.
—En realidad, no. En un momento fugaz de lucidez me dijo que siempre que la matara sería como decirle «te quiero»; una forma de darle paz, al menos durante un tiempo.
—Un poco retorcido, pero muy bonito —respondí, y acto seguido fruncí el ceño—. Espera… ¿Has ido ahí abajo más veces?
—Sí. —Se encogió de hombros como si fuera algo similar a acercarse al supermercado—.
Al principio quise rescatarla, pero después de que casi me mataran unas cuantas veces solo bajaba hasta allí para verla.
Me escondía y simplemente la observaba… Buscaba cualquier señal de que mi madre seguía ahí, dentro de aquel monstruo en el que la habían convertido.
Podían pasar horas hasta que me descubrían y tenía que huir.
Así semana tras semana, hasta que resultó demasiado arriesgado y doloroso.
—Se calló de golpe, revolviéndose entre las sábanas, supuse que se sentía rara al hablar de esto conmigo.
La estaba escuchando con tanta atención que decidió continuar—.
Cada vez que bajaba la reconocía menos y no quería presenciar el momento en el que moría por segunda vez. Era… demasiado.
—Por eso sabías el camino de ida y de vuelta —apunté, centrándome en la parte menos emocional, en aquella que la haría sentir más cómoda.
—Exacto —dijo, y podría jurar que el alivio se coló en su voz.
Al instante sentí una ira fría hacia Connor. Era la única familia que Beatrice tenía y el muy imbécil la había abandonado a su suerte sabiendo el infierno que suponía para ella vivir entre Guardianes que la odiaban. Me la pelaba que fuera porque le gustaba mi hermana.
Eso no se hacía, la lealtad valía mucho más.
Ahora podía entender más a Beatrice. No justificaba la forma en la que se había comportado cuando habíamos llegado por primera vez al Abismo, pero yo de ser ella también habría estado muy enfadado.
La diferencia es que yo me hubiera callado.
Nunca le habría hablado con esa frialdad a Zoey ni le habría mostrado tan abiertamente mi rabia.
Me sorprendió cuestionarme si lo correcto sería, como siempre hacía, tragarme lo malo para soltar cualquier chiste que aligerara la tensión y nos hiciera sentir bien de inmediato.
—Eres toda una caja de sorpresas —murmuré al fin.
Nos sostuvimos la mirada durante largos segundos en los que una especie de inaudita compresión se instaló entre nosotros. Beatrice cortó el raro momento con un carraspeo poco sutil.
—Lo sé.
—También quería darte las gracias. —Fruncí el ceño conforme las palabras salieron de mi boca—. Joder, es que me siento rarísimo diciéndotelo a ti.
—No te preocupes, con el tiempo te acostumbrarás.
—Su mirada gatuna se llenó de un brillo malicioso que despertó algunas partes de mí.
Me revolví en el asiento, agradecido profundamente por la penumbra del lugar.
Si se dio cuenta de mi repentina incomodidad, no lo demostró—.
Pero no te vengas arriba, solo estoy cumpliendo con nuestra parte de trato, estoy siendo una buena
aliada.
—¿Por qué te cuesta reconocer que has hecho algo bueno por alguien?
—Lo hice por propio interés, necesitaba tu ayuda, no que te cagaras encima de miedo —replicó, volviendo a la comodidad de su tono arisco.
—Un momento. —Entrecerré los ojos al percatarme de un detalle que se me había pasado por alto—. ¿A qué venía lo de que las Damas Sombrías se alimentaban de mi miedo a la muerte?
Pareció un poco perdida, y aun así esperé una historia cruel y antigua llena de oscuros y depravados secretos.
—Ah, eso. —Adoptó una pose de aburrimiento—. Era mentira.
—Pero ¿ ¡
qué coño!? —Me levanté de la silla como un resorte y la señalé con el dedo—. Retiro mi gratitud, loca psicópata.
La línea recta de sus labios se frunció, y por mucho que quiso evitarlo, rompió a reír. La estancia se cubrió de una risa melodiosa y fuerte que acarició mis oídos como si fuera una dulce melodía. Se sonrojó, y conocí una nueva faceta de sus ojos cuando se arrugaron y se cerraron casi por completo.
Le había arrancado carcajadas. Yo. A Beatrice.
Me quedé completamente petrificado, con la mandíbula a escasos centímetros de rozar el suelo.
—Si hubieras visto tu cara… —Se agarró la barriga sin parar de reírse—. Parecías tú más muerto que ellas.
La indignación fue sustituida por el asombro, y por mucho que quise evitarlo, al final terminó contagiándome la risa. Durante aquellos minutos me sentí vivo y me pregunté cu á
nto tiempo hacía que no me reía tan a gusto, de forma tan sincera.
Yo, el chico de las sonrisas y tonterías.
Mientras Beatrice se secaba las lágrimas tuve unas ganas inmensas de mencionar la ilustración de mi hermana que había dejado para mí en esa misma habitación o de preguntarle por qué me había dado la mano cuando estábamos cruzando el puente, cuando mi ansiedad comenzaba a descontrolarse.
Quería saber si era fruto de su papel como aliada o si simplemente había sido amable conmigo.
No entendía bien por qué, pero necesitaba saberlo.
Necesitaba saber si Beatrice estaba llena de capas o si mi necesidad de encontrar luz en la gente me estaba cegando.
Terminé callándome. Lo último que me apetecía era romper el ambiente distendido que habíamos conseguido.
—Esto no puede volver a ocurrir. —Me señaló con un dedo de forma acusatoria, intentando ponerse seria, pero a ú
n con una sonrisa bailando en sus rosados y carnosos labios.
—Está bien… —Arrastré la última palabra con aire juguetón, levantando las manos en señal de rendición—. Prometo no volver a hacerte reír y solo provocarte malas caras y amenazas.
—Eso es… Veo que empezamos a entendernos —musitó con un brillo en los ojos que no supe interpretar—. En fin. —Suspiró, enderezándose en la cama, aún con las mejillas sonrojadas de tanto reír—. Vayamos con la siguiente parte del plan.
—El Sauce de Éter —dije, volviendo a tomar asiento frente a ella—. De primeras suena menos peligroso que nuestro viajecito a la Cripta Eterna.
—Bueno, estará lleno de otro tipo de monstruos.
—Bajó la voz—. Unos mucho más crueles, capaces de las torturas más macabras y…
—Advirtió mi gesto aburrido y esbozó una sonrisilla malévola antes de desistir en su intento de asustarme.
Esta vez no caería en sus jueguecitos—. Hay que ir con mucho cuidado porque estaremos rodeados de Maestros, y aunque no puedan captar nuestro olor, si nos descubren, no tendremos forma de escapar.
—¿Y Uri? —pregunté, y arrugó la frente en señal de confusión—. ¿El Dorado Uriel no podría echarnos un cable?
—No confío en él. Es muy raro que un Dorado quiera ayudarnos a escondidas del Consejo de Guardianes. Por mucho que fuera amigo de la madre de Aria y la ocultara en la Tierra durante años… —Su mirada se volvió suspicaz—. ¿No sabéis cómo escapó de la Cueva Isthar?
Negué con la cabeza.
—Es lo que intentábamos averiguar antes de que todo se fuera a la mierda.
Si ella consiguió escapar, nosotros también podríamos hacerlo.
—Apreté la mandíbula sin esconder la rabia que sentía—.
Pero ahora su secreto ha muerto con ella, así que solo me queda centrarme en rescatar a Zoey y al resto antes de que los maten.
Y respecto a Uri… Tendremos que confiar en él, no tenemos más opciones.
—Está bien, pero iremos con cuidado.
—¿Te acabas de escuchar? Esto ya empieza a parecer un equipo —dije con satisfacción, esbozando una sonrisilla que se me borró de un plumazo cuando me estampó en toda la cara una almohada más dura que la piedra de las paredes. La cogí y se la devolví, pero la esquivó con sorprendente facilidad.
Me sonrió burlona.
—¿Y si nos hacemos pasar por Maestros? —propuse, ignorando a Beatrice junto con mi poca puntería—. Podemos robar capas blancas, ir hasta allí y ponernos hasta arriba de polvo.
Puso los ojos en blanco.
—La base del sauce, donde se almacena el Éter, estará rodeada de Maestros supervisores.
El resto de los Maestros tienen prohibido recargar sus llaves por sí mismos, el Maestro Kebras es el encargado de repartir la ración individual de Éter.
Pero si nos ponemos en la cola, en cuanto vean nuestras llaves, las identificarán y sabrán que son robadas.
—Entonces hagamos la mítica jugada de la distracción.
Beatrice no parecía muy convencida.