Capítulo 25
Jared
Me maravilló descubrir que si mirabas fijamente al sol durante demasiado tiempo, podía cegarte. Era un dato que ella no había descubierto, así que imaginé que, allá donde estuviera, se lo contaba. Casi pude saborear su asombro y el brillo en sus ojos azules que gritaba
«más», siempre más del mundo con el que nos habían prohibido soñar.
Solo cuando algunos destellos comenzaron a dificultar mi visión, cerré los ojos.
Odiaba hacerlo, llevaba demasiado tiempo imaginando cómo serían los colores como para volver de nuevo a la oscuridad.
Pero esta vez fue diferente, esta vez descubrí algo demasiado valioso.
También se lo contaría, más tarde.
Mi cuerpo pareció flotar sobre el terreno sólido en el que me había tumbado.
El cantar de los pájaros vibró en mi pecho, lo sentí como un cosquilleo suave que recorrió cada una de mis células hasta aterrizar en mis extremidades; las yemas de los dedos me picaban por la necesidad de tocar las flores que me rodeaban, así que eso hice.
Las hojas acariciaron mi piel y su movimiento hizo aflorar el olor silvestre que trepó hasta mis fosas nasales.
Respiré y el oxígeno alcanzó territorios inexplorados hasta el momento.
Me sentí ligera, un pétalo más caído sobre la hierba.
Me di cuenta de algo. No había atravesado el campo de flores corriendo con la ayuda del viento primaveral.
No. Simplemente me había sentado. Fue entonces cuando entendí que la libertad también era quedarse quieto; sin un sitio al que llegar, sin nada en lo que pensar, tan solo respirando mientras las millones de posibilidades me acariciaban, nerviosas porque escogiera una de ellas.
Pero podían esperar. Todo podía hacerlo, salvo este momento que había tardado toda una vida en
llegar. El momento en el que el tiempo deja de importar, el momento en el que existo, no para qué ni por qué, simplemente existo…
Be.
—Tienes dos opciones como no quites tus sucias manos de mi libro en menos de tres segundos.
Uno, te quedas sin manos. Dos, sin ojos.
Tú decides. —La dulce voz de Beatrice, ahora rasgada por lo cerca que había estado de la muerte, me llegó desde el fondo de su habitación, en un tono bajo y amenazante.
Di un respingo al escucharla. Estaba demasiado inmerso en la lectura, y eso que el último libro que me había enganchado era el de Tim en la
granja
. La gente ni se imagina la cantidad de giros argumentales y mensajes ocultos que tiene esa historia. Pelos de punta.
—Bueno, es una perspectiva diferente de la libertad —contesté, resuelto, y me giré por completo hacia ella dejando ver el libro que había estado leyendo mientras se recuperaba.
Lo último que quería era invadir su intimidad. Un momento, pero ¿qué estaba diciendo? ¿Ahora además de salvar a una Guardiana también me mentía a mí mismo? No, a ese punto no podía haber llegado. Para qué negarlo, sí
que quería invadir su intimidad; después de profanar tumbas y esconderme en el armario de las escobas y mochos de los Guardianes, mi moral y dignidad ya estaban un poco dañadas. Esperaba que por un poco más no me quitaran mi pase vip
al cielo. Además, aunque me costara admitirlo, Beatrice despertaba mi interés.
Más del que sería adecuado para alguien que odiaba a su especie.
Conforme pasábamos más tiempo juntos crecía el impulso de saber más de ella, de su vida en aquel lugar tan cruel y solitario, pero al mismo tiempo no estaba dispuesto a sentir empatía por los lacayos del ser que acabó con el futuro de mi hermana y el mío.
Mierda, otra vez mintiéndome a mí mismo. Era innegable: comenzaba a ver tonalidades grises donde antes solo existía el blanco o el negro. Y era una putada. Una gran
putada, para ser exactos.
—Ya han pasado más de tres segundos —advirtió mi aliada, cada vez más tensa.
El cuarto estaba iluminado únicamente por una lámpara de aceite, por lo que las sombras bañaban su rostro afilado y mostraban el peligro que suponía incluso en aquel estado de debilidad.
—Y sigo con manos y ojos… Una muestra más de tu infinita pero oculta bondad —señalé en tono confidencial, pero bastó que buscara con la mirada el puñal que siempre mantenía cerca para que cerrara el libro de un plumazo, dejando una nube de polvo en el aire.
Tras colocarlo en la estantería, posé la vista de nuevo en ella.
Lo único que indicaba que había estado gravemente herida eran las profundas ojeras que acompañaban a su rostro, aún de un tono poco natural, junto con el agotamiento, que encogía su menudo cuerpo sobre el viejo colchón.
Aquí era difícil medir el tiempo, pero juraría que tan solo habían pasado unas horas desde que habíamos escapado de la Cripta Eterna.
Gracias a las indicaciones de Beatrice y al collar de sombras —«Tú sí que eres un buen colega, Uri»—, pudimos escapar por una red de pasillos que subían directamente hasta el nivel de los Novicios.
Nos escondimos y cuando el camino se despejó de Guardianes, entramos en la habitación; después, robé provisiones y material de la enfermería para que no se infectaran sus heridas.
El resto, lo hizo ella solita. Se había curado más rápido de lo que yo jamás había visto.
Era asombroso, por no hablar de lo jodidamente épico que había sido ese disparo segundos antes de morir atravesados por cientos de flechas.
Las preguntas me quemaban en la garganta.
—Me cuesta creer que alguien con un talento innato para las amenazas sea la escritora de algo tan profundo y bonito.
—Escribo desde el punto de vista de otro personaje —se defendió, como si aquello fuera algo malo.
Me acerqué a ella, a riesgo del peligro que suponía hacerlo mientras estaba enfadada, y arrastré la silla del escritorio para sentarme frente a su cama.
—Claro, y por eso firmas como Be.
Su gesto se contrajo por la sorpresa, pero pronto se volvió frío.
—Yo no soy Be —masculló y arrugó la sábana que cubría la parte inferior de su cuerpo con los puños.
Unos segundos después, sus ojos se encontraron con los míos y, al notar mi gesto suave, de comprensión, se relajó.
Su voz perdió parte de su fuerza cuando volvió a hablar—: No podría ser Be por mucho que quisiera.
Casi vi cómo su muro de hielo se agrietaba.
Pasaron largos segundos hasta que me atreví a hacerle la pregunta que rondaba por mi mente desde que había abierto una de sus historias.
—¿Llevas mucho tiempo escribiendo? —pregunté, señalando con un movimiento leve de cabeza la hilera de libros con el lomo oscuro y desgastado que rellenaban la estantería.
Había decenas, casi más de cincuenta.
—Desde que aprendí a hacerlo —contestó vagamente.
—Te enseñó… ¿tu madre?
Beatrice se puso rígida al instante y se incorporó hasta quedar apoyada en la pared.
Sus mejillas habían recuperado algo de color, pero seguía tan pálida como siempre por culpa de vivir bajo tierra.
Mis ojos cayeron hasta la manga del camisón blanco que se había deslizado por su hombro, dejando ver la venda que había utilizado para tapar la herida.
Una de ellas. Y también exponiendo su piel, que parecía suave y luminosa.
Llevaba el pelo recogido en una larga y oscura trenza, con algunos mechones sueltos pegados a su rostro.
Parecía más normal que nunca. Y aquel estado de vulnerabilidad le daba a su belleza fría otro matiz… Uno más accesible.
—¿Por qué la mencionas? —cuestionó con desconfianza, cualquier atisbo de emoción enmascarado por la pared de hielo que alzaba siempre que podía.
—¿No lo recuerdas? —Fruncí el ceño y ella negó con la cabeza, cada vez más alerta—. Cuando estabas medio desfallecida entre mis brazos tuviste un arranque de sinceridad muy, muy
impropio de ti. Me confesaste que la líder de las Damas Sombrías, quien te había enseñado a usar el arco, era tu madre.
Su expresión gritaba un alto y claro «mierda» que no llegó a soltar.
En cambio, apretó los dientes, digiriendo que ya no había vuelta atrás y que había sido ella misma quien había desvelado uno de sus innumerables secretos.
La pregunta era por qué alguien con una voluntad que parecía inquebrantable había bajado tanto la guardia.
—También me enseñó a escribir —musitó después de unos minutos—. De pequeña siempre me contaba, a escondidas, las maravillas que ocultaba la Tierra.
—¿Y cómo las conocía si no era una Dorada y tenía prohibido bajar a la Tierra?
—Ella… —Se calló de golpe y se tomó unos instantes para meditar qué decir—.
Por ciertos motivos tenía acceso a las llaves de los Dorados.
Se escapaba siempre que podía, aunque fuera durante diez minutos —habló sin apartar los ojos de la manta vieja con la que se tapaba—.
Visitaba muchas partes del mundo y cuando regresaba siempre me lo contaba todo, hasta el más mínimo detalle.
Y siempre, siempre me regalaba una flor.
—Su voz se volvió un débil susurro y sus ojos se llenaron de sombras—. Pero tenía que esconderla muy bien.
Nos quedamos callados durante unos segundos.
—Parecía muy buena madre —susurré, un poco conmovido por su historia.
Su expresión se iluminó con una triste y pequeña sonrisa que me calentó el pecho. Tuve que cerrar la mano derecha en un puño para contener el repentino y estúpido impulso de acercarme y agarrar su mano. Porque si lo hiciera, me cortaría la mía al instante.
¿Y con qué
mano estrangularía entonces a Connor cuando llegara el momento? Estaba claro que con la izquierda solo acabaría con una de las tres neuronas que le quedaban.
—Era la mejor por incontables razones, pero me dio lo más valioso que tengo. —Esta vez no ocultó la emoción que sentía—. Me enseñó a no conformarme con el destino que me había tocado vivir. Ese fue su último y mejor regalo.