A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Eché a correr ignorando las exclamaciones ahogadas y los murmullos nerviosos que dejé tras de mí, ordenando a mis piernas a no resbalarse y usando cada gota de energía que me quedaba para llegar junto a Sharon lo antes posible.

Los zapatos se me llenaron de agua mezclada con suciedad por culpa de los charcos que se habían formado y a punto estuve de patinar y caerme dos veces, pero recuperé el equilibrio con la vista fija en el toldo; la cuerda fina que lo ataba a la estructura del puesto de castañas estaba cada vez más suelta.

De repente, un pensamiento fugaz cruzó mi mente. Hacía unas semanas huía de los Ignis bajo la protección de la lluvia y ahora corría a través de ella para salvar a uno de ellos. Aquella verdad me impactó tan fuerte que estuvo a punto de derribarme.

—¡Aria, cuidado! —gritó Killian con el miedo cubriendo su advertencia.

Seguí mis instintos y salté hacia la derecha justo cuando una llamarada estuvo a punto de tirarme al suelo. Su intenso calor me rozó el brazo y el ataque terminó destruyendo una fuente de mármol unos metros más adelante.

Vaya, que echara a correr debía de haber mandado un mensaje equivocado.

—¡¿No ves que va a ayudar a Sharon, pedazo de gilipollas?! —escuché de fondo a Killian junto con un revuelo que casi me hace volverme hacia atrás.

—¡Por favor! ¡Estoy aquí! —Los gritos de la anciana quedaron amortiguados por la lluvia, pero consiguieron enfocar mi atención.

Recuperé el aire que había estado aguantando y esquivé los restos de los trajes esparcidos por el suelo hasta llegar al puesto de Sharon. Cuando estuve a varios pasos de ella me quedé paralizada, ¿cómo se supone que iba a ayudarla cuando no teníamos nada a nuestro alrededor bajo lo que refugiarnos?

El agua caía con tanta violencia que me pesaban los hombros.

Me recordé a mí misma que por parte de mi madre en mi sangre fluía la magia de los Kaelis, por lo que tenía la capacidad de unirme al elemento Agua para usarlo a mi voluntad, ¿verdad?

Respiré hondo para aliviar la tensión y a medida que me relajaba mis sentidos se aguzaron como hojas afiladas.

Me concentré en sentir cada una de las gotas que caían sobre mi piel a un ritmo frenético; pensé en su frío, en su dulce sabor y en la ligereza con la que se escurrían hasta perderse en los pequeños riachuelos que bajaban por las calles.

Imaginé que el elemento abría los ojos y nos protegía, que todas esas gotas se alimentaban las unas de las otras y se veían atraídas por el viento, que las ordenaba hasta formar una gruesa barrera protectora a nuestro alrededor.

Después, conecté con la frialdad que habitaba en mi interior desde que el calor de mi madre se había apagado y me aferré a esa emoción hasta que se oyó un ligero crac que me sacó del trance en el que estaba inmersa.

Sentía una corriente vibrante por mis venas, como si algo se hubiera despertado.

Alcé la vista. El toldo había salido volando.

Me giré hacia Sharon con el corazón a punto de reventarme el pecho, pero ahí estaba ella, con el rostro deformado por el shock

y rodeada por una burbuja de hielo que nos protegía de la lluvia.

Madre mía, no me lo podía creer. Lo había conseguido. Estábamos a salvo bajo el hielo.

—Por el Gran Hacedor, gracias. —Un sollozo de alivio la partió en dos y se arrodilló temblando por el pánico que hasta hacía unos segundos había sentido—.

Pensaba que iba a morir. Gracias, gracias por salvarme.

Es increíble que puedas estar en el Atharav sin que la lluvia te afecte…

—Resolló y levantó la cabeza. Sus ojos ambarinos resplandecían en contraste con la oscuridad del exterior—.

De verdad eres la llave que romperá la maldición, el rey tenía razón.

Escondí una sonrisa de triunfo y, en cambio, las comisuras de mis labios se elevaron con amabilidad.

Bajo la adrenalina que aún sacudía mi cuerpo sentía genuina alegría por haber salvado a esta mujer, pero también sabía que este gesto acababa de demostrar al pueblo que estaba con ellos, lo cual significaba ganar puntos con el Dios del Fuego y, por lo tanto, más posibilidades de escapar cuando bajara la guardia.

Tras una pequeña pausa en la que ambas nos recuperamos mientras admirábamos boquiabiertas el hielo que nos envolvía, decidí aprovechar para continuar con el plan.

—¿Cómo es posible que esté lloviendo? —Le ofrecí la mano para que se pusiera en pie, e hizo una mueca cuando mi palma húmeda tomó contacto con su piel. Abrí los ojos de golpe y la retiré con rapidez—. Ay, lo siento mucho.

—No te preocupes, querida. —Terminó de levantarse sola mientras trataba de ocultar la mueca torcida de sus finos y arrugados labios—.

Solo llueve si ganamos la Guerra Anual, una vez al año.

De alguna forma es suficiente para que la poca comida que tenemos resista.

Y ahora… —Miró la lluvia que caía contra el bloque de hielo con una sonrisa nostálgica en el rostro—.

Ahora está lloviendo porque tus poderes como Kaelis han debido atraer la abundancia a este reino cada vez más enfermo.

Más bien había atraído a la muerte, teniendo en cuenta las cenizas que habrían sobrevolado los lúgubres cielos del Atharav.

«Asesina».

Esa era la palabra que estaba marcada a fuego en mi espalda y en mi corazón.

Una gota de sudor frío se deslizó por mi columna vertebral.

Un momento, ¿por esa razón en Haven Lake había comenzado a llover cuando estaba a segundos de morir? ¿Mis poderes ocultos habían provocado la tormenta en un momento de pánico absoluto para protegerme?

—No recuerdo demasiado de la Tierra salvo su color verde, las flores y el sol. Apenas viví en ella cuando era una niña… pero sé que adoraba la lluvia. —Forzó una sonrisa que no llegó a hacer brillar sus ojos; me transmitió más bien pena y cansancio—. Me gustaría poder volver a amarla.

Hice todo un esfuerzo por no mostrarme sorprendida y ansiosa, pero dudaba que lo hubiera conseguido.

—¿Llevas viva desde antes de que se impusiera la maldición?

—Sí, antes de que el Gran Hacedor se enterara de que habían nacido dos nuevas especies y nos desterrara a cada una a un infierno. —Tuvo que percibir la fascinación con la que la observaba porque añadió con una tierna sonrisa—: Lo sé, soy demasiado vieja para este mundo.

—Para nada —respondí devolviéndole la sonrisa—. ¿Cómo era vivir con los Dioses? ¿Os llevabais todos bien?

—El Dios del Fuego era el ser más amable que podrías llegar a imaginar, en realidad todos lo eran. Se trataban como hermanos, compartían el gobierno de los humanos con honradez. Recuerdo que había… tranquilidad y sosiego, una paz absoluta que volvía largos los días.

Fruncí el ceño.

—¿No había guerras entonces?

—Ni una sola. Al menos hasta que el Dios del Agua y la Diosa del Aire se aliaron y formaron a los Kaelis.

Claramente esa era una versión bastante sesgada de la verdadera traición del Dios del Fuego y la Diosa de la Tierra, pero no era momento de abrir un debate.

—¿Y qué los llevó a traicionaros si las cosas iban tan bien? —Le seguí el rollo, impaciente porque me dijera algo que pudiera utilizar contra su rey.

Un relámpago cruzó el cielo y la cara de Sharon quedó marcada por las sombras.

—Nadie sabe qué ocurrió.

Se me pusieron los pelos de punta al sentir cómo de un segundo a otro el aire se cargaba de una energía extraña y pegajosa.

Sharon dio tantos pasos hacia atrás que su espalda chocó con el cristal helado; las piernas me flaquearon al ver que su piel había perdido todo color y me quedé inmóvil, sabiendo que algo muy malo estaba a punto de cernirse sobre nosotras.

Temí seguir la dirección de su mirada completamente horrorizada.

Sus ojos se habían trasladado a un punto fijo justo detrás de mi espalda.

Extendió el brazo de forma lenta y temblorosa para señalar algo con el dedo índice.

Aguanté la respiración y, sin pensármelo demasiado, me giré lentamente.

Un escalofrío descendió por mi nuca y se extendió por todo mi cuerpo.

Quedé cara a cara con la silueta de un monstruo siniestro de extremidades largas y delgadas que parecía mirarme con tanta intensidad que solté un grito ahogado.

Me alejé hacia atrás lo más rápido que pude, con el miedo cerrándome la garganta y sus ojos hundidos siguiendo cada uno de mis movimientos.

Debía medir unos dos metros, porque se había agachado para ponerse a mi altura.

Me puse tan nerviosa que la pared de hielo se resquebrajó y la lluvia se coló por una de las rajas. En seguida Sharon gritó de dolor y me miró con pánico, esperando a que yo hiciera algo para arreglarlo.

No, no, no. No podía estar ocurriendo esto. ¿Qué demonios era ese bicho?

Inhalé y exhalé con lentitud y repetí el proceso que había seguido para solidificar el agua, pero no podía olvidar la presencia oscura y amenazante que se cernía sobre nosotras.

Desvié la vista hasta el grillete que tenía en su muñeca antes de que comenzara a golpear la pared con todas sus fuerzas hasta hacerla retumbar.

Casi parecía desesperado. Cuando estaba a punto de perder los nervios, sin saber muy bien cómo mantener erguida nuestra burbuja de protección, una llamarada familiar de energía empujó mi desinflado y asustado poder y lo alimentó, me llenó de calidez y me dio la fuerza que necesitaba para endurecer la muralla de hielo.

¿Qué había sido eso? ¿Era posible que fuera…?

La sombra rápida de un cambio de movimiento me alejó de mis preguntas.

La lluvia comenzaba a amainar y junto con ella, el monstruo se irguió, su piel dura y grisácea estirándose.

Se alejó de nosotras con paso lento, no sin antes dedicarme una última mirada que brilló con un destello verde que me dejó una sensación angustiosa y extraña en el cuerpo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté en un susurro tembloroso una vez se perdió entre las calles.

—Uno de los seres más horribles del Atharav… Un Solitario —respondió Sharon incluso más conmocionada que tras haber presenciado el insólito milagro de la lluvia.

—¿Un Solitario?

Tragó saliva y comprobó que siguiéramos solas en la burbuja que nos protegía de las últimas gotas de agua. Su voz no era más que un susurro.

—Los crearon los Indómitos para convertirlos en los protectores del trozo de Atharav que se apropiaron y marcaron como suyo. Esos seres nunca salen de allí, pero la lluvia debe de haber desorientado a este.

—¿Por qué no nos ha atacado?

—No… —Negó con la cabeza, incrédula—. No puedo comprenderlo. Esos monstruos nunca dejan rastro de sus víctimas, salvo un muchacho que consiguió vencer a uno…

¿E

ra posible que pudiera estar hablando de Eidan?

—¿Y hacia dónde crees que se dirige? —pregunté a su vez.

—Hacia el lugar que lleva su nombre, su hogar, el Bosque de las Bestias.