A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Aria

La lluvia siempre había sido un refugio inesperado, un momento de tranquilidad que deseaba alargar por mucho que las calles se inundaran de agua.

La conmoción me transportó por unos segundos a aquella realidad tan lejana y cada vez más difusa en la que, con los pies enterrados en la mullida alfombra de mi habitación, me quedaba embobada mirando a través de la cristalera empapada, pensando qué libro se beneficiaría del olor a tierra mojada, café y humedad.

Sin embargo, ahora eran los gritos crudos de horror los que acompañaban al sonido de las gotas impactando, sin tregua, contra el pavimento.

Recordé que ya nada volvería a ser como antes, ni siquiera la lluvia.

El alma se me cayó a los pies al recordar a Álex, la noche en la que los Ignis lo secuestraron había caído una tormenta sobre el bosque de Haven Lake, la misma que me había salvado de morir degollada y la misma que ahora amenazaba con matar a Killian y a un pueblo que apenas había comenzado a llorar la pérdida de sus seres queridos.

El cielo gris sobre el mercado que rodeaba la plaza ahora estaba ennegrecido por la acumulación de nubes cargadas de agua.

Apenas unos pocos puestos estaban cubiertos por telas atadas que hacían de toldos y ese reducido espacio era insuficiente para cobijar a cientos de Ignis que se habían esforzado por volver a la rutina.

Por lo visto, incluso en el mismísimo infierno las cosas podían ir a peor.

Los guardias se organizaron rápida y eficazmente; alzaron sus voces para dirigir a cada grupo de Ignis a la zona segura más cercana.

Las gotas, cada vez más frecuentes, resbalaban por mi piel como una caricia templada, pero en sus cuerpos parecían deslizarse como ácido. Estudié el estado de Killian con el peso de la preocupación estrujándome el corazón y me encontré con su mirada, tan angustiada como la mía.

—Estoy bien —lo tranquilicé y le cogí de la mano para tirar de él con apremio. Como siempre que lo tocaba, mi piel se erizó al entrelazar sus dedos con los míos—. Tenemos que irnos de aquí.

Asintió apretando los dientes para contener un gruñido de dolor y yo le agarré con firmeza, buscando con desesperación el refugio más cercano.

—¡Los de mi alrededor! ¡Seguidnos hasta allí!

¡Guardias, continuad poniendo a salvo a todos los que podáis!

—Fayna, con el rostro completamente pálido, levantó la voz por encima del miedo y de los truenos que sacudían el cielo, y Eidan, junto con un pelotón de guardias que se había quedado cerca de nosotros, se dividieron para seguir las indicaciones de la mano derecha del rey.

La lluvia no sería nuestro único problema, por culpa del pánico podríamos morir asfixiados entre cuerpos aplastados. Por esa razón debían evitar a toda costa que se produjera una avalancha.

Arrancamos a correr con cuidado de no patinar con la fina capa de barro que empezaba a volver resbaladizas las calles.

Un mal paso y el agua nos atraparía. En masa, nos dirigimos desesperados hacia el final de la calle —que parecía haberse alargado— hasta alcanzar un lugar seguro bajo la estructura de madera.

El sonido de los gritos que desgarraban sus gargantas se fundía con el latido desbocado de mi corazón mientras observaba con horror cómo los Ignis huían y se protegían la cara de las gotas ácidas.

Sus trajes estaban rajados, como si el cuero más grueso fuera insuficiente para proteger del agua a su verdadera naturaleza.

Su piel humeaba, al igual que le había ocurrido al asesino de la madre de Álex; una vez la lluvia se intensificó, el Ignis se había desintegrado, ahogado en su propia agonía.

Tragué saliva con el miedo calándome hasta los huesos.

Me costaba respirar al pensar que a Killian le esperaba el mismo final.

En cambio, yo seguía sin sentir ningún tipo de dolor, supuse que mis poderes como Kaelis contrarrestaban mi vulnerabilidad al agua como Ignis.

La atmósfera estaba muy cargada y hasta el viento que se había levantado era caliente y espeso, lo que aumentaba la sensación de asfixia.

Posé la vista en el cuello de Killian, en el tatuaje de un ala con plumas afiladas; dibujo que su madre había dejado a medias antes de morir y que desaparecería por culpa de la lluvia como no nos diéramos prisa.

Giró la cabeza hacia la izquierda, apretando la mandíbula con fuerza para mantener a raya el dolor.

Me dio un vuelco el corazón al ver en su pómulo heridas en carne viva.

—Joder, Connor —maldijo, y admiré que le quedaran fuerzas para hablar con aparente normalidad cuando yo estaba prácticamente jadeando por la carrera que nos estábamos pegando—.

Eres un actor de mierda, si ahora mismo Jared tuviera que fingir que es un Ignis se liaría a chillar como un loco.

Pon cara de dolor o algo, que parece que te esté cayendo agua.

Manteniendo el ritmo y esquivando a un Ignis desorientado que corría en dirección contraria, el Guardián giró la cabeza hacia él y alzó una ceja con gesto impasible.

—Es que es agua.

Killian resopló por la nariz, incrédulo.

—¿Justo ahora decides convertirte en una persona graciosa?

Los Ignis estaban un pelín ocupados sobreviviendo, pero si deseábamos que el rey confiara en nosotros debíamos guardar las apariencias junto con sus secretos.

Y como Connor deseaba seguir visitando a Zoey, comenzó a sacudirse con molestia, como si cada una de las gotas que le estaban cayendo le estuvieran agujereando la piel.

Me habría reído incluso dadas las circunstancias, pero de repente la lluvia arreció.

Se desataron el caos y la desesperación. La cuenta atrás había comenzado.

Killian aumentó la velocidad y yo me concentré en sacar energías de donde fuera necesario para seguirle el paso y no quedarme atrás. Su mano temblaba con fuerza, ¿o era la mía?

Escasos metros se interponían entre nosotros y la fachada, pero el agua caía cada vez con más fuerza, decidida a terminar con cada uno de los Ignis que no se pusiera bajo cubierto.

Con la mano libre me aparté el mechón de pelo empapado que se me había pegado al rostro y miré a mi alrededor.

Me arrepentí de inmediato y me tapé la boca ante la imagen espeluznante que contemplaron mis ojos.

Varios Ignis no habían conseguido ponerse en pie; supuse que habrían tropezado durante la huida y ahora se desintegraban entre sollozos y gemidos de dolor.

La mayoría de ellos ya había dejado de retorcerse encima del barro; estaban rígidos, con la ropa hecha jirones y congelados en un gesto horrible de angustia.

Segundos después, lo poco que quedaba de ellos se deshizo en cenizas.

Estaban muertos. Todos ellos lo estaban.

A diferencia de en Haven Lake, donde el compañero de Marlon encontró una muerte rápida —pero no menos dolorosa—, estos habían resistido mucho más porque en el Atharav contaban con la totalidad de sus poderes.

Aun así, no había sido suficiente.

Estábamos a punto de llegar cuando otra ráfaga de viento se levantó y trajo consigo un grito lejano de socorro que me produjo un estremecimiento.

—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!

No sé por qué lo hice, pero le solté la mano a Killian para que traspasara sin mí el umbral donde estaría a salvo.

Al frenar de sopetón se chocó con algunos Ignis que habían llegado segundos antes que él.

Se apoyó en sus rodillas para recuperar el aliento y me miró con los ojos muy abiertos, buscando el motivo por el cual me había detenido.

Miré detrás de él, a las filas de Ignis que se apretujaban para esperar a que la lluvia cesara.

Entre la multitud herida y alterada se encontraban Fayna, Eidan y Connor.

Todos tenían los ojos clavados en mí, observándome con expectación y tensión.

Entonces descubrí que detrás de sus miradas había miedo.

Un revoloteo nervioso me recorrió la piel y mi corazón comenzó a latir de forma errática.

Si quisiera podría marcharme tranquilamente sin que ellos pudieran hacer nada para evitarlo.

No tendría otra oportunidad como esta y ellos lo sabían, por eso no me quitaban los ojos de encima como si así pudieran retenerme.

Devolví mi atención a Killian, que todavía se recuperaba del esfuerzo y del dolor producido por el agua.

Se me formó un nudo en el estómago por el temor de chocarme de lleno con su desconfianza, pero, aunque el gris de sus ojos se había ensombrecido, movió la cabeza en un leve asentimiento.

Confiaba en mí.

Me mordí el interior de la mejilla para contener una sonrisa de puro alivio.

Sentir que creía en mí me proporcionó un subidón de energía que revolucionó mis pensamientos.

Me giré y entrecerré los ojos para buscar el origen del grito a través del manto de lluvia.

Tras una rápida ojeada lo localicé. La tela desgastada bajo la que se refugiaba Sharon estaba a punto de descolgarse por culpa de las fuertes oleadas de viento.

Si terminaba de desprenderse quedaría a la intemperie y moriría en el acto.

El silencio se volvió sepulcral, podía sentir la presión de la sangre en mis oídos mientras pensaba a toda velocidad en las opciones que tenía.

Recordé la cojera que dificultaba su huida, e intuí que por esa razón había decidido quedarse en el centro del mercado.

Un peso cayó sobre mis hombros al comprender que nadie se arriesgaría a ayudarla.

La tormenta rugía cada vez más furiosa y sería imposible regresar con vida una vez salieran ahí fuera.

Así que cientos de Ignis iban a quedarse como estatuas, viendo cómo una de los suyos moría sin que ellos pudieran hacer nada por evitarlo.

Pero yo no era uno de ellos.