A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Pasaron unos segundos de incómodo silencio en los que esperábamos que la señora jefa se dignara a responder, pero mantuvo la boca cerrada y el morro torcido, más tensa todavía.

—Por supuesto, gracias por vuestra buena fe —respondió Eidan con una sonrisa amable que relajó los hombros de la mujer.

Sharon, que debía trabajar en el mercado por el delantal que colgaba de su cintura, echó a andar y Eidan la siguió sin esperar a nadie, aunque antes compartió una mirada significativa con Fayna.

Leí entre líneas. Era la oportunidad perfecta para acabar con cualquier sospecha que hubiéramos despertado de que no éramos un frente unido.

Ahora debíamos fingir que nos llevábamos todos superbién. «Chachi piruleta».

No era común ver a Ignis tan mayores teniendo en cuenta que tarde o temprano solían morir en las Anuales.

Sin embargo, Sharon seguía vivita y coleando, y en cuanto echó a andar intuí la razón por la que llevaba tantos años sobreviviendo en el Atharav.

Su rostro amable se contraía por la molestia a cada paso que daba, consecuencia de la leve cojera que supuse la habría salvado de luchar año tras año.

A paso lento nos condujo a la plaza que se había transformado en el lugar de encuentro de los comerciantes.

El sonido de fondo se volvió cada vez más insistente.

Los Ignis caminaban por las calles y, aunque se notaba que el miedo seguía presente, hablaban entre ellos e incluso se reían.

Algunos conducían animales de carga y carros con productos que habían comprado y, salvo pocas excepciones, la mayoría tenía un aspecto desaliñado y un poco sucio que reflejaba el estado decadente de su reino.

En el mercado, pero alejado del barullo, había un pequeño espacio preparado para nosotros.

Tomé asiento al lado de Aria, que observó con apatía la montaña de comida que nos habían servido: huevos, carne y verduras asadas en la leña. Eidan se acomodó en la silla vacía a mi lado junto con Fayna y Connor, que parecía más fuera de lugar que ninguno.

—Estáis hechos una mierda —comentó Fayna con una expresión serena, fingiendo para el resto que hablaba con nosotros de forma cercana.

El flujo rápido del mercado continuaba y, aunque los Ignis pasaban lo suficientemente cerca de nosotros como para apreciar el tono de la conversación, la improvisada mesa estaba un poco alejada para mantener nuestra privacidad.

—Yo también estaría fresco como una rosa si solo hubiera pegado chillidos en vez de usar mis poderes —dije con la voz afilada, asegurándome de mantener expresión afable—.

O en esta versión retorcida de la Edad Media tenéis algo más fuerte que la gomina, o has hecho tan poco que tu coleta sigue tan perfecta como esta mañana.

Fayna apretó el tenedor y lo dejó con fuerza sobre el tablón de madera, justo al mismo tiempo que yo soltaba un bajo gruñido de dolor al sentir el impacto del pie de Aria contra mi pierna.

Sí, tenía razón, ganarnos la confianza de los Ignis no consistía precisamente en burlarme a la cara de la mano derecha del rey.

—¿Has hablado con Zoey? ¿Sabes cómo está? —le preguntó Aria a Connor.

Al escuchar su nombre, se expresión de impasibilidad se resquebrajó y una capa de preocupación ensombreció sus serios rasgos.

—El rey me deja verla siempre que le ayude a comprender vuestros poderes lo antes posible.

En los próximos días entrenaréis duramente para prepararos para la Guerra Anual.

Cuando la vi hace un par de días hablé con ella y…

—Carraspeó al sentir las miradas de todos sobre él, pero tan solo Eidan y yo la apartamos y nos centramos en comer—.

No está nada bien, incluso la noté más nerviosa ahora que la han sacado de la celda.

Aria se removió en su asiento y de soslayo vi cómo retorcía los dedos encima de las piernas.

—En cuanto pueda iré a verla —prometió, y el Guardián le dirigió una mirada de agradecimiento.

—Le vendrá bien hablar con alguien que también está sufriendo una pérdida de tal magnitud —asintió Connor y la mirada de Aria se apagó aún más.

Tuve ganas de estrangular al Guardián por recordarle a Aria todo lo que había perdido, pero me contuve y metí la mano por debajo de la mesa para darle un apretón firme y cálido.

Aria se sobresaltó, pero un rosado tierno subió a sus mejillas y yo solo tuve aún más ganas de llevármela lejos de allí.

En cuanto nuestras pieles se rozaron, una descarga de energía había trepado por mi brazo hasta dejarme casi sin aire.

La solté antes de empezar a imaginarme cosas indebidas y enseguida me sentí frío.

Nos instalamos en un silencio incómodo mientras llenábamos nuestros estómagos y contemplábamos a nuestro alrededor el trajín del mercado.

Se escuchaba cómo los mercaderes ofrecían entre gritos diversos productos como pan, trigo o trajes de segunda mano a los Ignis que paseaban por allí.

Había más de lo que me podía haber imaginado: puestos de seda, especias y piedras preciosas que dudé que alguien tuviera tanto dinero como para comprar.

—Toma, se te ha caído.

Recogí del suelo la bolsa de tela que se le había caído a una niña que pasaba por mi lado y cuando lo hice, una moneda se coló por un pequeño agujero deshilachado.

También me agaché para recuperarla y casi suelto un resoplido al ver la soberbia cara del rey incrustada en ella.

La niña cogió sus cosas con los ojos como platos al reconocernos y se marchó.

No pude evitar fijarme en que llevaba un traje de cuero oscuro como el nuestro.

—¿A qué edad empezáis a entrenar? —preguntó Aria, que tampoco había pasado por alto ese detalle.

Me lanzó una rápida mirada que capté al instante. Si no podíamos hablar con la gente del pueblo, ¿por qué no intentar mantener una conversación inocente con nuestros propios captores? La miré con orgullo. Chica lista.

La pregunta se quedó suspendida en el aire durante tanto tiempo que no me esperaba que Eidan hablara.

—Prácticamente desde que tenemos ocho años —nos contó mientras masticaba lo que parecía ser una uva—.

Nos evalúan para saber si tenemos cualquier problema físico o de poder; los que no pasan las pruebas terminan dedicándose a otros oficios para servir al Atharav mientras que el resto se prepara año tras año para romper la maldición.

—¿Desde pequeño ya eras el Triturador de Almas? —pregunté con una sonrisa sarcástica tironeando de mis labios.

—Por desgracia, sí. —Sus hombros delgados se hundieron—. Descubrieron mi talento innato para la lucha cuando sobreviví yo solo a un… —Cerró la boca y miró a Fayna tenso, pero ella supo

guardar mucho mejor las apariencias y fingió que no ocurría nada—. Conseguí sobrevivir a uno de los mayores peligros del Atharav con tan solo seis años y eso llamó la atención del rey.

Fingí que no me daba cuenta de la información que casi había revelado.

—¿Empezaste a entrenar a esa edad?

—Me llevaron al castillo y allí conocí a Fayna.

—¿Tenéis la misma edad? —preguntó Aria mirándolos a ambos con las cejas alzadas.

—Sí, era tan pequeña como yo, pero desde luego no tan horrible como ahora. —Eidan fingió un escalofrío, aunque tras esa burla pude entrever un cariño que no entendí.

Fayna no se unió a su broma interna.

—Ya basta —siseó cortante—. No estamos aquí para conocernos.

—Tenemos a media cuidad con los ojos puestos en esta conversación. Si nos pasamos todo el rato callados, levantaremos sospechas —la contradije y ladeé la cabeza señalando un grupo de Ignis, entre los que se encontraba Sharon, que disimulaban demasiado mal que estaban atentos a nuestra mesa.

—¿Habéis asistido a alguna Anual? —preguntó Aria retomando la búsqueda de información y al mismo tiempo nuestro intento superficial de mostrarnos unidos.

—Se podría decir que gracias a ambos hemos ganado… ¿las últimas cinco? —Fayna nos miró con altanería.

Apreté los dientes. Joder, tenía sentido con la historia que el Dios del Fuego nos había contado.

Aunque no rompieran la maldición, como recompensa, el Gran Hacedor concedía a la especie que consiguiera llegar antes a la Cueva Ishtar el Éter justo para bajar a la Tierra durante una noche.

Durante años el rey había acumulado esa energía en los anillos que había conseguido gracias a algún Guardián traidor, y por esa razón podían pasearse libremente secuestrando Inciertos y persiguiendo a Nora.

Y todo porque gracias a Eidan y Fayna habían conseguido ganar las Guerras Anuales año tras año.

—¿Y siendo tan buenos no habéis entrado a la Cueva Ishtar para intentar romper la maldición? —pregunté con acidez.

—El rey no quería arriesgarse a perder a dos de sus mejores soldados teniendo en cuenta que buscaba a la llave de la maldición —explicó Fayna.

—¿Y los que entraban ahí sabían que los mandaban directos al matadero? —Aria se apartó la trenza hacia atrás y entornó los ojos al percibir la culpabilidad que emanaba de Eidan.

—No, no… No lo sabían. —Miró hacia abajo para sacar de su bolsillo interno su libreta raída—. Bueno, ¿qué tal si os leo mi último poema y me decís vuestra opinión? Empieza así…

«Siento un deseo febril

cada vez que no estás aquí

y solo las estrellas fugaces

saben en realidad la falta que me haces».

Contraje el rostro en una intensa mueca de dolor.

—¿Tan malo es? —Eidan me miró con ansiedad.

—A ver, por decírtelo suavemente, yo le daría un par de vueltas, pero no es eso… —Me llevé la mano a la nuca al notar cómo algo punzante perforaba y quemaba mi piel. Me levanté de un salto, buscando el origen del ataque—. Joder, ¿qué ha sido eso?

—¿El qué? —dijo Aria, levantándose.

Se acercó a mí con los ojos alarmados. Connor se quedó tan pálido que supe que no eran imaginaciones mías. Algo muy malo iba a ocurrir.

Desplacé la vista hacia el resto y entonces supe por sus caras que estaban sintiendo lo mismo que yo.

—No es posible —susurró Fayna horrorizada mientras alzaba la cabeza lentamente para mirar al cielo, que se volvía más y más negro—. Está lloviendo.

En cuanto pronunció esas palabras, un trueno retumbó por todo el Atharav.

Se desató el pánico.

Los gritos empezaron a sonar casi tan altos como el trueno al tiempo que las gotas comenzaban a caer cada vez más seguidas.

Pronto la lluvia arreciaría. Miré a mi alrededor en busca de un refugio y localicé en el mercado una zona cubierta por madera y piedra donde parecía haber tabernas y otras tiendas.

Lejos, estaba demasiado lejos.

Entonces recordé cómo había muerto el Ignis que había atacado a Aria en Haven Lake y supe que, como no llegáramos a tiempo, pronto nosotros también nos convertiríamos en cenizas.