A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—¿Cómo puedes ser tan negado para controlar un poder con el que has nacido?

—me había reprochado fulminándome con la mirada tras casi perder su capa por culpa de uno de mis ataques fallidos.

O quizás me había cansado de sus lecciones y hubiera prendido fuego a su capa para que dejara de comportarse como un puto estirado.

«Dios, Jared tenía razón».

Ojalá estuviera aquí para que pudiera verlo disfrazado de Ignis, se partiría el culo.

—Eh, ¿estás bien? —me preguntó Aria, sacándome de mis pensamientos.

—Estaba recordando a Jared.

Su expresión decayó y nos quedamos en un silencio cargado de significado mientras el bullicio nos rodeaba.

Dejábamos a nuestro paso a Ignis, en su mayoría jóvenes o de mediana edad, que se quedaban boquiabiertos para después dejar lo que estuvieran haciendo y acercarse a ponerse al servicio de los guardias.

Bueno, más bien de Fayna, que estaba en su salsa interpretando el papel de máxima representante del rey.

Nuestra inesperada presencia causó el efecto deseado y dejó a los Ignis perplejos y complacidos al vernos involucrarnos tanto en el bienestar de los suyos, como si fuéramos parte de ellos.

Aria y Eidan se desviaron para atender a un hombre que se había quedado sin hogar y yo seguí avanzando.

Me concentré en el sonido de mis botas pesadas arrastrándose por el terreno.

Días después del ataque, la calle principal seguía visiblemente afectada, cubierta de escombros, mugre y sangre.

Había madres y padres que llevaban a la intemperie desde entonces, en el sitio exacto en el que sus hijos se deshicieron en cenizas.

Eso era lo último que les quedaba de ellos. El lugar de su muerte.

Cuando escuchaba sus sollozos y lamentos…

agradecía tener el estómago vacío. Tuve que recordarme que solo estábamos ayudándolos para sacarles información, información que nos ayudaría a dejarlos allí tirados.

Me pasé las manos por el pelo en un gesto angustiado.

En aquel momento el monstruo era yo, no ellos.

Nada estaba yendo como esperábamos. Resultaba imposible acercarse a los Ignis sin levantar sospechas; aparte de que Fayna nos había prohibido estrictamente relacionarnos con el pueblo, ellos tampoco se atrevían a hacer nada más salvo una torpe y rápida reverencia.

La noche llegaría tarde o temprano y habríamos perdido la oportunidad de avanzar con nuestro plan. Era muy frustrante no saber qué hacer o decir sin romper la fina y tensa tregua que nos unía al rey.

Serpenteé entre los guardias que trabajaban en silencio y otros jóvenes Ignis que esperaban órdenes para acelerar la restauración de la zona.

Todo estaba en continuo movimiento para borrar la desgracia que había ocurrido y seguir con la vista fija en la siguiente Anual.

Por esa razón. mientras todo giraba a mi alrededor, mis ojos se vieron atraídos por una figura solitaria sentada frente a un muro que antes habría formado parte de las paredes de algún hogar.

Al igual que yo, era el único que estaba inmóvil.

Eché un vistazo para cerciorarme de que nadie me prestaba atención.

Y a riesgo de que Fayna me echara la bronca, acorté la distancia y me acerqué hasta él.

Quizás era mi oportunidad de oro para averiguar más cosas sobre los Indómitos y los peligros del Bosque de las Bestias, mientras que a ojos del resto solo estaría guardando silencio a su lado.

Fruncí el ceño al percibir que movía sus brazos una y otra vez de forma rítmica y continua.

Cuando lo alcancé y agaché la vista me sentí fatal por querer utilizarlo.

El chico tenía más o menos mi edad, al menos en apariencia. Con una de las manos sostenía una viga caída y en la otra agarraba una daga con la que daba forma a una flor.

Estaba a punto de acabar de tallarla y me pregunté cuánto tiempo llevaba ahí sentado.

No alzó la vista para descubrir a la única persona que se había parado a contemplar la pared improvisada destinada a los muertos.

Lo que no esperaba era que fuera él quien iniciara la conversación.

—El Días Lunae era su día de entrenamiento más duro, recuerdo que lo odiaba y al final siempre terminaba sangrando y llorando sin parar, se sentía insuficiente para liberar a su familia de la pobreza del Atharav.

—Su voz sonó vacía y rasgada, como si le costara hablar—.

Así que le propuse que no nos viéramos a la víspera, así nos encontraríamos al día siguiente en su casa, con muchas ganas y encima para hacer nuestro plan favorito que consistía en imaginarnos cómo sería nuestra vida en la Tierra.

De esa forma su día más horrible tendría un final feliz.

—El dolor que sentía fue abriéndose paso y me sentí incómodo en medio de una historia que no me pertenecía, que no quería escuchar porque complicaba aún más las cosas.

Aun así, me quedé tenso a su lado, recorriendo con la mirada el rincón conmemorativo lleno de velas encendidas y cartas que se amontonaban y que pronto desaparecerían—. No lo conseguí.

—Lo siento mucho —conseguí decir, pero no pareció escucharme mientras depositaba la flor en un pequeño hueco que quedaba vacío y extraía de su bolsillo una nota sucia para dejarla junto a ella.

—Ahora solo me queda cumplir su última voluntad y romper la maldición.

—Se puso en pie dando un pequeño traspiés.

Me hizo una reverencia antes de mirarme con determinación.

Un instante después, seguí la dirección de sus ojos hasta Aria, que repartía alimentos de las cestas que colgaban de sus brazos bajo la supervisión de Eidan—. Lucharé a vuestro lado.

No sabía qué decir así que asentí, un poco aturdido, y conforme se perdía entre el resto de los Ignis, sentí la certeza de que cuando me marchara cada una de sus historias me perseguiría.

Su nota se había quedado entreabierta y la brisa la impulsó hacia mí, de forma que pude entrever un irregular «Te quiero».

Joder.

—¿Qué demonios se supone que estás haciendo?

—La demandante y molesta voz de Fayna me llegó por encima del hombro.

Me giré para encararla y me choqué con una expresión de desdén que me pilló desprevenido.

¿Qué mierda le había hecho yo a esta chica ahora?

—. De repente me han entrado muchas ganas de informar al rey de que habéis incumplido con vuestra palabra.

Os he advertido seriamente que no podíais mantener una conversación con la gente de Ígnea.

—Solo estaba dándole el pésame —contesté secamente.

—No finjas ser uno de los nuestros —rugió con los ojos encendidos.

Esto iba mucho más allá de una mujer obsesionada con el Dios del Fuego.

—¿Tanto miedo tienes de que pases a ser insignificante a nuestro lado?

¿De que el rey ya no te necesite? —La rodeé, sosteniendo su mirada llena de odio mientras una sonrisa cargada de diversión se extendía por mi cara—.

Qué mierda sentirte insegura cuando eres una de las Ignis más poderosas del Atharav, ¿no crees?

El rostro de Fayna se contrajo y cambió de color a un rojo furioso mientras se acercaba amenazante a mí. Una de sus manos fue directa al cinturón, donde los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar el mango de la daga. Agradecía sus esfuerzos por evitar rajarme el cuello.

Joder, menos mal que no me había ido de la lengua y le había preguntado al Ignis algo que delatara mis intenciones.

Nuestra pequeña disputa atrajo miradas curiosas, primera señal de peligro para nuestra misión. El sonido de pasos apresurados delató la llegada de los refuerzos.

—Fayna —la llamó Eidan con voz ahogada mientras recobraba el aliento—.

Estás dejando que tus emociones superen a tu sentido del deber y como el rey se entere de que estás sembrando dudas sobre nuestro compromiso con la causa, se va a enfadar.

Y ambos sabemos cómo acaban las cosas cuando el rey se enfada —terminó de advertirle al tiempo que Aria y Connor aparecían a su espalda.

Levanté las cejas por la sorpresa de ver al chico enfrentarse por primera vez a su compañera y hablarle de forma tan clara. Por lo visto no acostumbraba a hacerlo, porque al darse cuenta de su despliegue de valentía agrandó los ojos y se encogió, temeroso.

Fayna pasó de mirarlo pasmada a dirigir su ira helada hacia él.

Temí que la vena de su frente estallara de un momento a otro.

—Más vale que te calles si no quieres que…

—Hola, perdonad mi atrevimiento —interrumpió con indecisión una mujer mayor.

Nos miró con los ojos arrugados y centelleantes y agachó la cabeza en señal de respeto—.

Me llamo Sharon y en nombre de todos los Ignis quería agradeceros vuestros esfuerzos con una pequeña merienda para que repongáis fuerzas antes de regresar al castillo de Brandr.

Al tener sus pequeños ojos fijos en el suelo no se percató de la sorpresa que se extendió en el grupo al escuchar el nombre del castillo.

Me pregunté cuántos años tenía si conocía el nombre del Dios del Fuego.

Durante los días que llevábamos allí había pensado que, o nadie lo sabía, o al rey no le gustaba que se dirigieran a él de una forma tan cercana.

No sería yo el que rompiera esa regla implícita.

No estaba dispuesto a pronunciar su nombre, ni siquiera en mis pensamientos.

Entonces la voz perturbada de la Diosa de la Tierra se reprodujo en mi cabeza: «Todos tienen que saberlo.

El secreto. El secreto. El secreto. El secreto.

¡El secreto del castillo de Brandr!», ese había sido el mensaje que me había dado cuando me había escapado para buscar a Aria.

En su momento no le había dado importancia porque parecía no tener sentido, pero ahora confirmaba que solo seres de larga vida inmortal conocían el nombre del Dios del Fuego y se atrevían a pronunciarlo.