Capítulo 23
Killian
Mi buena reputación como nuevo príncipe del Atharav no hacía más que crecer; la de Aria como llave a la fuga en medio de un atentado… Bueno, digamos que no tanto.
Ahora la observaban más con recelo que con la fe ciega que merecía la única persona capaz de romper la maldición. Y si el pueblo no confiaba en el plan del Dios del Fuego, ¿cómo iban a confiar en él?
—Los rumores sobre cómo has estado a punto de perder a tu llave se están extendiendo cada vez más, por mucho que hayas manipulado a tu pueblo haciéndoles creer que los culpables de su breve desaparición fueron los Indómitos.
—Sentía los ojos abrasadores de Fayna taladrándome la espalda, vigilando como un halcón cada uno de mis movimientos, pero no aparté la vista del rey ni titubeé.
Mi mensaje había captado su interés y poco a poco su expresión se iba deformando por una ira silenciosa que me puso en tensión—.
Les estás dejando en bandeja la posibilidad de que desconfíen de ti.
Eidan se había mostrado muy reticente, pero tras insistir y compartir algunas miradas cómplices con Aria, lo convencimos.
Solicitó en nuestro nombre una audiencia urgente con el rey para que pudiéramos unirnos a los Ignis voluntarios que prestaban su ayuda en la reconstrucción de la zona afectada por el ataque de los Indómitos.
A través de pasarelas y pasillos en penumbra, nos condujo al segundo piso de la torre principal del castillo, que doblaba la altura de las murallas que lo protegían, donde los secretarios del rey lo avisaron con nerviosismo de nuestra llegada.
Apenas habíamos intercambiado un saludo tenso y esta conversación ya era demasiado larga para mi paciencia.
Sentí cómo el aire de la sala se cargaba aún más.
—¿Después de romper nuestra tregua osáis irrumpir en mi despacho para darme lecciones sobre cómo gobernar a mi pueblo?
—preguntó el rey en un grave rugido, tan quieto que la corona pomposa que descansaba sobre su cabeza no se movió ni un pelo.
Dejó caer su peso sobre la robusta silla tras su escritorio y cruzó las manos, envolviéndose en una fría calma que se rompería tarde o temprano—.
Mis súbditos jamás creerían a esos rebeldes.
—Me imagino que hubo un día en el que esos mismos rebeldes fueron Ignis fieles a tu servicio, ¿vas a arriesgarte estando tan cerca de romper la maldición?
—insistí, y las botas de Fayna se deslizaron como una serpiente por la alfombra mullida que ocupaba gran parte de la estancia.
Bastó un leve movimiento de la mano del rey para que detuviera su intento de hacerme cerrar la boca.
El rey la miró con severidad mientras volvía a su posición; la pedrería incrustada en su túnica resplandecía tanto como el brillo calculador de sus ojos—.
Aun contando con nosotros, tenemos que entrar a la Cueva Ishtar antes que los Kaelis para romper la maldición, y para eso necesitas a cada uno de los Ignis de tu parte.
—Si aparezco por voluntad propia a ayudar al pueblo, cesarán las dudas sobre tu autoridad y sobre mi lealtad hacia ti, y por lo tanto confirmarán que los Indómitos son los culpables de mi desaparición —intervino Aria a mi lado.
Jugar con el ego de un Dios era tan fácil como tentar a un gato con un ovillo.
O al menos, así debería haber sido.
Pero después de hundir a un reino por avaricia y aun así contar con su apoyo durante años de devastación y pobreza… Algo así solo se conseguía siendo manipulador e inteligente. Y por esa razón el Dios del Fuego jamás creería que nuestras intenciones podían ser inocentes.
—Tú necesitas la confianza de tu pueblo y yo necesito saber dónde está Álex.
La revelación de nuestras verdaderas intenciones le hizo creer que recuperaba el control de la situación, por lo que se relajó en su asiento, justo como queríamos.
—Oh, ahora entiendo vuestras repentinas ganas de ser buenas personas con la especie a la que tanto odiáis.
—Su risa rebotó sobre los altos y abovedados techos de la estancia, revolviéndome las tripas—.
Me parece tan valiente como estúpido que pretendáis chantajearme cuando hace días mi anhelada llave intentó escapar de mi reino.
—No intentaba escapar, solo estaba asustada —se defendió Aria, aunque, por desgracia, era imposible que el rey la creyera, por mucho que se esforzara por controlar el temblor de su voz.
El rey ni siquiera se molestó en desviar la vista hacia ella. Apreté los puños para contener las ganas de borrarle la expresión de superioridad de la cara.
—Esta es la última oportunidad que os doy.
Si faltáis a vuestra palabra, os encerraré en el castillo y os prohibiré veros, tan solo entrenaréis hasta que llegue la Anual —nos advirtió poniéndose en pie lentamente, después esbozó una sonrisa cargada de intenciones—.
Además, aún nos queda energía en los anillos para hacer una pequeña visita a un niño que no para de ver películas de superhéroes mientras lloriquea por su hermano.
Me quedé de piedra, al contrario que mi poder, que se despertó de un plumazo. Me recorrió las venas con violencia, tan desesperado por que lo descargara que resultó doloroso retenerlo y apaciguarlo.
¿Habían estado vigilando a Eric? Un agujero helado se formó en mi pecho al imaginarlo acurrucado en el sofá de mi abuela mientras veía
Iron Man
preguntándose si alguna vez volvería a verme.
No podíamos desperdiciar nuestra única posibilidad de salir de aquí.
—¿Cumplirás con tu palabra y nos dirás algo sobre el paradero de Álex? —respondió Aria apretando los dientes, y agradecí que me concediera unos segundos para recuperarme del golpe que suponía pensar en Eric.
El rey sonrió ampliamente y se encogió de hombros en un gesto tan humano que me provocó un escalofrío.
—Bueno, al igual que vosotros… puede que sí o puede que no. Tendréis que hacerlo lo mejor posible para descubrirlo.
El cielo gris se fue oscureciendo hasta adoptar un decadente tono rojizo conforme pasaron las horas entre agradecimientos, miradas radiantes de admiración y sudor, mucho sudor.
Reprimí un gruñido por el esfuerzo de cargar con restos pesados de viviendas que habían quedado desperdigados en medio del camino.
A este paso el dolor de espalda que llevaba incordiándome desde hacía ya días no desaparecería.
Mis músculos se contrajeron hasta que solté la piedra en el interior de uno de los muchos carros apostados en los laterales de las vías afectadas.
Por lo que había oído de refilón, una vez llenos partirían hacia la linde del Bosque de las Bestias, donde descargaban toda la basura.
El hecho de que no se atrevieran a internarse en el bosque no auguraba nada bueno para nuestra futura excursión. Por otra parte, me preguntaba por qué los Indómitos habían elegido asentarse cerca de las puertas de salida del Atharav.
Al percatarme de que llevaba mucho tiempo parado, retomé mis tareas como voluntario.
Conforme me dirigía hacia un grupo de Ignis que se estaba organizando para recoger un montón de escombros, se levantó una brisa. La atm ó
sfera se sentía pesada, hacía tal bochorno que me sobraba cada una de las capas del traje oscuro; el aire olía a polvo, al hedor de los caballos y a castañas, lo que me recordó que estaba hambriento y dispuesto a escaparme a uno de los puestos ambulantes del mercado al otro lado de la calle.
El humo de las cocinas se disipaba por encima de los tejados de las pocas casas que habían resistido al ataque.
—¿Cómo es posible que hayan levantado un mercado encima de las cenizas de los fallecidos? —susurró Aria con la voz rasgada mirando hacia el final de la zona afectada, que colindaba con una de las inmensas calles del mercado.
Se unió a mí después de horas repartiendo provisiones a los Ignis que se habían quedado sin hogar.
Le dediqué una larga mirada para asegurarme de que asistir a familias rotas mientras recolectaba pertenencias perdidas de los muertos no era demasiado para ella.
Claro que lo era, para cualquiera sería demasiado, pero entraban en juego su cabezonería y su fortaleza, dos cualidades que admiraba de ella.
Mis ojos la habían buscado a cada segundo, asegurándome también de que no la mandaban a realizar trabajos forzosos sabiendo que seguía malherida por la explosión.
—Aria —pronuncié su nombre con suavidad y procuré ser cuidadoso con mis palabras—. Si en cualquier momento te agobias o sientes que es demasiado, avísame. Haré que nos saquen de aquí de inmediato, podemos encontrar otra forma de ayudar.
Sus ojos, que habían perdido todo su brillo, se iluminaron por un breve instante, y en su boca bailó la sombra de una pequeña sonrisa de agradecimiento.
Había entendido mi mensaje. Buscaríamos otra forma de recuperar la confianza del rey y de averiguar información acerca de los Indómitos.
—No tenemos tiempo para llorar las pérdidas. La gente tiene que comer o el número de víctimas crecerá. —Eidan se unió a la conversación, su tono impregnado en agria resignación.
Llevaba toda la mañana y parte de la tarde pegado a Aria, vigilándola y en algunas ocasiones dirigiéndose a ella. Cada vez tenía más ganas de saber de qué hablaban, esperaba que Aria me lo contara cuando encontráramos un momento para estar a solas. No quería parecer un celoso de mierda.
Pese al trabajo, Eidan estaba fresco y sus andares seguían siendo igual de ágiles, como si le supusiera más esfuerzo escribir a escondidas en la vieja libreta que ocultaba que cargar con peso y utilizar su poder una y otra vez para fundir los materiales que eran imposibles de transportar.
Yo también lo había hecho, con Connor a mi lado supervisándome y dándome escuetas directrices para concentrarlo hacia un punto en concreto.