Capítulo 22
Jared
Los ojos de Beatrice no se encontraron con los míos.
No, ella le sostuvo la mirada a la muerte, a los cientos de Damas Sombrías que aún mantenían sus armas en alto.
Todo sucedió tan rápido que apenas fui capaz de entenderlo.
Mi aliada, sin titubear, dirigió la mano hasta su cinturón y extrajo la flecha de bronce que tenía guardada.
No se permitió ni una mueca de dolor, tan solo apretó los dientes.
Con el arma en mano alzó la barbilla y se impregnó de una calma fría que me puso la piel de gallina, cerró los ojos un solo segundo para concentrarse e invocó el Éter.
Serpenteó a sus pies como un remolino inquieto que terminó convirtiéndose en un arco; brillante, dorado como los que nos esperaban en sus tumbas.
Con una rapidez sobrenatural, Beatrice lo empuñó, cargándolo con la flecha para después elevarlo en un movimiento grácil y elegante que me dejó hipnotizado.
Tensó la cuerda al máximo siguiendo la dirección de su objetivo.
Y disparó.
Mis ojos siguieron la flecha mientras cruzaba el inmenso espacio casi a cámara lenta, sin entender el fin de aquello. Una sola flecha contra cientos, y luego me criticaba a mí por optimista.
A pesar de que la naturaleza sobrenatural del arco impulsó la flecha a mayor velocidad, las de nuestras enemigas ya habían alcanzado la cima de la curva y descendían hacia nosotros. Así que, una vez más, decidí confiar en Beatrice.
Me lancé hacia ella para protegerla —aunque en realidad resultara inútil—, al mismo tiempo que arrojaba hacia su flecha un destello de energía.
No estaba seguro de que funcionaría, pero joder si lo hizo.
¿Supongo que estar al borde de la muerte mejora tus habilidades?
No me gustaría tener que haber alcanzado tal sabiduría, pero así se habían dado las circunstancias.
Gracias a mi exquisita puntería, le di el último empujón que necesitaba antes de que las demás aterrizaran en nuestras cabezas.
Me agaché todo lo que pude, con Beatrice bajo mi brazo, ninguno podíamos quitarle el ojo a su flecha.
El tiempo se ralentizó y contuve el aliento.
Se clavó en el corazón de la Dama Sombría, la misma que nos había seguido con la mirada antes de que entráramos al templo, la que tenía los ojos más astutos, más vivos que el resto de sus cadavéricas compañeras.
Alcé la vista con el pánico en la garganta, a la espera de que decenas de puntas afiladas perforaran mi piel. Sin embargo, a centímetros de hacerlo, se convirtieron en humo.
«
Pero ¿qué…? ».
Volví a mirar a la Dama Sombría, que boqueó mientras alzaba una mano hacia nosotros, como si tratara de alcanzar algo. Después, se deshizo en polvo, y junto a ella lo hicieron el centenar de Damas que había a su espalda.
Abrí los ojos de par en par.
Beatrice había matado a la líder.
Entonces recordé sus palabras: «Es la única que se resistirá a hacerte daño», y es justo lo que había hecho, pero ¿por qué?
Mi aliada, conmocionada por lo que había estado a punto de sucedernos, se apartó de mi lado y se puso en pie a duras penas.
Hice ademán de ayudarla, pero algo en su expresión me detuvo.
Se quedó congelada, con la mirada clavada en el espacio vacío que segundos antes habían ocupado las Damas.
Una única y rápida lágrima rodó por su mejilla, y me sorprendió que aquella chica de lengua afilada y mirada venenosa sintiera tanta empatía hacia aquellas mujeres condenadas.
Me hacía creer algo que en el fondo sospechaba: no era tan insensible y fría como pretendía aparentar.
—Eh, ¿estás bien? —pregunté con la voz ronca, alarmado al ver su traje cubierto de sangre.
—Ya tenemos el camino despejado, hay que darse prisa —gruñó y se giró con la clara intención de comenzar a subir escalones.
Sus movimientos eran rígidos y lentos, vi que las rodillas le flaqueaban por el esfuerzo.
—¿Qué se supone que pretendes hacer? —inquirí con voz dura, situándome delante de ella para cortarle el paso—. Entiendo que tengas que ser coherente con tu personalidad de chica mala y superdura —señalé su cuerpo—, pero tienes clavadas dos flechas. No puedes hacer como si no estuvieran.
Alzó la barbilla en un gesto de desafío.
—Sí que puedo, puedo ignorarlas a ellas y a ti al mismo tiempo —bufó—. Aunque tú eres mucho más molesto.
Eso era un poco insultante, a decir verdad.
—Tenemos que sacarte las flechas, no sabemos si pueden estar ocasionándote una hemorragia interna —respondí, pasándolo por alto. Solo por esta vez y porque, de nuevo, me había salvado el culo.
—No han alcanzado órganos vitales y hasta que no las extraigamos servirán de tapón para que no me desangre. Ahora vamos. —Su voz perdía fuerza con cada palabra, lo cual me impulsó a tomar una decisión.
Sin preguntar ni esperar una respuesta, me agaché y pasé un brazo por detrás de sus rodillas y con el otro rodeé sus hombros.
Me puse derecho, levantándola y pegando su cuerpo al mío con mucho cuidado de que las flechas no se movieran demasiado.
El gesto de estupefacción de Beatrice venció a la mueca de dolor que había esperado ver en su cara.
Su olor a vainilla no tardó en alcanzarme y me pregunté cómo era posible que lo conservara cuando llevábamos horas caminando y sudando pese al frío que hacía allí abajo. Al menos yo.
Gasté las pocas energías que me quedaban en el ascenso.
Me centré en mirar por dónde iba mientras subía los escalones relucientes, deseando que mi primitivo e imbécil cuerpo dejara de sentirse tan a gusto pegado al suyo. Pese a mis esfuerzos, mis ojos conectaron con los suyos como si de un imán se tratase.
Ella me observaba con los labios entreabiertos por la sorpresa y con un leve rubor cubriendo la palidez de sus mejillas.
Esbocé una sonrisita que la sacó de su estado de estupor.
—¿¡Qué coño haces!? —chilló con la voz estrangulada y se revolvió entre mis brazos con el resultado de hacerse aún más daño. Apretó la mandíbula—. No necesito tu ayuda. Puedo sola.
—No te creía tan estúpida, Beatrice.
—Ni yo a ti tan caballeroso, Jared.
Solo ella conseguía que mi nombre, en sus labios, se convirtiera en un insulto.
—Hay muchas cosas de mí que desconoces.
—Mmm… Me encantaría conocer la versión de Jared que se queda sin su parte favorita del cuerpo —masculló con voz letal.
Hice un puchero.
—¿Sin mi esternón?
Me atravesó con una mirada que casi me deja clavado en el suelo. Mentiría si dijera que en ese momento no sentí un pelín de miedo por la integridad de mis partes bajas.
Gastó la mitad de sus energías en protestar, y yo, en ignorar cada una de las perlitas que soltó por esos labios gruesos y rosados…
Estaba exhausto cuando alcanzamos la cima de la escalinata, y con ella, la cámara que veneraba y protegía a los Dorados. Solo entonces y bajo siete amenazas de muerte, dejé a Beatrice en el suelo.
Mi preocupación aumentó al verla cada vez más pálida.
Temí que sus piernas no aguantaran su propio peso, por eso me quedé pegado a ella, sin embargo, tras unos segundos reunió las fuerzas necesarias para dar un paso y acercarse a la enorme puerta.
Contemplamos la última barrera que nos separaba de nuestro objetivo; detrás de ella, se escondían las llaves que nos ayudarían a dejar atrás este infierno para entrar en uno mucho peor.
El Atharav.
El oro bañaba hasta el último rincón de la puerta, protegiéndola del paso del tiempo.
Las espirales que la decoraban le otorgaban un aspecto elegante, incluso imponente.
En mi humilde opinión era hortera en medio de tanto mármol, pero teniendo en cuenta que íbamos a robar, ponerse a criticar ya era pasarse.
Beatrice, ajena a mis pensamientos, decidió que había llegado el momento de entrar. Empujó la puerta, dejando rastros de sangre donde sus manos se posaron.
En cuanto pusimos un pie dentro de la Cripta Eterna, algo cambió.
Una oleada de energía intensa y violenta espesó el ambiente, colándose en mis pulmones y poniendo en alerta cada uno de mis sentidos.
El aire era irrespirable y tuve que apoyarme en la puerta para contener la sensación de mareo que nubló mis sentidos.
Beatrice no parecía tan afectada como yo, salvo por las dos flechas que tenía clavadas en el cuerpo, claro.
Me permití unos segundos para habituarme al espacio y una vez lo hice, contemplé la cámara.
Seguía la línea del templo: columnas de mármol, techos arqueados y suelos que te devolvían tu reflejo. «Oye, pues el look
demacrado por huir de la muerte durante días no me queda nada mal».
Contrastaba con un espacio tan pulcro que parecía que no lo hubieran pisado en décadas.
Mediante pinturas y grabados, las paredes contaban historias en un lenguaje que desconocía alrededor de las diez tumbas doradas que formaban un círculo perfecto en torno a una escultura que supuse que simbolizaba a Charles Smith.
—Coge una llave y larguémonos de aquí —ordenó Beatrice en un débil gruñido.
—¿Tan pronto? Me parece de mala educación no tomarnos ni cinco minutos para charlar con estos afables y carismáticos cadáveres.
—A mí me parece de mala educación que existas. Punto.
Le perdonaba la falta de humor porque estaba malherida. Solo por eso.
—Abre esa. —Señalé la tumba más próxima a la Guardiana e intenté infundirle la máxima calma posible. Aunque tampoco parecía muy asustada, intuía que era pura fachada, ¿quién en su sano juicio no temía a la muerte?—. Yo iré a por otra y después nos largaremos a un sitio seguro para curarte.
Desvió los ojos a mis manos, cubiertas con su sangre, y asintió.
Me dirigí hacia el centro del círculo que formaban las tumbas y me puse manos a la obra.
Cualquiera bastaría, pero ¿y si justo abría la que no tenía llave?
Hice un rápido recorrido con la mirada y me dejé llevar por la energía que desprendían, con el impulso de salir de ahí cuanto antes aún pegado a la piel.
Un conjunto de voces intrusas me susurró que me acercara, con una armonía hipnótica que me puso los pelos de punta.
Mis ojos se detuvieron en algo que captó mi atención.
Un nombre grabado como el resto, pero que tenía…
algo diferente. Me acerqué hasta la tumba y me puse de rodillas frente a ella.
Era como si hubieran querido tapar parte del nombre usando un material muy similar al de la superficie del ataúd.
Invoqué un débil rayo de poder y lo utilicé para ejercer presión contra el material, que al cabo de unos segundos se deshizo, desprendiéndose para revelar las letras que lo completaban.
No era Lunn, era Lunnete, y sonaba a… nombre de mujer.
Miré hacia Beatrice, que en ese momento se guardaba la llave que había conseguido en uno de los bolsillos.
—Mira esto, ¿no decías que nunca ha habido una Dorada? —pregunté con el corazón a mil por hora.
—Es que nunca ha habido una Dorada. —Vino hasta mí renqueando y leyó el nombre en voz alta en un susurro ahogado—. Lunnete. No… No tenía ni idea. Ábrela.
Teníamos que darnos prisa. Así que levanté la tapa y di un paso atrás cuando un poder antiguo e infinito me golpeó con fuerza, como si hubiéramos liberado a una bestia que llevaba siglos encerrada, deseosa de escapar.
Me saludaron los restos de la Dorada que había tenido la suerte de ser elegida: huesos putrefactos que me arrancaron una arcada y, en medio, un colgante con una llave de Éter.
Sin pararme a pensar en lo que realmente estaba haciendo, la arranqué y me la guardé.
Debajo de los huesos atisbé un reflejo rojo de lo que parecía ser un cuaderno y fui a cogerlo.
—Jared.
Me tragué un nudo de temor al ver a Beatrice desplomada en el suelo. Tosió y de su boca brotó sangre.
«Mierda».
Solo disponíamos de un par de minutos antes de que las alarmas se activaran, así que corrí a cogerla en brazos. Estaba pálida, pero aún tenía los ojos abiertos. Bien, todo saldría bien.
—¿La tienes? —preguntó con un hilo de voz, a lo que asentí.
Me señaló con un vago gesto una zona de la pared y eso hice. Pulsó un ladrillo, dejando otro reguero de sangre, y se abrió una trampilla que daba a una negra escalera descendente.
Cuando no estuviera luchando por sobrevivir otra vez
, le exigiría que me contara por qué conocía los secretos del Abismo y por qué no tenía la amabilidad de compartirlos conmigo con un pelín de antelación para no tenerme al borde de un ataque de nervios.
—¿Por qué solo te han disparado a ti? —dije en su lugar, quería que se mantuviera consciente.
—Porque van a por el más fuerte, está claro —respondió, cada vez más débil, más cansada.
Lo último que esperaba era sinceridad, pero supongo que cuando estás a punto de desfallecer las defensas que protegen los secretos también son más débiles. No iba a desaprovechar la oportunidad, al menos no del todo.
—¿Cómo sabías utilizar el arco?
—Porque la líder de las Damas Sombrías… —tosió— a la que acabo de clavarle una flecha en el corazón, me enseñó.
—¿La conociste?
—Era mi madre.