A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 21 #4
49%

Capítulo 21 #4

Una vez la alcancé pegué la mejilla a la fría y húmeda roca.

Miré hacia arriba justo a tiempo de ver cómo dejaba caer su capa, impulsada hacia abajo por un remolino de Éter que le dio una rapidez sobrenatural.

Fue como un puñetazo para la Dama Sombría que ahora acercaba sus dientes a mí para pasar al capítulo en el que Jared pierde otra extremidad.

Joder, había estado a punto de quedarme sin oreja y ahora sin pie.

Miré hacia mis partes íntimas y suspiré con pesar. Hoy podría ser el fatídico día en que mi descendencia se convirtiera en un sueño frustrado más. «Si no puede ser en esta, encontraré otra vida para convertirme el mejor padre para ti, Daisy».

Escalé dejando salir un gruñido por el esfuerzo, estábamos a punto de alcanzar la superficie.

—¿Ves cómo lo de la capa funciona? —dije con pedantería. Después, sentí el peso de la piedra que colgaba de mi cuello, acompañado por un susurro poderoso y elegante—. Oye, deberíamos usar el colgante de sombras.

Apostaría a que Uriel consideraría esto «un caso de extrema urgencia».

—Justo iba a decirlo —me llegó la voz fría de Beatrice, que se había detenido al igual que yo.

—Vaya, vaya, ¿hemos afianzado nuestra relación de aliados si ya empezamos a tener una conexión mental?

Se volvió hacia mí como un resorte.

—Se llama sentido común, tener la inteligencia justa y necesaria para asegurar nuestra supervivencia —masculló.

Ante su defensiva, dejé salir una sonrisa torcida que pareció molestarla. Bufó y se volvió a girar.

Acaricié el collar. Un cosquilleo frío trepó por mi piel mientras las sombras nos rodeaban en un suave pero oscuro abrazo.

En mi caso fue bueno que, como consecuencia, aquello dificultara mi visión.

Me centré en mis manos, en subir poco a poco, y no en lo que me esperaba si me resbalaba y caía.

Una criatura desconocida. Poderosa. Hambrienta.

Trepamos con rapidez, casi no sentía las piernas por culpa del frío y el desgaste físico. Beatrice alcanzó el borde del precipicio y después lo hice yo.

Me quedé sin respiración al ver a las Damas Sombrías que acechaban la entrada, mirando hacia abajo en nuestra busca, sin saber que nos encontrábamos justo delante de sus cadavéricas narices.

Todo lo que podían ver era sombras, nos habíamos reducido a eso.

Me tensé cuando Beatrice y yo nos levantamos para adentrarnos por el pasillo y tuve que pasar demasiado cerca de una.

La estudié con mayor atención. Parecía diferente, igual de terrorífica, pero con una mirada más clara y afilada que la del resto.

De repente sus rasgos se contrajeron de dolor.

Me dio la impresión de que sus pupilas seguían nuestros movimientos, pero debía equivocarme porque continuó hacia delante.

No iba a ser yo quien la advirtiera del tremendo error que acababa de cometer.

Nos encaminamos hacia el pasadizo y lo recorrimos con rapidez, atentos a cualquier amenaza.

Era recto, más ancho que los anteriores que habíamos atravesado, y terminaba en una luz blanquecina y cegadora que nos sirvió como guía.

Caminamos más rígidos que un palo, lo único que nos acompañó fue un silencio inquietante y el frío violento que me hizo echar de menos mi capa.

Compartí varias miradas furtivas con la Guardiana como mera distracción de la tensión que había en el ambiente.

La atmósfera cambió de una forma difícil de describir, pero sí conocía el porqué.

No tardamos en alcanzar la verdadera entrada a la Cripta Eterna, anunciada por la fuente infinita de luz.

Nos dedicamos una última mirada más, una de incredulidad por haber conseguido llegar tan lejos y, entonces, cruzamos el umbral a la espera de quedarnos sin cabezas de un segundo a otro.

Pero nada nos atacó, por lo que pudimos tomarnos un escaso minuto para estudiar el lugar de descanso de los Dorados, ocultos y protegidos por las criaturas que una vez buscaron su destrucción.

Estábamos a los pies de una inmensa galería envuelta en un halo de misterio que me atraía y aterraba a partes iguales.

Sus techos parecían tocar el cielo, y en la cima se hallaba un santuario forjado por el mismísimo Gran Hacedor: la Cripta Eterna.

Tan solo nos separaban de ella… ¿unos mil escalones? Bueno, mi culo me lo agradecería y esperaba que mi hermana también. Ya podría Zoey besar el suelo que pisaba por la cantidad de ganas que le estaba poniendo a su rescate del Atharav.

Observé a Beatrice; su expresión severa, los ojos cubiertos de una ira glacial, apuntando directamente a la jaula dorada.

—¿No te da pena estar llegando al final de esta bonita excursión? —comenté con el único fin de aligerar la tensión—. Me da hasta pena después de todos los momentos que hemos vivido. Estar siempre al borde de la muerte une a las personas, ¿tú no lo notas?

—No.

—¿No exactamente a qué? Te he hecho dos preguntas.

—No a todo —contestó con hastío, y recorrió la corta distancia que nos separaba de los escalones.

La seguí y comenzamos la subida hacia la cripta—.

En fin, vamos a acabar con esto de una maldita vez —continuó, bajando el tono de voz lo máximo posible—.

Una vez entremos en la cripta, tendremos tan solo unos minutos para coger una llave de Éter cada uno, después, los hechizos que la salvaguardan captarán nuestra presencia y esto se llenará de Dorados.

Ni siquiera Uriel podrá salvarnos, esta vez no.

—Tardarían horas en llegar, ¿o es que también pueden teletransportarse?

—Vendrán por donde vamos a salir nosotros.

—Y por supuesto, tampoco me vas a decir por dónde es eso —resoplé.

—Prefiero guardar esa información hasta que sea estrictamente necesario.

—Vale —espeté, más cortante de lo que era habitual en mí—. Entonces el plan es entrar, abrir las tumbas, robar dos de sus llaves y pirarnos de ahí por tu salida secreta.

—Exacto. —Me dedicó una sonrisa engreída y después su gesto se volvió serio—. Elige bien la tumba que abrirás porque solo tendremos una oportunidad.

—Genial, si algo me gusta más que profanar tumbas es que sea bajo otra amenaza de muerte más.

Beatrice se encogió de hombros, como diciendo «Te jodes, es lo que hay», y yo la fulminé con la mirada.

Fuimos dejando atrás más y más escalones, llenando el silencio con nuestras fuertes respiraciones y dividiendo la atención entre no resbalar, seguir ocultos entre las sombras y admirar el templo, tan majestuoso que parecía irreal.

Nuestro estado físico daba pena, por lo que nos imaginé como dos gotas de suciedad corrompiendo aquel pulcro y lujoso espacio lleno de mármol, oro y lámparas de araña que caían con elegancia de los altos y abovedados techos.

Un cambio en el aire captó mi atención, seguido de un tropiezo y un jadeo ahogado de dolor.

El silencio sepulcral quedó olvidado. Miré a mi izquierda y un golpe de temor me sacudió las entrañas al ver una flecha sobresaliendo del hombro de Beatrice.

Otra en su muslo, y una tercera en la espalda, muy cerca del corazón.

No. No. No.

La penumbra tenebrosa que se pegaba a su piel se disipó, mostrando a la perfección una mueca de asombro y dolor que contrajo su refinado y frío rostro.

Llegué hasta ella en una fracción de segundo, y pese a sus protestas me coloqué delante, buscando con frenesí el origen del ataque, que no tardó en hacerse ver.

Las Damas Sombrías se materializaron ante nuestras propias miradas asustadas, aferradas al limbo de su maldición.

Y no estaban precisamente contentas, pero más que furiosas, parecían cansadas…

Aun así, cada una de sus miradas seguía siendo una promesa de muerte.

Sus arcos parecían mirarnos con sorna, burlándose de nuestra ingenuidad, y cuando los alzaron me quedé congelado en el sitio, anclado a un destino que nos tenía entre la espada y la pared.

Solo cuando la imagen de mi hermana cruzó mis pensamientos salí de mi estupor.

Me invadió una furia helada que utilicé como motor para pasar a la acción.

No permitiría que nos separaran para siempre, no al menos sin intentarlo, sin luchar todo lo que pudiera para reencontrarme con la única familia que siempre había tenido. La única que me había querido.

Tensaron los arcos a la vez, como si se tratara de un único ente.

Y después, dispararon.

El aire se rasgó una vez más mientras la muerte se acercaba a nosotros, rápida y furiosa.

Más de cien flechas estaban a punto de clavarse en cada mísero centímetro de nuestros cuerpos, abarcaban tanta superficie que por más que corriéramos no podríamos esquivarlas.

Lancé una llamarada inmensa de poder, pero las flechas la atravesaron convirtiendo la letal acumulación de energía en meros hilos de luz que flotaron y se desvanecieron como si fueran humo.

Lo último que hice antes de morir fue mirar a Beatrice.