Capítulo 21 #3
La madera se tambaleaba con el movimiento de una figura siniestra que se aproximaba hacia nosotros desde atrás con una calma que me puso la piel de gallina.
Mi tensión alcanzó niveles desagradables.
La oscuridad se arremolinó en sus ojos cuando esbozó una sonrisa de dientes afilados como navajas.
Sabía que Beatrice no quería hacerles daño, al fin y al cabo, eran víctimas de los Dorados.
Yo tampoco tendría nada en su contra si no quisieran matarnos, si no se interpusieran en el camino que me llevaría hasta mi hermana.
Me quedé petrificado cuando el puente se hundió por segunda vez, me bastó ver el rostro aún más pálido de Beatrice para confirmar que quien se había unido a la fiesta no era precisamente nuestro ángel de la guarda.
Otra Dama Sombría se acercaba por el extremo del puente que conducía a la Cripta Eterna, dejándonos sin opción de huida.
Bueno, esto se acababa de convertir en una romántica cita doble.
—Si la líder muere, el resto cae con ella —susurró la Guardiana entre nubecitas de vaho.
—¿Y cómo sabremos quién es? —mascullé.
Si sobrevivíamos ya habría tiempo para reproches.
—Es la única que se resistirá a hacerte daño, aunque tampoco llorará cuando consiga hacerlo.
«
Qué mona »
.
Hice contacto visual con mi oponente y me preparé.
Sus mentes debían de estar conectadas, debían ser una sola porque en la misma fracción de segundo, como si alguien hubiera dado un pistoletazo de salida, echaron a correr con la boca desencajada por los aullidos.
Cada una a por uno de nosotros. Se acabaron los jueguecitos.
Sentí un movimiento a mi espalda. Beatrice adoptó una posición de defensa, con los dos puñales en mano y la flecha guardada a buen recaudo.
¿Iba a esperar hasta que la tuviera encima para atacar?
Yo desde luego que no. Cogí carrerilla y, gastando más poder del que debería, llegué hasta la Dama Sombría en cuestión de segundos.
Frené en seco y solté un grito que pretendía ser de guerra, aunque más bien era de adrenalina y pánico.
Tuvo que frenar para evitar chocar conmigo e incluso se echó un poco hacia atrás, perturbada por mi repentina cercanía.
¿Perdona? Yo sí que estaba perturbado.
Aproveché esos segundos de confusión para llevarme las manos a la capa y quitármela con la mayor destreza posible. Arrugué la nariz en una mueca de asco cuando su aliento putrefacto llegó hasta mí.
—Ahora me ves. —Le eché la capa por encima y la sellé a su alrededor con un ramalazo de poder—. Ahora no me ves.
Oí perfectamente cómo Beatrice hablaba con resignación.
—Tú estás fatal.
La Dama Sombría giró sobre sí misma mientras daba brazadas para quitarse de encima la pesada tela escarlata, pero no permití que llegara tan lejos.
Pegué un fuerte pisotón a un lateral del tablón que tenía bajo sus pies.
Dos. Tres pisotones. Al fin se partió y la Dama se precipitó hacia el fondo.
Ni siquiera se escuchó el ruido de los restos de madera aterrizando en el suelo.
No. Lo que resonó por la cueva fue el rugido de la criatura desde la oscuridad sin final que parecía esperar con ansias nuestra llegada.
Me asomé con un nudo en la garganta por el vértigo y maldije cuando vi a la figura cadavérica colgando de una de las cuerdas que se había soltado; sus dedos largos como agujas sosteniéndose con fuerza, su mandíbula desencajada, los huesos sobresalían de las zonas de la cara en las que la piel se había arrugado hasta desparecer.
Le dije adiós con la mano antes de lanzar una llamarada de energía que fundió la cuerda que la conectaba con la estructura de madera. La Dama Sombría cayó.
Y sus gritos cesaron. Mientras se acercaba a la muerte —por desgracia, temporal—, su gesto se suavizó. Juraría que vi un resquicio de paz en esas cuencas vacías antes de que la negrura se la tragara.
Ignoré mi estómago revuelto y me centré en mi pequeña victoria.
Me limpié las manos con un gesto de pura satisfacción, pero en cuanto alcé la vista, la sonrisa se me borró de un plumazo.
El puente gruñó cuando un grupo de al menos veinte Damas Sombrías se adentró en el cruce.
No me quedaban más ases bajo la manga, por lo que no tuve más remedio que gritar y correr hacia Beatrice, que estaba un pelín ocupada y no sabía la que se nos venía encima.
La Dama Sombría a su espalda la cogía del cuello, Beatrice le pegó un codazo y se dobló hacia delante, impulsándola hacia el precipicio. Ella también dejó de gritar.
La Guardiana bajó la cabeza en señal de respeto, o de perdón; quizás de ambas.
—No vamos a poder con todas ellas —dije con la voz ahogada.
Su expresión estaba cargada de pesadez cuando me miró; sus hombros hundidos como si, por un breve instante, se hubieran rendido a la carga que en realidad sostenían.
Bastó una rápida ojeada al grupo de monstruos que se acercaban con rapidez para despejar sus sombras.
Despertándola, poniéndola alerta de nuevo.
—Qué pasa, ¿justo ahora se te han agotado la purpurina y la esperanza? —preguntó con insolencia y un brillo de desafío en los ojos. Su cuerpo adoptó de forma automática una posición de defensa.
Señalé hacia la horda de Damas Sombrías.
—Eh, ¿sí?
Como si no tuviéramos suficiente, las que estaban protegiendo la entrada de la Cripta Eterna decidieron que había llegado su turno.
Se lanzaron como gotas de lluvia, furiosas, contra el puente; las garras listas, letales, y los lamentos más crudos, más fuertes.
Cayeron en picado y el puente se tambaleó tanto que Beatrice perdió el equilibrio y chocó con mi pecho.
Soltando maldiciones, la rodeé con el brazo y traté de mantenernos a ambos en pie agarrándome a una de las cuerdas.
La Guardiana se tensó en cuanto procesó que estaba aferrada a mi torso.
Se apartó como si quemara y puede que así fuera, porque sus mejillas estaban incendiadas. Aquello me gustó.
Al menos no era el único que reaccionaba a su contacto.
Sin embargo, se recuperó en un abrir y cerrar de ojos. Fruncí el ceño cuando se movió como un lince para colocarse delante de mí. Se agarró a una de las cuerdas y con la mano que tenía libre, desenvainó la daga.
Me lo tomé como una señal para pasar a la acción.
Reuní mi poder y comencé a lanzar destellos de energía en ambas direcciones, pero tan solo logré tirar a una humilde cifra de dos Damas Sombrías. Todo que ver con su impresionante agilidad y nada con mi nefasta puntería, por supuesto.
—¡Rápido, agárrate a una de las cuerdas! —gritó Beatrice dándose la vuelta para cerciorarse de que cumplía con su orden.
La miré confuso, pero obedecí porque no contábamos con muchas opciones, cualquier idea que se le hubiera ocurrido sin duda sería mejor que…
Abrí los ojos como platos, sin dar crédito a la maravillosa solución que se le había ocurrido.
La chica tenía una mente prodigiosa; una inteligencia muy por encima de la media…
Salí de mis pensamientos en cuanto acercó el filo de su arma a una de las cuerdas que mantenía el puente colgante.
—Estás loca, ¿¡cómo volveremos!?
—Conozco otra salida. ¡No te sueltes! —insistió.
¿Pero cómo la podía conocer si era la primera vez que estaba allí?
—¡No tenía pensado hacerlo, gracias! —contesté sin poder ocultar la nota de pánico en mi voz; el terror trepó por mi garganta, inundándolo todo.
La clave estaba en no pensar en lo que estaba a punto de ocurrir, así que me centré en enroscar el brazo y la pierna izquierda en la cuerda.
Beatrice hizo lo mismo y, justo cuando se dispuso a realizar el movimiento que nos acercaría a la muerte, sus ojos conectaron con los míos.
No sé cómo lo hizo, pero sus rasgos se llenaron de tal determinación que me transmitió una calma que jamás habría esperado experimentar en tal situación. Después, cortó la cuerda.
Y grité tan fuerte que las paredes temblaron.
El Abismo entero lo hizo.
El puente se partió en dos; perdió sus puntos de apoyo y comenzó a caer al instante, llevándose consigo a las Damas Sombrías que no pudieron aferrarse a nada.
La cuerda me quemó la piel y el estómago me dio un vuelco por la adrenalina, como cuando te subes a un columpio y alcanzas el punto más alto.
Salimos despedidos hacia la pared y chocamos contra ella con tanta fuerza que perdí el agarre y me deslicé varios metros hacia abajo.
El alivio casi me mareó cuando conseguí aferrarme de nuevo a la cuerda.
Trepar. Tenía que trepar. Beatrice miró hacia abajo para comprobar mi estado y yo levanté el pulgar esbozando una sonrisa de «todo controlado, no estoy a punto de sufrir una taquicardia porque mi peor pesadilla de caer en un pozo de monstruos y estamparme contra el suelo reventándome los sesos se esté cumpliendo».
Su expresión tensa, casi exasperada al ver mi extraña mueca, cambió a una sobresaltada cuando su mirada se desvió a un punto detrás de mí.
Mis brazos temblaron como si fueran de puñetera gelatina.
Un escalofrío me puso los pelos de punta al darme la vuelta para…
Algo me cogió del pie, e incluso a través del cuero de las botas sentí cada una de sus uñas afiladas. Miré hacia el monstruo, parecía el único que había conseguido sobrevivir a la caída, aunque era imposible saberlo con seguridad ya que los restos del puente se perdían en la oscuridad. Qui é
n sabe cuántos trepaban por la cuerda para darse un buen festín. Intenté zafarme con la otra pierna, pegando patadas para tirarla, pero estaba tan concentrada en no soltar mi tobillo que fue, de nuevo, inútil.
—¡Pégate a la pared! —me apremió Beatrice, y al instante me balanceé apretando los dientes por el dolor de mi pierna.