Capítulo 21 #2
—Pues no deberías —farfulló y sacudió levemente la cabeza, como si así espantara las ganas de seguir discutiendo.
Apreté los labios para contener una sonrisa de satisfacción por haberla sacado del raro trance en el que se había metido—.
Al principio, los Guardianes eran tan egocéntricos que pensaban que su poder era suficiente para resolver cualquier tipo de conflicto.
Nunca se molestaron en aprender a luchar y las Damas Sombrías utilizaron su vanidad en su contra.
A escondidas, practicaron el arte del arco, pasaron años tallando cientos de flechas, entrenando en secreto con el fin de derrotar a los Dorados utilizando el factor sorpresa.
—Su rostro se tiñó de amargura—. Pero aunque estuvieron a punto de lograrlo…
En fin, ya sabes cómo termina la historia.
Desde entonces el uso de esas armas está absolutamente prohibido en el Abismo, y los muy asquerosos impusieron una única forma de hacer desaparecer a las Damas por un breve periodo de tiempo: clavándoles en el corazón las mismas flechas que ellas utilizaron para intentar derrocar el sistema.
Aquella historia golpeó con fuerza mi rígida idea del Abismo y los Guardianes; reforzó mi creencia de que eran horribles, sí, pero no todos, y tampoco eran simples seres despiadados que, como robots, cumplían las órdenes del Gran Hacedor.
Algunos eran peores incluso, y otros… Miré a Beatrice, que había guardado la flecha y esperaba con los brazos cruzados a que dijera algo.
—Por eso las Damas Sombrías no se dedican a lanzarnos flechas hasta que alguna acierte en el blanco.
Porque si fallan, nos están proporcionando la única arma que puede destruirlas.
Al menos, temporalmente —concluí y ella asintió, satisfecha.
¿De verdad pensaba que no iba a entender el significado de su historia?
Fruncí el ceño al percatarme de otro posible mensaje subliminal—.
Oye, ¿y por qué solo me han disparado a mí?
—¡Reflexiona por el camino! —canturreó Beatrice antes de echar a correr de nuevo.
Un instante después, los quejidos de las figuras cadavéricas rebotaron por las paredes con intensidad. Suspiré. Se morían por dar una respuesta a mi pregunta, estaba claro, lo cual también significaba que de alguna forma habían conseguido traspasar la barrera de fuego.
Mierda, y nosotros de cháchara. Nos merecíamos que nos atraparan y nos arrancaran de forma lenta y dolorosa cada centímetro de nuestra piel.
Un escalofrío me trepó por la espalda.
Bueno, tal vez estaba siendo un poco duro. O tal vez
estaba pasando demasiado tiempo con Beatrice.
Mientras seguía sus pasos, un recuerdo se abrió paso entre la neblina de caos que me rodeaba: el dibujo a carboncillo de un arco con flechas que había visto en su escritorio al regresar al Abismo.
No pude detenerme en ello porque después de largas horas recorriendo un sinfín de pasadizos, apareció ante nuestras narices un puente colgante cuyo final quedaba oculto por una nube espesa de niebla.
Clavé los talones en el suelo para frenar, al tiempo que levantaba el brazo para detener a Beatrice, que se había quedado un poco rezagada.
Compartimos una rápida mirada cargada de dudas, aunque ella no parecía demasiado sorprendida.
No teníamos muchas opciones, pero los tablones de madera raída y las cuerdas desgastadas que los sujetaban dejaban claro que cruzar era una idea peligrosa, y mi aliada debió pensar lo mismo ya que durante unos segundos permanecimos inmóviles ante la línea invisible que nos separaba de nuestro siguiente movimiento.
Una sensación de vértigo me invadió mientras valoraba nuestras opciones.
El puente era el único camino disponible a menos que quisiéramos intercambiar anécdotas con nuestras nuevas amigas.
Antes de que nos devoraran, por supuesto.
Ignoré el ritmo acelerado de mi corazón y me asomé con cuidado al fondo del precipicio.
Tragué saliva. Lo único que pude ver fue oscuridad.
Era imposible saber cuántos metros nos separaban del suelo, pero el instinto me decía que por muy sobrenaturales que fuéramos, no sobreviviríamos a una caída como esa.
Puse un pie en uno de los tablones y arrugué el gesto cuando crujió. Lo devolví a tierra firme.
—¿Aguantará nuestro peso? —pregunté con la voz estrangulada.
—Tendrá que hacerlo —dijo Beatrice y frunció el ceño al elevar la vista hacia mí—. ¿Por qué estás tan pálido?
—Tengo miedo a las alturas.
No tenía sentido negarlo.
—No me jodas, Jared. —Gimió de frustración—. ¿No podías tener miedo a las arañas o a las cucarachas? O qué se yo, ¿a los pájaros?
Me abstuve de admitir que si en cualquier momento aparecía una puñetera paloma, echaría a correr por el puente sin pensármelo dos veces.
—Tú le tienes miedo a las sonrisas, que es mucho peor —contrataqué, ganándome una mirada glacial que no me afectó lo más mínimo.
—Podría empujarte al vacío ahora mismo. —Dio un paso amenazante hacia mí y añadió entre dientes—: Deja de creerte tan gracioso.
—Por el amor de Dios, ni se te ocurra bromear con eso.
Me estremecí y eché una rápida ojeada hacia atrás. En cualquier momento aparecerían las Damas Sombrías.
Beatrice siguió la dirección de mi mirada.
—Tenemos que cruzar. Ya —declaró.
Asentí. La ventaja que habíamos ganado tenía los minutos contados gracias a nuestra familiar costumbre de discutir a todas horas.
Puso los ojos en blanco cuando le hice un gesto galante y algo teatral para que pasara primero; no solo quería —por algún estúpido motivo— guardarle las espaldas, también pretendía retrasar todo lo posible el momento de cruzar el puente.
La sensación de peligro se volvió más tangible.
Los sonidos hambrientos de las Damas Sombrías cesaron, y se instaló un silencio sepulcral e inquietante que me puso el estómago del revés, interrumpido únicamente por nuestras respiraciones agitadas y el chirrido de las cuerdas al tensarse bajo nuestro peso.
Ignoré el pánico que me impedía funcionar con normalidad y obligué a mis músculos tensos y agarrotados a moverse.
Como era un puente estrecho, pude agarrarme con ambas manos a cada extremo de la cuerda, llena de nudos rasposos.
La penumbra dificultaba la visión, por lo que debíamos pisar con cuidado.
Me centré en mirar hacia delante, mientras nos sumergíamos entre la niebla, caminando con extremo cuidado por los tablones.
En varias ocasiones pillé a Beatrice lanzándome miradas furtivas con un gesto…
¿preocupado? El aire frío y denso debía contener algún gas que me hacía desvariar.
Mis ojos se veían atraídos hacia la profundidad del vacío como puñeteros imanes. Temblé, luchando contra el impulso de correr hacia un extremo u otro para huir de la situación, y enfoqué mi mente en el recorrido de las gotas de sudor bajando por mi espalda.
«
Mierda, qué asco »
.
Cada vez me encontraba peor, el corazón me iba a toda pastilla y tuve que frotarme los ojos cuando la imagen de Beatrice se dividió en dos. Una sensación de inestabilidad me sacudió, todo giraba a mi alrededor. Estaba flotando sin control alguno y en cualquier momento me iba a caer y entonces…
Me sobresalté cuando sentí una calidez inesperada que me conectó con la realidad.
Tenía que estar soñando o, como mínimo, alucinando por culpa de las toxinas del aire.
Miré hacia la responsable de mi estupor, bajé la vista hasta el punto en el que se tocaban nuestras pieles y, un segundo después, volví a subirla.
Me encontré con un rostro tan sorprendido como el mío.
Parpadeé repetidas veces, aún sin poder creerlo.
Beatrice me había cogido de la mano.
Y era… raro. La imagen de sus dedos, mucho más finos que los míos, era chocante. No sabía si el temblor de nuestras manos era fruto de mi miedo a las alturas, tampoco si era únicamente mío. Pero por el rostro desencajado e inseguro de la Guardiana, apostaba a que no.
—Jamás hablaremos de esto —me advirtió con dureza, aunque su voz sonó más débil que de costumbre.
Se dio la vuelta tan rápido que no pude ni abrir la boca. Aunque tampoco sabía qué pensar, salvo que había sido un gesto… tierno.
Reanudamos la marcha y en medio de la oscuridad, del pánico que me daba estar a Dios sabe cuántos metros de altura y a punto de ser atacado por unos monstruos diseñados para matarnos, esbocé una pequeña sonrisa.
Seguía teniendo los sentidos algo embotados por estar al borde de la caída, pero me calmé.
Mi atención estaba absorta en la corriente de electricidad que mandaba por todo mi cuerpo su piel suave y cálida.
Al menos hasta que percibí movimiento por el techo.
Beatrice me soltó de golpe y se detuvo, yo no tardé en ponerme a su lado, por puro instinto un paso más cerca de la amenaza.
Entrecerré los ojos, aguzando la vista para distinguir qué eran aquellas sombras que se congregaban en la extensa superficie de piedra. La niebla comenzó a disiparse.
«Imposible».
Había decenas de Damas Sombrías colgadas del techo y de las paredes. Flexionaban su cuerpo como si estuvieran a punto de saltar sobre nosotros. Y protegían, con toda probabilidad, la Cripta Eterna. Nos habían permitido llegar tan lejos solo para arrebatarnos la vida delante de nuestro objetivo.
Si es que eran un encanto.
—Eh. —Le di un suave codazo a Beatrice—. Dime que tienes un plan.
—Sí, el de sobrevivir —musitó con la mirada fija al frente.
Una risa seca se escapó de mis labios. Claro, como si fuera tan fácil.
No pude darle las gracias por su gran idea; los lamentos desquiciados rompieron el tenso silencio y el puente se desestabilizó, hundiéndose bajo el peso de un nuevo caminante. No podía gastar energía convocando mi poder de Incierto ya que para ellas era como si lanzara puñeteros besos al aire.