A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Jared

—¡¡ Me cago en la puta

!!

Me encontraba a escasos centímetros de la Dama Sombría, nuestros gritos se entremezclaron mientras algunas de sus compañeras se congregaban a su espalda.

Lo veía todo rojo; mis alarmas se estaban volviendo locas, giraban frenéticas y casi podía escuchar el sonido estridente que emitían, pero mis músculos no respondían ante su advertencia.

Me había quedado petrificado delante del ser más terrorífico que había visto en mi corta pero intensa vida.

Contuve una arcada cuando de repente se puso a temblar y varios mechones se despegaron de su rostro sudoroso, permitiéndome ver con una exactitud absolutamente innecesaria sus rasgos deformados: ojos saltones, dientes podridos tras los que caían hilos de saliva y cara chupada, de un tono blanco amarillento.

Cerré los ojos con fuerza e intenté imaginármela con algún disfraz gracioso para restarle seriedad, pero al abrirlos tuve que contener un grito.

Por el amor de Dios, ¿a quién se le ocurría pensar en esa criatura con un disfraz de Frozen

***

Jamás volvería a ver la película con los mismos ojos.

Una punzada de dolor me atravesó la garganta cuando, de un fuerte tirón, algo me arrastró hacia atrás, sacándome del trance en el que estaba inmerso.

Me giré dispuesto a atacar, pero me encontré con Beatrice, que soltaba mi capucha con una expresión de absoluta urgencia.

Sí. Vale. Hora de la despedida. Por el rabillo del ojo advertí cómo aumentaba el número de túnicas blancas que se unían a nuestra amiga.

Las que estaban colgadas del techo también se movían hacia nosotros con la cabeza ladeada y el pelo colgando.

El miedo se acumuló en la boca de mi estómago, revolviéndome las tripas.

Beatrice y yo compartimos una última mirada que estaba seguro que decía: «Sigamos el histórico plan de correr o, mejor dicho, el de ver quién se salva el culo primero».

Fue como el pistoletazo de salida antes de que los monstruos se lanzaran a cazarnos.

Emprendimos una agonizante carrera mientras las Damas Sombrías nos perseguían con ansias de arrancarnos la carne.

Seguimos el único camino que se abría ante nosotros y que, en teoría, y con una gran cantidad de suerte, nos conduciría a la Cripta Eterna antes de que nos atraparan.

—¿Por qué me cuentas todo esto un segundo antes de que nos ataquen? ¡Así no avanzamos, joder!

Los gemidos lastimeros de las Damas Sombrías rebotaban por los muros, persiguiéndonos como sabuesos del infierno; aumentaron tanto de volumen que tuvimos que alzar la voz para poder escucharnos por encima de ellos.

—¡Si te lo decía con mucha antelación iba a alimentar tu miedo a la muerte! —se justificó sin un ápice de arrepentimiento, la muy capulla.

—¡Claro, porque ahora no tengo nada de miedo!

Una breve carcajada se escapó de sus labios. No me lo podía creer. Joder, solo a ella podría parecerle graciosa una situación como esta. Juro por Dios que si las Damas Sombrías no la mataban, acabaría con ella con mis propias manos y me importaría una mierda si perdía mi pase vip

al cielo.

No, no, no. Yo nunca me dejaba dominar por la ira.

Esta chica iba a volverme loco.

Justo antes de girar a la derecha para adentrarnos en el siguiente acceso, un sonido seco rasgó el aire y una intensa quemazón me atravesó la oreja.

Solté una maldición cuando delante de mis ojos, clavada en la pared de piedra, vi una flecha de bronce.

Noté la calidez de la sangre deslizándose hasta mi cuello.

Unos centímetros más y en vez de un rasguño habría tenido que despedirme de mis piercings

y, bueno, de mi oreja. Suspiré con fastidio. En fin, otra herida de guerra más.

—¡Pero no te pares! —gruñó Beatrice echando una breve ojeada hacia atrás, y me cogió del brazo.

—¡Perdona, estaba un poco ocupado procesando que casi me quedo sin oreja!

—Míralo por el lado bueno, así descansarías un poco de escucharte a ti mismo.

A lo mejor me estaba equivocando de dirección y de la que tenía que huir era de Beatrice.

Giré la cabeza para encontrarme de nuevo con las Damas Sombrías, que se deslizaban por el suelo con las cabezas agachadas, como si el olor de nuestra sangre fuera suficiente para guiarlas hasta nosotros.

Abrí los ojos como platos cuando advertí la velocidad con la que otra flecha se dirigía a mi cabeza.

Me agaché justo a tiempo de perder otra parte de mi cuerpo, esta vez una que apreciaba especialmente.

Vale, sí. Estaba corriendo en la dirección acertada.

—¡Cógela! —me ordenó la Guardiana señalando con la cabeza hacia el suelo.

No había tiempo para preguntas, así que mientras continuábamos con la carrera me fijé en el terreno. Una vez alcanzamos la altura donde había aterrizado la flecha, me agaché para recogerla y se la pasé a Beatrice, que se la enganchó en el cinturón.

Cuando el pasadizo desembocó en otro largo pasillo, decidí que ya era hora de pasar a la acción.

Cogí todo el aire que pude, apreté los dientes y me concentré en el remolino de energía que llevaba conteniendo casi desde que la misión había comenzado.

Nunca me acostumbraría a la sensación que precedía al despliegue de poder, era como si mi sangre vibrara y cobrara vida propia.

Las yemas de los dedos me quemaban, como si no pudieran soportar más la acumulación de magia.

Invoqué una pequeña parte de la energía y, con toda la puntería que fui capaz de reunir en tales circunstancias, lancé llamaradas afiladas hacia atrás.

Fue humillante la facilidad con la que las esquivaron, moviéndose casi los milímetros justos para que no llegaran a rozar su cadavérica piel.

Aun así, no dejé de intentarlo, a diferencia de mi aliada, que no parecía tener mucho interés en usar el maravilloso talento que le había concedido el Gran Hacedor.

«¿Y qué más sabes hacer?», le había preguntado minutos después de que usara el Éter para salvarse.

«Mucho más de lo que puedas imaginar», me había respondido.

Bueno, ¿no era momento de sacar a la luz sus misteriosas habilidades? Por lo visto, no.

Beatrice adivinó mis intenciones cuando alcanzamos dos antorchas apostadas en la pared, una frente a la otra; cada uno lanzó una al suelo y, tras alejarnos un par de pasos, la Guardiana movió los dedos trazando en el aire formas circulares. El ambiente, ya espeso, se cargó de electricidad.

Me fue imposible apartar la vista de ella.

Todo lo que nos rodeaba perdió nitidez, incluso los quejidos inquietantes quedaron amortiguados cuando mis ojos se vieron atraídos hacia su rostro, cubierto de una concentración tan férrea que parecía casi íntima; sus cejas definidas estaban fruncidas y se mordía el labio con la mirada fija en las llamas de fuego que se reflejaban en sus ojos azules.

Era hipnótico ver el conjunto de luces y sombras que bañaban su piel.

Aunque sabía que no debía, y en el fondo era lo último que quería, sentí que una fuerza invisible me empujaba hacia ella.

Tuve que contenerme para quedarme en el sitio y no cometer alguna estupidez.

Me obligué a apartar la vista y a dar un paso hacia atrás, incómodo con el aleteo nervioso que se abrió paso en mi estómago, entre el miedo y la adrenalina.

Beatrice consiguió alzar una barrera que retuvo a las Damas Sombrías lo suficiente como para concedernos una pequeña tregua. La sensación de alivio aflojó una minúscula parte de la tensión que sentía, aunque no duró demasiado al ver que, desesperadas, buscaban un modo de traspasar las llamas.

Sentía el sudor chorreándome por la espalda, estaba exhausto, y Beatrice, aunque pretendía mostrarse mucho más entera, no se quedaba atrás.

—¿Cómo podemos matarlas? —pregunté, retomando la carrera para aprovechar nuestra ventaja.

—No podemos matar lo que ya está muerto —respondió sofocada. Me volví hacia ella y la taladré con la mirada. Estaba cansado de sus ambigüedades y debió ser muy evidente porque continuó—: Pero podemos hacer que desaparezcan durante el tiempo suficiente para que podamos escapar… con esto.

Con un movimiento rápido, extrajo del cinturón la flecha que, con toda probabilidad, me hubiese dejado con una sola oreja.

Sus pasos perdieron velocidad y, pese a no entender por qué estaba dejando de correr, frené para mantenerme a su lado.

Abrí la boca para recordarle que detrás había unas cuantas niñas del exorcista que querían despellejarnos, pero algo en su expresión me hizo callarme.

Posó la flecha entre sus manos con sumo cuidado, como si fuera un objeto valioso y frágil digno de pertenecer a un museo.

Sus ojos se cubrieron de un brillo misterioso y, durante una fracción de segundo, su boca se curvó en una pequeña y triste sonrisa que borró en cuanto recordó que no estaba sola.

Una sensación incómoda me burbujeó en el estómago al ver su máscara resquebrajarse.

—Vaya, vaya… —me apresuré a decir, fingiendo que no había sido testigo de ese extraño momento. Sus ojos se alzaron hacia mí—. ¿Quieres conservar un recuerdo del día en el que casi me quedo sin oreja?

Me incliné hacia ella e, ignorando con todas mis fuerzas su aroma a vainilla, acaricié la punta de la flecha, donde aún quedaban restos de mi sangre. Mi cercanía hizo que se tensara, al tiempo que su expresión seria se transformaba en una de fastidio.

—El único recuerdo que querría conservar de ti es tu lengua.

Alcé una ceja.

—Elegiré sentirme halagado por eso.