Capítulo 20
Jared
Si las profundidades del Abismo fueran una melodía, sería una melancólica a la par que inquietante; teclas de un piano pulsadas por dedos alargados y huesudos, de aspecto enfermizo.
Un humano habría quedado sepultado bajo la oscuridad profunda, ya que las pocas antorchas que iluminaban el lugar estaban a kilómetros de distancia.
Aquello significaba que no era una zona de paso, no podía entender por qué.
Tras un par de horas descendiendo entre accesos tapados por desprendimientos, otros tan estrechos que tuvimos que arrastrarnos, y pasadizos olvidados, dimos con nuestro siguiente objetivo.
Supimos que habíamos llegado porque nos topamos de frente con una verja desgastada y oxidada, y bueno, porque en lo alto de esta, alguien había tenido la amabilidad de grabar en letras grandes y desiguales «Cripta Eterna».
Además, Beatrice de nuevo
sabía dónde encontrarla.
Nos asomamos al interior con cautela. El acceso daba a una sala más amplia que, a través de lo que imaginé que sería otro laberinto de túneles, nos conduciría a las tumbas de los Dorados.
Necesitaba ver algo diferente después de horas sintiendo que dábamos vueltas en círculos, si no, puede que terminara echándome una siestecita dentro de alguna tumba, a ver si con un poco de suerte despertaba entre mis sábanas de seda y descubría que todo había sido un mal sueño.
Suspiré y seguí estudiando el entorno. El techo era un amasijo de raíces que descendían por las paredes, acompañadas por telarañas y algún que otro cadáver del que aparté la vista. Se me revolvió el estómago y temí terminar vomitando la carne seca que la Guardiana había robado para mí.
Nos encontrábamos en las profundidades del Sauce de Éter.
Y daba muy mal rollo; un lugar perfecto para invitar a cenar a mi aliada.
Abrí la boca para proponérselo, pero mis ganas de bromear se evaporaron al instante.
Beatrice observaba la entrada con detenimiento, su rostro había adoptado un matiz pálido que acentuaba más sus rasgos dulces a la par que afilados.
Me fijé en su mano, que se había deslizado hasta el cinturón repleto de cuchillos.
Si ella sentía miedo… ¿qué podía haber ahí dentro?
Lo mismo había un unicornio, nunca se sabía con esta mujer.
De repente, la temperatura cayó en picado y una helada corriente nos acarició, provocando que un escalofrío trepara por mi columna vertebral.
La verja de hierro se movió hacia nosotros con un movimiento lento y constante. El sonido que emitió me puso los pelos de punta.
Se quedó medio abierta, invitándonos a entrar.
—Nos están esperando —susurró Beatrice, y de sus labios salió vaho.
—¿No vamos a estar solos? —Arqueé una ceja. Esa parte se la había saltado cuando me describió cómo era la Cripta Eterna, o más bien los rumores que corrían acerca de ella. Nadie bajaba. Nunca—. Además de los cadáveres de los Dorados históricos que vamos a profanar, claro.
Negó con la cabeza lentamente, sin apartar la mirada de la verja de hierro cubierta de moho.
Tragué saliva.
—Bueno, los vivos son más peligrosos que los muertos —me animé a mí mismo, porque si esperaba que Beatrice lo hiciera…
—Eso de que no hay que temer a los muertos…
—dijo con un tono sombrío—. Es mentira. Los muertos que no se han ido llevan una pequeña eternidad planeando formas despiadas de hacerte gritar, están desesperados por aplacar su deseo de matar, cegados por el sufrimiento de convivir con sus peores pesadillas segundo tras segundo.
Puse los ojos en blanco.
—¿Por qué siempre sueltas cosas tan siniestras?
Me taladró con sus ojos azules y volvió a mirar hacia el camino desconocido que nos llevaría hasta la cripta. Vaciló durante unos segundos, pero cogió aire y tiró de la verja hasta abrirla por completo. Después, cruzó sin mirar atrás.
—Hay algo que no te he contado… —Su voz se perdió entre los huecos de las raíces del techo.
—Ya empezamos. —Hice una mueca mientras la seguí—. Va a terminar convirtiéndose en tu expresión favorita, aunque será difícil que supere a «no», esa también te encanta.
Crucé el umbral y al hacerlo percibí una energía densa pegándose a mi piel y aplastándome el pecho. Sentí el intenso impulso de darme la vuelta, mi instinto me advertía que corriera antes de que fuera demasiado tarde, pero lo ignoré. Eso sí, no cerré la verja. Por si acaso.
Miré a mi compañera, más baja y con una silueta bien definida por el traje de combate que se había convertido en nuestra segunda piel.
Miraba hacia todos los lados en silencio.
Quería exigirle que terminara la frase porque me estaba poniendo muy nervioso, pero no quería despertar a los muertos.
Tenía la sensación de que hasta una respiración más elevada de lo normal los sacaría a pasear.
Si la Cripta Eterna fuera un sonido, sería el del silencio, pero un silencio antinatural, extendido e interrumpido por susurros agónicos y lamentos desquiciados de monstruos dormidos.
Me aventuraría a decir que provenían de mujeres.
Esquivé una de las raíces podridas que parecían estrangular el espacio.
Con todo lo que había vivido, era difícil que algo me sorprendiera, pero profanar las tumbas de los seres más poderosos del Abismo era algo que jamás pensé que haría.
No admitiría en voz alta que sentía cierto entusiasmo por ello, si lo hacía, me parecería un poco a Beatrice, y que Charles Smith me librara de eso.
—A Connor le encantaría estar aquí —comenté para aligerar la tensión que se había instalado.
Caminábamos a la misma altura, por lo que tuvo que alzar la vista para dedicarme una de sus miradas abrasadoras.
—Preferiría morir antes que profanar las tumbas de sus superiores. —Se encogió de hombros—. Para mí tampoco es gran cosa.
—Vamos, que llevas soñando con este momento desde el día que naciste.
—Algo así. —Escondió una leve sonrisa y continuó mirando hacia todos los lados con alerta.
Yo alternaba mi atención entre vigilar que nadie nos atacara por la espalda, esquivar algunas raíces y fémures desperdigados por el terreno y mantener una conversación civilizada con Beatrice.
—¿Cómo lo conociste? —No tuve que especificar a quién me refería.
Guardó silencio tanto tiempo que pensé que no me contestaría, hasta que finalmente habló. Su voz susurrante acompañó al sonido de nuestras pisadas junto con el de lamentos que cada vez eran menos lejanos.
—Ya has podido ver que aquí no soy muy querida… —dejó caer como si no le importara—. Connor me encontró en una situación complicada y me ayudó. Después de ese momento no volví a saber nada de él, pero un tiempo después volvimos a encontrarnos y le di las gracias. Al principio me cayó fatal.
Solté una breve risa.
—Puedo entender por qué, lo que no entiendo es cómo os hicisteis tan… —dudé, ya que no llegaba a entender muy bien su relación— cercanos cuando sois tan diferentes.
—Su ciega lealtad al Gran Hacedor no le impedía ver que el funcionamiento del Abismo era injusto.
Sentía lealtad hacia su Dios y hacia sus superiores, sí, pero también hacia mí.
—Su voz se había desecho de toda dureza, era simplemente una chica hablando de alguien a quien quería—.
Empezamos a guardarnos las espaldas y nos convertimos en la única familia del otro.
Una expresión cálida se adueñó de su rostro y eso me produjo cierto pinchazo en el pecho.
Me gustaba verla así, pero la idea de que fuera por el idiota de Connor, que encima estaba colado por mi hermana…
no me hizo gracia. Me sorprendió que se abriera para contarme eso, aunque fuera de forma superficial.
Tuve el impulso de preguntarle por la orden de busca y captura de Zoey, pero me callé porque no quería romper la tregua que empezaba a haber entre ambos.
Entramos en un túnel largo y sentí el frío colarse por mis pies cuando hundí las botas en uno de los pequeños ríos donde se almacenaba agua en las zonas más profundas. Musité una maldición.
«¿
Qué…?».
Me giré con rapidez, con mi poder de Incierto listo para ser utilizado, cuando sentí una presencia a nuestra espalda. Pero no había nadie, por mucho que sintiera que algo estaba de pie. Muy quieto. Observando.
Volví la vista al frente y me encontré con una pared decorada con una serie de grabados extraños, atrapasueños de huesos y otras figuras macabras. Jamás había visto algo tan espeluznante.
—¿Por qué parece una fosa en vez de una cripta?
—Algunos grupos de Guardianes fanáticos son tan estúpidos de hacer rituales aquí o de acercarse para contemplar las tumbas y rezarles. Son la figura más cercana al Gran Hacedor y saber que incluso pueden comunicarse con él… eso les atrae como la luz a las polillas.
—¿Sabes que somos igual de estúpidos que ellos?
—Nosotros no vamos a morir hoy aquí —expresó con seguridad.
—Beatrice siendo optimista… Si me lo llegan a decir hace tres segundos, no me lo creo.
Agrandó un poco los ojos al darse cuenta de ello, pero fingió que ese momento de locura transitoria no había ocurrido. Luego me llamaba melodramático a mí.
—¿Y si no encontramos dos llaves qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a cruzar las Puertas Umbra si no somos Dorados? Uriel dijo que nos evaporaríamos al instante. —Puse una mueca de disgusto—. No me apetece evaporarme.
—A mí la mayor parte del tiempo sí que me apetece que lo hagas —replicó la muy… «Espera, ¿la mayor parte del tiempo?». Sonreí. «
Vaya, vaya… »
—. Si no encontramos dos llaves, ya buscaremos otra solución, pero no creo que eso ocurra. Este sitio está demasiado protegido y eso solo puede significar que hay algo más que un puñado de huesos.
Eso me llevó a la frase que había dejado a medias, joder, tenía la atención un poco atrofiada.
—¿Qué es lo que no me habías contado?
—Como estamos trabajando en mejorar esta relación de mera colaboración… aunque sea un poco tarde, te lo contaré —dijo, no sin cierta burla.
—Vaya, qué generoso por tu parte.
—Ya ves —respondió, y detuvo sus pasos mientras bajaba la voz—.
Tanto en el Atharav como en el Helheim las mujeres son tratadas como iguales, pero aquí…
El Abismo es despiadado. Pocas llegan a ser Maestras y mucho menos Doradas; incluso teniendo el potencial, nunca les permiten desarrollar su poder para alcanzar el puesto, jamás ha habido una y jamás la habrá, no si siguen gobernando cerdos como…
—Se calló de golpe, como si hubiera estado a punto de revelar algo que no debía.
Su rostro se cubrió de ira contenida—. La mayoría se quedan en el nivel de Novicias y terminan sirviendo a Dorados y Maestros.
Hubo una vez… Una única vez, que se alzó una rebelión y diez mujeres les plantaron cara y demostraron que eran tan válidas como los Dorados que las gobernaban.
—¿Qué pasó? —pregunté a pesar de intuir el desenlace.
—Acabaron todas muertas.
—¿Y qué tienen que ver con la Cripta Eterna? ¿Las enterraron aquí?
Beatrice soltó una risa amarga, casi triste.
—Nunca las enterrarían en un lugar sagrado como este. Las condenaron a una eternidad de sufrimiento en la que tendrían que defender a los Dorados a los que una vez traicionaron.
—Eso es… retorcido —escupí con rabia—. Asqueroso.
Asintió. Por primera vez estábamos de acuerdo en algo. Me mordí la lengua para evitar criticar a Connor, que, a pesar de todo, seguía queriendo pertenecer a esta secta de dementes. No conocía sus motivos, pero me la sudaban. Otra razón por la que no me gustaba, y mucho menos para Zoey.
—Por eso te he dicho que no estábamos solos. —El susurro de Beatrice interrumpió mis pensamientos—. Llevan años esperándonos.
Tragué saliva.
—¿Algún detalle más que necesite saber?
—Dime, Jared… —dijo con dulzura, arrastrando las palabras—. ¿Le tienes miedo a la muerte?
—Pues claro que sí —respondí sin un ápice de duda—. ¿Acaso tú no?
Para qué me molestaba en preguntar.
—No, y verás, esa va a ser nuestra ventaja —me aseguró, misteriosa.
—¿Por qué?
—Porque las Damas Sombrías se alimentan de tu miedo a morir y después se comen toda tu carne hasta dejar limpios tus huesos.
Me tragué una arcada y abrí la boca para soltar que por arte de magia y gracias a sus palabras alentadoras mi miedo se había evaporado. Pero no tuve oportunidad. Me quedé rígido cuando se desataron mis alarmas.
Un grito agudo y nacido de las entrañas retumbó por las paredes. El aire se volvió irrespirable.
Algo me acarició la nuca de forma suave. Me giré con los pelos de punta y esta vez no encontré oscuridad. No estábamos solos.
Dos mujeres se encontraban colgadas del techo, mirándonos con la cabeza ladeada.
Otra figura casi cadavérica, vestida de blanco hasta los pies y con mechones largos de escaso pelo hasta la cintura estaba de pie en mitad del pasillo.
Había estado detrás de nosotros todo el tiempo.
Tenía la cabeza agachada, con los mechones de pelo húmedo y roñoso ocultándole las facciones.
Dio un par de pasos hasta quedar mucho más cerca de nosotros.
Al sentir nuestras miradas sobre ella alzó la cabeza con lentitud. Se llevó una mano a la boca.
Y chilló.