Capítulo 19 #3
—Mi madre tampoco quiso hacerlo —reflexionó, pero en cuanto se percató de la dirección de sus pensamientos se puso firme—. No, eso no tenemos por qué averiguarlo. Bastará con saber por dónde se mueven y cómo actúan, para así evitarlos cuando atravesemos el bosque para salir del Atharav.
—¿Y Connor y Zoey?
—No podemos contárselo, al menos por ahora. Tenemos que llevar mucho cuidado de que nadie nos escuche.
—¿Cómo has conseguido que Eidan nos deje privacidad? —Desvié la mirada hasta él, aunque apenas se le veía por la distancia que nos separaba—. ¿Estás segura de que no nos oye?
—A un noventa y nueve por ciento.
—Genial, ahora mismo me siento supertranquilo.
Se le escapó una pequeña sonrisa y, a pesar de que no era del todo real, logró desencadenar otra mía.
Nos miramos con complicidad.
—Oye… Siento mucho haber pensado lo peor de ti.
Se encogió de hombros, sin mucha energía.
—No pasa nada, ambos lo hemos hecho… —Y después se desinfló y gimió como si fuera una niña pequeña—.
Dios, cuánto echo de menos ponerme una serie en mi habitación un martes cualquiera mientras escucho el programa de fondo que está viendo mi padre en el salón.
—Su voz se convirtió en un murmullo triste—. Los echo mucho de menos.
Me dio tanta ternura y se me encogió tanto el pecho que hablé sin pensarlo.
—¿Puedo darte un abrazo?
Sus ojos se abrieron de par en par, pero tras un segundo de vacilación, asintió.
Y yo me sentí la persona más afortunada del puñetero infierno.
Me incliné hasta ella y la rodeé con los brazos, presionando su cuerpo contra el mío.
Tras unos segundos se relajó y se acomodó en mi pecho buscando el consuelo que ambos necesitábamos.
Me devolvió el abrazo con fuerza. Enterró la cara en mi cuello y noté que su respiración se calmaba.
No tenía ni idea de cuánto nos mantuvimos en esa posición, pero su calor y olor me trasladaron a un momento de paz que se me hizo demasiado corto.
Cuando una de mis manos subió por la parte superior de su espalda para tocarle el pelo, se sobresaltó tanto que nos separamos.
La observé sin entender qué estaba pasando.
La tranquilidad se esfumó de su expresión y fue sustituida por unos nervios que me hicieron fruncir el ceño.
—Antes, cuando estabas acercándote hasta aquí, parecía que te dolía algo —saqué el tema una vez más, guiándome por mi instinto—. ¿Seguro que estás bien?
Habló con rapidez.
—Muy segura, aún me duelen los moratones a causa de la explosión, pero ya están desapareciendo. —Contuvo la sonrisa de cariño que quiso emerger de sus labios para fingir una mueca de exasperación—. Anda, deja ya de ser tan pesado.
—¿Sabes? Me encantaría revisar el estado de esos moratones, ¿dónde dices que los tenías? —dije, y en cuanto percibió mi tono canalla me pegó un manotazo en el bíceps.
Su suave risa se mezcló con el olor a madera quemada y tierra húmeda y sentí calidez pese a estar encerrado en un reino donde minuto a minuto todo se pudría. Sin embargo, su sonrisa decayó en cuanto se dio cuenta de algo.
—Killian… —Mi nombre pronunciado como una advertencia no auguraba nada bueno—.
Lo que pasó en el desfile… No sé si somos simplemente nosotros o el hechizo que nos une.
Además, míranos, ni siquiera confiamos el uno en el otro.
Solo tenemos una oportunidad y para no desaprovecharla necesitamos concentrarnos.
—¿Y crees que convivir con las ganas que te tengo no me hará perder la cabeza? —Me acerqué a su oído y mi voz se volvió más ronca y baja, arrastrándose por su cuello en una delicada caricia que la hizo estremecerse—. Lo que propones no me parece una estrategia sensata.
Sentí cómo su garganta subía y bajaba, tragando saliva.
—Eso es cosa tuya, para mí no supone ningún problema.
—Estaría encantado de demostrarte que para ti sí
supondría un gran problema —ronroneé clavando mi mirada intensa en ella.
Se mordió el labio y lo liberó, humedeciéndolo. Y con tan solo ese gesto casi pierdo la cabeza. De nuevo, estaba muy jodido.
El sonido estridente de las ruedas contra el pavimento y de órdenes a voz en grito nos distrajo.
—¿Qué ocurre?
Me levanté alarmado. Aria hizo lo mismo, pero era imposible captar nada por culpa de la altura de los muros.
—Son carros con ayuda humanitaria para el pueblo de Ígnea. —La voz jovial de Eidan salió de la nada y ambos dimos un brinco hacia un lado.
—¡Joder! Qué puto susto. ¿Aquí además de asesinar y secuestrar inocentes también sois maleducados?
—Tampoco es que me haya escondido. —Se encogió de hombros y nos observó a ambos con una mirada entre acusatoria y divertida que me hizo querer comprobar si la fama que le precedía era merecida.
Me cago en la puta, había escuchado nuestra conversación privada
.
Un momento, ¿por qué ahora el Triturador de Almas observaba a Aria con ojitos de cordero degollado y por qué ella fingía que no se daba cuenta?
Me dirigió una mirada que básicamente decía: «¿Lo ves? Esto es lo que ocurre cuando nos dejamos llevar por la tensión sexual, que aparecen enemigos despiadados por la espalda y no nos damos ni cuenta».
Sin embargo, cuando el tráfico de carruajes empezó a fluir, compartimos una mirada significativa junto con una pequeña sonrisa.
A ambos se nos había ocurrido la misma idea.
Y era el pistoletazo de salida perfecto para escaparnos de este infierno.