A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Bueno, está claro que la confianza no es lo nuestro —concluí con una risa carente de humor, incluso un poco triste.

Verla más calmada fue como un bálsamo para mí—.

Llevo tres días deseando que vinieras a verme y al mismo tiempo deseando que no lo hicieras.

Todo el rato recordaba cómo los primeros días me volví completamente loco pensando en lo que podrían estar haciéndote esos monstruos. Me escapé para buscarte, Aria.

No fue necesario explicar lo que significaba que no hubiera conseguido llegar hasta ella.

Sus ojos se cubrieron de preocupación al mismo tiempo que los atravesaba un brillo de comprensión.

—Yo… recuerdo de forma vaga que escuché una voz familiar, pero sentía que estaba soñando.

—Estuve muy cerca de encontrarte.

La rigidez que tensaba sus músculos se diluyó un poco y reconocí calidez en su mirada.

—Yo llevo tres días… —Percibí cómo su voz se resquebrajaba un poco, pero se calló de golpe y tras una corta pausa en la que se recompuso, continuó—: Llevo tres días muy preocupada, no sabía cómo estabas y nadie me decía nada.

—¿No te han dejado verme? —pregunté mientras sentía cómo el enfado resurgía y me calentaba las venas, aunque no sé de qué coño me sorprendía.

Aria negó con la cabeza y habló con cautela.

—Estaba encerrada, castigada porque supuestamente me habían pillado huyendo.

El pulso se me disparó.

—¿Te han hecho daño?

Me acerqué a ella por instinto, pero se apartó de mí.

—No, tranquilo. Estoy bien. —Esbozó una sonrisa que pretendía relajar mi preocupación, pero que consiguió todo lo contrario.

Aparté la vista y me pasé una mano por el pelo, despeinándomelo y consiguiendo que algunos mechones me dificultaran la visión.

Estaba frustrado y enfadado conmigo mismo, además de dolido por su rechazo, a pesar de que entendía perfectamente que no quisiera que la tocara.

No me conformaría con su vaga respuesta, pero esperaría al momento adecuado para que me contara aquello que sabía que escondía.

Le devolví mi atención, de fondo las altas murallas que protegían el castillo y, a lo lejos, picos montañosos que apenas se veían a través de la neblina.

Tenía que escucharla y dejar de comportarme como un auténtico gilipollas o acabaríamos aún más distanciados de lo que ya estábamos.

—Vale, vamos a sentarnos y me cuentas qué ha pasado —propuse una tregua, a lo que ella asintió.

La conduje hasta el banco de piedra con la sombra de mi mano sobre su cintura.

Y justo cuando nos acomodamos, ambos sentados y ligeramente ladeados el uno hacia el otro, me vino de golpe un detalle bastante importante que se me había pasado por alto por culpa de la discusión—.

Antes has mencionado algo de aceptar una oferta, ¿a qué te referías con eso?

—Era lo que estaba intentando contarte antes de que empezaras a…

—Evitó terminar la frase, seguramente porque de hacerlo nos habríamos metido de lleno en la espiral de desconfianza y reproches de la que nos estaba costando salir.

Cogió aire y se quedó pensativa, como si estuviera reordenando sus recuerdos—.

Después de la explosión y de asegurarme de que estuvieras bien, me escapé, pero no por las razones que todos creen.

Oí una voz en mi mente que me citó en una panadería con la promesa de darme respuestas.

La información más importante que mi cerebro captó fue que ella no me había abandonado. Dios, era un completo y absoluto imbécil que se había dejado contaminar por la opinión de los Ignis.

—Y fuiste… —La animé a continuar, ahora había cosas más importantes que insultarme a mí mismo.

—Pensaba volver con los Ignis, es solo que… —Su voz se convirtió en un hilo frágil que me puso alerta—. Por un momento tuve la esperanza de que pudiera ser mi madre —confesó y agachó la vista, dejándola caer en un punto de la falda pomposa de su vestido morado.

¿No me miraba porque se avergonzaba o porque le dolía demasiado recordar la imposibilidad de que Nora estuviera viva?

Se me encogió el corazón al imaginar la decepción que debió sentir al no encontrarla, y tuve que contenerme para no tirar de ella, estrecharla entre mis brazos y protegerla de todo dolor que pudiera sentir, incluso por mi culpa.

En lugar de eso, acerqué mi mano al dorso de la suya y acaricié su piel con la punta de los dedos para demostrarle mi apoyo.

Sentí cómo se estremecía y dejaba salir un suspiro tembloroso.

Cuando alzó la vista hacia mí había tanta tristeza en sus ojos que me sentí el ser más despreciable del planeta por haber podido herirla con mis palabras.

—¿Quién era?

—Uriel —respondió, y la miré con incredulidad.

¿El mismo Dorado que había escondido a su madre en la Tierra todo este tiempo?

¿Aquel que conocía la verdad de lo que había ocurrido en la Cueva Ishtar para que Nora saliera con vida de allí sin liberar a su pueblo?

El cuerpo se me tensó por completo—. Me atrajo hasta él para proponerme un plan de huida, pero le dije que solo me iría con vosotros.

—Me fulminó un poco con la mirada y después prosiguió—.

Así que me dio un anillo que muestra un mapa del Atharav y un colgante que oculta entre las sombras a quien lo lleve puesto y que también sirve de cuenta atrás.

En menos de un mes, las puertas del Atharav se abrirán en el interior del Bosque de las Bestias durante unos minutos para nosotros, tendremos que atravesarlas para poder escapar a la Tierra.

Hice un esfuerzo por procesar toda la información y todo lo que implicaba.

—¿Y qué pasa con todas las amenazas del Dios del Fuego?

—Uriel me prometió que nos protegería tanto a nosotros como a todos nuestros seres queridos, igual que hizo con mi madre y conmigo durante tantísimos años.

—Y al final mira de cuánto os sirvió. ¿De verdad podemos confiar en él? Nos jugamos mucho.

—Está actuando en contra de los suyos. Además, tienen prohibido intervenir hasta la Guerra Anual, así que me imagino que guiarnos y escondernos es todo lo que puede hacer.

—Y en el caso de que lográramos escapar, ¿quieres vivir escondida y con miedo durante el resto de nuestra larga

vida?

Los años no pasaban igual para nosotros que para los humanos.

—¿Qué otra alternativa tenemos?

—Podemos averiguar la verdad y utilizarla para chantajear al rey y que nos dejen en paz.

Cada extremo de su cuerpo se puso rígido.

—No podemos arriesgarnos a quedarnos aquí demasiado tiempo con la esperanza de encontrar información que milagrosamente nos salve de la maldición.

Ya has visto lo que los Indómitos le han hecho a su propio pueblo.

¿Qué salvajadas estarán dispuestos a hacer si les abrimos las puertas hacia la Tierra?

Debemos impedirlo y si vivir con la sombra del miedo es nuestra única opción, será un precio que debemos pagar.

Reflexioné sus palabras solo para darme cuenta de que, en efecto, tenía razón.

—Vaya, ya hablas como una superheroína —comenté con una sonrisa torcida a la que respondió poniendo los ojos en blanco—. ¿Ya no quieres matar al rey?

Se tomó un par de minutos para responder.

—No quiero poner en riesgo a nadie, además, ¿cómo voy a vencer a un Dios? Solo me haría daño a mí misma, a nuestros amigos, a ti y a Eric… No quiero eso, no otra vez. —Tragó saliva y sonó vulnerable, como si le costara un mundo pronunciar las siguientes palabras—. No quiero ser una asesina.

Sin poder evitarlo levanté el brazo hacia su rostro, le coloqué uno de sus mechones rebeldes detrás de la oreja y acaricié su suave mejilla con mis nudillos.

Ella dejó de respirar, pero pronto se rindió ante mi roce y cerró los ojos.

Mi intuición me decía que detrás de su negación había mucho más, pero sentí que no era momento de presionar ni de sacar temas que estaba claro que ella no quería ni tocar.

—Me parece bien —dije con toda la suavidad de la que fui capaz, y ella abrió los ojos para mirarme con una expresión que no pude descifrar—.

Nora no querría eso para ti, pero sí quería que leyéramos el mensaje que escribió en la nota.

Y sé que en el fondo anhelas las respuestas tanto como yo, por eso seguiste a aquella voz que prometía dártelas.

Se levantó como un resorte.

—Quiero que trabajemos juntos para escapar de aquí, pero, por favor, no me pidas que persiga verdades otra vez. Ya te lo dije, no puedo hacerlo.

Le tendí la mano y ella la miró con vacilación, después colocó su palma sobre la mía y me permitió atraerla para que volviera a tomar asiento a mi lado.

—Está bien, no volveré a sacar el tema. Entonces, ¿ahora qué hacemos?

Se relajó y un brillo de determinación iluminó el verde de sus ojos, como si llevara días ensayando una y otra vez la respuesta a esa pregunta.

—Por lo pronto recuperar la confianza de los Ignis.

Tenemos que conseguir que bajen la guardia para que el rey me diga dónde está Álex y que nos resulte más sencillo huir cuando llegue el momento.

Mientras tanto, entrenaremos para descubrir cómo funcionan nuestros poderes y así poder defendernos en el caso de que nos descubran.

—Necesitamos más información acerca de los Indómitos —añadí, y torció el gesto—.

Vamos, no me mires así, el Bosque de las Bestias no parece un lugar muy agradable y quizás la razón principal sea que ellos viven allí.

Tenemos que averiguar los peligros que esconde y cómo de poderosos son los rebeldes.

—Está bien. —Suspiró, aunque no sonaba demasiado convencida—.

Antes, una de mis sirvientas… —Arrugó las cejas—.

Madre mía, que raro suena eso. En fin, que me ha contado que no suelen hacer ese tipo de atentados tan violentos y que estaban empezando a volverse más agresivos porque el rey había anunciado que romperá la maldición gracias a nosotros.

—La pregunta es… ¿por qué los Indómitos no quieren escapar a la Tierra y liberar a su pueblo?