A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Killian

—Cualquiera diría que ha salvado a cientos de inocentes —resopló mi cuidadora dirigiéndose a su ayudante mientras yo fingía dormir con la esperanza de que respetaran mi descanso y se fueran a hablar a otra parte.

Si no era mucha molestia, lo más lejos posible de la sala austera que funcionaba como enfermería, hacia los bordes afilados del precipicio más cercano, muchas gracias.

Sin embargo, tenían razón. Desde que había recuperado el conocimiento llevaba encima una mala hostia tremenda y a punto estuve de demostrárselo cuando al rato me despertaron.

Tuvieron la suerte de responder a mi mirada asesina con la noticia de que ya podía continuar con mi maravillosa vida en el Atharav, porque si me ordenaban una prueba más para asegurarse de que mis capacidades como primer semidiós de la historia seguían intactas, inventaría el modo de condensar toda la energía que había absorbido del ataque para metérsela por el culo.

Al menos había recuperado toda la libertad que un secuestrado podía tener, así que hice un esfuerzo por encontrar el momento de paz que necesitaba al adentrarme en los jardines reales. Mi primera decisión libre desde el atentado en el desfile y mi primer error.

Mis planes se fueron a la mierda en cuanto percibí su presencia.

Un cosquilleo nervioso se pegó a mi piel y el corazón comenzó a latirme como si fuera un maldito adolescente esperando frente al portal a su primera cita. Deseé no sentir nada; mirarla y ver a una chica más. Pero en cuanto vislumbré el perfil de su rostro supe que esa era una batalla perdida.

Joder, ¿cómo podía ser tan guapa?

Sin embargo, el sentimiento de traición y decepción se avivó al verla con Eidan.

¿De qué se supone que estaban hablando en una actitud tan íntima?

Apreté los puños. Una vez supe dónde estaba Aria me fue imposible apartar la mirada de su figura, era como un imán que me atraía sin que yo pudiera hacer nada.

O quizás se debía al hechizo del rey, quién sabe.

El siguiente que me traicionó fue mi cuerpo, que se revolucionó como siempre hacía cuando la tenía cerca, y más tras revisar frenéticamente cada centímetro de su piel para comprobar que estuviera bien.

Una vez acabó su conversación, se encaminó hacia el cenador de piedra oscura bajo el que me encontraba, rodeado de espinas y algunas enredaderas secas.

En seguida advertí que no andaba con normalidad; su expresión se contraía en un leve gesto de dolor que al instante ocultaba desviando sus ojos hacia cualquier cosa que no fuera yo, lo que no me sorprendía en absoluto teniendo en cuenta los últimos acontecimientos.

Me sentía un completo idiota por querer correr hasta ella para preguntarle qué le pasaba, pero el orgullo y la decepción mantenían mis pies clavados al terreno seco y descuidado.

La espera se me hizo eterna. Una vez estuvo lo suficientemente cerca, sus ojos buscaron los míos y no entendí la necesidad que leí en ellos, mucho menos la genuina confusión que los atravesó al estamparse contra mi monumental cabreo.

Redujo el paso hasta que se quedó parada delante de mí.

Habría jurado que al principio parecía dispuesta a darme un abrazo, algo que a una estúpida parte de mí le habría encantado.

Pero me recordé que se movía por la culpabilidad.

—¿Qué quieres?

Se encogió un poco y frunció el ceño, mirando hacia ambos lados como si por arte de magia fuera a aparecer alguien que le explicara mi comportamiento.

¿Cómo podía esperar que estuviera?

—¿Qué te pasa? —preguntó con la voz un poco entrecortada.

No podía estar preguntándome eso en serio. De ninguna jodida manera.

Sentí cómo el calor del enfado subía por mis venas y me tensaba los hombros.

—Me ibas a abandonar otra vez a mi suerte. Me dejaste inconsciente en medio de un puñetero atentado, ¡te importa una mierda la seguridad de mi hermano! —Dejé que la rabia impregnara mi voz y apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí dolor. No me importaba.

Una voz ingenua y cuyo volumen había reducido hasta casi extinguir me advertía que me equivocaba, que ella jamás se largaría después de haber hablado las cosas, pero a lo largo de mi recuperación había oído a los sirvientes cuchichear con ansiedad sobre cómo su «llave» se había intentado escapar aprovechando el caos y el descontrol del desfile.

Otros murmuraban que los Indómitos habían fallado al intentar secuestrarla.

Pero yo lo había visto antes de que todo volviera a fundirse a negro.

Durante un momento fugaz de consciencia había entreabierto los ojos y, a pesar de que todo me daba vueltas, había visto cómo salía corriendo sin mirar atrás.

Aquella imagen se me había clavado como un puñal.

Y mientras Aria me observaba herida, como si el malo de la película fuera yo, volví a sentir el mismo dolor.

—¿Cómo puedes pensar eso? —Parpadeó repetidas veces como si no terminara de creérselo.

La miré con las cejas alzadas.

—¿Porque ya lo hiciste una vez? —le recordé, y mi tono se endureció aún más—. No ha pasado tanto tiempo como para que lo olvides, aunque teniendo en cuenta lo poco que te importo, quizás me equivoque otra vez y sí lo hayas borrado de tu memoria.

Mi reproche la trasladó a nuestro primer encuentro en este infierno y, esta vez sí, la culpabilidad se instaló en sus ojos verdes, aunque no se quedó ahí por demasiado tiempo.

—Al parecer el que ha olvidado que aquella noche estaba muy asustada eres tú —espetó, contagiándose de mi enfado—. Ah, también que lo último que sabía de ti era que tu querido padre te había traído al mundo solo para que me usaras como una puta marioneta.

Sus mejillas rojas por el enfado casi me distrajeron. Casi.

—¿Otra vez con esa historia? ¡Yo no elegí que mi padre fuera un puto psicópata!

—arremetí con ganas. Estaba siendo muy injusta, y más cuando esa primera vez había comprendido que quisiera marcharse sin mí, aunque eso no significaba que me hubiera dolido menos.

Solo quería ayudarla, siempre había querido hacerlo, por eso me mataba que ella no sintiera lo mismo por mí—.

¿Te ha costado venir a verme sabiendo lo que has estado a punto de hacer?

La observé sin reconocerla. Gracias al semirrecogido que apartaba el pelo de su frente podía ver con más claridad el dolor que transmitía su mirada debajo del enfado creciente. Una punzada de malestar me atravesó el pecho al saber que el causante era yo.

—Visto lo visto tal vez tendría que haber aceptado la oferta en vez de volver a por un imbécil integral. —Soltó una risa carente de humor.

—No me puedo creer que te haya importado tan poco la seguridad de Eric.

Sacudí la cabeza decepcionado y me alejé de ella, sin dirigirme hacia ningún lugar en concreto. Los pensamientos y las emociones contradictorios colisionaban entre sí a una velocidad que terminaría provocándome un dolor crónico de cabeza.

—Y yo no puedo creer que no hayas cuestionado ni por un segundo la historia que te han contado los mismos que nos tienen secuestrados y amenazados —espetó, y escuché sus

fuertes pisadas detrás de mí. Casi podía ver cómo echaba humo—. Te creía mucho más inteligente.

Me giré y la capa negra que llevaba sobre mis hombros ondeó por el repentino aire fresco que se había levantado.

Aria tuvo que clavar los talones en el suelo para que no nos chocáramos y fue esa misma brisa la que trajo su olor hasta mí.

Cerré los ojos en un momento de debilidad cuando su aroma dulce me rodeó y se coló bajo mi piel.

«Mierda, Killian, concéntrate».

Tuvo que alzar la barbilla para mirarme.

Lo hizo con un brillo de desafío que me alteró más, aunque por razones poco apropiadas.

Nos quedamos frente a frente, nuestros rostros tan cerca que mi respiración se aceleró y mis ojos se trasladaron a su boca.

Sus labios carnosos estaban apretados con enfado, pero al darse cuenta de nuestra cercanía se entreabrieron cogiendo una bocanada de aire.

Siguió el camino de mi mirada y su pecho comenzó a subir y bajar con fuerza.

Tras unos segundos en los que el barullo lejano del entrenamiento perdió intensidad mientras nos estudiábamos sin mediar palabra, se inclinó un poco hacia mí, como si no pudiera evitarlo, como si ninguno de los dos pudiera alejarse.

Tuve que luchar contra las putas ganas que tenía de besarla allí mismo, sin importarme

las miles de razones por las que debía mantenerme alejado.

Tenía que deberse al hechizo que unía nuestra sangre, no podía ser otra cosa.

Y fue ese recordatorio el que rompió la tensión.

—Tú hiciste lo mismo conmigo, tampoco me diste una oportunidad. —Apreté los dientes, sacudiendo la cabeza, y di un paso hacia atrás para liberarnos de una vez por todas de la atracción que nos atrapaba peligrosamente.

—¡Porque acababa de ver morir a mi madre y me habían secuestrado! —gritó, alejándose de mí.

Se cruzó de brazos, turbada.

—Ya. —Bufé y mi voz se volvió más cortante—. Pues yo tampoco me he sentido demasiado bien estos días sabiendo que una de las personas que más me importa me iba a dejar tirado en un puto castillo lleno de asesinos.

Mi confesión la golpeó de lleno y se esforzó por contener en una mueca la oleada de emociones que la recorrieron. Respiró hondo y se quedó en silencio, recobrando visiblemente la compostura, algo que yo también debería hacer.

¿En qué momento le había confesado que me importaba cuando lo que quería era desahogarme después de días regodeándome en mi propio enfado?

Estaba jodido cuando se trataba de ella, muy jodido.

—No iba a abandonarte —dijo en un suspiro de cansancio, y adoptó un tono más relajado y seguro—. Y si dejaras la desconfianza a un lado, podría explicártelo.