Capítulo 18 #2
—Estate quieta, joder —gruñó Marlon en mi oído, su mano fría apretándome el hombro con fuerza—. Esto es un pequeño recordatorio de lo que te pasará si vuelves a intentar escaparte.
Me tragué mis súplicas. Me negaba a suplicar ante estos monstruos.
Percibí un calor concentrado y lacerante acercarse a mi espalda desnuda, pero no sabía de dónde provenía exactamente.
Lo descubrí de inmediato. Un dolor atroz se me clavó en un costado, era como si me atravesaran cuchillas ardientes y afiladas.
Una y otra vez. Un grito desgarrador emergió de mi garganta y me sacudí, desesperada por que parara.
—No te muevas o conseguirás que te duela aún más.
Apretó su mano en torno a mi cuello.
Con Lila, Karina y Álex siempre jugábamos a escribir tonterías nuestras en la espalda de otro para que lo adivinara.
Jamás pensé que volvería a jugar, no de esta forma.
Del dedo de Marlon emergía tanto calor que me quemó la piel, ascendiendo y descendiendo, con pausas que se me hicieron eternas.
Trazó un total de siete letras hasta que completó una palabra.
Después, paseó sus manos por mi piel en una caricia suave por las heridas en carne viva, como si fuera un artista contemplando el resultado final de su obra.
Me mordí el labio cubierto de sangre para evitar soltar más gritos.
—Un regalo para que cada vez que tu principito te vea, recuerde lo que eres en realidad —me susurró Marlon en el oído, y soltó una grave risa desdeñosa—. Eso si lo vuelves a ver, claro.
Me desplomé de rodillas al tiempo que dejaba escapar el aire que se me había quedado atascado en la garganta.
Marlon se puso de cuclillas a mi lado para escribir en la tierra la palabra que había grabado a fuego en mi espalda.
Como un juego cruel, en cuanto llevaba tres letras adiviné la palabra que era y cerré los ojos con fuerza porque… tenía razón.
Me cogió de las mejillas y me obligó a mirar durante tanto tiempo que quise morirme allí mismo.
Mi llanto silencioso quedó escondido bajo los gritos de la muchedumbre que seguía corriendo para ayudar a sus vecinos o familiares.
Nadie me ayudó, ni siquiera yo misma lo hice.
Supongo que una parte de mí sentía que me lo merecía, que ese era el castigo justo que me correspondía por todo el daño que había causado mi búsqueda de la verdad.
Porque mi poder se había despertado como una tormenta furiosa, pero yo no le hice caso.
Cogí aire profundamente y tuve que parpadear repetidas veces para ahuyentar las lágrimas.
Ya no estaba allí. No, ahora estaba en el castillo y tenía un plan.
Al ver mi gesto atormentado, la doncella dio por finalizada la conversación y se dedicó a peinarme y vestirme en silencio.
Antes de colocarme la túnica, me acerqué al espejo y ladeé el cuerpo para apreciar la masacre en la que se había convertido la parte central de mi espalda; gracias a mi magia, la herida había cicatrizado y las letras habían adoptado un tono blanquecino, pero la palabra aún podía verse con claridad.
Saboreé la humillación y la vergüenza. Y me las tragué.
Di un respingo al escuchar que alguien llamaba a la puerta.
El bajo del vestido púrpura ondeó conforme me acerqué a la puerta.
Para entonces, los guardias más cercanos al rey ya habían pasado al interior de la habitación y las doncellas se habían retirado, a excepción de mi nueva confidente.
Noté cómo el chico evitaba mirarme, pero cuando al fin lo hizo percibí en su expresión un sentimiento de culpa impropio de su temible título.
En cambio, Fayna me estudiaba con una expresión de evidente fastidio, cruzada de brazos como si tuviera gran prisa por marcharse.
Las lagunas mentales emborronaban mi regreso al castillo después de…
aquello, pero estaba segura de que Fayna y Eidan eran de los pocos que conocían los nombres de los culpables.
Por lo tanto, también habían aprovechado la ocasión para cubrirse las espaldas y acusar a los Indómitos, aunque ¿a quién le importaría que me hubieran castigado después de supuestamente intentar escaparme?
A nadie. Lo único que les importaba es que rompiera la maldición, y lo peor de todo es que lo entendía.
Fayna dio un paso hacia mí y habló con frialdad.
—Debido a tu buen comportamiento durante estos días, después de tu patético intento de fuga, el rey ha tenido a bien permitirte visitar a Killian.
Espera que se lo recompenses, pronto empezarán los preparativos y el entrenamiento para la Guerra Anual definitiva.
—Casi se me doblaron las rodillas del alivio que me recorrió al saber que Killian estaba bien y que podría verle—.
Pero tengo cosas más importantes que hacer que presenciar el reencuentro de dos empalagosos cansinos, así que, Eidan.
—Se giró hacia su compañero y este, al escuchar su nombre, se puso recto como un resorte—. Encárgate tú de ella.
Eidan asintió de forma que su maraña de rizos castaños se sacudió con gracia.
Me condujo entre pasillos espaciosos y prácticamente desiertos hacia unas escaleras sencillas que conducían al patio de armas.
Lo seguí sin mirar atrás. La palabra ardía en mi espalda con más intensidad a cada paso que me acercaba a Killian.
Percibía la incomodidad del soldado en mi presencia mientras atravesamos la zona de entrenamiento, despertando miradas curiosas de los Ignis que luchaban y practicaban con sus poderes.
En silencio, nos dirigimos a una zona alejada que se correspondía con el jardín recluido entre las murallas, si es que podía considerarse como tal teniendo en cuenta que no había ni agua, ni flores, ni vida.
A simple vista era sencillo, similar a un huerto en el que todo fruto se había secado.
El pasillo estaba bordeado por arcos abiertos que daban al jardín y, por el otro lado, se veía el tráfico de carruajes que entraban y salían del castillo por la puerta principal.
—Espera —le pedí cuando percibí por el rabillo del ojo, a lo lejos, la figura corpulenta y oscura de Killian—. Tú sabes lo que me ocurrió realmente.
—S-sí —tartamudeó, aturdido, y después añadió de carrerilla—: Y ten por seguro que no apruebo los métodos de Marlon y su séquito.
Killian tenía razón, más que el Triturador de Almas era el Achuchador
de Almas, cosa que me venía particularmente bien para lo que estaba a punto de decirle.
—Como imaginarás, fue bastante humillante y doloroso vivirlo…
No me apetece que uno de los que está encubriendo el secreto escuche cómo se lo cuento a mi amigo, es algo demasiado privado y doloroso para mí.
—Dejé que mi vulnerabilidad saliera a la luz y me esforcé en no parecer demasiado ansiosa por que aceptara.
Eidan no podía escuchar nuestra conversación.
Noté cómo sus hombros se relajaban un poco y la empatía cubría sus ojos.
Mentira. No pensaba contárselo jamás a Killian, pero eso él no tenía por qué saberlo.
—Yo… —Abrió la boca y la cerró, se frotó la mandíbula con aire nervioso.
—Por favor. No tenemos forma de escapar y tampoco fui capaz de defenderme de lo que me hicieron, ¿cómo podría derrotar a un ejército entero? Ni siquiera he desayunado —añadí con ligereza para que terminara de relajarse.
Eidan guardó silencio mientras meditaba mi propuesta y estudiaba nuestro alrededor. Muy pocos Ignis pasaban por aquí, estaban demasiado ocupados preparándose.
—Está bien, me alejaré para dejaros un poco de privacidad. —Su voz adoptó un tono de comprensión y dolor que me conmovió—. Siento mucho lo que te hicieron, Aria. Nadie merece pasar por algo así.
Curvé los labios en una tensa sonrisa de agradecimiento y se apartó para indicarme con la mano que pasara al jardín.
Me di la vuelta mientras respiraba hondo y saboreaba el cosquilleo nervioso que agitaba mi pecho.
Llevaba días imaginando cómo sería volver a verlo, incluso abrazarlo; en secreto anhelaba revivir lo que era sentir su calor pegado a mi piel, olvidarme por unos segundos de todas las verdades que nos separaban y, sobre todo, del frío que me consumía.
Caminé con las piernas como gelatinas, sintiendo el peso intenso de su mirada sobre mí.
Tuve que romper el contacto visual porque me costaba moverme sabiendo que tenía toda su atención puesta en mí.
Me sentía expuesta, como si pudiera averiguar el motivo de mis recientes pesadillas.
La piel me hormigueaba y el pulso me latía a toda velocidad.
Tenía tantas cosas que contarle… Me detuve bajo la pérgola enredada en espinas secas, rodeada por bancos de mármol con un pozo en el centro, y por fin tuve el coraje de fijar mis ojos en Killian.
El impacto que me causó su atractiva belleza pasó a un segundo plano.
Un peso me aplastó el estómago. Fue fácil descifrar el origen de la intensidad con la que me observaba, pero no eran ganas de verme ni preocupación lo que estaba sintiendo. No. Todo lo contrario.
Estaba furioso.