A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Aria

La propuesta de Uriel debería haber renovado la cuenta de los días que llevaba encerrada en esta pesadilla de piedra, fuego y niebla. Pero en mi cabeza se repetía una y otra vez: «Tercer día sin noticias de Killian, tercer día sin noticias de Killian, tercer día sin noticias de Killian».

La preocupación y el miedo habían formado una bola en mi estómago que cada vez se apretaba más y más. Y dolía.

Apoyé los pies descalzos en el suelo y el contacto con la fría y áspera piedra me recordó que estaba despierta.

Mis sentidos se desperezaron, captando el repiqueteo de los tacones que se aproximaban por el largo pasillo infestado de guardias.

El sonido retumbante se parecía demasiado a los latidos incesantes que me palpitaban en la cabeza.

Deseé haberme confundido, pero no tuve esa suerte.

El tintineo molesto que anunciaba la llegada del servicio terminó de alejarme de la espiral de pensamientos que me habían atrapado desde que, bien entrada la madrugada, me había envuelto en las sábanas.

La noche tenía el poder de intensificarlo todo, así que me atreví a imaginar que el tacto fino y cálido de la seda era en realidad un reconfortante abrazo.

Al instante me sentí tonta, aún más sola y…

fría. Tenía mucho frío, pero se trataba de un frío que no desaparecería por muchas capas que me echara encima.

Un rugido emergió de mis tripas al reconocer el olor a huevos, pan y leche.

Las doncellas del servicio depositaron con mimo el desayuno en la mesa pegada a la ventana mientras me lanzaban miradas furtivas con una mezcla de miedo y admiración.

Me dieron ganas de vomitar. Odiaba todo esto, odiaba incluso que con el paso del tiempo mi cuerpo empezara a reconocer la rutina que ahora marcaba mis días.

Una mano amable me indicó que ya podía pasar al baño para asearme y vestirme antes del desayuno. Al primer paso mi rostro se contrajo en una leve mueca de dolor, pero no era ni de lejos tan intenso como…

Sacudí la cabeza para espantar el recuerdo.

«Lo peor ya ha pasado».

O eso quería creer.

El espejo con bordes de plata pulida que aparecía nada más acceder al baño era un lujo en aquellos tiempos, según había escuchado parlotear a dos de mis doncellas, pero yo lo sentía como un reflejo maldito.

Las ojeras oscuras, los pómulos pronunciados, la tez pálida, los ojos verdes sin vida…

Cada centímetro de mi cuerpo se había convertido en un crudo recordatorio de que mi madre ya no estaba conmigo, de que ya no lo estaría jamás.

Esperé las lágrimas que llegaban junto con aquella verdad, pero no sentí el líquido correr por mis mejillas; desde hacía tres días el dolor se había condensado en mi pecho hasta quedar atrapado ahí.

—Están llegando demasiado lejos… —La joven que me había ayudado a entrar en la bañera habló en un susurro apenado.

La miré con el ceño fruncido. Sus compañeras, que estaban recogiendo mis aposentos, no podían pillarla hablando conmigo, era una regla estricta que había establecido el rey.

Me esforcé en bajar el volumen para que solo ella pudiera escucharme. Mi voz salió un poco estrangulada después de días sin relacionarme con nadie.

—¿Os han informado de quién ha sido?

—Oh, no… —Movió las manos en señal de apuro y agachó la cabeza, de tal forma que algunos mechones pelirrojos se escaparon de su cinta blanca—. No se me permite hablar con usted, estaba pensando en voz alta, perdóneme.

Al ver que guardaba silencio, levantó la vista con inseguridad hacia mí.

Me aproveché de la admiración que centelleaba en sus ojos.

—No pasa nada, ninguna de las dos va a comentar esta conversación con nadie —le prometí, asegurándome de mirarla con complicidad.

Sus labios se curvaron en una sonrisa nerviosa.

—Es un privi… —Tragó saliva—. Es un privilegio estar hablando con la persona que nos salvará de este infierno.

—Sacó las manos de la palangana en la que estaba escurriendo el trapo e hizo una reverencia, salpicando de gotas el suelo.

Después, respondió mi inocente pregunta—.

Entre la guardia real y el servicio se ha extendido el rumor de lo que le hicieron al capturarla durante el ataque en el desfile de las flores.

Es horrible que le hayan hecho esto, ni siquiera hace falta pronunciar el nombre de semejantes bárbaros…

Me sorprendió, ¿sabían los Ignis lo que me habían hecho los…?

Carraspeé, un poco sobrecogida por la compasión que emanaba de ella. De forma involuntaria me moví hacia un lado, poniéndome más de frente para que no… Para que no lo viera.

—¿Sabes algo del pueblo? ¿Están bien? —Evité saltar de forma directa a la cuestión que me interesaba realmente, aunque mi preocupación por los suyos no era del todo fingida.

Ella apretó los labios y su mirada se enturbió.

—Han muerto muchos de los nuestros, y los pocos supervivientes están siendo atendidos por los curanderos.

Entre ellos había muchos soldados que hubiesen luchado en la Guerra Anual, así que gracias al Gran Hacedor que contamos con su ayuda, mi señora.

—La emoción hizo temblar su voz, pero después se endureció—.

Han visto que estamos más cerca que nunca de regresar a la Tierra y quieren destruirnos antes de dejar que el Dios del Fuego cumpla con su promesa de liberarnos.

—¿Los Indómitos siempre han sido tan violentos? —pregunté para confirmar mis sospechas.

Ella se sobresaltó un poco y agrandó los ojos ante la mención de los responsables del ataque. Su cambio de lenguaje corporal fue evidente. Intuí que hablar de los rebeldes era algo que no solía hacerse, y por razones evidentes todos tenían miedo de ello.

—Siempre han vivido apartados, intentando manipularnos para que viéramos las supuestas injurias del rey —dijo mientras me echaba una jarra de agua caliente por la nuca y miraba de reojo a la puerta por si alguien nos pillaba.

Hice una nueva mueca de dolor cuando el agua entró en contacto directo con mis heridas—.

Es cierto que ha habido otros altercados, pero siempre con los guardias del rey, nunca con el pueblo, nunca como este.

Esto… es una clara declaración de intenciones, por desgracia, las cosas se van a poner muy feas.

Pero ¿qué los había llevado a despertar de las mentiras del Dios del Fuego y por qué el resto del pueblo seguía acatando sus órdenes y muriendo por él?

Me advertí a mí misma que solo indagaba porque necesitaba toda la información posible acerca de los Indómitos para…

Ahogué un jadeo cuando el jabón alcanzó mi espalda y la doncella comenzó a limpiarme con un paño de tela y mucha delicadeza las heridas.

Era la primera vez que alguien las tocaba y fue como si me transportara al momento exacto en el que quedé marcada.

«Esa verdad te destruiría, Aria. Y no solo a ti.

Destruiría el mundo». La bomba que me había soltado Uriel antes de desaparecer no había conseguido el efecto esperado.

Sí, me asustaba, pero lo más peligroso es que me atraía, despertaba una parte de mí que me aterraba.

Sintiéndome algo aturdida, repasé cada palabra de la conversación mientras alternaba la vista entre el suelo desnivelado por los adoquines y la masa de Ignis que tenía que sortear para regresar junto con Fayna y Eidan.

El miedo y la devastación aún seguían impregnando el ambiente.

No llevaba demasiado tiempo desaparecida, pero estarían buscándome como locos. Seguro que creían que…

Me taparon la boca con tanta fuerza que no pude emitir sonido alguno, apenas me llegaba aire a los pulmones.

Vi la sombra difusa de dos hombres que se situaron detrás de mí, además del que me tenía bien sujeta y me arrastraba hasta la oscuridad del cruce más cercano.

Uno en el que había más silencio, menos gente.

Tras caminar unos cuantos pasos más en los que poco pude hacer salvo revolverme, entramos en un establecimiento.

Intuí dónde estábamos después de que me lanzaran con violencia contra una pared y cayera al suelo, apenas amortiguando el golpe con las manos.

Cuando abrí los ojos ví doble, pero distinguí finas hebras doradas pegadas a mis palmas. En un granero, estábamos en un granero.

El pecho me subía y bajaba de forma frenética, estaba incluso mareada. No me dio tiempo de hablar ni de prepararme para lo que estaba por llegar. Me propinaron una patada en la cabeza que me hizo volver a encontrarme con el suelo.

Tras medio recuperar mis sentidos me incorporé sobre los codos gimiendo de dolor. Saboreé mi propia sangre.

Aquellos hombres, fueran quienes fueran, no me darían tregua alguna.

Un grito ahogado salió de mi garganta cuando me agarraron del pelo. El cuero cabelludo me ardía y algunas lágrimas rodaron por mis mejillas.

El pánico ya formaba parte de mí.

—¡Soltadme!

—Zorra asquerosa, querías escaparte, ¿eh? —Me quedé helada al reconocer la retorcida y fría voz de Marlon, el asesino de la madre de Killian—. Tú eres nuestro nuevo juguetito, la que nos va a sacar de este infierno… A ver si vamos a tener que atarte una correa al cuello para que no se te olvide.

Los dos guardias que lo acompañaban, uno de ellos Fred, dejaron de contemplar la escena para pasar a la acción.

Se colocaron detrás de mí, junto a Marlon, y uno me puso en pie de un tirón, rompió la parte trasera de mi corpiño y arrancó los botones dejando que la tela cayera en mi cintura.

Me quedé en una fina camisa interior, sola, rodeada de tres hombres que querían hacerme daño.

Estaba completamente aterrorizada; el corazón me iba a mil por hora, tan rápido que pensé que se me saldría del pecho.

Deseé que alguien me ayudara, pero Killian estaba herido y…

Uno de ellos me cogió del cuello y me pegó contra su cuerpo duro y sucio, no pude contener la arcada que me sacudió al oler el hedor a sudor que desprendía.