A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—¿Ves? —Su sonrisa se ensanchó—. Sabía que te encantaría.

—¿Y no necesitaremos un montón de llaves para llevar a todos hasta la Tierra?

—No.

—¿No?

—Uriel se encargará de eso, ya lo oíste.

—¿Y podemos confiar en él?

Abrió la boca para responder cuando unos pasos se acercaron hasta nuestra habitación.

—Mierda, ¡viene alguien!

—¡Escóndete!

La llama blanca de mi palma se extinguió y me llevé la mano al colgante para rodearme de sombras, pero por más que lo intenté seguía siendo visible.

Me pillarían de un momento a otro. Beatrice entrelazó sus dedos con los míos y un torbellino de bruma oscura nos rodeó, tan estrecho que tuve que pegarme a ella para que ambos cupiéramos.

Nuestras frentes se tocaban y nuestros alientos de entremezclaron. Tragué saliva.

Las antorchas se prendieron con intensidad al mismo tiempo que dos Maestros entraban en el aula. Cerraron la puerta con suavidad. Se encontraban tan inmersos en la conversación que no percibieron que justo delante de sus narices las sombras no se ondulaban con normalidad.

—Una vez más no quieren que bajemos a la Tierra… —protestó el más bajo de los dos, andando con pasos airados—. Me han vuelto a trastocar la planificación semanal, y justo hoy me tocaba borrar la memoria a quince familias y supervisar a los Maestros en prácticas que custodian a nuevos Inciertos.

«¿Qué puede haber alterado la rutina de los Guardianes?

». Fruncí el ceño y giré la cabeza para compartir con Beatrice mi confusión, pero no me devolvió la mirada.

Tenía la vista fija en ellos; los ojos entrecerrados, seguramente esforzándose en descubrir la identidad de ambos.

Era complicado teniendo en cuenta la escasa visibilidad y su costumbre —muy maleducada, por cierto— de ocultar el rostro mediante capuchas.

—Las órdenes provienen directamente de arriba, y si están tomando este tipo de decisiones es por una razón que no debemos cuestionar. —La respuesta de su compañero fue tajante.

—No sé, pero esto empieza a olerme muy raro. —El primero detuvo su paseo nervioso y bajó la voz, mirando con seriedad a su compañero—. Entre eso y la muerte del hermano Zack…

—Habla claro —ordenó el otro, con el tono cada vez más duro.

—Creo que nos ocultan cosas.

Su compañero soltó una risa fría y suave que me puso los pelos de punta, y no sé por qué me hizo acercarme aún más a Beatrice.

—¿Sabes por qué estamos aquí, Randall?

Este negó con la cabeza, cambiando su gesto a uno de desconfianza y dando un paso despacio hacia atrás.

—Tranquilo… estás a punto de descubrirlo.

Entonces hizo un movimiento seco y rápido con la mano, provocando que las antorchas se apagaran como si les hubiera caído un cubo de agua encima. El olor a humo no tardó en llegar hasta a mí y tuve que apretar los dientes para aguantar la tos.

Como si formara parte de una violenta y brillante brisa, el Éter del fuego se desplazó hasta el interior del Guardián más bajito, elevándolo de tal forma que sus pies dejaron de tocar el suelo.

El repentino ataque hizo caer su capucha hacia atrás, revelando el gesto de horror y traición que marcaba su rostro.

Se me formó un nudo en el estómago al ver que la energía se quedaba atascada en la zona de su cuello, obstruyendo su garganta.

—Verás, quería reunirme contigo para comprobar la fuerza de tu fe —explicó el Maestro sin un ápice de sentimiento en su voz, mientras comenzaban a ser visibles las dificultades que estaba teniendo Randall para respirar.

Se llevó las manos a la garganta, intentando desprenderse de la fuerza invisible que lo estaba ahogando—.

Si te sirve de consuelo, será una triste noticia cuando te encuentren aquí tirado, muerto por culpa de un raro ataque al corazón.

Como mucho te dedicarán una oración y luego caerás en el olvido, porque no has hecho nada tan memorable como para que se molesten en recordar tu patética existencia.

—Conforme hablaba, el rostro del Guardián se volvía cada vez más azul.

—Por… favor —logró decir.

—Nadie cuestionará tu muerte, porque aquí nadie cuestiona nada, ¿entiendes? Ese es nuestro trabajo. Y tú has fallado

.

La única respuesta fueron algunos silbidos agudos que salieron de la boca de Randall al intentar inhalar, así hasta que, pasados unos minutos, sus músculos perdieron toda fuerza y su expresión de pánico se quedó congelada.

Su asesino lo depositó en el suelo con cuidado, preparando la escena dramática que pronto alguien se encontraría.

Después se encaminó hacia la puerta con paso tranquilo, pero justo cuando estaba abriéndola, se detuvo de sopetón.

Se dio la vuelta despacio, casi a cámara lenta, y posó la vista justo donde estábamos.

Beatrice no parecía sorprendida por el asesinato, pero sí nerviosa ante la mirada alarmada del Maestro. Yo estaba peor que ella, el corazón me retumbaba en los oídos y la sensación de estar a punto de ser descubiertos hizo que me cayeran gotas de sudor por la espalda, pero aguanté la respiración.

Tras unos segundos de extrema tensión, se dio la vuelta y se marchó.

Solo entonces volvimos a respirar. Yo no era el único que no había movido ni un pelo.

Y así acababa el que iba a ser un buen día: presenciando un asesinato sin siquiera unas palomitas y con la promesa de pasar un buen rato entre amigos profanando tumbas. Esperaba que esto, al menos, incluyera la merienda.

En realidad, ya que íbamos podríamos aprovechar el viaje y enterrar a Randall.

Pero no era tan bondadoso, con ellos nunca lo sería.