A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

No me sentía bien chantajeándola, pero haría lo que fuera necesario para salvar a Zoey y al resto, y si eso conllevaba saltarme algunos de mis principios, así sería. No tendría que hacerlo si Beatrice fuera más… comunicativa. De nuevo, para mi desgracia, la necesitaba.

Justo cuando me decidí a hacerlo, percibí movimiento por el rabillo del ojo.

Mi aliada se levantó y se deslizó por el pasillo que daba a la salida como una sombra más, sin que nadie se molestara en girar la cabeza para mirarla o preguntarse por qué abandonaba la ceremonia.

Sus pasos eran rápidos y furiosos, lo cual me preparó para una ronda rapidita de reproches e insultos.

Una rutina más en nuestro día a día, tan natural como lo era desayunar o ir al baño.

Había visto que cada Guardián que atravesaba la puerta enorme del templo lo hacía deteniéndose en el umbral durante unos segundos, mirando hacia abajo y con el puño apoyado en el corazón, como símbolo de respeto.

Beatrice la traspasó sin detenerse; el mentón alzado, la mirada al frente y los puños apretados, sí, pero a ambos de su cuerpo, y seguramente por la rabia que sentía al verse obligada a abandonar la sala.

La alcancé y no tardamos en adentrarnos en el laberinto subterráneo que era el Abismo.

Si horas antes no la hubiera seguido después de que se negara a hablar conmigo en su habitación, encontrar este sitio habría resultado una misión imposible.

Joder, dependía de una mujer que en cualquier momento podría clavarme un puñal y luego seguir con su vida como si nada. Qué bien.

Nos internamos por un sinfín de pasillos que nos llevaron de vuelta al cuarto de Beatrice. O eso creía, porque de un segundo a otro la Guardiana me cogió del brazo y de un fuerte tirón me arrastró hasta el interior de una habitación oscura.

La puerta de hierro emitió un chirrido largo y oxidado hasta que se cerró.

Mis alertas se activaron junto con mi poder.

Se revolvió, expandiéndose e inundando cada célula de mi organismo.

Las palmas de las manos me cosquillearon, y la energía sin forma que tanto esfuerzo me había costado controlar se arremolinó en ellas, provocándome una calidez que contrastaba con el frío seco del Abismo.

No la contuve, un destello blanquecino me permitió echar un rápido vistazo a la estancia.

A mi izquierda pude advertir unas treinta mesas austeras frente a un pupitre y una pizarra.

Beatrice, que se había adentrado mucho más, me fulminaba con la mirada, con los brazos en jarras y rodeada de estanterías desbordadas de libros antiguos.

Un aula de Novicios. Ahí era donde nos encontrábamos.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunté, y esbocé una sonrisa burlona—. ¿Vas a darme lecciones sobre cómo ser la peor compañera posible?

Se enderezó y adoptó un tono seco.

—Sí, lección número uno: si tu aliado no deja de soltar gilipolleces por la boca, córtale la lengua y oculta su cadáver en el primer trozo de tierra que encuentres. —Señaló la puerta—. Fin de la clase.

—Me ha encantado, seño, ha sido muy enriquecedora.

Me siento tan culto… —Suspiré de forma teatral—.

Espero sacar un diez en el examen. Tengo una compañera con la que puedo hacer las prácticas, no suele decir muchas gilipolleces, pero me insulta más de lo que me gustaría admitir, así que también le vendría muy bien la lección.

—Me di la vuelta dispuesto a marcharme y ella tiró de mi capucha para evitarlo, lo que hizo que se me clavara en el cuello la cinta que la sujetaba.

Volvimos a quedar cara a cara y tuve que ahogar una risa al ver la poca gracia que le había hecho mi respuesta.

—Si quieres saber por qué estamos aquí, mírate —farfulló—. Para una vez que no lo haces…

Gruñí, pero bajé la vista y pude ver a la perfección las costuras de mi traje negro de combate junto con varios rasguños. Comprendí de inmediato por qué teníamos que ocultarnos.

Me mordí la lengua solo para no darle el gusto de oírme maldecir.

—Uriel nos dejó bien claro que solo podíamos usar el colgante para casos de extrema urgencia —me recordó sin ocultar el fastidio que sentía—. Esperaremos a que tu piedra absorba el Éter de las sombras que nos rodean hasta que se recargue lo suficiente para marcharnos.

—Genial, así tenemos tiempo para hablar.

Me dio la espalda, nada contenta con mi propuesta, y toqueteó uno de los cuchillos que colgaban de su cinturón. Después, comenzó a pasearse de un lado para otro, movida por un nerviosismo que no entendí.

En realidad, no entendía nada que tuviera relación con ella, pero por primera vez estaba dispuesto a intentarlo.

—Beatrice. —La suavidad de mi voz consiguió que volviera a girarse hacia mí.

Quise ponerme en su piel, recordar que su vida tampoco había sido fácil, por mucho que me incomodara admitirlo porque siempre había sido mi enemiga.

Los Guardianes lo eran, al igual que los Ignis que nos querían muertos—.

Pensaba que querías ayudar a Connor, si algo ha cambiado, dímelo y me las apañaré solo, pero no puedo perder más tiempo sin saber qué te pasa —dije con calma, y decidí mostrar una minúscula parte del dolor que sentía—. Necesito encontrar a mi hermana.

—Quiero rescatar a Connor —se apresuró a decir, con la voz llena de determinación.

—¿Entonces…?

—Necesitaba pensar.

—¿Y lo has conseguido? —pregunté con cautela.

Se quedó en silencio unos segundos, casi veía el humo saliendo de su cabeza, como si estuviera luchando contra algo que desconocía. Estaba a punto de desistir cuando finalmente habló.

—No logro entender por qué me desobedeciste y saliste a defenderme.

—Arrugó la frente, como si aquello la desconcertara de verdad.

Sus palabras se quedaron en el aire durante una pausa que necesité para centrarme.

No esperaba que la conversación fuera a tomar ese rumbo—.

Pusiste la misión en peligro y todo podría haberse ido a la mierda si…

—Pero no lo hizo. Conseguimos hablar con Uriel y ahora tenemos un mapa para llegar hasta las puertas del Atharav.

—Las Puertas Umbra.

—¿Qué?

—Que se llaman Puertas Umbra —aclaró.

—Qué manía con ponerle un nombre intenso a todo. Déjame adivinarlo, ¿el váter de los Dorados se llama el Pozo Eterno o el Agujero Oscuro? —Me miró con cara de póquer y resoplé. Qué poco sentido del humor—. En fin, que tenemos un mapa para llegar hasta las Puertas Umbra

. Siguiendo con lo importante… Tenemos esto. —Me toqué el colgante de sombras—. Y tenemos esperanza, estamos más cerca que nunca de encontrarlos.

La expresión de su rostro se endureció y adoptó un tono sombrío.

—Un golpe mortal te entierra, pero la esperanza puede arrastrarte hasta el infierno más profundo.

—Es un riesgo que vale la pena correr.

Negó con la cabeza.

—Yo funciono de otra manera, funciono sobreviviendo, sin esperanza y sin chorradas. No puedo trabajar con alguien como tú… Eres impredecible y nunca te callas. No va a salir bien.

—Ya estás adelantándote a cosas que aún no han pasado —resalté.

—Me remito a los hechos, casi nos pillan.

—Voy a dejarte clara una cosa, Beatrice —gruñí, dando un paso hacia ella.

Mi voz bajó una octava cuando nuestros ojos conectaron de un modo mucho más…

intenso—. Por mucho que no te soporte, por mucho que encarnes la imagen de todo lo que odio, nunca dejaré que sufras una situación injusta.

Nunca. Y si me pides que no lo haga por alguna absurda razón que ni tú entiendes, no voy a poder hacerte caso. Porque ese no sería yo.

Aquello, de alguna manera, supuso un fuerte golpe para ella.

—No necesito a nadie. —Su voz sonó más débil.

—Tal vez tú no, pero yo sí necesito tu ayuda.

Abrió los ojos de par en par, sorprendida. Podía ver en ellos la tormenta que se estaba desatando en su interior.

—Yo… —Aunque trató de evitarlo, se le escapó un ligero temblor y tuvo que carraspear para mostrar entereza—. Está bien, pero como algo salga mal…

—Sin amenazas —advertí.

—¿Y sin enfados? —Sus ojos me retaban.

—Tampoco nos vengamos arriba con las condiciones, tenemos que establecer términos que podamos cumplir, no imposibles.

Una pequeña sonrisa se escapó antes de que pudiera reprimirla y fue… bonita, más dulce de lo que jamás habría esperado de alguien como Beatrice.

—Anda, pero si sabes sonreír.

Al instante apretó los labios.

—Sé hacer más cosas de las que te imaginas.

—Estoy deseando verlo, aliada

. —Le di un codazo medio amistoso y puso los ojos en blanco.

—Uriel nos ha dado un mapa, sí. Pero jamás atravesaremos Las Puertas Umbra sin una llave hasta arriba de Éter —dijo, y tuve que situarme porque no esperaba el cambio tan repentino de tema.

—¿Como la de Connor?

—No. Como la de un Dorado.

Mencionar la esperanza tan a la ligera había sido un error.

—¿Y cómo demonios vamos a robarle una llave a Dorados que son letales, y que olerán la magia de este colgante a kilómetros?

—Ahora eres tú quien se está adelantando a los acontecimientos —ronroneó.

Una sonrisa torcida tiró de mis labios.

— Touché

.

—Tengo una idea, pero puesto que vives en un mundo de unicornios y arcoíris, no sé si va a ser demasiado tétrica para ti.

—Uno, hacer bromas y ser optimista no es exactamente vivir entre arcoíris. Y dos, después de tu maravillosa idea de regresar por el conducto de la mierda, creo que nada de lo que me digas podrá…

—Vamos a profanar tumbas.

—Sorprenderme —acabé de decir y cerré la boca, sus palabras tardaron unos segundos en alcanzarme—. Espera, ¿¡qué!?

Una sonrisa malévola se adueñó de su expresión. Estaba completa y absolutamente pirada.

—Tenemos que colarnos en la Cripta Eterna, donde entierran a los pocos Dorados que han fallecido hasta el momento, tal vez tengamos suerte y sus llaves sigan debajo de las túnicas.

—¿Tal vez tengamos suerte? —Mi voz sonó estrangulada—. Me siento supertranquilo con este plan, en serio, ¿qué podría salir mal? Saldremos con vida y superrápido de la Cripta Eterna

.