Capítulo 17
Jared
A punto estuve de sentir mariposas en el estómago cuando, rodeado de sombras, presencié cómo el Guardián disfrutaba de un encuentro íntimo con el suelo.
«Uf, eso tiene que doler».
Todas las cabezas cubiertas por capuchas blancas y rojas volaron en su dirección, en medio del amplio pasillo que separaba las dos filas de bancos frente al altar.
Los cantos sacramentales pasaron a un segundo plano por culpa del quejido de dolor que emitió, y durante unos segundos, la ceremonia se detuvo.
Las exclamaciones ahogadas que se perdieron entre los techos infinitos del templo de culto rompieron el tenso silencio.
El chico se incorporó con torpeza y miró a todos lados con el rostro marcado por la confusión, al mismo tiempo que cientos de Guardianes alzaban sus rostros para observarlo con muy mala leche.
El chico agachó la cabeza en señal de disculpa y con las mejillas ardiendo se escabulló hacia uno de los pocos bancos de madera que quedaban libres.
Me mordí el interior de la mejilla para aguantar una carcajada.
El coro de voces retomó la melodía espeluznante y el Maestro ya entrado en años que dirigía la ceremonia continuó con la lectura sobre el origen del todo y la nada por voluntad del Gran Hacedor.
Dejé escapar una risilla y continué con mi cometido.
Puede que hubiera alimentado mi buen humor a base de poner zancadillas a Guardianes que me recordaban al estirado de Connor —incluido este último—; puede que también hubiese derramado el café a otros cuantos y hecho desaparecer cada cartel de búsqueda y captura con mi cara o la de Zoey que encontraba a mi paso. Y puede, y solo puede
, que de un momento a otro fuera a perder la maldita cabeza después de tantos días sin ver el sol.
Suspiré y negué con la cabeza. No. Hoy iba a ser un buen día, teniendo en cuenta que estaba atrapado en el Abismo y rodeado de todos los seres que despreciaba, claro.
Gracias a Uriel podríamos llegar hasta mi hermana y ese ya era un motivo más que suficiente para reponer fuerzas.
Además, ya que mi aliada se empeñaba en ocultarse de mí, no me quedaba otra alternativa que divertirme un poco, algo adictivo puesto que podía tocarles las narices a los Guardianes como si fuera un fantasma.
Un fantasma de sombras, eso es lo que era gracias a los colgantes que nos había prestado Uriel.
«Solo debéis usarlos en casos estrictamente necesarios». Y yo estaba siguiendo su consejo al pie de la letra. ¿Acaso mantener mi cordura no era «estrictamente necesario»?
Mi psicóloga diría que sí.
Y yo siempre escucho a mi psicóloga.
El Dorado también nos había dado un reloj de arena que nos indicaría el momento en el que se abrirían las puertas al Atharav. Beatrice se lo había colgado al cuello, y a mí me había parecido bien porque lo último que me faltaba era una cuenta atrás que me pusiera más nervioso de lo que ya estaba.
Mi aliada había decidido que pasar de mi cara era una buenísima idea cuando lo que teníamos que estar haciendo era trazar un plan para atravesar las puertas hacia el Atharav.
No podíamos perder más tiempo cuando no sabíamos en qué estado podrían estar Zoey y el resto en manos de los Ignis.
Por eso me había escabullido hasta el templo.
Aproveché que la iluminación era tenue para deslizarme entre las sombras y localizar a mi objetivo de mirada peligrosa y lengua viperina.
Tardé menos de un parpadeo en hacerlo. Me quedé rígido al tiempo en que un pinchazo inesperado me atravesaba el pecho.
Estaba completamente sola. Nadie se había sentado a su lado, ni siquiera en los bancos contiguos.
«Eres muy raro, no puedes jugar con nosotros». Gestos de desprecio. «Vete de aquí». Rostros girados. «No quiero hacer el trabajo contigo, hazlo con tu hermana que es la única que te soporta». Risas. Muchas risas.
Las voces agudas regresaron con fuerza, como si las estuviera escuchando a escasos centímetros, como si volviera a ser un crío con ganas de hacer amigos nuevos, con ganas de encajar.
Aparté la vista de la Guardiana y apreté los puños, controlando la corriente de recuerdos que me atravesó.
La vida en el orfanato había sido… difícil.
Y si seguía luchando era por Zoey, siempre por ella.
Mi mente era una puñetera fiesta caótica porque cuando se apagaban las luces, las paredes se cerraban hasta aplastarme y la oscuridad se colaba hasta corromper cada sueño y recuerdo.
Por eso nunca apagaba la música. Por eso siempre bailaba.
Sacudí la cabeza y me deslicé por el banco hasta sentarme a su lado.
Pero antes de que pudiera abrir la boca en son de paz, Beatrice alargó la mano y me clavó una de sus zarpas en el muslo que, sin darme cuenta, había pegado al suyo.
No tuve tiempo de procesar lo cerca que estábamos y mucho menos el calor agradable que emitía su cuerpo. Di un respingo y me separé de ella.
«Joder con la Guardiana de los cojones».
—Tienes tres segundos para justificar tu presencia completamente innecesaria
en una sala llena de Guardianes —dijo con una suavidad amenazadora.
El conjunto de agudos y graves del coro escondió nuestra conversación.
—Es que… te echaba de menos —respondí con tanta intensidad como pude.
Se volvió hacia mí como un resorte y me miró con espanto.
—Venga ya. —Me reí—. No pongas esa cara, sabes de sobra que es mentira.
—Contigo nunca se sabe. —Frunció el ceño con desconfianza y devolvió su vista al altar.
Tenía razón, pero hasta esos extremos de locura no llegaba.
—La verdadera pregunta es qué haces tú aquí. —Me acerqué a ella y noté cómo cada uno de sus músculos se tensaba—. ¿Estás expiando tus enormes
pecados, Beatrice? —ronroneé en su oído, repitiendo las palabras que había dicho cuando la conocimos.
Más o menos.
Podría jurar que una pequeña sonrisa tiró de sus labios.
—Esta vez no. Como última medida desesperada he acudido a la fe para que me dé fuerzas para soportarte.
Arqueé una ceja.
—Acudir a Charles Smith para algo tan banal es una absoluta falta de respeto. El pobre está demasiado ocupado cumpliendo otros deseos, como el mío, por ejemplo. Llevo días pidiéndole que dejes de ser tan complicada. Si se lo pusieras más fácil, a lo mejor tendría tiempo para cumplir tus deseos.
Me pegó otro fuerte pellizco en el muslo, consiguiendo que volviera a alejarme de ella. Puesto que mi cuerpo estaba oculto por sombras, al menos tenía que concederle que tenía buena puntería. Su mano podría acabar por accidente en lugares mucho más… sensibles.
Reprimí un escalofrío al imaginarme el dolor.
—¿Quién demonios es Charles Smith? —siseó con la impaciencia tiñendo sus palabras.
—El Gran Hacedor, por supuesto.
Puso los ojos en blanco.
—Déjame tranquila, Jared. No tengo tiempo para tus tonterías.
Aquello me calentó la sangre, lo cual me jodió porque estaba de buen humor y hoy iba a ser un buen
día.
—Resulta que no puedo satisfacer esa necesidad ya que tenemos una maldita misión. ¿O es que ya no quieres salvar al aburrido de Connor? Que no sería yo quien te juzgara, pero me viene un poco mal que justo ahora hayas cambiado de opinión…
—Jared —me interrumpió.
—Dime, Beatrice.
—Cállate.
—No está en mi naturaleza hacerlo.
—Ni en la mía aguantarte.
—Bueno, pero no tienes más opciones, así que levanta tu bonito culo y vamos a hablar a algún sitio que no esté repleto de Guardianes devotos.
—No.
Su unión de letras favorita, junto con el listado selectivo de palabras que solo combinaba para insultarme, claro.
—Joder. —Casi gemí de pura frustración—. ¿Qué habré hecho en otras vidas para que me caiga una horrible maldición y encima tenga que trabajar contigo?
—Ser tú mismo, eso es lo que has hecho.
Eso me escoció, pero lo disimulé y me puse en pie.
—Mira que no quería recurrir a esto, pero… —endurecí mi voz— no me dejas otra opción.
Sintiendo la mirada abrasadora de Beatrice por todo mi cuerpo, me dirigí hacia el Maestro que encabezaba el rito de culto al Gran Hacedor.
Una pregunta me asaltó mientras valoraba mi siguiente movimiento: ¿por qué ella había podido sentir mi presencia, pero el resto no?
Imaginé que sería porque también poseía el mismo colgante que yo.
Seguí la ruta más alejada de los haces de luz que bañaban la estancia y, a pesar de que mi visión estaba nublada por las sombras que me envolvían, contemplé el lugar más opulento que había conocido del Abismo.
Suelos de mármol. Techos abovedados. Paredes arqueadas y talladas con símbolos que desconocía, pero que debían contar la historia del Dios al que rezaban.
Multitud de imágenes que representaban al Gran Hacedor y oro, mucho oro…
No me pasó inadvertida la ausencia de Dorados incluso en aquel acto tan formal.
Mejor para mí, de lo contrario me habría sido imposible utilizar el colgante de sombras ya que detectarían al instante la magia que contenía.
Todos los Guardianes mantenían las cabezas agachadas y no movían ni un pelo.
Casi parecía que no respiraban. Un escalofrío me recorrió al contemplar una escena tan inquietante.
Llegué hasta el altar cubierto por cirios, libros y otros artilugios como copas y joyas. A su derecha había una pila de Éter. ¿Qué pasaría si el mantel se prendía fuego y se quemaban todos los libros sagrados?
Había muchas probabilidades de que a Beatrice se la sudara por completo, teniendo en cuenta que odiaba a los Guardianes, pero había otra posibilidad de que me conociera lo suficiente para saber que no pararía de hacer chorradas hasta que se dignara a mover su bonito culo y contarme qué le pasaba.
Espera. ¿Otra vez? ¿Bonito? ¿Por qué sabía que era bonito? Tal vez se me hubieran ido los ojos alguna vez. O puede que más de una, para mi desgracia.