A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No. No podía volver a perseguir verdades.

Los seguí, esforzándome en calmar mi inquietud y examinando cada rincón del centro de Ígnea.

La capital del Atharav se moría, al igual que sus habitantes.

A juzgar por su complexión, a los niños los mantenían bien nutridos, cosa que no ocurría con los pocos ancianos que pude ver.

Les sobresalían las costillas entre la ropa andrajosa.

Un escalofrío de asco me recorrió al entender el motivo.

A los niños los necesitaban para, en un futuro cercano, luchar en las Anuales, pero los ancianos eran un gasto innecesario, por lo que ellos se llevaban la ración más escasa de comida.

Aria.

Frené en seco, todo se redujo a un segundo plano.

«¿Mamá?». Fue lo primero que pensé, pero era imposible, además, la sensación de esa voz interior era diferente a la que había sentido la última vez, sin embargo… una diminuta y estúpida chispa de esperanza se encendió. Fui incapaz de apagarla.

—¿Qué haces? Tenemos que irnos —espetó Fayna al percibir que me había detenido.

Unos gritos me salvaron de contestarle.

Los tres buscamos el motivo de la agitación y, cuando lo encontré, di un paso atrás en un gesto instintivo.

A escasos metros, un hombre alto y robusto nos miraba fijamente.

Lo primero que captó mi atención fue la máscara que simulaba la cabeza de un dragón, el traje de combate que mantenía la misma línea de colores oscuros y los guanteletes de cuero de escamas.

Automáticamente me vinieron a la mente las alas que el rey guardaba en la sala secreta.

No podía ser una coincidencia. La figura que se encontraba ante nosotros era imponente. Era… un Indómito.

Los Ignis huían de él. Nadie se atrevió a desafiarlo.

Creí que nos atacaría, pero se quedó muy quieto, limitándose a observarnos.

La máscara hizo imposible analizar su expresión, pero casi podía jurar que nos estaba escrutando a Killian y a mí, como si estuviera comprobando con sus propios ojos si el rey había encontrado a la llave que rompería la maldición.

Aguanté la respiración al ver cómo dos guardias se acercaban sigilosamente por detrás.

Alzaron las dagas en diagonal, apuntando hacia su cabeza, pero cuando iban a asestar el golpe de gracia, unas cuchillas largas y afiladas que simulaban ser las alas del dragón emergieron de los guanteletes del rebelde.

El Indómito se giró y, con un movimiento firme, partió a los guardias por la mitad.

Se deshicieron en cenizas y tuve que contener la arcada que trepó por mi garganta.

«¿Qué ha sido eso?».

—¡Corred! —exclamó Eidan.

—Quiero llevárselo al rey —contradijo Fayna, su pecho subía y bajaba con rapidez, y su cuerpo se inclinaba hacia el Indómito.

—¡Nuestra prioridad es ponerlos a salvo! —le recordó Eidan, y sus rasgos se endurecieron sin dejar rastro del chico blandito que parecía ser.

No hubo tiempo de más discusiones porque, para sorpresa de todos, el Indómito se dio la vuelta y se marchó con paso lento. Fruncí el ceño.

«¿Y ahora por qué se va? Dios, voy a volverme loca».

Fayna alertó a unos guardias próximos para que lo siguieran y retomamos la marcha.

Fue entonces cuando la voz resonó dentro de mí, esta vez más fuerte y clara.

Escabúllete a la panadería de la calle de atrás. Allí podremos reunirnos

.

El aire se me atascó en los pulmones. Miré hacia ambos lados con nerviosismo, pero nadie me prestaba atención. ¿Pertenecería la voz al Indómito? ¿Cómo era capaz de comunicarse conmigo?

Poseo todas las respuestas que en el fondo anhelas conocer

.

Una oleada de indignación me atravesó, ¿tan evidente era que lanzando ese anzuelo picaría a la primera de cambio?

Sin darle más vueltas, tomé una decisión. Por lo visto sí

era tan previsible.

Aproveché que Fayna y Eidan estaban convencidos de que no dejaría atrás a Killian, y emprendí la carrera hacia el ser misterioso que me prometía información que quizás necesitábamos para escapar.

Killian querría que me arriesgara, o eso me dije a mí misma mientras esquivaba a algunos guardias que ya me perseguían bajo las órdenes de Fayna.

Si algo tenía claro, es que regresaría con Killian; sabía que habría alguien esperándome de vuelta en el castillo.

Ya buscaría una excusa para esta breve escapadita en el camino de vuelta.

La explosión no había afectado a la zona que atravesé, pero estaba muy concurrida, con un tráfico abismal de carrozas e Ignis que subían y bajaban por la calle.

Posé la vista en los adoquines de piedra y me concentré en no pisarme el bajo del dichoso vestido al mismo tiempo que esquivaba a los transeúntes.

Como no llevaba una vestimenta muy discreta, me cubrí con un chal que encontré en el suelo, y eso consiguió fundirme más entre la multitud.

Con el corazón retumbándome en los oídos, busqué con desesperación el cartel que anunciaba la panadería.

Tras unos segundos de intenso nerviosismo, localicé el tablón de madera y casi me río al leer el grabado: «Panes amables». Bingo.

Empujé la puerta y me recibió el olor a pan recién horneado, vainilla y leña.

El horno de piedra estaba frente a la entrada, junto con los utensilios de cocina y algunas bandejas vacías.

Solo había una ventana, lo cual le daba al espacio un toque sombrío que me puso los pelos de punta.

Entré con cautela, sin saber que una presencia me acechaba.

—¿A dónde ibas?

Unos brazos robustos me rodearon por detrás con tanta fuerza que me dolieron las costillas. Miré sus antebrazos en busca de escamas de cuero, pero el uniforme propio de la guardia real descartó que se tratase del Indómito. Grité y me retorcí al sentir el contacto de una barba tiesa en mi sien.

—Shhh, calladita estás más guapa —me susurró al oído una voz grave, el hedor de su aliento me revolvió las tripas.

Me tapó la boca con su mano, húmeda por el sudor, dificultándome la respiración. El pánico se extendió por mi cuerpo al contemplar la posibilidad de haber caído en una trampa o de haber perdido la oportunidad de obtener información.

—Siempre igual.

Otra voz, una más melódica y fría se deslizó por las paredes.

Provenía de la esquina más alejada del local.

El corazón se me subió a la garganta por la expectación.

Tenía que ser él. Mi captor dejó de moverse y me aparté sin cuestionarme por qué se había quedado completamente rígido.

Justo cuando posé los ojos en su rostro desconocido, salió disparado contra la pared.

Cayó al suelo sin cambiar de posición, con los brazos formando un círculo y una expresión de desprecio destinada a mí.

Me puse en estado de alerta, me temblaban las piernas cuando me giré hacia el rincón oscuro del que emergió una figura con capucha. La estancia quedó iluminada por el fulgor de su capa.

Era un Dorado.

Desprendía el aura de autoridad propia de un rey, su altura me hizo inclinar la cabeza hacia arriba para intentar ver su rostro, pero era como si las sombras respondieran ante él y se hubieran puesto de acuerdo para ocultarlo.

Su cuerpo irradiaba oleadas de poder, tan tangibles que, si cerraba los ojos y me concentraba, podía sentir su tacto. Su presencia.

Di un paso hacia atrás.

—¿Quién eres? —pregunté con la voz ahogada.

—Ven conmigo, te esconderé en la Tierra y podrás llevar una vida lo más normal posible.

Abrí los ojos de par en par ante su propuesta y acto seguido desvié la mirada hacia la puerta raída, como si lo estuviera mirando a él

.

—No me iré sin mis amigos —respondí, cruzándome de brazos.

Debía mantenerme lo más entera posible, no podía mostrar lo mucho que me asustaba y fascinaba su presencia. Connor había dicho que eran seres excepcionales que apenas se dejaban ver; los encargados de dirigir las Anuales… de comunicarse con el Gran Hacedor.

—Me advirtió de que dirías justo eso. —Suspiró con una nota de fastidio y anduvo hasta mí.

«¿Te advirtió? ¿Quién?»—. Estarás encantada, entonces, de escuchar mi segunda opción.

Para escapar de aquí, tenéis que seguir este mapa.

—Me entregó un anillo de plata envejecida y, tras unos segundos de duda, lo cogí.

El material brilló y proyectó un mapa del Atharav.

Por poco lo tiro al suelo del susto—. Al final del Bosque de las Bestias se encuentran las puertas por las que se puede acceder tanto al Abismo como al Helheim y a la Tierra.

Las Puertas Umbra que los Ignis atraviesan para acceder a las Anuales cada año.

Solo tendréis una oportunidad para cruzarlas.

Dentro de un mes, como cada año, se realizará en el castillo el baile en el que los Dioses celebran su unión y, por ende, el nacimiento de los Ignis.

Los Indómitos atacarán el castillo esa noche, tendréis que aprovechar la oportunidad para escaparos.

Las puertas se abrirán para vosotros. No sé durante cuánto tiempo, pero si no las atravesáis, os quedaréis atrapados aquí para siempre.

La posibilidad de que eso ocurriera quedó suspendida en el aire, pero la ignoré y me centré en la vocecita que me susurraba que todo esto era demasiado bueno para ser real.

—Killian es un Ignis, no puede escapar sin más. Morirá en la Tierra —repuse, recordando la regla básica de la maldición.

—Escondí a tu madre durante más de veinte años, chiquilla. Puedo hacerlo con tus amigos y proteger a vuestros seres queridos.

«Es Uriel», pensé con el corazón a mil.

—¿Cómo sabes que esa noche los Indómitos entrarán en el castillo?

Me dedicó una larga mirada que me hizo tragar saliva y retener el impulso de retroceder.

—Yo lo sé todo.

Esa afirmación me produjo un cosquilleo de miedo y curiosidad en la boca del estómago, pero me obligué a no seguir preguntando. Tenía que llevar cuidado, al fin y al cabo, estábamos hablando de un Dorado .

Medité su oferta. Sabía que protegía el secreto de mi madre, así que me aferré a eso por mucho que a la hora de la verdad no hubiera podido protegerla. Quise reprochárselo, gritarle que debería haber estado ahí para ella, pero ¿cómo podría hacerlo?

Yo era la responsable de su muerte. Yo y mi insistencia en perseguir la verdad.

¿Estaba dispuesta a dejar atrás mi venganza para huir y esconderme en la Tierra? ¿Dejar a miles de Ignis inocentes para que se pudrieran en este infierno? ¿Acaso tenía otra opción? Los Indómitos habían matado a su propia gente, ¿por qué debería creer que no harían lo mismo con los humanos?

—¿Por qué me ayudas? —pregunté en cambio, sin molestarme en ocultar mi recelo.

—Eres la viva imagen de Antheia.

Me observó con algo parecido al cariño tras esos ojos vacíos y oscuros. Sin fondo.

Escuchar el verdadero nombre de mi madre en la boca de otra persona me hizo sentir aún más lejos de ella. Un nudo se apretó entorno a mi garganta. Uriel la conocía más que yo.

Y a pesar de que el miedo y mi parte más racional retenían con uñas y dientes mi deseo de saber más, se me escapó de entre los dedos.

—¿Por qué no les cuentas a tus compañeros lo que está pasando? El rey ha roto las reglas, ha asesinado a mi madre y nos ha secuestrado, eso debe tener alguna consecuencia. Tenéis que detenerlo.

—Nuestra regla más básica es no intervenir, es la única forma de no alterar el equilibrio.

—¡Pero si estás interviniendo ahora mismo!

—Alcé la voz. Apreté los puños. Ahora mismo mi regla más básica se estaba convirtiendo en darle un puñetazo a este imbécil cada vez que soltara una de esas respuestas ambiguas—.

¿Por qué ayudaste a mi madre? ¿Cómo pudo escapar de la Cueva Ishtar?

¿Qué fue lo que averiguó? —pregunté de forma atropellada y casi suplicante.

Estaba cara a cara con un muro de piedra y sabía que detrás de él se hallaban todas las respuestas. Respuestas que me daba pánico conocer, pero que en el fondo… ansiaba.

Se quedó callado un momento antes de que su voz adquiriera un matiz de advertencia que me puso los pelos de punta.

—Esa verdad te destruiría, Aria. Y no solo a ti. Destruiría el mundo.