A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Aria

Desde que me habían arrastrado al Atharav, tenía la sensación pegajosa de estar atrapada en un día nublado, en el último suspiro de vida antes de que todo se fundiera a negro. Sin embargo, en aquel momento, el reino vibró de la forma más espantosa posible.

Se acercó como nunca al infierno que había imaginado que sería.

Las llamas iluminaron el desfile y consumieron cada flor fabricada durante días por Ignis que se aferraban a la esperanza.

Los oídos me pitaban, cada sonido me llegaba amortiguado, pero, aun así, pude advertir el pánico en los gritos que me rodeaban junto con el movimiento frenético y caótico de los Ignis que corrían para ayudar y poner a salvo a sus seres queridos.

La neblina de confusión era como un peso que me aplastaba contra el suelo y me impedía actuar. Reuní todas las fuerzas que pude y me incorporé, sintiendo el corazón en la garganta, su latido cada vez más rápido.

Tosí. El humo hizo que me picara la nariz y me lagrimearan los ojos.

Respiraba de forma superficial y eso aumentó la sensación de mareo, por lo que apoyé los dos brazos en el suelo y, con la cabeza inclinada, repetí la simple acción de coger todo el aire que mis pulmones pudieran soportar para después expulsarlo con lentitud.

Mientras lo hacía, la cabeza dejó de darme vueltas y recuperé la capacidad de sentir cada una de mis extremidades.

Me senté, desorientada, y me froté los ojos para ver con más nitidez.

La realidad con la que me encontré fue como otra onda expansiva que me golpeó.

Ahogué un gemido de espanto. El cuerpo de Killian estaba tirado sobre la tierra, su traje hecho jirones y sus mejillas manchadas de ceniza.

Tenía el brazo estirado hacia mí, como si quisiera tocarme.

Un estallido de miedo me sacudió con violencia. Me quedé helada. El terror trepó por mi piel con garras afiladas, desgarrándome. Si llegaba hasta él y notaba su pecho inerte… Mi visión se llenó de puntitos negros y los dedos comenzaron a hormiguearme. No

. No podía entrar en pánico. Me levanté con las piernas como gelatina y, de repente, la imagen de los ojos sin vida de mi madre me dio una bofetada. Cerré los ojos con fuerza.

«No. Otra vez no. No. No. No. Por favor»

.

Corrí hacia Killian con un nudo en la garganta y, cuando llegué hasta él, me dejé caer de rodillas.

El alivio fue inmenso cuando sentí su corazón.

Latía con debilidad, pero latía. Con las manos temblorosas, acuné sus mejillas.

Estaba frío. Bajé las manos hasta sus anchos hombros y lo sacudí para despertarlo, pero seguía inmóvil, y después de la locura que había hecho…

—¡Que alguien me ayude! —grité con desesperación.

Por primera vez puse mi atención absoluta en el desastre en el que se había convertido la fiesta de las flores. Una celebración de esperanza que había estallado por los aires.

Jamás podría olvidar el alarido de dolor que había salido de Killian, tan intenso que incluso se sobrepuso al sonido del estallido.

No sabía cómo era posible, pero la energía de la explosión se introdujo dentro de él, protegiéndome a mí y a todos los Ignis que se encontraban tras nosotros.

Lo había conseguido, de no ser por él… Un escalofrío me recorrió la columna al ver el suelo cubierto de cuerpos inertes.

«Sería una más».

Me tragué una arcada de horror al ver la desorbitada cantidad de cuerpos tirados a segundos de reducirse a cenizas. Mujeres, hombres, niños. Me descubrí a mí misma sintiendo un dolor profundo por sus muertes. Eran Ignis, pero tenían sueños, inquietudes, recuerdos, familia… como los humanos.

Mi vista quedó fija en el vehículo del rey. Deseé que solo hubiera desaparecido él, pero la vida bailaba ajena a mis deseos, siempre en la dirección contraria.

Con el rostro desencajado y como si lo hubiera invocado con mis pensamientos, el Dios del Fuego dio un traspié al salir del carruaje oscuro.

Estaba ileso, a diferencia de la carroza, los soldados que lo custodiaban y cada Ignis que veía el desfile de cerca celebrando que ese sería el último año que tendrían que fabricar las flores.

Se me encogió el corazón al pensar en que jamás podrían pisar la Tierra, aquel hogar de vida y naturaleza con el que tanto soñaban.

¿Qué límites conocía la magia del rey para haber mantenido su piel impoluta y la corona firme en la cabeza ante la explosión que había arrasado la plaza?

El Dios del Fuego se quedó inmóvil, rodeado de humo, cuerpos resollando y escombros.

Se agachó y cogió una flor de vidrio que había resistido al ataque.

Sin despegar la vista del objeto, le dio vueltas en sus manos, hipnotizado.

Después, con un grito de puro dolor, la arrojó al suelo, rompiéndola en miles de pedacitos que se perdieron entre los restos de la explosión.

Parecía más humano que nunca. Quería a su pueblo, a su forma lo quería.

Entonces… ¿por qué solo se había protegido a sí mismo y no había reducido las consecuencias del ataque?

¿Había sido una prueba para que Killian se viera obligado a usar sus poderes?

Y lo que era más importante: ¿por qué había desatado la furia del Gran Hacedor rompiendo la única regla impuesta, aun sabiendo las consecuencias fatales que eso conllevaría?

Algo no encajaba.

Tras esa descarga emocional, se recompuso y volvió a cuadrar sus anchos hombros. Con ojos acerados, recorrió toda la carretera, todos los daños causados… Hasta que llegó hasta mí. Su rostro se llenó de sombras y sentí su acusación en cada extremo de mi piel.

Movió los labios con lentitud.

—Tú.

Corrió hacia mí como un león hambriento tras arrasar con su jaula, cegado de ira y de dolor.

—¡Yo no he hecho nada! —grité, rodeando a Killian con mis brazos en ademán protector.

Temía que descargara su furia contra él solo para hacerme daño, pero justo cuando estaba a centímetros de alcanzarme, una voz cortó el aire.

—¡Indómitos! ¡Han sido ellos! Se les ha visto por la zona.

El rey se quedó paralizado por un breve instante y giró la cabeza hacia el guardia que había soltado esa información. Su rostro se retorció con un odio visceral.

—Los quiero a todos muertos, excepto al Alfa, a ese lo quiero todo para mí —ordenó con un tono iracundo.

Antes de marcharse para dar órdenes a diestro y siniestro, exigió a Eidan y Fayna que nos escoltaran a Killian y a mí de vuelta al castillo.

Por la cara que puso su mano derecha, el cometido no le hizo especial ilusión, pero se tragó sus protestas y bajó la cabeza en señal de obediencia.

A lo lejos observé cómo un grupo de guardias se acercaba al rey para custodiarlo hacia un lugar más seguro, pero les hizo caso omiso y se fue corriendo hasta una pequeña Ignis que gritaba auxilio.

Se le había caído un trozo de viga encima de la pierna y lloraba desconsolada.

A diferencia de otros Ignis, el monarca no se molestó en extinguir el fuego.

Lo atravesó para llegar hasta la pequeña.

Sin apenas esfuerzo, la liberó, la cogió en brazos y la apretó contra su pecho para llevarla junto al resto de Ignis heridos.

Y así siguió, buscando a más supervivientes hasta que tuvo que atender a las exigencias de los nobles y las familias más importantes.

Me quedé atónita, no podía dejar de observarlo.

Fayna me sacó del trance al darme un empujón tan fuerte que me separó de Killian. Romper el contacto con su piel me hizo sentir… fría. Sola. Enfadada. Mis alarmas saltaron cuando la segunda del rey lo cogió sin delicadeza alguna.

—¡Eh! ¡Ten cuidado! Puede tener alguna herida interna o fracturas —le reproché, pero pasó el brazo de Killian por encima de su hombro y lo levantó sin medir su fuerza.

Eidan lo agarró del otro costado, pero con mucha más delicadeza. A pesar del ataque, cada pelo de la coleta estirada y azabache de Fayna se mantenía en su sitio, al contrario del chico, cuyos rizos cobrizos estaban despeinados.

—Está bien, solo necesita descansar —me dijo Eidan.

«¿El Triturador de Almas está intentando tranquilizarme?».

—Por desgracia no tendremos el placer de verlo morir —masculló Fayna.

—Te ha salvado la vida, a ti y a tu gente, podrías mostrarte más agradecida —espeté, casi enseñándole los dientes.

Me dedicó una mueca de desdén y comenzó a caminar con paso apresurado, Eidan me miró y se encogió de hombros como queriendo decir: «No le busques una explicación».

Por muy inofensivo que pareciera no podía infravalorarlo, sobre todo por el mote con el que se dirigían a él.

No creía que se lo hubiera ganado a base de sonrisas y gestos amables.

Arrastraron a Killian hacia uno de los carruajes que nos esperaba en la entrada más próxima al bosque, allí cogeríamos el camino que atravesaba la inmensa montaña hasta alcanzar el castillo.

Yo los seguí, intentando no perderlos de vista entre la maraña de gente que corría en dirección contraria, huyendo a sus hogares.

El caos era ensordecedor, las caras de los Ignis reflejaban horror y sorpresa, por lo que supuse que los Indómitos no solían cometer este tipo de masacres. ¿Por qué lo habían hecho? ¿Para matarnos a Killian y a mí? ¿Acaso no querían que rompiéramos la maldición?

Corrí para quedar al lado de los dos guardias y alcé la voz para hacerme oír entre el gentío.

—¿Y los Indómitos?

—Se están encargando de ellos —respondió Fayna con los dientes apretados, se notaba que le consumía la rabia por no estar haciendo eso mismo.

—¿Por qué nos han atacado?

—Harían cualquier cosa para acabar con el rey, incluso si eso significa asesinar a gente inocente —respondió Eidan antes de que Fayna pudiera detenerlo.

Killian tenía razón, la historia de los Indómitos con el rey podría aportarnos algo… Quizás sí estaba relacionada con las últimas palabras de mi madre en esa carta y con la extraña figura de la Diosa de la Tierra. Detuve mis pensamientos en cuanto advertí que estaba yendo demasiado lejos.