Capítulo 15 #3
Estaba hundida en su asiento, con el rostro un poco pálido.
Observaba la multitud con los ojos agrandados por la impresión.
A mí me ocurría lo mismo, solo que yo no podía apartar la vista de ella.
Llevaba un vestido largo de seda con una abertura imposible de ignorar en el lado derecho, la zona del escote estaba cubierta por flores de papel y los pétalos se arremolinaban conforme la tela caía por sus piernas.
Todo en tonos verde claro, el color de la vida. Estaba espectacular.
Pero la había visto brillar mucho más con el pijama de sandías que tanto me gustaba.
La tristeza que irradiaba me oprimió el pecho.
—¿Cómo estás? —pregunté, rompiendo el silencio raro que se había instalado entre nosotros.
Tenía las manos sobre la falda del vestido y se apretujaba los dedos con fuerza. Como no respondió, seguí su mirada levemente alzada, en busca de aquello que robaba su atención.
Uniendo los balcones de las calles paralelas, colgaban guirnaldas, todas con flores hechas de diferentes materiales y pintadas con colores apagados, pero colores, al fin y al cabo.
En una de las viviendas, advertí a dos niños jugando a hacer malabares con pequeñas bolas de fuego, su madre puso los ojos como platos al descubrir que los miraba y los regañó con cariño para que nos saludaran.
Los pequeños nos ofrecieron sonrisas radiantes y acto seguido retomaron su juego.
Me pregunté cuánto les duraría, cuándo empezaban a entrenar y a qué edad les obligaban a participar en la carnicería de las Anuales.
Me recordaron tanto a Eric que tuve que apartar la vista.
—Parecen tan normales… —musitó Aria, y cuando sus ojos verdes conectaron con los míos me fue aún más complicado elaborar una respuesta.
—Lo sé. —Fue lo único que fui capaz de decir.
—Vamos a dejar que se pudran aquí.
Un largo silencio siguió a sus palabras y los gritos de júbilo retronaron en mis oídos.
Pude ver la incertidumbre en su rostro, en la línea apretada de sus labios.
—Sí —respondí. Esa verdad nunca me había sabido tan amarga, y odié al Dios del Fuego por mostrarnos esta cara del Atharav.
Era mucho más fácil pensar que todos eran unos monstruos despiadados—.
Pero es culpa de su rey, si no hubiera traicionado al Gran Hacedor por pura avaricia, aún estarían viviendo en la Tierra, junto con nosotros.
Nos quedamos callados, cada uno lidiando con sus propias dudas, hasta que Aria pronunció otra de las verdades que caían sobre sus hombros.
—Miran a la llave que romperá la maldición. —Su voz sonó débil.
Busqué su mirada con la mía, pero estaba perdida, de nuevo, entre la masa que clamaba nuestros nombres.
—Eh. —Le sujeté la barbilla con suavidad, consiguiendo que me mirara. Después, endurecí la voz—. Yo veo a una chica muy guapa y cabezota, que es muchísimo más fuerte de lo que se imagina.
Sus mejillas se ruborizaron y eso provocó que una sonrisa torcida se extendiera por mi cara.
—¿Muy guapa? —Bajó la vista y señaló su vestido—. No sé qué parezco con este disfraz que me han puesto.
—Pareces una princesa —dije, y me fulminó con la mirada—. Una princesa muy gruñona
.
—Una princesa secuestrada. —Puso una mueca, aunque pude advertir un matiz de diversión en su rostro.
—Bueno, pero eso solo lo hace más interesante… —Bajé el tono de voz—. Además, no te están mirando a ti, listilla.
Puso los ojos en blanco y mi sonrisa se ensanchó.
Quise estirar ese momento de tranquilidad, pero no podíamos evitar la realidad.
Y si la única forma de hablar era en medio de un puñetero desfile, lo haríamos.
Fayna y Eidan, los guardias más cercanos del rey, caminaban siguiendo el ritmo de los caballos y de vez en cuando nos lanzaban miradas furtivas.
El chico, con rencor por haberle sacado información sobre la Diosa de la Tierra, y la segunda del rey, con un odio que era incapaz de entender.
Pero estaban lejos y con todo el alboroto que había era imposible que nos escucharan.
—Has estado entrenando —comenté de la forma más casual que pude.
Quería convencerla para que dejara a un lado su sed de venganza, pero tampoco estaba dispuesto a que eso nos alejara.
—Sí. —Mi cambio de tema la pilló por sorpresa, pero enseguida se recompuso—. Tenía que hacer algo, no podía quedarme más tiempo encerrada en la habitación.
—Podría haberte distraído.
—Ahora mismo soy la peor compañía, créeme. Terminaríamos peleándonos.
—¿Y cuándo no hemos discutido? —Alcé una ceja y me incliné un poco hacia ella, invadiendo su espacio personal. Mi voz se oscureció ante la imagen que acudió a mi mente—. Bueno, ahora que lo pienso… recuerdo que hubo una excepción.
Noté cómo dejaba de respirar y sus labios se quedaban entreabiertos por la sorpresa. Carnosos. Rosados. Húmedos. Una corriente eléctrica me sacudió y me revolví en mi asiento.
—Yo no recuerdo nada. —Su voz sonó estrangulada.
—Qué mentirosa. —Chasqueé la lengua y negué con la cabeza—. Estoy seguro de que encabeza tú lista de recuerdos favoritos.
—Te equivocas —me contradijo con rapidez, y alzó la cabeza en un gesto de desafío tan suyo que una sonrisa cálida se extendió por mi rostro.
Aquello la sorprendió, y al mismo tiempo provocó que se relajara un poco.
—No quiero distanciarme de ti —confesó en un susurro y me quedé muy quieto, a la espera de algo que intuía que no iba a gustarme—. Pero lo que ocurrió en la cueva no puede volver a repetirse.
Sabía que tenía razón, no podíamos distraernos y menos cuando desconocíamos hasta qué punto el hechizo de unión actuaba sobre nosotros.
Pero me rebelé ante mi sentido común.
—¿De verdad no quieres que se repita? —pregunté aún más bajo.
Vi algo en sus ojos que me encendió.
Le acaricié el dorso de la mano subiendo hacia su antebrazo con tal lentitud que se estremeció.
Sentí cómo su piel se erizaba. No se daba cuenta, pero de forma instintiva su cuerpo se sentía atraído por el mío.
Cada vez estábamos más pegados, y al mismo tiempo no era suficiente. Con ella nunca lo era.
—Es que…
Esperé a que acabara, pero parecía muy distraída por los movimientos suaves y circulares que mis dedos trazaban en su antebrazo. Una caricia inocente, o eso parecía desde fuera. Pero no lo era. Oh, desde luego que no.
—Continúa, por favor —pedí, con la voz más ronca de lo normal.
Carraspeó y se recompuso, cogiendo aire.
—Es lo menos sensato que podemos hacer, yo ya he cometido demasiadas estupideces y esto…
Con tanta rapidez que dio un pequeño respingo, me acerqué a su oído y me tapé la boca con la mano como si fuera a contarle un secreto que solo ella podía escuchar.
Pero en vez de eso, presioné mis labios donde latía su pulso, y le di un suave y húmedo beso que duró más de lo estrictamente necesario.
Jadeó y me tensé para contener la oleada de excitación que me golpeó.
Rocé su mejilla con la mandíbula cuando me retiré. Me alejé de ella y lo que vi en su mirada… Joder. Su pecho subía y bajaba con rapidez, podía escuchar el cambio en su respiración, en los latidos frenéticos de su corazón. Estrujó la tela del vestido con las manos.
Era el puto peor momento para ponerme cachondo, delante de miles de Ignis. Pero cuando estaba con ella perdía la puta cabeza. No había otra explicación posible.
—Killian —exhaló.
Su voz dulce y excitada pronunciando mi nombre fue demasiado.
Fingí que se me caía algo al suelo de la carroza y, una vez agachado, deslicé la yema de mis dedos por la parte de atrás de su pierna.
Con delicadeza. Arriba y abajo. Más arriba.
Tuvo que sentir la rugosidad de mis manos contra su piel suave.
Su respiración se volvió más agitada y abrió un poco las piernas. Para mí.
Quería colar mi mano debajo de su falda y descubrir si estaba mojada, lista para mí.
Quería que olvidara cada una de las miradas que se cernían sobre nosotros, que sintiera el primer roce contra el vértice de sus muslos.
Suave y agonizante. Para, segundos después, sacudirse contra el trono de flores bajo mis dedos, entrando y saliendo de su interior con movimientos rápidos y firmes.
Que olvidara nuestro destino entre oleadas de intenso placer. Quería más. Mucho más.
—N-No… No puede repetirse —consiguió decir, ajena a mis sucios pensamientos. Se aclaró la garganta—. Quiero matar a tu padre.
—¿Y qué? —gruñí, y mi aliento cálido le rozó la piel.
La observé desde abajo, sus pupilas estaban dilatadas. Nos sostuvimos la mirada durante unos segundos en los que tuve que contenerme como jamás lo había hecho para no besarla delante de los miles de Ignis que querían usarnos, que nos miraban. Lo iba a hacer.
De repente, mis sentidos se pusieron alerta, percibí un cambio ligero en el ambiente antes de que todo estallara por los aires. No pude hacer nada salvo lanzarme hacia Aria para protegerla con mi cuerpo.
Una onda expansiva nos hizo salir despedidos hacia atrás. Rápida y violenta. El sonido fue tan atronador que sentí que el cráneo se me partiría en dos.
Solté un alarido de dolor cuando cada una de mis putas células ardió. La energía súbita e intensa se coló dentro de mí y lo abrasó todo a su paso. Apenas sentí el impacto de mi cuerpo contra el suelo.
Abrí los ojos como pude y a escasos centímetros de mí vi a Aria tirada en el suelo, rodeada de gritos, humo y gente huyendo.
Alargué la mano para alcanzarla, pero cayó al suelo sin fuerza.