A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Todo cambió durante la mañana del tercer día.

La gota que colmó el vaso fue verla a través de la ventana de la biblioteca.

El cielo estaba encapotado y docenas de Ignis entrenaban con diferentes armas, pero mi vista, como un puñetero imán, se vio atraída hasta ella.

Tenía recogido el pelo en una trenza y llevaba un traje de cuero que se ajustaba a cada curva de su cuerpo.

Sentí su determinación férrea y en secreto la admiré por ello, aunque lo que tenía en mente fuera un puto suicidio.

Verla así, como una guerrera, me acojonó y al mismo tiempo me calentó la sangre, con todo lo que eso conllevaba.

Pero me enfrié en cuanto advertí que el guardia Ignis con el que entrenaba no se cortaba ni un pelo en poner sus manos en lugares que me hicieron querer bajar y apartarlo de ella.

«Respira, Killian. Solo la está instruyendo».

Apreté la mandíbula con la vista fija en ellos cuando vi que se colocaba detrás y la cogía de la cintura para ajustar su posición de ataque. Fue demasiado para mi puñetera cordura. Me alejé, soltando un gruñido casi animal.

No me reconocía. Estaba celoso de un puñetero Ignis al que Aria estaba utilizando.

Una punzada de miedo me advirtió de que las cosas estaban peor de lo que creía.

Los entrenamientos oficiales comenzarían el día siguiente, pero Aria se había adelantado, dispuesta a comenzar con su plan. Para bien o para mal, nunca se rendía. Y yo tampoco.

Ignorando la quemazón que sentía, retomé uno de los libros que hablaba sobre el Atharav.

Durante las horas interminables había estado acercándome a mi objetivo de averiguar qué escondía la Diosa de la Tierra y profundizar en la historia de los Indómitos para entender qué había dividido a un pueblo tan unido.

«Acercándome» era una forma de camuflar mi fracaso.

Estaba a nada de quedarme dormido encima de la mesa cuando leí algo que me despertó por completo. Todos mis sentidos se centraron en el final de la página.

«Su tesoro brilla con la misma fuerza que el latido de su corazón, para el Dragón, ambos son lo mismo. Y la fuerza que…».

Tuve la corazonada de que aquello era importante.

Las alas expuestas en la sala privada del rey pertenecían a un dragón.

A un dragón de verdad. Pasé a la siguiente página con rapidez, pero la emoción se transformó en frustración cuando me encontré con el índice de la escasa vegetación del reino.

Fruncí el ceño. Volví hacia atrás, pero la frase se cortaba ahí, hasta que me di cuenta de que era intencionado.

Faltaban hojas, a alguien le había interesado mucho esa parte del libro.

—¿Puedo pasar?

Me volví como un resorte hacia la puerta, hacia la voz firme y ronca que pertenecía a Connor.

Asentí. Era la primera vez que se dejaba ver desde nuestra «puesta en libertad».

Había cambiado la túnica roja de los Novicios por unos pantalones y una camisa parecidos a los míos.

Por lo que había dicho Jared, era poco mayor que nosotros, pero en esos momentos parecía que me sacara muchos años.

Su ropa estaba arrugada y tenía surcos oscuros debajo de los ojos.

—¿Y Zoey? ¿Cómo está? —me interesé.

A diferencia de Jared, nuestras personalidades encajaban más y había sentido simpatía por ella al instante.

Me había ayudado a recordar lo que era relacionarse con alguien, lo que era tener amigos.

Quería ser un apoyo para ella en estos momentos tan difíciles, pero tan solo me permitió entrar a su habitación en un par de ocasiones.

La primera se había limitado a llorar abrazándome y la segunda apenas me había mirado a la cara por mucho que había intentado que se desahogara conmigo.

Después de eso, me dijo que necesitaba estar a solas para pensar.

Al igual que con Aria, lo respeté. Esperaba que al menos Zoey sí estuviera buscando consuelo en el Guardián.

—Todo lo bien que podría estar dadas las circunstancias.

Hablar con Connor era hacerlo con una línea imaginaria en medio. Los límites que imponía eran casi físicos. Aun así, una parte de mí quería contarle mis planes, cualquier cosa que supiera podría serme de ayuda, pero ¿podía confiar en él?

Como las paredes eran de papel y estaba seguro de que el rey tenía oídos por todas partes, decidí meditarlo más tarde y buscar un lugar más seguro para hablarle de la Diosa de la Tierra y la carta perdida de Nora.

—Estaba leyendo un poco sobre el Atharav. —Señalé con la cabeza la pila de libros amontonada en la mesa raída—¿Habías oído hablar de los Indómitos?

Connor se acercó hasta mí y habló con cautela.

—Los Guardianes tenemos prohibido acceder a los destierros —me recordó, y maldije en silencio esa estúpida norma.

Si supieran todo lo que estaba sucediendo, quizás nos sacarían de aquí y toda esta pesadilla acabaría—.

Pero los Dorados utilizan las Anuales para recabar información y ponernos al día de todo lo que haya sucedido tanto en el Atharav como en el Helheim.

Los guerreros están dispuestos a hablar cuando se debaten entre la vida y la muerte.

—Su tono estaba desprovisto de emoción, como si aquello no fuera con él—.

En las últimas dos décadas, el término «Indómitos» ha estado muy presente.

Lo único que sé es que todo empezó por una traición.

—Vaya… Parece que todas las historias tienen una —dije, pensando en la maldición del Gran Hacedor—. ¿Crees que podrían… ayudarnos? —pregunté en un susurro casi inaudible.

—Que sean enemigos de nuestros enemigos no quiere decir que podamos confiar en ellos —su respuesta tenía un matiz de advertencia que ignoré por completo.

—Tenemos que averiguar dónde se encuentra el Bosque de las Bestias. —No pude resistirme, si él y Zoey venían con nosotros esa tarde a la fiesta de las flores, podrían ayudarme a averiguarlo.

—No creo que sea la mejor opción.

—¿Y según tú cuál es la mejor opción? —Entrecerré los ojos en un claro gesto de desafío.

—El rey vigila muy de cerca a Zoey, a la espera de que deje de ser una Incierta… Y si eso pasa y resulta ser una Kaelis… No quiero distracciones.

—Vamos, que tu increíble plan es esperar a que decidan matar o no a tu novia —mascullé—. De puta madre.

—No es mi novia —rugió, y algunos mechones se soltaron del moñito estirado en el que llevaba recogido el pelo.

—No, no lo es. Solo es una excusa para no tomar decisiones. —Le estampé el libro en el pecho—. Que te vaya bien cuando decidan matarla y no puedas hacer nada.

Me fui de allí con la rabia hirviéndome en la sangre. Entre la conversación con el Guardián y ver a Aria estaba de un humor de perros, pero más decidido que nunca a averiguar todo lo que pudiera acerca de los Indómitos.

«Querido padre… ¿qué escondes?».

En el Atharav no existía la primavera, pero durante la fiesta de las flores, casi podías creer lo contrario.

Según había leído, era la festividad más importante de todo el reino, y el castillo había acogido a numerosas familias influyentes de zonas alejadas de la capital.

En mis horas muertas pude ver la sucesión de carruajes con invitados que acudían a la celebración que, dato importante, se celebraba cuando la siguiente Anual se acercaba.

Simbolizaba la esperanza, lo mínimo que alcanzarían a ver si rompían la maldición: flores.

Esta vez, la solución a todos sus problemas iría en una de las carrozas del desfile. Aria y yo. La llave y la mano que la empuñaría. Sentí asco con solo pensarlo.

Cuando alcanzamos la calle principal donde comenzaba el desfile, me quedé rígido al ver la cantidad desorbitada de Ignis que nos esperaban a ambos lados de la carretera.

A nosotros. A ella. Después del baile, el rumor de la veracidad de la promesa del rey había corrido como la pólvora.

Al principio, las miradas estaban cargadas de curiosidad e incredulidad.

Se extendió un murmullo colectivo, pero cauteloso.

A pesar de los rumores, verlo con sus propios ojos era mucho más impactante.

Mujeres. Niños. Hombres. Sentía el peso de todas sus expectativas sobre nosotros y era…

aplastante. Tras unos segundos, su estado de perplejidad se rompió con gritos de alegría, brazos alzados, vítores y aplausos.

Incluso advertí rostros surcados de lágrimas.

Algunos Ignis lloraron al verla.

Tras un año odiándolos, fue desconcertante ver sonrisas de oreja a oreja, familias abrazadas y sobre todo percibir cariño entre ellos.

«Mierda».

El desfile estaba compuesto por Ignis que bailaban y exhibían sus poderes de un modo artístico, carruajes que repartían comida y otras necesidades básicas.

Me sorprendió ver que la leche y los pañales formaban parte de una celebración como aquella.

Las cosas debían andar muy mal en el Atharav si algo tan esencial se consideraba un lujo.

En la carroza más lujosa y brillante iba el rey, saludando a su gente.

Incluso se bajó en alguna ocasión para hablar con sus súbditos, lo cual me descolocó.

Seguro que formaba parte de su campaña para mantener en el poder.

Aparté la vista, deseando que este sufrimiento acabara cuanto antes.

Me recosté sobre el cuero de la carroza blanca y descapotada a la que nos habían ordenado subir a Aria y a mí, habían dibujado flores silvestres y los asientos parecían tronos, también cubiertos de flores falsas.

Como habíamos bajado hasta el corazón de la ciudad en carruajes separados, todavía no habíamos intercambiado ni una sola palabra.

Un silencio tenso llenaba el ambiente. No habíamos estado tan cerca desde la conversación en la que Aria había dejado caer muy poco sutilmente que no confiaba en mí.

Así que bueno, no es que estuviéramos en nuestro mejor momento.

La miré durante tanto tiempo que el torbellino que había estallado en mi interior se calmó. La tormenta que ella desataba, de un modo retorcido, era mucho más placentera.