A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Killian

—Algo me decía que estaríais aquí. —La voz grave y templada del rey retumbó entre las paredes, acabando con el silencio sepulcral que se había instalado en la estancia—.

Me temo que hemos empezado con mal pie. —Sacudió la cabeza con pesar—.

Y es bien sabido que la base de una relación reside en la confianza.

La cara de Aria al escuchar esas palabras era todo un poema, la boca casi le llegaba hasta el suelo, lo cual me hubiera parecido gracioso en otras circunstancias.

Yo, en cambio, observaba al rey atento a cualquier movimiento sospechoso, con un ojo puesto en él y otro, en la salida.

Se paseaba con las manos a la espalda, con una calma estudiada que activó todas mis alarmas.

Incluso el vaivén de sus pasos era elegante y soberbio.

Mantenía la expresión más afable que jamás había visto en él, lo cual me dio más mala espina que su derroche de arrogancia y altivez.

Era una vergüenza compartir genética con alguien que era capaz de soltar tal gilipollez.

—Es la cosa más sabia que has dicho hasta el momento. Te habría quedado mejor si no nos hubieras secuestrado y amenazado, claro está —apunté.

—Como ya he dicho, hemos empezado con mal pie —repitió lentamente, sin alterarse por mi provocación—. Y a consecuencia de mis actos, habéis acabado aquí, huyendo de mí y de un destino que os perseguirá por mucho que os escondáis en otras tierras.

—¿Y qué pretendes que hagamos? —inquirió Aria—. ¿Que te sigamos el juego como si nada después de todo lo que has hecho? —Se le quebró la voz justo al final, pero seguidamente endureció su expresión.

Una de las cosas que más admiraba de ella era su capacidad de mostrar cada emoción que sentía, pero yo tampoco querría que ese monstruo me viera vulnerable. Me acerqué más a su lado para que sintiera mi apoyo.

Fulminé a mi padre con la mirada cuando, incluso a través de la distancia y de las sombras, sentí cómo la estudiaba con sus sucios ojos. No me fiaba ni un pelo.

—Os he mostrado mi lado más oscuro como soberano, pero quiero que entendáis que es mi deber cuidar de mi gente —dijo, envolviendo su tono en una suavidad casi hipnotizante—.

Llevo una pequeña eternidad viendo cómo la esperanza se apaga, cómo mueren en las Anuales sin que pueda hacer nada para evitarlo… Es muy duro.

Pero su intento de que sintiéramos compasión por él fue en vano.

Me daba asco.

—¿Y todas estas riquezas? —señaló Aria con un gesto de rabia—. Quizá si las compartieras, tus súbditos menos pudientes tendrían algo que llevarse a la boca.

El rey se quedó quieto en medio de la sala. Sus ojos refulgían con una nota de advertencia que nos hizo dar un paso hacia atrás.

La atmósfera se volvió más pesada, más peligrosa.

—Soy el rey —sentenció, como si aquel fuera el argumento más extenso y sólido que se le hubiera ocurrido, pero titubeó, y tardó unos segundos en continuar—: Y como monarca debo presentar una imagen de poder y estatus para que me respeten.

Pero esta conversación no se trata de mí, sino de nuestra alianza.

—¿Ahora se llama alianza al secuestro? —pregunté, y una risa irónica salió de mi garganta—. Es admirable la realidad paralela que te has montado en tu cabeza para no cuestionarte tus acciones.

Ignoró sabiamente mis palabras.

—La diferencia es que yo veo el potencial en vosotros. —El gris de sus ojos brilló y su pecho se hinchó—. Veo lo que conseguiríamos si uniéramos nuestras fuerzas y evitarais gastar energía en dejar inconscientes a mis guardias.

Hice una mueca.

—Los he dejado echándose una siestecita en la alcoba real, no creo que tengan mucha queja de eso. —Una sonrisa engreída adornó mis labios y escuché a Aria reírse por lo bajo.

Paró enseguida, pero para mí fue suficiente.

Se aclaró la garganta y noté la intensidad de su mirada. Nuestros ojos se encontraron cuando fijé la vista en ella y durante unos segundos nos quedamos ahí. Mirándonos.

Cuando percibió que el momento se estaba alargando más de la cuenta, rompió el contacto visual, y por el estado de su voz, noté que se había puesto nerviosa. Me regocijé en mi interior por provocar esa reacción en ella.

—¿Y qué propones? —preguntó y al instante me puse en tensión. Más todavía.

No me gustaba ni un pelo su plan de acabar con el rey. Y conociéndola, su cabeza ya iba a toda hostia. Confiaba en sus capacidades, pero estábamos hablando de un puto Dios, y de una chica que acababa de descubrir sus poderes después de ver morir a su madre. Acabaría con ella.

Y después yo acabaría con él.

Me importaba una mierda que fuera mi padre.

—Comprendo vuestra posición, que estéis enfadados por los engaños y el destino de algunos de vuestros seres queridos —repuso el rey con reticencia, como si ponerse en nuestra piel le hubiera supuesto todo un esfuerzo y tuviéramos que reconocérselo.

Tenía huevos la cosa—. Pero la muerte se escurre entre mis manos y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta por salvar a mi pueblo.

Al igual que vosotros estáis dispuestos a hacer lo que sea necesario por vuestra familia.

—Clavó la mirada en mí—. Si trabajas para mí te permitiré visitar a tu hermano antes de la Guerra Anual.

Quien sabe cómo pueden acabar las cosas…

Un último encuentro antes de una batalla es un regalo.

Me quedé paralizado y el pecho se me comprimió al pensar en Eric, en su sonrisa inocente, sus burlas a Jared y su sueño de ser un superhéroe. El rey tenía razón, estaba más que dispuesto a hacer lo que hiciera falta por mi hermano, pero eso iba más allá de entrar en sus juegos.

—Y tú… Aria —Saboreó su nombre y sentí una punzada de ira—. Tengo algo que puede ser de mucho interés para ti.

—¿El qué? —preguntó ella de forma atropellada, con una mirada de recelo.

Le era imposible resistirse a la curiosidad. La cara del Dios del Fuego se contrajo con una sonrisa cargada de intenciones.

—Hasta que no vea resultados no puedo daros vuestra recompensa, pero como hoy me siento generoso te daré una pequeña pista.

—Hizo una pausa y la comisura de su boca se alzó con regocijo al ver su expresión nerviosa—.

Es una de las pocas conexiones que te quedan de tu antigua vida, así que espero que la cuides muy bien.

Sentí cómo Aria dejaba de respirar a mi lado.

Álex.

—¿Qué quieres que hagamos? —exigí saber con la impaciencia aleteando en mi estómago.

Me estaba tocando las narices esta conversación llena de intereses ocultos, por mucho que las cartas parecían estar sobre la mesa.

—Quiero que os preparéis para la última Anual, que entrenéis y aprendáis a usar vuestros poderes.

Quiero que liberéis a mi pueblo bajo mi mandato y que me sirváis de forma voluntaria, entregándoos a la causa —declaró, y sus rasgos simétricos y ridículamente perfectos parecían resplandecer ante la idea—.

Pero vamos a empezar poco a poco, como cada año, dentro de un par de noches es la fiesta de las flores, una de las festividades más famosas del reino.

Seréis la atracción principal, así conoceréis a vuestro pueblo.

Estoy seguro de que después de eso, veréis el Atharav como algo más que un infierno.

Lo dudaba mucho.

—¿Y si no lo hacemos? —planteé, aunque sabía la respuesta.

Era un recordatorio constante que me impedía dormir por las noches.

—Entonces Aria se quedará sin esa información y tú, sin tu hermano pequeño.

La rotundidad con la que lo dijo me hizo rechinar los dientes.

—Y así es como se establece una relación basada en la confianza.

—¿Aceptáis o no?

—Con una condición —propuso Aria. El rey asintió con aire interesado—. Nos dejaréis libertad por el castillo y soltaréis a Connor y a Zoey.

Ni siquiera se molestó en fingir que se lo pensaba, no le hacía falta. Todos sabíamos que tenía las de ganar.

—Está bien. ¿Veis como no ha sido tan complicado llegar a un acuerdo?

Hacer pactos con el diablo siempre era fácil.

Lo difícil era sobrevivir a ellos.

Habían pasado dos días desde que firmamos la tregua más frágil y ridícula de la historia.

¿A cuánto equivalía eso en tiempo de la Tierra?

¿Cuánto llevaba Eric lejos de mí? Prefería no pensarlo.

Me sorprendió que el rey cumpliera con su palabra, pero así fue.

Me dejó explorar la fortaleza sin restricciones, aunque los guardias no me quitaban el ojo de encima.

Creía que esa libertad me acercaría a Aria, pero no podía estar más equivocado.

Tras la conversación con el rey, evitó mi mirada y se marchó con un guardia que la acompañó hasta su dormitorio.

Lo hizo con los hombros rectos y el paso decidido. Su plan estaba en marcha.

Me dije que tras descansar vería las cosas con más claridad y me buscaría para trabajar juntos, pero nunca me había mentido a mí mismo y no iba a empezar a hacerlo ahora.

La realidad era que nuestros deseos estaban tan alejados que nos arrastraban en direcciones contrarias.

Y el dolor de una pérdida tan devastadora…

Te aislaba, yo más que nadie lo sabía; de no ser por Eric, seguiría siendo un ermitaño gruñón que huía de la gente.

Él había sido mi ancla.

Y me preocupaba que Aria no encontrara la suya.

Cada noche había paseado sin rumbo por aquellos pasillos tenebrosos que no conducían a ningún sitio, salvo que tuvieras un mapa mental de cada ruta, en lo cual ya estaba trabajando. Cada noche esperaba verla, pero me estaba evitando y, aunque me jodía, tenía que respetarlo.

Al menos, por el momento.