A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Jared

Me desperté en medio de un torbellino de caos, y fue el dolor de cada uno de mis músculos el que me puso en contacto con la realidad.

Agua. Armario. Traición de sangre. Uriel.

La vergüenza me invadió al recordarme a mí mismo rompiendo la única regla que me acercaba a mi hermana.

Había salido de mi escondite para defender a Beatrice.

Para defender a una Guardiana que me hacía la vida imposible. ¿Qué cojones me pasaba?

Me reconocía y al mismo tiempo no lo hacía, me sentía incómodo en mi propia cabeza, enredado en pensamientos que al Jared de hace unos días le habrían escandalizado.

Las palabras del Dorado ardían en mi piel con fuerza.

Ahora teníamos un nuevo objetivo, uno mucho más peligroso y exigente que requería cero fallos.

Beatrice me odiaba y yo la odiaba a ella, y en cada maldito plan algo se había torcido por culpa de nuestra enemistad.

Cuando se trataba de la seguridad de Zoey no podía permitirme distracciones, discusiones estúpidas ni pensamientos inapropiados.

Así que recogí las pocas cosas que me serían de utilidad y me dispuse a marcharme para continuar solo, ya pensaría dónde esconderme.

Uriel nos había proporcionado a cada uno un Amuleto de las Sombras para mantenernos ocultos y le había borrado la memoria a los imbéciles de que nos habían pillado, así que ya no necesitaba la ayuda de la Guardiana.

Como un fogonazo, acudieron a mi cabeza las palabras que le habían dicho: «El único ser que te soportaba te ha abandonado». La rabia me subió por la garganta al sentirme mal por marcharme. No le debía nada. Era un monstruo para todos, incluso para mí.

Fruncí el ceño cuando algo captó mi atención en el escritorio.

Un papel arrugado en mitad del orden impoluto de Beatrice.

Me acerqué con cautela y lo desdoblé. Dejé de respirar.

La cara dulce de mi hermana me devolvía la mirada.

Era uno de los carteles de busca y captura que había estado a punto de coger en varias ocasiones.

Ella lo había dejado aquí mientras dormía.

Se me encogió el corazón y una débil oleada de calidez lo recorrió.

Miré hacia la puerta por la que pensaba salir sin mirar atrás, más confuso que nunca.

Quizás Beatrice no era un monstruo.

Quizás solo era una fachada, al igual que mi estúpido sentido del humor.

Y en ese momento, supe que todo se había ido a la mierda.