A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Entre las rendijas del mimbre pude ver cómo Beatrice se deshacía de las sombras después de que algunos Novicios regresaran de la presa con cubos llenos de agua.

Los siguió y se internó en la cocina, escabulléndose entre los cocineros que preparaban el desayuno.

Podía vislumbrar parte de lo que ocurría en la cocina por la puerta entreabierta.

Las tripas me rugieron en señal de protesta al distinguir algunos alimentos como pan, fruta y leche.

Empezaba a impacientarme. Tenía tanta energía que solo Dios sabe lo que me costó permanecer encerrado. Busqué a Beatrice con la mirada.

Se mezclaba entre el resto de los Novicios como si fuera una más, acataba las órdenes de los cocineros, siempre oculta tras la capucha escarlata.

Tras un largo rato, imaginé que había logrado colar la nota a Uriel porque las bandejas tapadas marcharon hacia su destino y ella se dirigió hacia el pasillo de los armarios.

Repasé el plan. La Guardiana me cubriría con las sombras, fingiendo buscar un producto de limpieza.

Acto seguido, nos escabulliríamos delante de todos nuestros enemigos sin que se enteraran.

Pero si algo caracterizaba a mi vida, es que las cosas nunca resultaban tan sencillas.

Se me contrajo el estómago cuando percibí que algo iba mal. Un Novicio la seguía por detrás y quise advertirla, pero fue demasiado tarde. Afiné el oído.

—Vaya, vaya… Mirad a quien tenemos por aquí.

Tu olor es inconfundible. —Una voz grave y fría inundó la sala.

Todos se volvieron hacia el Guardián de metro noventa que agarró a Beatrice del brazo con exigencia.

Le dio la vuelta de un tirón y se acercó peligrosamente a su rostro—.

Si no recuerdo mal, tenías prohibido merodear por aquí.

Entonces le bajó la capucha revelando su rostro.

La cocina se inundó de exclamaciones ahogadas.

—Señorita Amber, ¿cómo ha llegado hasta aquí? Tiene prohibido el acceso a esta ala —la acusó uno de los cocineros. Habría unos veinte Novicios, y todos se habían congregado en un círculo alrededor del Guardián que la mantenía apresada.

—Lleva marcada la traición en la sangre, ¿qué podríamos esperar de ella? —soltó uno entre la multitud, a lo que le siguieron un corrillo de risillas despectivas.

—Cállate —escupió Beatrice, de ella emanaban oleadas de ira.

—Tengo que llamar a un Maestro —anunció el cocinero, que parecía ser el encargado del grupillo.

—No va a hacer falta, me han concedido un permiso —dijo la Guardiana de forma atropellada.

—¿Ah, sí? No he sido informado de ese cambio tan… llamativo. —El Guardián entrecerró los ojos, alzó un pergamino desgastado y lo ojeó sin prisa alguna—. Qué curioso, tampoco tengo apuntado tu nombre en la lista.

—Se les habrá pasado, últimamente están un poco… —Beatrice se aclaró la garganta—. Dispersos.

La burla implícita en sus palabras aterrizó como un cuchillo rompiendo la tensión que se acumulaba en el ambiente.

—Dale las gracias a tu amiguito Connor —repuso el cocinero, sus palabras estaban impregnadas de una crueldad estremecedora—. El único ser que te soportaba te ha abandonado por una mediocre Incierta, ¿se puede ser más patética que tú?

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que empezó a dolerme.

No me consideraba agresivo, excluyendo el momento en el que amenacé a Connor con partirle las piernas, pero…

un remolino de violencia despertó mis poderes de Incierto.

Quería acabar con el Guardián que hablaba de mi hermana con ese desprecio. Cogí aire.

«Cálmate, Jared. Cálmate».

—Yo sé de una que sí lo es… —añadió otro Novicio sin rostro, en esos momentos las ventajas que suponían las capuchas se desvanecieron.

Quería ponerle cara a cada uno de esos gilipollas.

La ira comenzó a calentarme las venas con mayor intensidad.

Apreté los puños al ver a Beatrice rodeada de aquellos matones que no se cortaban un pelo en insultarla y humillara, aun sabiendo que estaban en una posición clara de ventaja.

La fortaleza con la que la Guardiana se metía conmigo había desaparecido, y eso fue lo que más rabia me dio, que tuvieran el poder de anular a alguien como ella.

—Está bien. Me voy —Beatrice se retorció con más fuerza y exigió con voz temblorosa—: Déjame.

El Guardian sacudió la cabeza con lentitud.

—No, qué va. Tú no te vas a ninguna parte sin que antes recibas una lección por lo mal que te has portado colándote aquí.

—¿Pero qué dices? —Beatrice alzó la voz con un matiz de pánico—. Estás pirado.

—No decías eso cuando me tenías entre tus piernas.

El silencio que siguió a ese insulto fue denso, como una respiración sostenida.

«A la puta mierda todo».

Abrí las puertas del armario de un golpe, dejando salir una fracción de la furia que me recorría. Extraje la daga del cinturón e irrumpí en el círculo, abriéndome paso entre los Guardianes que me separaban de ella. Me puse al lado de Beatrice y apunté al asqueroso Novicio con la daga afilada.

—Quítale las manos de encima y cierra tu asquerosa boca antes de que lo haga yo —hablé con una calma letal que jamás había usado antes—. Y, joder, no sabes las ganas que tengo.

El rostro de Beatrice se contrajo de horror al verme. La sorpresa de mi aparición hizo que el Guardián aflojara su agarre y ella aprovechó el descuido para liberarse y colocarse a mi lado.

Al instante, el sonido del metal inundó la estancia cuando una veintena de hojas afiladas fueron desenvainadas con un movimiento coordinado y nos apuntaron con ellas. Por un instante me sentí en medio de una versión sangrienta de Step Up

.

La situación había dado un giro… complicado.

—¿Y tú quién coño eres? —rugió, examinándome con desconfianza.

La sala se llenó de murmullos. Beatrice aprovechó para mirarme con cara de no dar crédito: había roto la única regla que habíamos establecido. Sus ojos azules estaban llenos de sorpresa, y bueno, de un montón de promesas de muerte.

—Un momento. —Una voz más aguda se alzó entre las del resto—. ¿Ese no es el Incierto tocapelotas que está en busca y captura? Y pensar que los pocos Guardianes que pueden bajar a la Tierra están buscándolo allí…

Busqué a la responsable de aquel insulto, con la boca abierta por la indignación.

—¿En serio creéis que me parezco en algo a esa cosa? —Señalé mi rostro.

Beatrice me dio otro pisotón, esta vez mucho más fuerte.

Tenía razón. Tenía que empezar a callarme.

—¡Es él! ¿Cómo ha conseguido llegar hasta el Abismo?

—Su hermana también debe estar escondida por aquí.

—¡Les ha ayudado Beatrice! Pero ¿por qué?

—¡Están juntos y han querido vivir aquí escondidos hasta que su descendencia se revele!

Compartimos una mirada de consternación ante la acusación más disparatada de todas.

Con mucha diferencia.

Las acusaciones y dudas empezaron a desfilar sin control alguno, y fue en esos segundos en los que comencé a procesar la magnitud de la situación.

El error que había cometido al dejarme llevar por las emociones iba a costarnos la libertad.

Jamás podría perdonármelo. Fijé la vista en Beatrice, buscando en ella alguna señal que me dijera que aún existía alguna oportunidad de escapar, pero su mirada estaba…

Vacía, resignada. Y ese fue nuestro final.

—Pero ¿cómo lo ha conocido si no puede ir a la Tierra? —La pregunta flotó en el ambiente.

«¿Acaso no conocen los libros portal?».

—Dejaros de suposiciones y ¡apresadlo! ¡Apresadlos a los dos! —gruñó el Guardián.

Se acercaron hacia nosotros con lentitud, deleitándose al ver nuestras caras de angustia.

El corazón me latía con rapidez, preparando a mi cuerpo para hacer uso de toda la energía que disponía.

Nos pegamos espalda con espalda y ambos alzamos las dagas en un intento inútil de defendernos.

Podría usar mis poderes y Beatrice, manipular Éter como había insinuado que sabía hacer, pero seguíamos siendo dos contra veinte.

Ni siquiera yo era tan optimista como para creer que teníamos alguna posibilidad.

De repente, los pelos se me pusieron de punta y mis pulmones dejaron de coger aire. Una energía poderosa vibró en el aire y sentí cómo penetraba en mis huesos. Oliéndome, reconociéndome.

Parpadeé para dispersar la sensación de pesadez que tenía pegada al cuerpo. Pero nadie se movió, todos se quedaron congelados, iluminados por fulgor que no reconocí. Beatrice me miró con miedo, ella ya sabía el origen de aquello.

Si había alguna mínima posibilidad de que la situación se torciera aún más, lo haría.

Por supuesto que sí.

Una capa dorada apareció en la puerta por la que los Novicios llevaban el servicio a sus superiores.

—Espero que tengáis una buena razón para interrumpir mi descanso y armar todo este revuelo.

La voz era más leve que un susurro, pero la sentí como si me hablara al oído.

—¿Uriel? —preguntó Beatrice con un leve temblor.

Los Novicios que se interponían en su camino salieron disparados como como bolos tras un pleno. Sin embargo, al aterrizar en el suelo no hicieron ni un mísero ruido, como si en vez de lanzarlos los hubiera depositado con delicadeza.

—Un Incierto y una Guardiana trabajando juntos… —arrastró las palabras con languidez. Su aura emanaba puro peligro—. Jamás pensé que vería algo así.

Tragué saliva.

—Yo tampoco, la verdad.

Movió la cabeza como un depredador contemplando a su víctima.

—Me gustas, tienes agallas. —Su mirada pasó a Beatrice, entornando los ojos, también dorados—. Y tú, guardas secretos que todos creen conocer. Tengo curiosidad por descubrir qué pensáis que puede interesarme tanto para llamarme y creer que no voy a acabar con vuestra existencia.

La Guardiana dio un paso hacia delante.

—El único ser que consiguió escapar de la Cueva Ishtar y que tú escondiste entre los humanos está muerto. Y su hija, la llave que romperá la maldición, está en manos de los Ignis. Necesitamos tu ayuda para ir al Atharav y rescatarlos.

Contuve la respiración. Si en su día el Dorado tenía motivaciones ocultas para esconder a Nora, debería tener interés en alejar a Aria de los Ignis y mantener el statu quo

de la maldición. Pero claro, todo eran suposiciones bañadas en un deseo férreo de contar con una posibilidad.

El Dorado no se inmutó, se quedó quieto durante unos segundos inquietantes. Busqué en su mirada una pista de lo que pasaría a continuación, pero no revelaba nada. Era como mirar dentro de un agujero negro.

Podría ayudarnos o matarnos, ambas opciones pesaban sobre nuestros hombros.

Al menos, no se hizo de rogar mucho más. Chasqueó los dedos y cada rincón de mi visión se cubrió de dorado. El poder se coló en cada rincón y explotó en mi interior.

Desaparecí antes de contemplar la destrucción que había dejado a su paso.