Capítulo 13 #2
—Aunque me apene admitirlo, en realidad no he sido el único que te ha salvado la vida —dije, captando su atención—. Cuando estaba a punto de hacerte la mejor reanimación de la historia aparecieron unas luces y, bueno, prácticamente te las comiste.
Percibí la sombra de una sonrisa.
Pero tuvieron que ser imaginaciones mías.
—Éter —dijo, y puso una mueca de fastidio—. Y por supuesto que no me las comí.
—¿Cómo es posible que te hayan salvado?
—De forma instintiva, usé mi último aliento para manipular el Éter de nuestro alrededor y utilizar esa energía para curarme.
—Pensaba que el Éter solo estaba en los Guardianes y, en menor cantidad, en los humanos.
—En realidad está en todos nosotros —explicó—. Es la esencia de la vida, puedes encontrarlo en cada rincón del universo, pero los Guardianes somos los únicos que podemos manipularlo.
—Odio decir algo bueno de vosotros, pero, joder, qué pasada.
Los poderes de los Inciertos eran una basura comparado con esto. Además de aumentar los sentidos, la capacidad de curación y de crear energía con la que defendernos… No podíamos hacer mucho más hasta que se manifestara nuestra ascendencia. ¿A qué especie terminaría perteneciendo?
—Igual que los Ignis o Kaelis, unos somos más poderosos que otros —continuó la Guardiana—. Los Dorados tienen la capacidad incluso de manipular el Éter de cuerpos celestiales, por eso forman el Consejo y son los únicos que pueden supervisar las Guerras Anuales y comunicarse con el Gran Hacedor.
Además de percibir la verdadera naturaleza de alguien tan solo teniéndolo a unos metros. Ojalá pudiera preguntarle a un Dorado si me convertiría en un Ignis o un Kaelis. Odiaba la incertidumbre y esa era una duda que no me dejaba tranquilo.
—¿Nacen así?
—Todos nacemos con el mismo poder, la diferencia está en nuestra forma de desarrollarlo, y ser un Dorado es algo completamente excepcional.
—¿Y qué pasa si tienen hijos? —A la mierda fingir que no me interesaba.
Frunció los labios y me miró con los ojos entornados, sopesando si seguir dándome información era una buena idea.
—Bueno, en el caso de tener descendencia sí que nacerían con mucho más poder en su sangre, por lo que tendrían más probabilidades de convertirse en Dorados, con la formación adecuada, claro.
—Se acomodó contra la pared y se cruzó de brazos—.
Por esa misma razón está prohibido que nazcan hijos de Dorados, en el caso de que ocurriera se abriría un juicio y acabaría condenado a muerte por la desobediencia de sus padres al Consejo.
—Vamos, que se mantienen castos, porque imagino que, si no tenéis televisión, mucho menos tendréis preservativos.
—Aunque algunos Maestros los traen de la Tierra, aquí existen brebajes para evitar los embarazos no deseados.
—Ah, entonces no sois tan aburridos como pensaba —respondí con cierto humor, cada vez más relajado.
—No, no lo somos —ronroneó con la barbilla levemente alzada y un brillo perverso en los ojos que me aceleró la respiración.
Había belleza en su rostro lleno de picardía y desafío, tanta que mi sangre se aceleró cuando pasaron los segundos y sus ojos felinos siguieron fijos en mí.
Me aclaré la garganta.
—¿Y qué más sabes hacer?
Sonrió de lado, y su mirada brilló con satisfacción.
Movió los dedos con lentitud y miré a mi alrededor, expectante. No tardé en saber qué estaba haciendo. Extrajo el Éter de las antorchas, nos rodeó con él y sentí un agradable calor cosquilleándome la piel.
Al instante, se evaporó. Estábamos completamente secos.
—Mucho más de lo que puedas imaginar —dejó caer con picardía, pero seguidamente su tono se volvió serio—. Y ahora vamos, no hemos venido aquí para estar de cháchara.
Parpadeé.
Literalmente habíamos descansado cinco
minutos. Hasta entonces, habíamos estado un pelín ocupados sobreviviendo. Evité comentarlo en voz alta porque, por primera vez, habíamos mantenido una conversación civilizada sin insultos de por medio, lo cual era más asombroso que ver a Connor contar un chiste.
Un estridente sonido me salvó de pensar en el Guardián, pero el alivio no tardó en dar paso a la tensión.
La puerta chirrió con fuerza, el metal se arrastró por el suelo, avisándonos de que la tregua había llegado a su fin.
A juzgar por las últimas palabras de Beatrice, ella ya los había sentido acercarse.
Una corriente gélida se coló por la sala mientras que un puñado de Novicios entraban en ella, listos para empezar la jornada de servidumbre.
Me puse alerta y ellos se dirigieron a una puerta situada en la pared de enfrente, ajenos a nuestra presencia.
—A mi señal, me sigues —me ordenó Beatrice en un susurro casi inaudible.
Nos pegamos a la pared de forma coordinada.
Casi parecíamos un equipo. Casi.
Beatrice cerró los ojos y relajó su expresión, su gesto era de concentración absoluta.
Intuí que estaba atrayendo el Éter de la oscuridad porque poco a poco nos cubrimos de sombras hasta que resultó complicado ver entre ellas.
Me acariciaban la piel como serpientes, era una sensación inquietante y por un momento tuve el impulso de sacudir los brazos para quitármelas de encima.
Nos rodearon como si fuéramos uno solo, por lo que a mi compañera sí podía verla con claridad.
A lo lejos, se oían los murmullos de los Novicios, que no tardarían en salir del cuarto de enfrente.
Entonces me hizo la señal.
Me propinó un fuerte pisotón que por poco no me roba un gruñido. «Pero ¿qué…?».
—Con que ahora vamos a hacer ese
tipo de señales… —mascullé, fulminándola con la mirada—. Dejarme cojo en medio de una misión tan peligrosa es una forma muy fea de tratar a un compañero.
Esbozó una sonrisa dulce que ocultaba una cantidad indecente de veneno.
Por el amor de Dios, era insufrible.
Nos cubrimos con la capucha y bordeamos la puerta para atravesarla.
Durante el camino, agucé la vista, reteniendo todos los detalles posibles hasta que emergimos a un pasillo mucho más luminoso.
Por la arquitectura deduje que nos internábamos en una zona mucho más cuidada, las paredes no seguían con la estética natural del Abismo, si no que estaban cubiertas de ladrillos de piedra.
En ningún momento bajé la guardia. Tenía los músculos agarrotados de la tensión y cada leve sonido me sobresaltaba, pero no nos cruzamos con nadie.
El final del trayecto a las cocinas finalizaba con una hilera de armarios de mimbre pegados a la pared.
Nos detuvimos al alcanzar el más cercano a la puerta.
—Me aseguraré de dejarle una nota a Uriel —me dijo Beatrice en voz baja—. Mientras tanto, escóndete ahí dentro. Cuando vuelva a por ti nos cubriré con sombras y nos marcharemos.
Miré hacia el armario y después, de vuelta a la Guardiana. Fruncí el ceño, analizando sus palabras. Me invadió el recelo.
—No podemos regresar por el mismo conducto porque iríamos a contracorriente —dije, pero por su falta de reacción supe que ella ya había llegado a esa conclusión. Por supuesto que lo había hecho—. Espera un momento.
Mi cabeza daba vueltas en busca de algo que no cuadraba.
—Estoy esperando… —Se cruzó de brazos y una sonrisa burlona se adueñó de su expresión.
—No estarás pensando en serio en escaparnos por el conducto de la mierda.
—¡Sorpresa! —Suspiró de placer—. Todo ha merecido la pena solo por llegar a este preciso momento.
—Eres un puñetero demonio.
Apreté los dientes, sintiendo cómo el enfado me subía por la sangre. No por tener que bañarme en una piscina de desechos fecales —eso también, para qué engañarnos—, sino porque me lo había ocultado.
—Mmm, pero qué mono. No estoy acostumbrada a que me digan cosas tan bonitas.
—Más te vale que esto salga bien porque… —Puse una mueca—. Va a ser asqueroso.
—¿En serio? Yo llevo soñando con este momento desde el día que nací.
—Me lo creo.
—Cállate y no seas un puto estirado. —Su regocijo dio paso a la exasperación.
—Cállate tú,
porque te recuerdo que soy tu puto barco de vuelta —repliqué acercándome más a su rostro, y ella apretó los labios.
Nos desafiamos con la mirada, su respiración se agitó y las mejillas se le pusieron rojas de la rabia. Qué tierna. Si no fuera un ser infernal, claro.
—Nos estamos desviando de lo importante —siseó. Claro, qué conveniente decidir que ahora
nos estábamos desviando del tema—. No tardarán en llegar.
Inhalé y exhalé profundamente, aunque habría necesitado horas para que las ganas de matarla disminuyeran. Tendría que trabajar con eso.
—¿Dónde le vas a decir a Uriel de encontrarnos?
—Le diré que me cite en su despacho, es algo…
común para ellos, y de esa forma no levantaremos sospechas.
—Su tono perdió fuerza al decir aquello, pero se recompuso enseguida.
Señaló el armario—. Si ves que alguien intenta abrirlo sostenlo con fuerza desde dentro, pensarán que se ha atascado y cogerán lo que necesiten de otro de los armarios.
—¿Y si nos descubren?
—No lo harán, tú lo único que tienes que hacer es quedarte quieto —me advirtió con una suavidad letal—. Te lo digo en serio, ni se te ocurra salir porque nos condenarás a los dos. Y, en consecuencia, a tu querida hermanita.
Qué cabrona, sabía dar donde más dolía.
A regañadientes, me metí dentro del armario.
Lo último que quería era dejar la seguridad de Zoey en manos de una Guardiana que nos odiaba, pero no tenía más opciones.
Joder, cómo añoraba aquellos días de viajes interminables, colaboraciones con restaurantes y tiendas carísimas de moda, y fiestas que solo terminaban cuando el sol anunciaba un nuevo día.
Desde la distancia, con la única compañía de productos de limpieza, podía apreciar lo felices que éramos.
Aun cuando nuestro final nos esperaba con los brazos cruzados mientras un Guardián nos vigilaba.
Hablando de Guardianes, ya me jodería poder controlar el puñetero Éter y seguir necesitando un mocho y una escoba para limpiar. La idea era tan ridícula que me reí entre dientes.