Capítulo 13
Jared
Durante aquellos segundos de angustia en los que pensé que los pulmones me estallarían, me hice una promesa.
Si lograba salir de allí con vida incluiría en mi cuaderno de gratitud cada inspiración y exhalación, cada partícula de oxígeno que entrara en mis pulmones.
No volvería a dar por sentado la acción natural de respirar. Nunca. No después de esto.
Ahogarse era una mierda, una clase de dolor que jamás pensé que experimentaría.
Agónico. Sentía cómo mis órganos se retorcían al mismo tiempo que miles de agujas se clavaban en ellos.
Ardiendo. Una y otra vez. El dolor tenía garras y me arañaba la garganta con violencia, era tan intenso que deseé perder la consciencia, pero mi organismo, el muy traidor, seguía luchando.
El impulso de coger aire, aun sabiendo que el agua llenaría mis pulmones, era cada vez más fuerte.
Quise rendirme. Dolía demasiado y ya no aguantaba más.
Los párpados comenzaron a pesarme, la inconsciencia respondió a mis súplicas.
«Sí».
«Por fin».
Un estruendo familiar se mezcló con el pitido agudo que resonaba en mis oídos.
Me impidió sumirme en un sueño del que sabía que no despertaría.
No tuve tiempo de cuestionarme qué era o de dónde provenía.
La oscuridad se rompió y unas hebras de luz se colaron en mi campo visual.
El agua dejó de apresarme. El cambio fue tan repentino que solté a Beatrice y se escurrió de entre mis brazos sin que pudiera evitarlo.
Quedé suspendido en el aire durante unos segundos, tiempo suficiente para coger todo el oxígeno que mis pulmones fueron capaces de almacenar, se lo merecían por todo lo que habían aguantado.
Volví a caer, esta vez contra un muro frío que se rompió bajo mi peso.
Me hundí de nuevo en las profundidades, pero tenía más fuerza para subir a la superficie.
Nadé lo más rápido que pude hasta que logré sacar la cabeza y coger aire.
Conseguí orientarme cuando el oxígeno me llegó al cerebro y reactivó mis neuronas.
La presa. El túnel había desembocado en la presa donde los Guardianes recogían el agua para los Dorados.
Estábamos en la próxima parada de nuestro plan, solo que algunos más vivos que otros.
Mierda. Escudriñé mi alrededor buscando un bulto flotante que no tardé en localizar.
Estaba bocabajo, lo cual no era muy esperanzador.
Nadé hasta ella y le di la vuelta. Tenía el rostro un poco azulado, sobre todo en la zona de los labios. Su piel estaba muy fría y pálida.
La arrastré hasta una de las paredes. Un gemido de dolor se escapó de mi garganta cuando me la puse a la espalda, que sentía en carne viva, y usé todas mis fuerzas para escalar los metros de altura que nos sacarían del agua.
Menos mal que el tanque estaba prácticamente lleno, porque no podría cargar con el peso de Beatrice mucho más.
Con una mano la sostuve y con la otra me fui agarrando a la superficie de piedra.
Apreté los dientes para mitigar el dolor que me atravesaba cada vez que los salientes afilados de las rocas me desgarraban la piel.
Un pie. Otro pie. No miré hacia arriba, solo hacia la oscuridad que nos engulliría si fallaba.
No recuperaría la suficiente energía para intentarlo de nuevo. Solo tenía una oportunidad.
Y no estaba dispuesto a desaprovecharla.
Resbalé un par de veces, pero conseguí aferrarme a la pared.
Cuando salimos de la presa, me derribé sobre el suelo arrastrando a Beatrice conmigo.
Me sentía exhausto, cada músculo de mi cuerpo gritando por el sobreesfuerzo, pero no tenía tiempo para recomponerme.
Me volví hacia ella, que yacía inerte en el suelo y la puse de lado para que no se ahogase con el agua que había tragado.
Toqué su cuello para comprobar su pulso. Latía, aunque muy débil.
«Mala hierba nunca muere. Por algo era un dicho muy popular».
—Eh, lo hemos conseguido.
Le puse las manos sobre las mejillas y la sacudí con suavidad hasta que fue más que evidente que esa técnica de mierda no la despertaría.
¿Qué iba a hacer ahora? La única persona que podía encontrar a Uriel estaba más muerta que viva, y si me veía un Dorado, descubriría que soy un Incierto y, por lo tanto, un intruso en su secta de pirados.
El pulso bramó en mis oídos y miré a mi alrededor con nerviosismo.
No tardarían en llegar los primeros Guardianes, y como Beatrice no despertara nos verían de pleno, joder.
Volví a intentarlo, esta vez más desesperado.
—Vamos, ¡despierta!
Observé durante unos segundos su pecho, y el estómago me dio un vuelco cuando percibí que no se movía.
Había dejado de respirar. Una punzada de terror gélido me atravesó.
Debería haber atendido más en el curso de primeros auxilios en vez de suponer que mis poderes sobrenaturales me salvarían de llegar a estas situaciones.
Me coloqué encima de ella y entrelacé las manos a la altura del esternón, listo para hacerle la reanimación.
Vale, ¿eran quince o treinta comprensiones antes de llenar de aire sus pulmones?
¿Era muy imprudente si lo comprobaba a base de ensayo y error?
Inicié la maniobra, pero me detuve cuando advertí un cambio en el ambiente.
Desvié la vista hacia las diminutas partículas de energía que refulgían a nuestro alrededor.
Bailaron en el aire creando formas simétricas, acercándose hasta nosotros y rodeándonos de una luz dorada que reconocí.
Me aparté de la Guardiana cuando la luz se condensó, envolviéndola.
Entreabrió la boca y el pecho se hinchó, absorbiendo las miles de lucecitas flotantes.
Al instante, el tono enfermizo de su piel se vio reemplazado por su palidez habitual, las sombras de debajo de sus ojos desaparecieron y los labios adoptaron un color rosado.
Dio algunos espasmos, y tras una breve pausa se incorporó de golpe y comenzó a toser el líquido de los pulmones. Tardó largos minutos en expulsarlo.
—Nos van a descubrir cuando vean todo el agua que falta.
Arrastró la mirada hacia mí con pesadez, como si le costara mantenerse despierta.
—¿Dónde…? ¿Dónde estamos? —preguntó con la voz ronca.
—En la presa. Tu plan ha funcionado.
Sus ojos se agrandaron y observó el lugar donde el túnel nos había escupido. Tras hacerlo, clavó su vista en mí. De algún modo, consiguió borrar la expresión embobada que se te queda cuando casi te ahogas y adoptar una de fastidio.
—¿De verdad te sorprende?
Me quedé con la boca abierta. A continuación, la miré de arriba abajo; estaba tirada en el suelo, calada hasta los huesos y recién devuelta a la vida. Arqueé una ceja.
—¿Sí?
Puso los ojos en blanco.
—Vamos, tenemos que seguir.
Trató te incorporarse y cuando fui a cogerla se apartó.
Mi voz adquirió un tono serio.
—Beatrice, ¿qué ha pasado ahí dentro?
La pregunta quedó suspendida en el aire, espesando el ambiente. Ambos sabíamos que no me refería al casi
ahogamiento. Se había desmayado prácticamente cuando nos habíamos sumergido y eso solo podía deberse al pánico. Pero… ¿Por el agua? ¿O había algo más?
—Ya lo sabes, no necesitas que te lo diga. —Su tono fue más cortante que de costumbre.
—No, no lo sé. —La observé fijamente, como si así pudiera entenderla. Negué con la cabeza y dejé salir un suspiro de cansancio—. Y tampoco es asunto mío, pero deja de ser tan… terca. Y déjame ayudarte.
Se mordió el labio, indecisa. Parecía… perdida.
Casi tanto como yo en medio del Abismo acompañado por una de las responsables de que Zoey y yo tuviéramos una vida de pura supervivencia.
Tras meditarlo, cogió aire de forma profunda y asintió.
Me agaché para que pudiera pasarme un brazo por encima del hombro y la sostuve de la cintura.
Se levantó y sus piernas flaquearon, se habría desplomado de no ser por mi ayuda.
«De nada».
—Ahí nos podemos esconder —musitó, y noté cómo su cuerpo se tensaba.
Entrecerré los ojos para buscar el lugar al que se refería.
En frente de nosotros descubrí una puerta enorme de hierro, por la que supuse se accedería al ala de los Dorados, la única salida posible.
Al menos, si no queríamos darnos un agradable chapuzón de nuevo.
Al lado derecho de la puerta se situaba una sala cerrada por una verja, pero Beatrice no me guio hacia allí.
Fuimos hasta el lado contrario, del tal forma que, si abrían la puerta, quedaríamos ocultos tras ella.
Un poco arriesgado, pero no teníamos muchas más opciones.
Nos sentamos, apoyándonos sobre la pared, y nos concedimos un descanso. Íbamos a contrarreloj, pero teníamos que recuperar fuerzas y secarnos si queríamos continuar con el plan.
Vivos.
Rompí el silencio.
—Te he salvado otra vez.
Giró la cabeza y me lanzó una mirada de hastío.
—Si esperas que te dé las gracias…
—Solo espero que cuando sientas el impulso de tirarme un puñal a la cabeza o insultarme, tengas la amabilidad de recordarlo. Pero lo he hecho por pura conveniencia, no te equivoques.
—Ya, claro. —Una risa se escapó de sus labios—. No me hace falta conocerte mucho para saber que, a la hora de la verdad, no serías capaz de matar ni a una mosca.
—¿Y eso es algo malo?
No respondió al instante. Se mantuvo callada, con la mirada perdida en el agua.
—Aquí, sí —susurró.
Nunca había pensado en la vida de los Guardianes, no me interesaba saber nada de ellos excepto que eran unos monstruos por obligarnos a dejar a nuestras familias y borrar todos sus recuerdos, toda nuestra existencia.
Beatrice me provocaba mucho rechazo y reafirmaba que mi odio hacia estos seres estaba más que justificado, pero…
Despertaba mi curiosidad. Sobre los matices del Abismo y sobre los suyos.
Y eso me incomodaba.