Capítulo 12 #2
—¿Tanto te costaba decirme que no sabías nadar?
—Sí. —Y desvió la vista hacia otro lado.
—Vaya, vaya… Alguien odia desvelar sus debilidades —canturreé, y la mirada asesina que me lanzó me dejó un poco inquieto—. ¿Para eso me necesitabas? ¿Como tu barco particular para llegar hasta los Dorados?
—De nuevo, muy intuitivo.
Suspiré con rabia.
—Mira, si queremos trabajar en equipo tenemos que, como mínimo, contarnos los planes y no ocultarnos información importante. Y más cuando casi te cuesta la vida, que no es que me importe, pero sería una putada quedarme solo en este infierno lleno de dobles de Connor.
Un escalofrío trepó por mi espalda.
Beatrice ignoró la ofensa a su queridísimo amigo y reconocí arrepentimiento en su expresión. O eso pensaba, porque desapareció tan rápido que quizá fueron imaginaciones mías.
—Tenemos que seguir este túnel hasta que desemboque en la presa de donde extraen el agua limpia que utilizan exclusivamente los Dorados —concedió, y al instante me puse en movimiento a favor de la corriente—.
Cuando lleguemos no habrá nadie, pero contamos con el tiempo justo antes de que los primeros Guardianes empiecen a trabajar.
No hay otra forma de acceder a su ala, no sin que nos paren y sometan a un interrogatorio que no pasaríamos ni en nuestras mejores pesadillas.
«¿No sería “ni en nuestros mejores sueños”?».
—Yo tengo mucha labia —protesté, provocando que pusiera los ojos en blanco—. Y tú… Bueno, tú eres una Guardiana, dijiste que algunos Novicios van para hacer tareas menores, ¿no podías haberte ofrecido voluntaria?
—Yo tengo prohibida la entrada —confesó entre dientes, y añadió rápido—: No preguntes.
—Vale —accedí, pero casi tuve que morderme la lengua para no hacerlo—.
Hasta ahí bien. Accedemos al ala de los Dorados a través de la presa sin que nos pillen y fingimos que estamos allí porque nos han convocado.
Dejamos la nota en clave donde citamos a Uriel para que nos ayude.
Todo eso con la esperanza de que nadie sospeche y el mensaje caiga en las manos equivocadas.
—Hice una pausa y fruncí el ceño—. Un momento, ¿no es más fácil buscarlo directamente?
—No, no es más fácil si no sabemos qué aspecto tiene.
Además, es demasiado peligroso acercarte a uno de ellos, de hecho, es mejor que te quedes escondido en algún rincón.
Los Dorados son los únicos Guardianes que son capaces de oler la sangre, en cuanto estuvieras a menos de dos metros de ellos descubrirían que eres un Incierto.
—Abrí la boca para replicar, pero la voz de Beatrice se llenó de determinación—.
Yo sé cómo funciona esto. Cada Novicio le prepara el desayuno a un Dorado, así que me ocultaré entre ellos y buscaré la bandeja de Uriel.
—¿Y cómo tienes toda esa información si nunca has estado en el ala de los Dorados?
—No preguntes.
—¿Y no van a pillarte en cuanto te vean ahí? —cuestioné, cada vez más receloso.
—Está prohibido hablar. Además, la capucha me tapará la cara.
—Eh… Vale. Y ahora, para seguir fortaleciendo nuestra alianza, ¿podrías, por favor
, contarme de dónde has sacado los planos?
—No.
La negativa se escapó de su boca con tanta rotundidad que no daba lugar a réplica.
Qué pena que me la sudara.
—Beatrice.
Nos retamos con la mirada durante unos segundos.
—No voy a decírtelo, Jared
. Así que no insistas. No es importante que lo sepas. —Se removió contra mí, incómoda de repente.
¿Era por lo cerca que estábamos el uno del otro? ¿O por el tema de los planos?
—Si quieres, puedes agarrarte a mi espalda, así estarás más cómoda —propuse por si acaso, y arrugó la frente ante mi gesto de amabilidad.
Sin rechistar —todo un logro para ella—, se subió a mi espalda.
Joder, mucho mejor. Por muchas razones que prefería ignorar. Me avergonzaba no poder controlar cómo mi cuerpo reaccionaba ante el suyo. Quería gritarle: «¡Que es una Guardiana y está chiflada, joder, compórtate!». Pero él se limitaría a decir: «¿Y qué? Está buena».
Casi gruñí. Casi.
—¿Estos túneles recorren todo el Abismo? —pregunté, y asintió—. ¿De dónde sacáis el agua?
—Algunos Kaelis poderosos nos ayudan con ese problemilla, al igual que los Ignis con otros. Aunque las especies estén separadas, su unión forma el equilibrio y nos necesitamos las unas a las otras.
—Vaya… Con que eres de las que se sientan en primera fila en clase —dije con voz burlona.
—Tú pareces de los que se sienta en última fila a escribir notitas y hacer el payaso.
Me encantó darle en los morros.
—Pues fíjate que te equivocas.
—Y tú también.
—Soy muy inteligente —me defendí, y de su boca se escapó un sonido de incredulidad—. Mi expediente académico es intachable, todo lleno de sobresalientes, excepto en matemáticas. Aprobé porque, como ya he dicho, tengo mucha labia.
—Me sorprende que te describas a ti mismo como inteligente cuando has cometido semejante idiotez en los pasillos.
Supe que se refería al cartel con mi cara.
—Me parece una falta de respeto que alguien pueda llegar a pensar que ese ser
soy yo.
—¿Es inteligente arrancar y tirar al suelo tu propia foto de búsqueda y captura en medio de los Guardianes que desean apresarte? Tiene que ser evidente, incluso para ti, que no.
—No es justo ignorar toda mi inteligencia por eso —me quejé—. Además, aseguraste que nadie nos prestaría atención, y más cuando creen que estamos en la Tierra, huyendo de ellos como tantas veces hemos intentado.
Su voz estaba cargada de desprecio.
—Eres tan… impulsivo y…
—Yo prefiero llamarlo espontáneo. Y relájate un poco, por Dios. No nos han pillado.
—Pero podrían haberlo hecho.
—Al igual que el plan se puede ir a la mierda si ocultas información tan básica como que no sabes nadar cuando tenemos que atravesar un puñetero túnel lleno de agua.
—Alcé la voz, cada vez más cerca de perder los nervios—.
No puedes ponerte siempre en la peor situación, porque entonces dejarás de vivir la realidad para vivir dentro de tus miedos.
Se quedó inmóvil y tardó unos segundos en reaccionar. Fue la única señal de que, de algún modo, mis palabras la habían afectado.
—Tú tampoco puedes vivir siempre en ese mundo de chorradas.
Apreté la mandíbula hasta que los dientes me chirriaron. Todo rastro de humor se esfumó de mi voz.
—Yo no dejo que me trague la oscuridad.
—Y yo no dejo que me ciegue la luz.
El silencio se extendió por los túneles, pero se alejaba mucho de resultar cómodo.
Era denso, pesado y cargado de tensión. Una ira silenciosa que bullía a fuego lento.
Durante unos minutos, solo se oyó el flujo del agua junto con la mezcla de nuestras respiraciones.
Hasta que la diabólica Guardiana lo rompió.
—Trabajar juntos es la peor decisión que hemos podido tomar.
—¿Sabes qué? Tienes razón, a partir de ahora tú vas por tu lado y yo, por el mío.
Hice amago de soltarla. Al instante, sus brazos se apretaron en torno a mis hombros y sus piernas me rodearon con más fuerza las caderas. Me reí con satisfacción.
—Ya, eso pensaba.
Me dio una patada en la parte superior del muslo.
—¡Eh!
—Aún puedo apuntar mejor y darte en tus partes más preciadas, así que estate calladito.
—¿Mis partes más preciadas? —Alcé una ceja y una sonrisa amplia se abrió paso por mi rostro—. No sabía que para ti eran preciadas, Beatrice.
—Eres un imbécil.
En efecto, listado selectivo de palabras que solo combinaba para insultarme.
Bueno, al menos había salido del estado apático y regresaba a su habitual personalidad irritable y poco asertiva, lo cual era… ¿un alivio?
De un momento a otro, el túnel se inclinó de tal forma que mis pies dejaron de tocar el suelo.
La corriente empezó a coger velocidad. Se volvió más rápida.
Violenta. Sin un punto de apoyo y con el peso de la Guardiana a mi espalda, me fue imposible mantenernos en la superficie, por lo que el agua nos engulló.
Beatrice se movió hasta quedar de nuevo frente a mí, aunque era difícil diferenciar algo a través de la negrura del agua.
Volvió a rodearme las caderas con sus piernas y con un brazo la pegué a mi costado.
Descendí hasta tocar el suelo, flexioné las piernas y de un impulso salimos a la superficie.
Recuperamos el aire y compartimos una mirada de temor por el repentino cambio del curso del agua.
La corriente era despiadada, por lo que no pude apoyarme con los pies y nos arrastró como si fuéramos un maldito barco de papel a la deriva.
Las piernas y los brazos me gruñían por el esfuerzo, pero tenía que aguantar.
La oscuridad se había espesado y me concentré en mis sentidos, aguzados gracias a mi condición de Incierto.
Cada músculo de mi cuerpo estaba en alerta, lo cual no era buena señal.
Entrecerré los ojos y tras unos segundos percibí rugosidad en las sombras.
Pero ¿qué…? Mi pulso se desbocó al saborear un peligro desconocido.
Hasta que dejó de serlo. A escasos metros, el conducto del túnel se estrechaba de forma abrupta, como si de un embudo se tratase.
Y nosotros íbamos directos a estamparnos contra la pared rocosa con una velocidad que dejaría nuestros cuerpos hechos papilla.
—¡Cuidado! —grité, y nos hundí lo máximo que pude.
De forma instintiva, rodé hasta que Beatrice se quedó debajo de mí al atravesar la boca del conducto estrecho. Me tragué un alarido de dolor cuando sentí cómo la roca me rasgaba la espalda.
La sostuve contra mi costado con un brazo y con el otro palpé el techo de piedra, con tanta desesperación que me llené de arañazos las manos.
Me calmé lo suficiente para invocar una bola de energía.
Necesitaba ver algo entre la espesura del agua.
Pero lo único que alumbré fue el destino oscuro que nos esperaba.
El agua lo inundaba todo. Busqué la mirada de Beatrice, que estaba más quieta de lo que habría esperado en una situación tan límite.
Me quedé sin aire al encontrarme con sus ojos.
Estaban idos y, al mismo tiempo, eran una puñetera tormenta.
Su rostro era la viva imagen de la desesperación.
De repente, comenzó a temblar con tanta fuerza que supe que no era un mecanismo para entrar en calor, era algo mucho más profundo.
La cogí de los antebrazos. Mierda, estaba helada.
Le pregunté con la mirada qué le estaba pasando —aparte de ahogarse, claro—, pero no pudo decirme nada.
Cerró los ojos con fuerza hasta que los espasmos cesaron.
Se quedó inerte en mis brazos, bocarriba.
Desvié la vista, buscando a mi alrededor alguna solución.
Pero a lo lejos no había nada. Ninguna luz al final del túnel.
La muerte era lo único que nos esperaba, esta vez, más cerca que nunca.