Capítulo 12
Jared
Frené en seco y me gané un par de insultos por parte de los Guardianes que caminaban detrás de mí.
Mucho servir al Gran Hacedor y guardar el equilibro, pero eran unos maleducados.
Igual que mi compañera, cuyo vocabulario consistía en una selectiva lista de palabras que solo combinaba para insultarme.
Con el resto tampoco es que fuera precisamente maja.
Escondido en el baño como si fuera su amante, escuché cómo despachaba de muy malas maneras al Guardián que había tocado la puerta con ganas de pasar un buen rato con ella.
Además, desde que nos habíamos colado en la procesión nocturna de Guardianes, nadie se le había acercado para hablar, tan solo le echaban miraditas furtivas que no entendía.
Amistosas desde luego que no eran. Se tensó al notar que me había detenido y con un movimiento sutil de cabeza me instó a que continuara caminando.
Sus ojos irradiaron ira al ver que pasaba de ella.
Algo había captado mi atención.
Un boceto de mi cara estaba colgado en una de las paredes rocosas del Abismo. El clavo, justo en mi ojo derecho.
«¡No me jodas!». Yo era muchísimo más atractivo que el Jared a carboncillo que algún Guardián con manos de mantequilla había dibujado.
Encima estaba superserio, y si algo me caracterizaba era mi increíble sentido del humor.
Abrí los ojos de par en par al leer la palabra que algún graciosillo me había escrito en la frente: «Idiota».
Analicé la orden de captura con la indignación calentándome la sangre.
Hasta Eric me habría dibujado mucho más guapo, y eso que tenía seis años.
Aunque seguro que me habría dejado sin pelo, el muy listillo.
Una punzada de ternura me atravesó el pecho al recordarlo.
Cogí el cartel de un tirón y lo arrugué. Después, lo tiré al suelo.
Me importaba una soberana mierda la contaminación del Abismo.
Que se jodieran todos.
Beatrice, con una mirada de furia y todo el disimulo que pudo, tiró de mi capa de Novicio para que continuara.
Era mucho más alto y corpulento que ella y, aun así, consiguió que me moviera.
Anduvimos ocultos entre los Guardianes, siguiendo la ruta que habíamos memorizado en la habitación.
Derecha. Izquierda. Derecha. Otra vez a la derecha.
Después de lo que me parecieron horas cogiendo diferentes desvíos por el laberinto subterráneo, localizamos la rejilla de hierro.
Estaba a la sombra, en una bifurcación sin salida del pasillo principal.
Remoloneamos hasta que los Novicios del turno nocturno se dispersaron, cada uno centrado en una tarea: preparar las salas de entrenamiento para la jornada siguiente, la comida, la capilla de oraciones, las lecciones con los Maestros…
Beatrice no me había dado más detalles, pero me aseguró que no nos prestarían mucha atención.
Allí la confianza entre hermanos era ciega, y a pesar de que me buscaban, no se esperaban que estuviera entre ellos.
Durante todo el trayecto me controlé para no arrancar cada cartel con mi cara horripilante y guardarme alguno de mi hermana, que también estaba en busca y captura.
A ella sí la habían dibujado tan bonita como era.
Me esforcé por dejar a un lado el dolor que me asfixiaba cada vez que pensaba en ella.
Tenía que concentrarme en la misión o acabaríamos peor de lo que estábamos.
Lo cual no era muy difícil, gracias a los Ignis psicóticos y a la presencia tan agradable de mi compañera de aventuras.
El pasillo, por fin, se despejó. Vigilé que estuviera libre de Guardianes, ocultando a Beatrice con mi cuerpo mientras por el rabillo del ojo advertía cómo extraía la daga de su cinturón.
Levantó la rejilla del suelo haciendo palanca con el arma y cuando lo hizo, se quedó inmóvil, con los ojos clavados en lo que hubiera ahí debajo.
Cogió aire profundamente. Parpadeó varias veces y alzó la vista hacia mí.
Estaba más pálida de lo habitual, lo cual me extrañó.
Endureció su expresión al ver mi ceño fruncido.
—Tú primero —ordenó con voz gélida.
Desde que había regresado con los planos del Abismo, estaba ausente.
La mirada, más turbada, y tampoco me pasó por alto la rigidez de su cuerpo.
Había hablado lo justo, dándome un par de instrucciones y poco más.
No me había insultado. Y que eso fuera el mayor indicio de que algo le ocurría…
En fin, otro indicador del buen equipo que formábamos.
Quise saber cómo había conseguido los planos, pero su única respuesta fue un largo, extenso y detallado gruñido.
Hasta las babosas se comunicaban mejor que ella.
—Tú primero.
—Ni de coña —respondí, y me volví por completo hacia ella.
La señalé con un dedo de forma acusatoria—.
No me has contado una mierda del plan, ni siquiera me has dicho de dónde has sacado los planos y mucho menos para qué quieres que vaya contigo si mi cara está por todo el Abismo.
Es alucinante que sea yo el que lo diga, pero es peligroso…
Se puso de pie de un salto.
Sus ojos se desviaron a mi espalda y su rostro desencajado despertó todas mis alarmas.
—Viene alguien, ¡corre! —Me empujó hacia la rendija.
No dudé. Si veían mi cara, estaríamos acabados, mientras que si descubrían a la Guardiana, contaba con la posibilidad de inventarse cualquier excusa.
Me lancé al vacío.
Un remolino de nervios se retorció en mi estómago al caer, pero no aterricé en el suelo como había esperado.
El frío impactó contra cada uno de mis huesos.
El aire se me quedó atascado en la garganta y todos mis sentidos se embotaron.
La oscuridad me tragó y tuve que cerrar los ojos.
Me ardían. Una oleada de terror gélido me subió por la columna vertebral y me impulsó a salir del estado de estupefacción en el que estaba atrapado.
Moví los brazos hacia la superficie. Tardé menos de lo que pensaba en alcanzarla y llenar de oxígeno los pulmones.
Agua. Estaba rodeado de agua. Toqué suelo y cuando me erguí descubrí que la masa de líquido me llegaba por los hombros.
Joder. Qué puto susto. Clavé los pies en la tierra para que la corriente no me alejara del ser diabólico que me miraba desde arriba con una sonrisa astuta dibujada en el rostro.
Estaba sentada al borde del acceso al túnel y balanceaba las piernas con guasa.
—No venía nadie —mascullé, sintiéndome un idiota—. Eres…
—Cógeme.
Y con todo su morro, recolocó la rejilla y se lanzó.
«¿Sí? Pues te vas a enterar».
Me aparté justo cuando iba a caer sobre mí. Me hacía una ligera idea de por qué me necesitaba para encontrar a Uriel.
Su expresión al ver que me apartaba fue de puro horror, y así continuó hasta que se sumergió en el agua.
Vamos, ¿tanto le costaba nadar un poco? Vale que no hacía pie y se cansaría más, pero tampoco era para tanto.
Me tapé la cara con el brazo para que no me salpicara y entrecerré los ojos para no perderla de vista.
A pesar de que había algunos puntos de luz gracias a las antorchas, no conseguían atravesar por completo la oscuridad.
La corriente la arrastró sin que hiciera nada por evitarlo.
Empecé a inquietarme cuando vi cómo movía los brazos de forma descoordinada, sin conseguir salir del agua.
Exhalaba e inhalaba rápido antes de que su boca se volviera a hundir.
No podía ser verdad.
Sin perder ni un segundo, nadé hasta ella y la cogí de la cintura con firmeza.
Me gané alguna que otra patada, fruto de la desesperación, pero conseguí impulsarla hacia arriba.
Cuando salió del agua, cogió una bocanada de aire al tiempo que tosía y escupía el líquido que se le había colado en los pulmones.
La atraje hacia mí y se aferró a mi cuerpo como si fuera su único salvavidas, lo cual, para nuestra desgracia, era cierto; me rodeó la cintura con las piernas, aferrándose a mi cuello.
Su pecho subía y bajaba de forma frenética.
Estaba asustada de verdad. Nunca la había visto así, tan…
vulnerable. Fue como si descubriera a una Beatrice diferente y eso, por alguna razón que desconocía, me molestó.
Me sentía más cómodo cuando era una cabrona, ¿qué decía eso de mí?
¿Qué decía eso de nosotros?
De repente, se quedó helada en mis brazos, y con una lentitud vacilante se separó un poco de mí, sin soltarse del todo.
Me encontré con sus ojos, agrandados por el pánico que aún corría por sus venas.
Nos quedamos cara a cara, procesando la cercanía de nuestros cuerpos.
O al menos eso estaba haciendo yo. Ella, a juzgar por las palabras que salieron de su boca, planeaba una forma pintoresca de esconder mi cadáver.
—Casi me dejas morir —me acusó, con la voz ronca y los dientes apretados.
Tenerla tan cerca me daba miedo. Podía morderme en cualquier momento y estaba seguro de que me envenenaría.
Y moriría. Lenta y agónicamente. Sin poder evitarlo, su rostro me distrajo.
Las gotitas bañando su piel lisa; el pelo oscuro empapado y pegado a las mejillas, rojas por el frío y por el esfuerzo, y los labios mojados.
Entreabiertos. Casi podía sentir su aliento.
Y los ojos… Grandes y azules. Eran preciosos, por mucho que me jodiera.
Lo peor fue tocarla, notar ciertas partes de su cuerpo contra el mío.
Tuve suerte de que no se percatara del rumbo de mis pensamientos, seguía temblando y recuperando la respiración.
Además de odiándome, claro. Pero era una chica multitarea, podía hacerlo todo a la vez.
—No sabes nadar —solté, asombrado.
Su cara adoptó una expresión de aburrimiento.
—Eres superintuitivo, ¿te lo habían dicho alguna vez?
—Te acabo de salvar la vida. —Chisté—. Al menos intenta no insultarme justo al segundo siguiente.
Un bufido salió de sus labios.