Capítulo 11 #3
—Tenemos que buscar aliados. La Diosa de la Tierra podría ser una si no estuviera encerrada y hubiera perdido el juicio. Pero bueno, aún podemos contar con los Indómitos.
—¿Los qué? —pregunté con el ceño fruncido.
—Por lo poco que sé, son Ignis que se rebelaron contra el gobierno del rey. Lo culpan por la maldición y por los pocos recursos que cuenta el Atharav.
—Parecen majos.
—Tienen que serlo si odian a esos monstruos, así que son nuestra mejor opción.
Viven en el Bosque de las Bestias. —Soltó una pequeña risa al ver mi mueca—.
Lo sé, no suena muy agradable, pero tenemos que ir.
Es la única pista que tenemos, junto con la Diosa de la Tierra y la carta desaparecida de tu madre.
Puede que todo esté conectado, o puede que no.
Pero de algún hilo tenemos que tirar y podemos empezar por el de los Indómitos.
Me quedé callada, procesando toda esa información.
—Ahora eres tú quien persigue verdades.
—Si nos ayudan a escapar como lo hizo tu madre, sí, por supuesto que las persigo —afirmó con determinación y luego me miró con… ¿cariño? El estómago me dio una estúpida voltereta—. Pero voy a necesitar tu ayuda, Aria. Tú eres la experta.
Esbocé una sonrisa triste.
—La última vez que averigüé la verdad no salió muy bien, no puedes pedirme que vuelva a hacerlo.
—Esta vez no hay otra opción. O la encontramos, o romperán la maldición y después nos matarán.
—Tú quieres usar los poderes para escapar y yo para acabar con el rey.
—No estás pensando con claridad, ¿¡cómo demonios vas a acabar tú sola con un Dios!?
«Buena pregunta».
—No lo sé, pero la muerte de mi madre no puede ser en vano.
—¿Y la tuya sí? —Alzó la voz, se estaba controlando para no enfadarse, pero no lo estaba consiguiendo—. Porque es lo único que vas a conseguir.
—Ese es mi problema, Killian, no tienes que cuidar de mí —espeté, y respiré hondo para controlar mi tono—. No quiero que lo hagas, y mucho menos cuando mis decisiones pueden ponerte en peligro. Busca tú la verdad, yo… no puedo hacerlo. Otra vez, no.
«No me lo pidas, por favor».
Estábamos en extremos opuestos y ninguno de los dos quería ceder.
Killian paseó por la sala para tratar de calmarse.
Sabía que quería chillarme hasta que entrara en razón, cogerme de los hombros y sacudirme hasta espantar la idea de mi mente.
Pero también conocía lo cabezota que podía llegar a ser.
Así que dejó salir un suspiro de frustración y volvió a mirarme con una expresión molesta.
No se estaba rindiendo, estaba posponiendo la batalla para otro momento.
—Aún no puedo creerme que Nora sea la Kaelis que escapó de la Cueva Isthar. Y aún menos que tú seas la llave que rompe la maldición. —Negó con la cabeza—. Teníamos la solución delante de nosotros, es una puta locura.
Le dirigí una mirada de agradecimiento por el cambio de tema.
—Ya ves, al final resultó que no era una simple humana. —Me reí con un resoplido, sintiéndome extraña al hablar de todo lo que había pasado en voz alta—. Ahora entiendo por qué pude escapar del bosque y de la fiesta de fin de verano.
—Tus poderes estaban dormidos. Vale que te darían más fuerza, pero sobreviviste por ti misma y por tu inteligencia —me atravesó con una mirada que no daba lugar a réplicas—. No te quites mérito.
Mi corazón se volvió a acelerar y esbocé una pequeña sonrisa.
—Lo que me cuesta entender es por qué te acogió a ti y a Eric. Cuando estaba en la cueva, dio a entender que sabía quién eras de verdad. ¿Por qué te llevó directo a mí sabiendo que habías nacido para controlarme?
Killian se quedó pensativo unos segundos.
—Estoy seguro de que todas las respuestas están en esa carta. Y sé de un guardia que puede irse de la lengua, es el mismo que hemos oído antes. Se llama el Triturador de Almas, es el Ignis más peligroso de todos. O al menos eso dicen.
—Suena genial eso de enfadar al Triturador de Almas.
—Créeme, cuando lo conozcas cambiarás de idea, es como un peluche con armadura.
Alcé una ceja.
—Tenemos que hacerlo para salir de aquí —insistió Killian, dando el tiempo muerto por acabado—. Tu madre quería que lo supiéramos, por eso me dio esa carta. No puedo darte más soluciones ahora mismo, pero ya se nos ocurrirá algo.
Dudé.
Si mi madre quería que lo averiguáramos… No podía ignorar su último deseo.
Ayudaría a Killian sin involucrarme demasiado en la búsqueda de respuestas, pero centrándome en aprender todo lo posible acerca de mi nueva naturaleza. Después, mataría al rey.
—No sé si voy a ser capaz de hacerlo, de fingir que no han acabado con la persona que más quiero —confesé, y su forma de mirarme… No sabía qué significaba, pero la sentí en las entrañas.
—Yo tampoco, pero estamos juntos en esto. —Dio otro paso más hacia mí y levantó la mano—. ¿Confías en mí?
—Yo…
«Estoy asustada. Aterrorizada. Escucho la burla de Jason, una y otra vez, no consigo silenciarla.
Me persigue y vuelvo a sentirme indefensa.
Tonta. Veo rojo. La sangre de mi madre tiñe todo lo demás.
Y escucho los sollozos de Álex, se entremezclan con su risa cálida siempre que Lila decía una de sus tonterías.
No puedo perder a nadie más. Me gustas. Mucho.
Aunque me cause terror incluso pensarlo».
Silencio.
Silencio.
Y más silencio.
—De puta madre —espetó Killian, y el dolor que percibí en sus ojos me hizo sentir la peor persona del planeta—. Lo que sea que pasara entre nosotros no va a sobrevivir en este infierno.
Su sentencia fue como una puñalada. Me jodió que me doliera, porque en medio de toda la mierda que había vivido desde que llegué a Haven Lake, lo que habíamos compartido…
De alguna forma, había sido bonito. Parpadeé varias veces para contener las lágrimas.
—¿Y qué era lo que pasaba entre nosotros? —me atreví a preguntar.
—No lo sé —respondió con un tono más frío—. Se supone que nuestra sangre está ligada desde que nacimos, por eso tenemos la misma edad y de algún modo hemos acabado viviendo en sitios cercanos. El hechizo funciona como un imán, por eso, quizás, sentimos tanta atracción el uno por el otro.
Durante unos segundos permanecimos en silencio, las palabras de Killian quedaron suspendidas en el aire y casi podía jurar que las sentía sobre los hombros, pesadas.
—Ni siquiera eso ha sido real —susurré para mí misma.
—¿No lo ha sido?
Estábamos el borde de un precipicio. Con los ojos vendados y corriendo todo lo que nos permitían nuestros pulmones. Y saltar, en estos momentos, era la opción más peligrosa de todas.
Pero quizás, la más acertada. Si algo había aprendido, era que las mentiras siempre nos alejaban por mucho que, a veces, fueran necesarias.
Abrí la boca para hablar, pero la voz se me quedó atascada en la garganta.
La magia que iluminaba la sala se desvaneció de un plumazo y fuimos devorados por una oscuridad fría y densa.
Absoluta. La piel se me erizó, otra advertencia de que un peligro se acercaba.
El corazón me latió con rapidez. Bum. Bum. Bum. Bum.
Reconocí la cara de todos mis miedos y la figura que despertaba mi ira más candente. Apareció por la misma abertura por la que habíamos accedido a la sala, y trajo consigo el resplandor del elemento que custodiaba.
—Vaya, vaya, vaya… —La voz aterciopelada y fría me acarició las mejillas y tuve que reprimir un escalofrío—. Veo que habéis encontrado mi baúl de los tesoros.
El Dios del Fuego sonrió.