A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Vuelves a pasarte de optimista —protesté, como aquella vez que aseguró que mi pijama de sandías me ayudaría a triunfar en la música.

Un tirón de nostalgia me atravesó, pero lo ignoré y me centré en la ira, que volvía a abrirse paso en mi interior como una serpiente que repta en silencio, sin perder de vista su objetivo—.

Es imposible que podamos tener ventaja encerrados en el Atharav y sin saber cómo usar nuestros poderes. Además, ¿qué vamos a hacer? ¿Escapar?

—Hasta hace unos minutos ese era tu propósito —señaló alzando una ceja.

—Ya lo sé y ha sido una estupidez, yo… Estaba asustaba y muy cabreada, pero es inútil intentar huir. No conocemos el castillo y hay miles de Ignis en cada salida.

Su expresión se relajó un poco, aunque sus labios seguían formando una línea apretada.

—Exacto, además el rey me ha dejado muy claro lo que les pasará a Eric y a mi abuela si decido hacer cualquier tontería.

Un ramalazo de miedo me estranguló la garganta.

—¿Y esto no es una tontería?

—Esta noche hemos dado el mayor espectáculo que el Dios del Fuego podría soñar —respondió con rotundidad—.

Gracias a nosotros ha demostrado ante su reino que va a cumplir su promesa: romper la maldición.

No le conviene tenernos descontentos, y una escapadita nocturna no va a desestabilizar sus planes.

—Sonrió con suficiencia—. Al menos no a corto plazo, solo que él eso no lo sabe.

—No entiendo cómo puedes hablar con tanta seguridad.

—Nos necesita, y después de mostrar nuestros poderes ante de su pueblo, más. No puede permitirse el lujo de no cumplir las expectativas de los Ignis. Es su última oportunidad de salvar a su pueblo, si no lo consigue, se le echarán encima.

Cada vez que hablaba de nuestros poderes… Acudía a mi mente el verdadero propósito del Dios del Fuego. Saber que Killian podía controlarme me hacía sentir vulnerable, y eso me hizo ponerme a la defensiva.

—Ah, sí, se me olvidaba que vas a controlarme para que rompa la estúpida maldición.

Killian puso una mueca de fastidio.

—Solo he impedido que te hagas daño a ti misma, y cuando todo vuelva a la calma y estés disfrutando de las tortitas del bar ese de mala muerte, me lo agradecerás. Pero no podré aceptar tus disculpas porque para entonces, ya estaré demasiado ofendido.

—Me parece, de nuevo

, muy optimista por tu parte imaginarme comiendo tortitas tan tranquila.

—Si me lo propongo, puedo ser aún

más optimista e imaginarte haciendo otras cosas mucho más interesantes —dijo con la voz mucho más áspera y una mirada oscura y provocadora que me incendió las mejillas.

Me seguía sorprendiendo su capacidad de tontear y aparentar despreocupación incluso en la peor de las situaciones. Yo no podía, y se hizo evidente cuando me tembló la voz.

—Estamos jugándonosla mucho, no quiero que le pase nada a Eric.

Su expresión mudó al mencionar a su hermano.

—Lo sé, joder, ¿crees que estoy tranquilo cuando hay una minúscula posibilidad de que eso ocurra por mi culpa? ¿Pero qué querías que hiciera después del baile? ¿Después de verte así? —Dio un paso hacia a mí, y mi corazón latió con mayor rapidez—. Tenía que encontrarte.

Su voz ronca hablando del deseo de llegar hasta mí fue demasiado.

Cerré los ojos con fuerza para diluir la tormenta de emociones que desencadenaron sus palabras.

Inspiré con profundidad y decidí ser valiente.

Lo miré. Nos quedamos ahí, quietos, el uno frente al otro, observándonos en medio del silencio.

La conexión que habíamos saboreado entre bromas, piques, caricias y confesiones seguía bajo mi piel, hormigueando, esperando.

Pero ya no nos separaban las mentiras que se habían construido a nuestro alrededor, separándonos por un grueso muro, sino las verdades.

Unas que pesaban demasiado, que habían destrozado ese muro, pero que habían dejado nuestras pieles en carne viva.

Quería romper la distancia y besar esos labios entreabiertos tan bonitos.

Quería sentirlo, volver a probar su sabor y que

las millones de mariposas acabaran con el fuego que ardía dentro de mí. Consumiéndome.

Quería escarbar en el gris de sus ojos y descubrir cada uno de sus pensamientos. Pero no podía.

Y él, tampoco.

—No quiero ser la responsable de más muertes —dije con un nudo en la garganta—. Así que, por favor, vuelve con el rey.

Odiaba que tuviera el poder de amenazar a su hermano, que nos controlara como si fuéramos simples títeres y que fuera el culpable del final de la madre de mi mejor amigo.

Álex. Me aterrorizaba pensar en su paradero y, sobre todo, en su estado.

El Dios del Fuego también había matado a mi verdadero padre.

Me sentí más segura cuando me envolví en el deseo hambriento que crecía a medida que salía del estado de shock

inicial. Mi yo del pasado jamás lo habría contemplado. Pero estaba muy lejos de ser esa chica. La habían matado. Al igual que a mi madre.

Una fuerte punzada de dolor me partió en dos al pensar en ella.

—Tú no eres la culpable —se apresuró a decir con suavidad, leyendo el rumbo de mis pensamientos—. Fue el Dios del Fuego y su pandilla inútil de Ignis los que la mataron.

—Por eso quiero acabar con todos ellos —sentencié con una voz que no reconocí.

El rostro de Killian se endureció.

—¿Y cómo se supone que vas a hacerlo?

—Le seguiré el juego para aprender a usar mis poderes y luego usaré sus lecciones en su contra. —Clavé los dedos en mi piel al apretar los puños con rabia—. Le obligaré a que me diga dónde retiene a Álex y acabaré con él. Condenaré a todos los Ignis a pudrirse en este infierno.

—Vaya, qué sexy

—Silbó, con un brillo travieso en los ojos. Al segundo, su tonó se volvió gélido—. Y qué gilipollez.

Bufé.

—¿Y cuál es tu plan?

—Sabes mejor que nadie que estaría encantado de matar a Marlon, y lo haré si se presenta la ocasión.

Pero no voy a centrarme en eso. No puedo ni quiero hacerlo.

Eric no me perdonaría que me dejara llevar por la venganza y acabara con las pocas posibilidades de volver a verlo —declaró, y admiré cada palabra que salió de su boca.

Era el mejor hermano que Eric podía tener—.

Quiero salir de aquí y rescatar a Zoey y a Connor, porque Jared…

Es imposible que esté vivo. Y, joder, ya le había cogido cariño a ese idiota.

Una punzada de pena me atravesó al pensar en él.

—Me encantaría ver la foto que nos hizo a traición, antes de… Antes de todo.

—A mí también —suspiró, sombrío—. Aria, no puedes dejarte llevar por la venganza.

Mi parte más sensata me gritaba que Killian tenía razón, pero aún no estaba en ese punto. Estaba en el punto en el que había visto a mi madre desangrarse y, después, había dejado su cuerpo tirado sobre la tierra mientras me iba con sus asesinos.

—Yo ya no tengo nada que perder —murmuré en un tono derrotista que odié al instante.

Pero… estaba siendo sincera.

Era complicado que algo me importara cuando me habían arrebatado la identidad, a mi familia, a mi mejor amigo…

Incluso el futuro que aún estaba construyendo.

Pero había algo que latía con fiereza dentro de mí: el propósito de acabar con el Dios del Fuego.

Era el motor que me mantendría cuerda y viva.

Y estaba dispuesta a aferrarme a él con uñas y dientes.

—¿Y tu padre? ¿Tus amigos? —insistió Killian.

—Seguro que me han olvidado, los Guardianes que trabajan para los Ignis se encargarán de eso —respondí con amargura.

—Escúchame. —Se acercó aún más a mí—. Tu madre vivió veintitrés años en la Tierra sin que nadie la encontrara, escapó de la Cueva Ishtar y decidió no romper la maldición. Tiene que haber una forma de salir de aquí.

—¿Pero cómo lo averiguaremos? Mi madre…

«Está muerta».

—Me dio una carta en la cueva —dijo como si no estuviera soltando una puñetera bomba. El impacto de esa información provocó que me echara hacia atrás. Sentí el golpe rebotar por cada uno de mis huesos—. Pero alguien se ha encargado de robármela.

La burbuja de esperanza explotó.

—Genial.

—Pues sí, porque eso significa que su contenido es muy importante y que, con él, podríamos escapar igual que hizo ella. Tú recuperarías tu vida y yo podría estar con Eric.

—Solo si antes de irnos acabamos con los Ignis, eso impedirá que bajen a la Tierra para volver a secuestrarnos.

Quería creerle, de verdad que sí, pero me remitía a las pruebas.

—Podríamos defendernos si aprendemos a usar nuestros poderes. —Se pasó las manos por el pelo, que cayó por su frente, alborotado—. Y bueno… Tengo que contarte más cosas.

Me contó su encuentro con Zoey y Connor, cómo el rey quería usar al Guardián para que nos ayudara a liberar y controlar nuestros poderes elementales bajo la amenaza de hacerle daño a Zoey, que estaba destrozada por la muerte de su hermano.

El rey era un hijo de puta retorcido.

—Están pasando cosas muy raras… —Sus palabras despertaron una parte de mí que creía muerta: la curiosidad, la inquietud de desentrañar cualquier misterio que se nos pusiera por delante—.

El rey es muy reservado con la Diosa de la Tierra, dice que está enferma, pero venga ya, es una puta Diosa, ¿de verdad puede resfriarse?

La tiene encerrada y antes, cuando estaba buscándote, he llegado hasta ella.

Ha sido como si algo me empujara hasta las puertas de su habitación, igual que me ha pasado con esta sala.

—¿La has visto?

—No, pero ella a mí sí.

—¿Y eso cómo es posible?

—No tengo ni idea, pero sentí su mirada sobre mí. —Un escalofrío lo sacudió—. Después se puso a chillar y parecía desquiciada, hablaba de un secreto que solo nosotros dos podíamos descubrir. Habló del todo que se reducía a la nada… Y mierda, no puedo recordar las palabras exactas.

—Parece que las mentiras no dejan de perseguirnos —comenté, con los sentidos despiertos por primera vez desde que me habían arrastrado hasta el Atharav.

Y, al mismo tiempo, me sentí muy cansada.

«¿Cómo es posible?».