Capítulo 11
Aria
Su piel estaba fría y, aun así, sentí una calidez familiar cuando unió su mano a la mía. Una corriente de electricidad me atravesó, al igual que siempre que me tocaba. Su presencia acallaba todo lo demás, lo cual era un inconveniente teniendo en cuenta las circunstancias.
Con los guardias persiguiéndonos como sabuesos, Killian me arrastró por el laberinto oscuro que el castillo ocultaba en sus profundidades.
Las pisadas frenéticas de los Ignis avanzaban con la misma rapidez que la furia volvía a conectar con cada uno de mis pensamientos.
Los sentimientos que me habían impulsado a seguir respirando volvieron a su sitio.
La ira calentaba mi sangre, pero cuando desvié la vista hacia nuestras manos, al igual que aquella primera vez en el bosque, un aleteo de nervios se abrió paso por mi estómago.
¿Cómo era posible que, después de todo, pudiera sentir algo tan banal como aquello? Me enfadé aún más conmigo misma.
El miedo me susurraba que no confiara en él, era una sombra que distorsionaba los buenos recuerdos que habíamos compartido, incluso los momentos complicados que habían fortalecido nuestra relación.
Su aliento oscuro me invitaba a deshacerme de su agarre e irme por otro camino; me susurraba que había jugado conmigo igual que Jason lo hizo en Portland; que se había burlado de mí y me había utilizado para favorecer a su padre.
Pero había algo que me daba mucho más miedo: en ningún momento me detuve, lo seguí a ciegas, con la duda palpitando en mi interior, pero con la intuición de que estaba segura a su lado.
Ni siquiera imaginaba dónde podíamos escondernos en un nido infectado de Ignis, pero Killian corría como si conociera cada recoveco del castillo.
—¿A dónde vamos?
—No lo sé —Oí su respuesta por encima de mi respiración acelerada.
«Pues no lo parece».
Sin previo aviso, frenó en seco.
Tuvo el detalle de cogerme con el brazo libre para que no chocara con su cuerpo.
Me soltó la mano y, con el ceño fruncido, se giró con lentitud hacia la pared de la izquierda.
En el pasillo que habíamos dejado atrás había antorchas colgadas; no en abundancia, pero aportaban la luminosidad suficiente para que no nos chocáramos con la pared.
Sin embargo, en este tramo no había ninguna, si se veía algo, era por el leve resplandor que llegaba de las más cercanas.
Miré hacia atrás para vigilar nuestras espaldas y él continuó con lo que fuera que estuviera haciendo.
—¿Impresionado por la arquitectura de este lugar? —pregunté, muy confundida.
—Tengo un presentimiento —se limitó a decir, con los ojos clavados en la piedra.
El grupo de guardias se acercaba. Podía sentir su presencia sobre nosotros; de un segundo a otro aparecerían por la entrada a este pasillo.
—Killian —susurré con urgencia.
Como si fuera el mismísimo James Bond, presionó uno de los adoquines de piedra. Tras una pausa en la que temí que el corazón se me saliera del pecho, la pared dejó de ser una simple pared. Con un crujido metálico, se deslizó dejando a su paso una nube de polvo.
Y reveló una entrada secreta a la más absoluta oscuridad.
Compartimos una mirada de confusión.
«¿Algún día me acostumbraré a la sucesión de momentos surrealistas en los que se ha convertido mi vida?».
Lo empujé dentro al escuchar a los Ignis sisear órdenes con una claridad peligrosa.
Killian me cogió de la cintura para acercarme a su cuerpo y, sin soltarme, deslizó la pared para ponerla en su sitio.
Me tapó la boca con la mano para evitar que mi respiración nos delatara.
Estábamos tan pegados que podía sentir cómo su pecho subía y bajaba con rapidez.
Habíamos estado muy cerca de perder la poca libertad que teníamos.
Cerré los ojos con fuerza y me permití, después de una pequeña eternidad de incertidumbre, dolor e ira, relajarme.
No entendía cómo podía hacerlo con un grupo de Ignis a punto de atraparnos, pero en situaciones de peligro, Killian me transmitía seguridad.
Su piel en mis labios, su firme brazo alrededor de mi cintura y su aroma fueron de gran ayuda.
Me flaquearon las piernas ante el remolino de emociones que me produjo estar, de nuevo, con él.
—Mierda, ¿dónde se han metido? —maldijo una mujer, su voz sonó amortiguada.
—Estoy seguro de que he escuchado movimiento aquí.
—Últimamente estás muy distraído, Eidan —recriminó ella con dureza—. Vosotros, seguid por ahí. Tú, ven conmigo y afina tu patético oído antes de hacerme perder más el tiempo. Y recordad, el rey los quiere con vida, pero al principito podéis destrozarle la cara de imbécil que tiene.
—Eso sería una auténtica pena —se lamentó Killian, y le pellizqué el brazo para que cerrara la boca.
«Vaya, a alguien no le caes demasiado bien».
Solo cuando los escuchamos alejarse, me revolví en sus brazos, necesitaba poner distancia entre los dos o jamás recuperaría la cordura.
Retiró la mano de mi boca y sentí un hormigueo en los labios junto con el impulso de acariciármelos.
Tras unos segundos en los que recobramos el aliento, parpadeé repetidas veces para intentar ver algo del espacio que nos rodeaba.
¿El problema? Estábamos en una negrura absoluta.
—Sería un buen momento para hacer uno de tus trucos de luz.
—Sí, lo sería —convino, y percibí que se pasaba la mano por el pelo—. Pero desde que me he convertido oficialmente en un Ignis, no sé cómo mierda hacerlo.
—No tenemos prisa, a no ser que haya un monstruo esperándonos en la oscuridad, claro.
—Me encantan tus aportaciones, muchas gracias.
—Vale, a ver, respira hondo y concéntrate. Visualiza en tu mente lo que quieres hacer y siente que es real.
Casi pude ver cómo arrugaba el ceño.
—¿Te han dado clases de magia durante tu secuestro?
—Precisamente eso no. —Noté que se tensaba y carraspeé. No quería hablar del tema—. Cuando quería acabar con la vida de todos ellos… No tenía un control absoluto de la situación, fue más bien el instinto el que tomó las riendas, pero aun así recuerdo cómo lo hice.
—Vale, voy a intentarlo —aceptó, no muy convencido.
Los minutos se alargaron, pero no ocurrió nada. La oscuridad comenzaba a agobiarme y de no ser por la presencia de Killian… Hacía mucho que mi ansiedad se habría disparado.
—Esto es una mierda —masculló.
—Yo me concentré en la rabia, prueba con eso.
—No parece muy efectivo, pero puesto que hay un monstruo salivando por las ganas de devorarnos, sacrificaré un poco de mi salud mental —comentó con voz burlona.
—El cautiverio te ha vuelto aún más gracioso.
Tras reírse de mi comentario, volvió a concentrarse. Tardó lo que me parecieron horas hasta que una débil chispa emergió de la palma de su mano. Mis ojos se agrandaron por la sorpresa, pero él no se inmutó, por lo que supuse que tenía los ojos cerrados. Decidí ayudarle de la única forma que supe.
—Piensa en todo lo que te ha arrebatado el Dios del Fuego —susurré, y sus manos se cerraron en puños. De una única chispa nacieron muchas más—. Y ahora imagínate cómo podría haber sido tu vida si Marlon y sus secuaces no existieran.
Una llamarada emergió de su mano y tuve que echarme hacia atrás al sentir el intenso calor.
Killian abrió los ojos, ahora rojos por el reflejo del fuego.
En ellos brillaba una ira fría y oscura que me puso los pelos de punta.
Y que… me gustó. Hinchó su pecho y lanzó la masa de energía hacia el interior de la sala secreta.
En un punto del camino se dividió en dos y las llamas quedaron suspendidas en el aire como si fueran bombillas, permitiéndonos ver todo lo que nos rodeaba.
Killian se cruzó de brazos y se quedó inmóvil.
—¿Qué haces?
—Espero a que el monstruo salga a jugar.
Sonrió con descaro y yo puse los ojos en blanco. Idiota.
Volví a lo importante. La sala estaba abarrotada de objetos encerrados en vitrinas de cristal. Me recordó a la exposición de un museo, solo que, en vez de restos arqueológicos, eran restos de… Capté algo que me dejó helada.
—Date la vuelta —insté a Killian.
Se giró con rapidez poniéndose delante de mí, pero lo aparté en cuanto me tapó la vista.
—Joder —Silbó, boquiabierto.
En el centro de la habitación, justo enfrente de él, estaban colgadas unas alas que medirían unos dos metros cada una.
Eran rojas, membranosas y con espolones en las puntas.
Los arcos de la estructura acababan en vértices afilados, y en su conjunto, me recordaron a las alas de los dragones.
O a las de las criaturas que supuestamente nos habíamos inventado los humanos y que ahora tenía delante de las narices.
Parecían muy reales, tanto que temblaron. Parpadeé dos veces seguidas.
«No puede ser. Imposible».
Entrecerré los ojos y esperé. Pero permanecieron inmóviles.
—Hemos descubierto la sala de los tesoros —musité, dejándome llevar por la impresión.
Recorrí con la vista los innumerables objetos que nos rodeaban.
Admiré las espadas largas, cuyas empuñaduras estaban cubiertas de piedras preciosas, y los libros desgastados que guardaban información igual de valiosa que el oro que bañaba las joyas.
También había un sinfín de artilugios cuya utilidad desconocía, trajes como el que había lucido el rey esa noche y distintos tipos de dagas. Era asombroso.
—Ni siquiera los guardias parecen saber de su existencia —comentó Killian paseándose entre las reliquias. Se acercó a las alas de dragón y las acarició con la misma tranquilidad que acariciaba a Trece—. Acabamos de encontrar una información que puede inclinar la balanza a nuestro favor.
No podía hablar en serio.