A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Era el momento perfecto para encontrar a Aria y hablar con ella.

Con el baile en su máximo apogeo, los Ignis estaban centrados en saborear la esperanza.

El Dios del Fuego estaría meándose por las esquinas, eufórico tras el numerito de antes.

Además, ahora la balanza se inclinaba un poco más a nuestro favor.

Sabiendo que nuestro poder había cumplido lo esperado, cualquier tipo de insubordinación que no cambiara los planes del Dios del Fuego no tendría demasiadas consecuencias.

Y él sabía que, si le tocaba un solo pelo a Eric, tanto Aria como yo dejaríamos de seguir sus órdenes. O eso quería creer.

Caminé por pasillos secundarios y vacíos, buscando frenéticamente cualquier señal de la posible localización de Aria y con la débil convicción de que no la llevarían de vuelta a los calabozos.

Las sombras, junto con mi ropa oscura, me ayudaron a pasar desapercibido cuando me cruzaba con algún que otro soldado o sirviente.

Tenía que darme prisa. No sabía cuánto tiempo durarían inconscientes los guardias de mi habitación.

Esperaba que Aria estuviera despierta, pero si no lo estaba, al menos podía dejarle una nota o simplemente asegurarme de que se encontraba bien. Apreté la mandíbula ante el recuerdo del sufrimiento en sus ojos al procesar lo que le había ocurrido a Nora.

De repente, detuve mis pasos. Una sensación extraña me recorrió.

Fue un cambio en la atmósfera, en el olor del ambiente, que se volvió más húmedo y pesado.

Mis sentidos captaron algo familiar al final del pasillo, así que me acerqué con sigilo, casi sin pensarlo.

Fue como si una energía implacable guiara mis pasos y no pudiera oponer resistencia a su llamada.

Abrí los ojos con asombro cuando vi a la izquierda una enorme puerta cobriza con los bodes tallados.

Era elegante y sofisticada, muy diferente a las de las casas de la parte baja del reino.

Lo más alarmante fue la hilera de al menos diez soldados que la custodiaban.

Si Aria estaba ahí, lo tenía bien jodido.

Apreté los puños con fuerza. Los guardias estaban fuertemente armados y llevaban un uniforme diferente a los otros.

Eso solo podía significar que quien se encontrara detrás de esa puerta era importante. Muy importante.

—Soldado, ¿quién le ha dado permiso para estar aquí? —demandó un guardia dando un paso hacia delante, nervioso—. Tiene que irse de inmediato.

Mantuve el paño apretado en la supuesta herida de mi cabeza.

No tuve tiempo de abrir la boca, ni siquiera de pensar una excusa que me sacara de este embrollo.

Un crujido rompió el silencio. Provenía del interior de la estancia, parecía el balanceo de una mecedora vieja acompañado de un ronroneo lastimero.

Y muy inquietante. Tras unos instantes, la melodía cobró forma.

La voz de una mujer resonó en la habitación, desquiciada y muy ronca.

No sé cómo cojones fue posible, pero noté cómo algo frío me recorría la piel.

Me acarició la mejilla y la nuca con una lentitud estremecedora.

Se me pusieron los pelos de punta y un escalofrío bajó por mi columna. Tragué saliva.

No podía moverme.

—Todos tienen que saberlo. —La voz sonó ahogada—.

El secreto. El secreto. El secreto. El secreto.

¡El secreto del castillo de Brandr! —bramó, desgarrándose la garganta—.

Nos ha robado y ahora somos todo, pero nada.

Solo mentiras que tú —sentí cómo alguien me miraba fijamente y se me revolvió el estómago—, tú y la chica podéis descubrir.

«Pero ¿cómo…?».

Me estaba hablando a mí, de alguna forma sabía que me encontraba al otro lado de la puerta.

Sabía mi verdadera identidad.

—Tienes que marcharte —insistió el guardia, muy pálido.

Su frente brilló con una fina capa de sudor. El resto seguía con los ojos fijos en la pared de enfrente, como si aquella ida de olla no les sorprendiera.

—Lo siento, me he confundido de pasillo —musité, intentando esconder mi confusión.

—Ni una sola palabra de lo que has escuchado o el rey te hará cortar algo más que la lengua.

—Cada vez se le va más la pinza —comentó uno de los soldados.

—Cierra el pico, Julien —espetó el compañero de su lado dándole un codazo.

Me di la vuelta con una necesidad apremiante de salir de ahí cuanto antes, sintiendo cómo esa cosa seguía con los ojos puestos en mi espalda. Me observó mientras me marchaba y sentí su aliento en la oreja. Frío. Antiguo. Podrido.

A medida que me alejaba de aquella zona, unas palabras atravesaron con fuerza mi mente.

«Debe guardar reposo para recuperarse de las crisis que la alteran».

Esas habían sido las palabras de Eidan.

«Cada vez se le va más la pinza», había dicho el guardia.

Joder, había encontrado a la Diosa de la Tierra.

«¡El secreto del castillo de Brandr!».

El castillo… ¿del Dios del Fuego? ¿Qué más secretos podía estar ocultando ese maníaco? Y lo más importante… ¿qué secreto podría causar una reacción como la de la Diosa de la Tierra?

Dejé a un lado las palabras de la reina del Atharav para centrarme en dos cosas: Aria y que nadie me descubriera antes de encontrarla.

Había tentado a la suerte demasiadas veces en lo que llevábamos de noche, pero estaba dispuesto a jugar con el peligro las veces que hicieran falta con tal de llegar hasta ella.

En realidad, también estaba enfocado en otra cosa: invocar el elemento Fuego.

Pero por más que lo intentara, era inútil bajo esas circunstancias.

No sabía cómo hacerlo y tampoco conocía el resto de las habilidades que iban ligadas a mis nuevos poderes, estaba gastando las pocas energías que me quedaban en correr y no me quedaban fuerzas para mucho más.

Sentí que algo tiraba de mí, una sensación diferente a la que había experimentado con la Diosa de la Tierra.

Avancé unos metros en tensión hasta que di con un desvío que me había pasado desapercibido.

«Bingo». Frené de golpe cuando a mi derecha aparecieron unas escaleras de piedra estrechas y desgastadas que conducían a una planta superior.

El pasadizo estaba alumbrado por una única antorcha, lo cual no ayudaba demasiado a imaginar qué podría esperarme ahí arriba.

Hasta el momento no había visto ningún acceso superior, así que tal vez esta entrada me conduciría a uno de los escasos torreones del castillo.

La decisión ya estaba tomada, pero no tuve tiempo ni de tocar un maldito escalón.

Una figura emergió de las sombras y se abalanzó sobre mí.

Caí al suelo con fuerza y al instante un dolor intenso me recorrió la espalda.

Apreté los dientes al tiempo que pequeñas motitas negras inundaban mi visión.

Mierda. Me habían descubierto. Sentí un cosquilleo en el cuello cuando un mechón de pelo me acarició, y entonces cuando me percaté de que mi atacante seguía encima de mí apretándome contra el suelo.

Parpadeé varias veces, pero no pude distinguir nada salvo manchas oscuras.

Segundos. Solo necesitaba unos segundos para recomponerme y partirle el cuello al desgraciado que me había pillado por sorpresa. Noté cómo me extraían la daga del cinturón con un movimiento fugaz. «Se acabó el tiempo muerto».

Me eché hacia un lado y descubrí que el peso de mi atacante era menor de lo que esperaba. Bien. Me dio un codazo en la sien que me mandó al suelo de nuevo, pero conseguí cogerlo de los hombros para sacármelo de encima.

Toqué algo que no esperaba: una piel muy suave y fría.

El filo de la daga se me clavó en el estómago. Reprimí un gruñido de dolor.

—Sácame del castillo o te mato. —Abrí los ojos de par en par al escuchar su voz.

Firme y severa, aunque le fue imposible eliminar todo rastro de temblor.

Casi había olvidado su talento innato para sorprenderme—.

¿Estás sordo o qué? —insistió al no ver reacción alguna por mi parte—. Quiero que me saques de aquí.

—Fui muy confiado al reírme cuando me apuntaste con el rastrillo, de verdad, cada día me arrepiento más.

Noté cómo dejaba de respirar y al mismo tiempo se desestabilizaba.

El arma titubeó en su mano, pero enseguida regresó a la misma posición amenazadora, lo cual no era un comienzo idóneo para nuestro reencuentro.

Miré la punta afilada y subí la vista hasta las sombras que ocultaban sus rasgos, aún cortantes por la ira cegadora que había dejado salir en el baile.

Entonces noté cómo la seda del vestido rojo se movía a nuestro alrededor.

Se apretó más contra mi cuerpo; su rodilla estaba entre mis piernas, a la altura de mis muslos, y aunque no era su intención, un remolino de deseo comenzó a calentarme las venas.

Aquellos pensamientos eran totalmente inapropiados, pero estaba acostumbrado a que sucediera siempre que estaba cerca de ella.

Alcé una ceja, expectante.

—Y sigues pecando de confiado al creer que voy a bajar el arma.

—Estás enfadada —supuse, y su expresión se volvió más dura.

—Esa es una forma de decirlo.

—Lo que ha ocurrido en el salón… Era necesario, Aria. Tienes que entenderlo.

Una risa amarga escapó de sus labios.

—Quería destruirlos a todos y tú

me lo has impedido.

—Esa es una forma de interpretar las cosas.

—¿Y cuál es tu forma?

—¿Evitar que te hirieras a ti misma y luego te sintieras un monstruo por acabar con la vida de esos seres? —Le aparté el pelo de la cara en un gesto suave—. Tampoco esperaba que te lanzaras a mis brazos, pero un simple gracias habría bastado.

—No pienso darte las gracias por controlarme. —Me apartó la mano—. Has demostrado que tu padre tenía razón y vas a usar mis poderes para tu beneficio.

¿Qué mierda estaba diciendo?

Hablaba desde el miedo, pero aun así me dolió. No sabía en qué momento exacto había sucedido, pero me importaba lo que ella pensaba de mí. Y, en esos instantes, su opinión me dejaba por los suelos.

—Pero ¿tú te estás escuchando? —repliqué—. Por si las últimas semanas que hemos pasado juntos se han evaporado de tu bonita cabecita, estamos del mismo lado.

—Lo único en lo que puedo pensar es en que tu padre asesinó a mi madre. —Su voz se rompió, pero se recompuso rápidamente y volvió a adoptar un tono frío—. Y con lo que ha pasado en el salón… Entiende que desconfíe de ti.

La comprendía, y más después de lo que el capullo ese le había hecho en Portland, pero estaba empezando a cabrearme.

—No pienso pedirte perdón por evitar que te destruyeras, por tomar esa decisión por ti. Ódiame si quieres, pero no lo haré —le aseguré—. Y el hombre al que llamas mi «padre» también mató a mi madre. Por lo visto, ese pequeño detalle también se te ha olvidado.

—Vas vestido de guardia —apuntó, ignorando convenientemente mis palabras.

—He dejado a dos Ignis inconscientes en mi habitación para ir a buscarte, hay quien podría considerarlo un gesto amable. Y tú, por lo que veo, ibas a largarte sin mí. —Puse una mueca de decepción—. Qué considerada.

Esta vez mis palabras sí que la golpearon con fuerza.

Se mordió el labio con nerviosismo al tiempo que se incorporaba un poco.

—Yo… —La realidad se impuso en ella y advertí que se estaba sintiendo mal. No quería hacerle daño, pero tenía que abrir los ojos o acabaríamos peor de lo que estábamos—. Lo siento.

Como si de repente quemara, retiró el arma de mi abdomen y la tiró al suelo.

El sonido retumbó por el pasillo. Su cara denotaba horror, seguramente al procesar lo que había estado a punto de hacer.

Se apartó de mí y apoyó ambas manos en el suelo, con la cabeza gacha.

Su pecho subía y bajaba con fuerza. Llegué hasta ella y puse una mano encima de la suya con delicadeza.

Estaba helada. Mi tacto consiguió que alzara la vista.

Nuestros ojos se encontraron y perdí el aliento al contemplarla.

Era preciosa. Sus labios, aunque agrietados, seguían igual de carnosos y bonitos, y sus ojos, ahora de un verde más apagado, estaban fijos en mí.

Nos sostuvimos la mirada y un fogonazo de furia me invadió al ver el dolor en su rostro.

Mi voz sonó más baja de lo normal.

—Dime que nadie te ha tocado.

Negó con la cabeza y el nudo en mi garganta se aflojó.

Solo un poco. Tuve que hacer uso de todo mi control para frenar el intenso impulso de abrazarla y después, revisar cada puñetero centímetro de su piel hasta comprobar que estaba ilesa.

Pero no quería asustarla y que volviera a levantar las defensas.

Conocía demasiado bien esa rabia que promete hacerte sentir mucho mejor. Había pasado por lo mismo hacía un año, y aún había días que me dejaba llevar por la ira.

—Sentía que todo era un sueño… —comenzó a decir, y esta vez su voz sonó más débil—. Todo. Incluso mi regreso a Haven Lake.

—Si me viste a mí, entiendo que pensaras que estabas soñando.

Conseguí que una comisura de sus labios se elevara.

—En realidad, pensaba que era la pesadilla más horrible que había vivido.

—Eso es porque llevaba demasiada ropa —respondí con picardía, y esbozó una débil sonrisa que me hinchó el pecho.

Odiaba que verla sonreír fuera una excepción, pero así era.

Desde que la conocía pocas veces la había visto hacerlo de forma despreocupada y feliz.

Pero era un pequeño paso. Había conseguido que se relajara, conectar con la Aria que no estaba cubierta de ira, miedo y tristeza.

Y, joder, había revivido sensaciones aterradoras en mí. Todo esto era aterrador.

—¿Cómo has escapado?

—He vuelto a usar el truco de hacerme la desmayada y luego, no sé cómo, he vuelto a cabrearme y a utilizar la magia. Los he dejado inconscientes en medio de un pasillo.

Sentí ternura al pensar que los dos habíamos hecho prácticamente lo mismo, solo que ella para escapar del Atharav y yo para encontrarla.

Levanté la mano que tenía libre y la acerqué a su mejilla. La acaricié con delicadeza y sentí cómo se estremecía.

—Siento mucho todo lo que está pasando, pero no podemos…

Las pisadas de unos guardias rebotaron por los pasillos.

—He oído algo por ahí. Vosotros id por la izquierda, yo iré por la derecha.

Joder. Nos habían encontrado.