A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Killian

Arrastré los pies por el pasillo en penumbra; las antorchas titilaban conforme las dejábamos atrás y el gruñido de los animales nocturnos traspasaba con violencia las ventanas.

Desvié la vista hasta ellas y alcé un poco la cabeza para ver el exterior.

A pesar de la escasa luz, pude vislumbrar las copas de los árboles sin vida que rodeaban la montaña en la que se alzaba el castillo.

Entre las paredes de piedra aún retumbaba el ambiente de celebración que habíamos dejado en el salón.

Pero conforme nos adentrábamos en las zonas más escondidas del castillo, el silencio de la noche me concedió una tregua.

Mi respiración pesada era el único sonido que podía soportar.

Las sienes me palpitaban con tanta intensidad que la cabeza me iba a estallar de un momento a otro.

Tropecé con mis propios pies y de no ser por el guardia a mi derecha, habría tenido un desagradable encuentro con el suelo.

Me cogieron por debajo de los brazos y avanzamos poco a poco.

Aproveché su apoyo para cerrar los ojos y gastar la mínima energía posible.

Estaba tan exhausto después de utilizar mis poderes que ni siquiera el rey vio necesario asignarme más de dos escoltas para encerrarme en la habitación.

«Un poco insultante por su parte eso de subestimarme».

Me había sacado del baile al mismo tiempo que a Aria, es decir, antes de que me desmayara delante de los invitados y se cuestionara la valía de su querido

hijo.

—¿Y depende de este niñato que la chica use sus poderes para romper la maldición? —cuestionó el más joven de los dos, el desdén de su voz era palpable—. Apenas puede mantenerse en pie después de usar su poder durante unos minutos, es patético.

—Tenemos que confiar en el rey, él sabe lo que hace —respondió con rotundidad el que supuse que sería su superior.

Era más corpulento y el tono de su pelo era grisáceo; su altura igualaba la mía, a diferencia de su compañero, que era unos centímetros más bajo.

—Yo no estoy tan seguro. Además, ¿por qué lo encierra bajo llave? Es su hijo, el príncipe perdido que nos rescatará a todos…

—Sabes que tenemos muchos enemigos que no desean que rompamos la maldición. Estarían encantados de asesinarlo para evitar que nos liberemos, así que toda precaución es poca.

Supuse que se referiría a los rebeldes, como aquel al que habían arrastrado fuera de la multitud cuando el rey anunció sus planes y me presentó ante el Atharav. La justificación de mi poca libertad no pareció convencer al chico.

—No sé, hay algo que no me cuadra de todo esto…

¿Y si el Gran Hacedor decide que estamos rompiendo las reglas y vuelve a castigarnos?

Todo esto empezó porque el Dios del Fuego y la Diosa de la Tierra decidieron que se habían cansado de gobernar en paz con el resto de los Dioses.

Tal vez lo que hayan planeado ahora sea igual de insensato y acabemos peor.

—Lo que ocurrió hace miles de años está más que olvidado.

—El tono del mayor fue letal—. Y no te equivoques, fueron el Dios del Agua y la Diosa del Aire quienes rompieron primero las reglas del Gran Hacedor.

Nuestros reyes solo quisieron defenderse.

—Hizo una breve pausa—. Por culpa de los Kaelis vivimos en este infierno.

—Ya… Pero tengo un mal presentimiento.

—No abuses de nuestra confianza, Gyrua. Todos los años que te he entrenado no han sido para que a la primera de cambio hables como uno de esos Indómitos —escupió la última palabra como si quemara en su lengua—. Quizás el Alfa tenga un hueco para ti en el Bosque de las Bestias.

Ambos se pararon de sopetón. Se quedaron rígidos y por el rabillo del ojo pude ver la mirada de horror y de ira que le lanzó el más joven.

La acusación quedó suspendida en el aire durante unos segundos cargados de tensión.

El guardia giró la cabeza hacia ambos extremos del pasillo para asegurarse de que nadie lo había escuchado y, con cierto temor, clavó la vista en su jefe.

—Ni se te ocurra volver a decirme eso —advirtió con lentitud.

—Entonces deja de blasfemar y limítate a hacer tu trabajo.

El joven resopló por lo bajo, pero no se atrevió a replicar.

Así que los Indómitos causaban tanto temor como ira.

«Interesante». Después de una batallita de miradas asesinas que hizo tambalear mi escasa paciencia, retomamos el camino y, tras lo que me parecieron horas, llegamos al ala del castillo donde se encontraba mi habitación.

Estaba seguro de que los imbéciles habían dado un rodeo para desorientarme y que no pudiera situarme. «De puta madre».

Perdí el equilibrio cuando el superior se separó un poco de mí.

Extrajo una llave de acero del bolsillo interior de su uniforme y la acercó a la cerradura.

Entonces dejé de fingir. Coloqué una mano en el lateral de cada cabeza, me incliné hacia atrás y las hice chocar con un fuerte impacto.

El sonido fue tan desagradable que, al menos, supe que había roto una nariz.

Una pena no haber hecho pleno. Cayeron al suelo y aproveché la ocasión para propinarle una patada al más grande.

Quedó inconsciente en cuanto mi pie hizo contacto con su frente.

Ocurrió en cuestión de segundos, pero, joder, qué bien me había sentado.

—El principito no es tan débil como os ha hecho creer.

No tuve tiempo de regodearme más. Una pena.

El soldado más joven me agarró del tobillo, clavándome las uñas en un intento inútil de detenerme, pero no tendría tanta suerte.

Estaba demasiado furioso para permitírselo.

Antes de que abriera su estúpida boca para avisar de lo ocurrido le di una fuerte patada en la mandíbula.

No hablaría, al menos, hasta al día siguiente.

Los arrastré al interior de la habitación y cerré la puerta, comprobando antes que no hubiera testigos de este interesante giro de los acontecimientos.

Apenas tenía fuerzas tras usar mis poderes, pero durante el camino había fingido que me encontraba mucho peor y usé el tiempo para recuperar todas las energías posibles.

Me había parecido la hostia cuando los Ignis nos atacaron en la fiesta y Aria fingió desmayarse para pillarles desprevenidos.

Así que me había copiado.

Amordacé al superior y lo até con algunas prendas que cogí del vestidor, no sin antes intercambiar mi ropa con la suya.

Lo escondí debajo de la cama, ya que con los faldones de la colcha quedaba bien oculto, y metí al otro debajo de las sábanas, dejándolo de espaldas a la puerta para que no reconocieran su rostro.

—Dulces sueños —susurré, dándole un par de palmaditas en la mejilla.

No pude evitar sonreír con descaro.

Mi expresión de triunfo se desvaneció cuando alguien dio tres porrazos en la puerta.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó una voz de mujer, firme y autoritaria.

Por lo visto, el Dios del Fuego se lo había pensado mejor y había mandado refuerzos.

Lo bueno era que esa voz no era tan solemne como la de Fayna, que habría venido con Eidan —el Achuchador de Almas— y que, con solo echarme un vistazo, habría mandado mi plan a la mierda.

Con la cabeza funcionando a toda velocidad, cogí un paño del aseo, lo impregné con la sangre del guardia que dormía plácidamente sobre la cama y me cubrí parte de la cara con él.

Abrí la puerta, con la espalda recta y cada músculo de mi cuerpo rígido, e imité el tono grave que usaban los perritos falderos del rey.

Con la mano libre agarré el pomo de la daga que colgaba de mi cinturón, tan fuerte que se me pusieron los nudillos blancos.

No permitiría que nadie me alejara de ella.

—Dejadlo descansar, pero vigilad la puerta para que no entre nadie. Órdenes del rey.

Silencio.

Me observaron de arriba abajo decidiendo si me creían o no.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó uno de los guardias entrecerrando los ojos.

Eran tres en total, dos hombres y una mujer.

—El principito tenía ganas de dar guerra —expliqué con burla. Un extremo del paño me presionaba la ceja derecha y el resto caía por mi rostro—. Pero me he ocupado de él. Le espera una larga noche de inconsciencia.

Se rieron por lo bajo. Vaya, debería ofenderme causar tanta antipatía en los Ignis a los que supuestamente iba a salvar.

Era un forastero para ellos y se habían llevado tantas decepciones que la desconfianza era un escudo difícil de soltar.

Pero en el transcurso de estos meses mi empatía se había atrofiado porque me daban igual.

Todos ellos. Yo solo quería ver a Aria y volver con mi hermano.

—¿Y tu compañero? —preguntó la chica con suspicacia.

—Ha tenido que irse antes porque ha acabado peor que yo —respondí sin vacilar—. Pero tranquilos, todo está controlado.

Noté cómo una gota de sudor me bajaba por la espalda.

—Ve a curarte eso —me instó el más bajo—. Nosotros nos ocupamos.

Hice un gesto de asentimiento y me marché de allí con paso decidido.

El número tan desorbitado de Ignis que servían al Dios del Fuego —y que se preparaban para las Anuales— supuso una ventaja, ya que no todos podían conocerse entre ellos.

Poco a poco fui soltando el aire que había estado conteniendo, pero el alivio pronto dio paso a algo mucho más oscuro.

Algo que me movía más. El remolino de ira que caldeaba mis venas llevaba enredándose y creciendo desde que había puesto un pie en este maldito infierno.

Se rompería en cualquier momento. Oh, estaba deseando que lo hiciera.

Había llegado a mi límite de aguantar que nos trataran como putas marionetas.

Me esforcé por ignorar el nudo de mi estómago, que antes solo había sentido por Eric y por mi madre, y que ahora aparecía por alguien más.

No sabía cómo sentirme al respecto y tampoco pensaba darle vueltas.