Capítulo 9 #2
Me deslicé de la cama y me puse de pie enfrente de ella, de tal modo que nuestros cuerpos, de nuevo, quedaron muy cerca.
Noté cómo se tensaba, pero sabía que no retrocedería.
Por lo poco que conocía a Beatrice tenía la sensación de que nunca lo hacía.
Aunque me equivocaba. Sí lo había hecho una vez, al volver al Abismo del que había tenido tantas ganas de escapar.
Había desafiado a su propia naturaleza y aquel hecho era muy revelador.
Y la dejaba en una situación vulnerable de la que podría sacar ventaja.
—Yo sé cuáles son las verdaderas razones por las que no me soportas.
Mis palabras flotaron en el aire con pesadez.
—¿Tanto te cuesta creer que a alguien no le caigas bien?
—No cambies de tema. No diré qué pienso porque nuestra frágil alianza podría irse a la mierda y eso no me interesa. —Imité una de sus sonrisas envenenadas y dejé que una larga pausa nos rodeara —. Pero lo sé, Beatrice. Lo sé
.
Percibí el cambio en ella, fue mínimo, pero lo suficiente para saber que la información que no había revelado la había puesto nerviosa. Rompió el contacto visual y paseó la vista por la habitación, sin detenerse en ningún lugar en concreto. Sus manos se retorcían.
—Si queremos que esto salga bien debemos establecer unas reglas básicas de convivencia —propuso, y se sentó en la silla desgastada y vieja del escritorio. Cogió una hoja de pergamino y una pluma—. En el momento en que incumplas alguna, nuestra alianza se romperá y cada uno trabajará por su cuenta.
—¿No hay margen de error? —pregunté, y me puse al lado del escritorio para asegurarme de que lo que escribía no llevaba incluido una letra pequeña que me condujera directo a una muerte sin retorno.
Algo básico cuando haces tratos con el mismísimo demonio.
—No lo hay —respondió—. Si no somos capaces de respetar unas normas básicas, será imposible trabajar juntos cuando el peligro sea real.
—No estoy de acuerdo.
—Empezamos bien.
—Tienes muy poca tolerancia al error. —Era la opinión más suave y objetiva que podía darle sobre su personalidad—. No todo es blanco o negro, creo que deberíamos tener alguna oportunidad de fallar y que eso nos ayude a cambiar y aprender cuál es la mejor forma de trabajar juntos.
Levantó la vista hacia mí y tras unos segundos de contemplación, cedió.
—Vale, podemos romper las reglas una vez cada uno. Después de eso, nuestro trato quedará anulado.
—Necesito tiempo para pensar mis reglas.
—¿Sí? Yo las tengo muy claras.
—Entonces, adelante, señorita «Lo tengo todo claro en la vida».
Me lanzó una mirada asesina.
—La primera: no hablar de la vida privada de nadie.
—Comenzó a escribir y contuve una sonrisa de satisfacción.
Me fijé en su letra redondeada y elegante, todo lo contrario a la mía, que era imposible de descifrar—.
Segunda: dormirás en el suelo todas las noches, ya que es mi habitación y voy a proporcionarte recursos para que sigas respirando, y tercera: dejarás de decir tonterías.
Puse la mano en la de ella, frenando el movimiento de la pluma.
—Eh, no estoy de acuerdo con eso de anular mi personalidad.
—¿En serio? —Fingió sorpresa—. Pensaba que te estaba haciendo un favor.
—Y tampoco estoy de acuerdo en destrozarme los huesos y contraer múltiples enfermedades al dormir en este suelo mohoso.
Eso ya no le hizo tanta gracia.
—De ninguna manera dormirás conmigo.
—Esa opción ni siquiera había pasado por mi cabeza, es curioso que por la tuya sí. —Una sonrisa petulante se formó en mis labios.
—¿Has oído eso de que los miedos tienen la capacidad de dominar la mente? Pues me ha pasado justo eso al pensar en la mera posibilidad. Prometo traerte mantas y almohadas para que estés más cómodo, y durante las horas que esté fuera podrás descansar en la cama.
Me lo pensé durante unos segundos.
—Vale, está bien —acepté. Yo tampoco quería dormir con ella y, por más que me jodiera, entendía que era su habitación—. Ahora mis reglas. No insultarás a mi hermana y no volverás a hacerme daño.
—Vaya, yo ni siquiera he contemplado esa regla —canturreó—. No podrías hacerme daño ni aunque tu vida dependiera de ello.
—Te recuerdo que has puesto como regla no hablar de tu vida privada, lo cual es ridículamente esclarecedor —repliqué, y ella apretó la mandíbula. Punto para mí. «Te jodes, Guardiana diabólica»—. La tercera regla me la guardo para más adelante.
Tras unos minutos en los que quedó todo redactado, nos pusimos manos a la obra. Yo me volví a sentar en la cama y ella arrastró la silla del escritorio para quedar frente a mí. Sus manos jugueteaban con la daga; le pasé el paño para que la limpiara.
—¿Saben que te escapaste?
—No había pasado suficiente tiempo para ello, dije que había estado enferma en mi cuarto.
No me sorprendía que nadie hubiera echado de menos su presencia.
Aunque bueno, en realidad eso era un poco triste.
—¿Has descubierto algo del Dorado?
Negó con la cabeza.
—Durante mi vida apenas he visto a unos pocos Dorados en el Abismo… Tenemos que colarnos en su ala y dejar una nota con información clave sobre Nora para que Uriel se reúna con nosotros.
—¿Y si cae en las manos equivocadas y nos tienden una trampa?
—Tendremos que arriesgarnos. Sé que llevan a algunos Novicios para tareas menores, podemos intentar colarnos.
Asentí, no muy convencido. Veía lagunas por todas partes, pero al menos teníamos algo con lo que empezar.
—¿Se sabe algo más?
—Se comenta que no han encontrado aún al asesino del hermano Zach, pero nadie habla sobre el Vestigio Original del Agua ni de lo que pasó en las Cuevas Cushendun. Nadie sabe lo que planean los Ignis.
—Eso nos da algo de margen para encontrar a Uriel y contarle la verdad, es el único en el que podemos confiar ahora mismo. El único que puede llevarnos hasta el Atharav y ayudarnos a acabar con el plan de los Ignis.
—Mañana averiguaré cómo entrar en el ala de los Dorados. Ahora fuera de mi cama, estoy deseando que acabe este día.
Antes de que pudiera responderle, sonaron golpes en la puerta.
Toc.
Toc.
Toc.
Tres malditos golpes.
Casi me atraganté de la risa.
—¿Lo ves? —susurré—. Podría ser cualquiera
.
Levantó la daga que sostenía y me la lanzó a la cabeza. Me agaché a tiempo para no quedarme sin mi preciado ojo derecho. Genial, nuestra alianza empezaba de puta madre.