Capítulo 9
Jared
Después de decidir que sí había sido de utilidad salvar mi vida, mi aliada bondadosa y genuinamente desinteresada se marchó de la habitación para aparentar normalidad e intentar descubrir algo de información sobre Uriel.
Me quedé solo con mis propios pensamientos, que no es que fueran la mejor compañía.
Además, acostumbrado a mirar cada cinco minutos la hora en el móvil, era un poco agobiante no saber cuánto tiempo había transcurrido, pero tenía la sensación de que había sido una eternidad cuando unos golpes interrumpieron el silencio. Tres toques seguidos.
Al instante alcancé la daga que había encontrado explorando el minúsculo cuarto y, cojeando, me coloqué detrás de la puerta.
El acero chirrió y un cuerpo emergió de la oscuridad.
Al instante lo cogí por detrás y apreté el filo del arma en su cuello.
Con el pie, empujé la puerta hasta cerrarla.
Las sombras nos envolvieron. Por el estúpido olor a vainilla que flotaba en el ambiente sabía quién era. Aun así, no la solté.
—Odio tener tan buena memoria, pero que yo recuerde ese no era el toque secreto que habíamos acordado.
—Te dije que no iba a hacerlo —espetó Beatrice retorciéndose, y consiguió que la capucha de su capa cayera hacia atrás revelando su pelo oscuro.
—Y yo te aseguré que eso acabaría muy mal. —Suspiré y una risa burlona se escapó de mis labios—. Venga ya, ¿tres toques seguidos? Eso podría ser literalmente cualquiera.
—Jared —siseó, y consiguió que mi nombre sonara como una maldición—. No pienso simular con toques el ridículo estribillo de la canción de One Destructor.
Horrorizado, le tapé la boca.
—Lo siento, mis principios no me permiten dejarte repetir ese nombre. Es One Direction, y tocar la puerta imitando el estribillo de Best Song Ever
es una genialidad. Ninguno de los Guardianes conoce sus canciones. Además, te estoy enseñando cultura musical de la Tierra, sitio al que te recuerdo que ansías pertenecer. Deberías mostrar un poco más de interés.
Solté un quejido cuando me mordió.
—Lo siento, mi moral cada vez contempla más la idea de despellejarte —dijo con voz dulce.
—Eres, oficialmente, la persona más aburrida del planeta.
—Suéltame.
El ambiente se cargó de electricidad y supe que estaba a empezando a cabrearla de verdad. Lo cual era sorprendente porque siempre
parecía cabreada de verdad.
—Está bien, pero te condenas a ti misma a repetir esto todas las veces que no uses el código secreto. —Acerqué los labios a su oído, y bajé la voz—. Tal vez la próxima vez no sea tan benevolente.
—Tal vez la próxima vez no me deje apresar.
—Ya, claro —me regodeé con una sonrisa de suficiencia en el rostro—. Como si pudieras haberlo evitado.
Entonces presionó con la mano la herida todavía reciente en la parte baja del estómago, consiguiendo que mis brazos flaquearan y la daga cayera al suelo.
«Pero ¿qué…?»
La recogió con un movimiento veloz, giró y en menos de un parpadeo me estampó contra la pared dejándome sin aire. Deslizó el filo sobre mi cuello y sentí la sangre caliente bajando por mi piel.
Me mordí el labio para no darle la satisfacción de saber que me hacía daño. Mucho.
—Recuerda este dolor cuando esperes a que utilice tu estúpido toque secreto —dijo entre dientes, sus ojos azules ardían de rabia.
—Lo haré encantado —gruñí.
Nuestros rostros quedaron tan cerca que mis ojos se desviaron de forma inevitable hacia sus labios, carnosos y rosas. Provocadores. Despiadados.
No se percató de la dirección de mi mirada porque ella también se había distraído mirando mi boca, lo cual me produjo una sensación incómoda.
—Bien —escupió, y se apartó de mí.
Depositó la daga encima del escritorio, sin molestarse en limpiarla.
—¿Conoces la palabra «asertividad»? —pregunté, y su expresión se tiñó de impaciencia—. Como ha quedado claro que no, te lo explicaré. La asertividad es la asombrosa capacidad de comunicar opiniones desde el respeto, es decir, sin hacer sangrar
al receptor. No sé, deberías probarlo.
Me toqué el cuello y mi mano se tiñó de sangre.
—¿Conoces el término «muerte»? —Caminó hacia mí una sonrisa felina en los labios.
Me encogí de hombros.
—Me suena.
—Estaré encantada de explicártelo desde la práctica como no cierres la boca.
Bufé, nada impresionado, y comencé a dar vueltas por la habitación.
—Hablando de cosas oscuras, ¿es de noche?
Beatrice parpadeó, confundida por mi repentino cambio de tema.
Entrecerró los ojos y se quedó pensativa unos segundos.
Si su intención era analizar mi comportamiento iba a terminar más desquiciada de lo que ya estaba.
Si mi psicóloga estuviera aquí, seguro que le diría a cualquier ser —tanto sobrenatural como humano— que no intentara entenderme.
Me gustaba pensar que era por mi personalidad tan única y alucinante, como las cosas bellas de la naturaleza que no tienen ni necesitan explicación. Simplemente son y ya está.
—En el Abismo no existe tal cosa, tan solo horarios establecidos, pero sí, estamos en lo que en la Tierra consideraríais de noche —contestó finalmente.
—Me siento como si tuviera jet lag
.
Abrió la boca y la cerró de golpe. Se quedó callada hasta que su curiosidad por la vida en la Tierra venció a sus pocas ganas de mantener una conversación conmigo.
—¿Qué es eso?
—Me olvido de que tu mente es como la de una anciana con cero contacto con el lenguaje de los jóvenes. Una con muy mala leche —resalté, ganándome una mirada de hastío por su parte—. Jet lag
es un término que se utiliza cuando, al viajar a un sitio con gran diferencia horaria, tus ciclos vitales se desajustan.
Se limitó a quedarse en silencio.
—¿Sorprendida por mi sabiduría?
—Sorprendida por tu capacidad de soltar algo por la boca que no sean tonterías —confesó, y me observó con el ceño fruncido. Se deshizo de su capa y se quedó solo con el traje de combate—. ¿Qué has estado haciendo?
—Celebrar tu marcha. Debajo de la cama he escondido los globos y la tarta. Tampoco quería que te sintieras mal.
—Retiro mi anterior cumplido. —Puso los ojos en blanco—. ¿Puedes tomarte en serio algo por una vez?
—¿Pero tú has escuchado tu pregunta? —Me dejé caer sobre el colchón de plumas que consideraban cama y clavé mi vista en ella—. ¿Qué se supone que voy a hacer dentro de estas cuatro paredes?
—Regodearte en tu propia miseria no habría estado mal.
Me incorporé y apoyé la espalda en la pared de piedra.
—Fardáis de vuestros superpoderes y luego ni siquiera podéis incorporar la electricidad en el Abismo, ¿nadie ha echado de menos una tele en la eternidad que lleváis encerrados?
—pregunté con indignación—. Tengo el presentimiento de que mi final va a ser muy trágico y, por culpa de vuestra insistencia en ser monjes medievales, nunca sabré cómo acaba la serie a la que estoy enganchado desde hace años. Es, como mínimo, injusto.
—Lo que es injusto es que hayas nacido con la capacidad de hablar —masculló, estudiándome con un gesto de consternación que me resultó cómico.
Me aguanté las ganas de sonreír y, en cambio, bufé.
Tenía razón en una cosa. En su ausencia sí que me había sentido como una mierda por no haber podido proteger a mi hermana y a los que en algún momento podría haber considerado mis amigos. Connor no se incluía en ese pack
. No soportaba la incertidumbre; no saber si estaban haciéndole daño a Zoey y tampoco poder decirle que había conseguido sobrevivir y que encontraría el modo de volver hasta ella.
Necesitaba
que supiera que seguía vivo.
—Apenas puedes moverte. —Hizo un gesto con la cabeza hacia mi torso—. ¿Qué pretendes hacer hasta entonces? —Me encogí de hombros—. Por cierto, respecto a eso, te he traído unos ungüentos que te ayudarán.
Alcé una ceja, sorprendido por su gesto de amabilidad.
—¿Quiero saber el alcance de los efectos secundarios? Porque estoy seguro de que has cogido los que más tienen.
—Por desgracia, no me sirves moribundo. —Puso una mueca de decepción—. Necesito que te recuperes para que podamos escapar al Atharav.
Dejé escapar un suspiro lastimero.
—¿Y se supone que tenemos que trabajar juntos? En la cueva casi nos atrapan porque no pudimos controlar las ganas de discutir y ni siquiera hemos podido abrir una puerta sin amenazas, sangre e insultos.
Ambos nos quedamos pensativos ante esa verdad tan inconveniente.
—Estoy acostumbrada a trabajar sola, a lo mejor es la única opción.
«Vale, este no era el punto al que quería llegar».
—Me necesitas.
—No te equivoques, Incierto.
—Su tono fue cortante—. Yo no necesito a nadie.
—Has estado años intentando escapar del Abismo y solo lo conseguiste gracias a nosotros, ¿cómo de grande es tu ego para que creas que podrás llegar hasta el Atharav tú solita?
Gruñó.
—Ya, eso me parecía —contesté al tiempo que una risa seca se escapaba de mi boca.
Enarcó las cejas.
—Entonces, ¿qué propones que hagamos?
—Mira, insultaste a mi hermana y eres una Guardiana. No soporto a los Guardianes. Jamás podrás caerme bien.
—Espera un minuto que voy a irme a llorar.
Ignorar su pulla supuso todo un esfuerzo.
—Pero podemos tolerarnos, lo mínimo para que esta mierda funcione. —Tomé aire y mi tono se volvió más serio—. Tanto tú como yo queremos recuperar a alguien. Aunque me cuesta entender tus motivos, venga ya, Connor es incluso más peñazo que tú.
—¿En qué mundo me insultas mientras intentas pactar una alianza?
—En un mundo en el que le tiras una piedra a la cabeza y rajas el cuello de tu aliado —espeté, y ella se mantuvo impasible. Sabía que jamás me pediría perdón por ello. Tampoco lo pretendía—. Entonces, ¿qué me dices?
—Tú tampoco vas a caerme bien.
Premio a la revelación más impactante del año.
Esperé a que expusiera sus motivos, pero, tictac, no llegaron.
—Vaya, tu odio es tan visceral que ni siquiera tienes argumentos.
—Tu personalidad me produce mucho rechazo.
—¿En serio? —inquirí, un poco ofendido.
—Pues sí, por mucho que te cueste creerlo.